martes, 25 de septiembre de 2012

DAMNIFICADOS DEL TERREMOTO DEL 85: VIDA ENTRE DROGAS, POLÍTICA Y PODER

  • Campamento de damnificados habitado por “ratas, putas y drogadictos”
  • Damnificados, blanco perfecto en tiempos electorales
  • Socorro Maruri y Alfredo Villegas: guerra por el liderazgo

Por Dulce María Olvera Martínez
México (Aunam.). El sueño la está venciendo. Desesperación y aburrimiento caen sobre sus hombros. Abrió el puesto a las ocho de la mañana y sólo ha vendido unas cuantas chucherías. “La ropa ya no deja, la gente prefiere la comida”, piensa Gloria Diego, conocida por sus amigos como “Yoyita”.

Sentada en su banco de plástico, lo confirma: es más de mediodía, y mientras percibe los aromas desprendidos de los guisados que venden en los puestos ambulantes, ubicados afuera del Metro Lindavista, mira a quienes atienden con prisa a los trabajadores hambrientos. Seguramente ella ya no podría, pues la diabetes a sus 65 años la ha debilitado y constantemente se siente mal.


Esta vez los párpados la vencen y cierra sus ojos. Recuerdos de hace 27 años invaden su mente: gritos de auxilio, lágrimas, caras de angustia, gente abrazada o rezando en la calle cubierta de polvo; familias incompletas caminando entre edificios caídos con la incertidumbre de saber si los suyos siguen vivos o no; su mundo entero destrozado en sólo dos minutos y medio.

“Yoyita”, al igual que los del puesto de tacos “Buen Provecho” y otros, habita en el campamento para damnificados del terremoto de 1985, ubicado en la delegación Gustavo A. Madero del Distrito Federal. Después de un bostezo, saluda a su posible cliente, cuya mirada se fija en un vestido color salmón floreado.
—¿Cuánto?
—Treinta, señorita.
Todas las piezas las ofrece a ese precio.
—¿No tiene de otra talla?
—Qué cree, que no.
Su cliente se va y es una venta menos.

Después de la catástrofe: campamento Fortuna

“Por la noche, el dolor llegaba a sentirse en mayor grado”, narra “Yoyita”. Debajo de un cielo estrellado, decenas de personas se daban la mano sin conocerse; se respiraba calor y solidaridad humana. Eran familias que no sólo acababan de perder sus hogares, sino que algunas no volvieron a ver a sus seres queridos.

Recuerda a las víctimas del terremoto del 19 de septiembre de 1985 aglomerados en un campamento al noreste de la ciudad de México. Sólo tenían un cuarto hecho de lámina de asbesto, madera o cartón y la esperanza de ser reubicados algún día.

“¡Oh, Dios!” (Ovaciones) y “Fue espantoso” (Novedades) fueron los encabezados de algunos periódicos. El presidente Miguel de la Madrid afirmó que México tenía “los suficientes recursos y unidos, pueblo y gobierno, saldremos adelante. Agradecemos las buenas intenciones, pero somos autosuficientes”. (Poniatowska, Elena. Nada, nadie). Pero no había luz, teléfono ni agua potable…

En el campamento –continúa “Yoyita”– con el tono de la canción Amigo del cantautor Roberto Carlos, se reunían para recordar a los suyos: “Dolores inciertos que al alma nos llegan, ver a tu hermano muerto y no poder hacer nada”, se escuchaba en compañía de una guitarra. Al cantar intentaban desahogar sus frustraciones y tristezas acumuladas.

Entre lágrimas, lamentos y palmadas en la espalda, solían compartir café, pan y todos los víveres que conseguían, durante el día en la calle o en las clínicas del gobierno cercanas al campamento. Algunos habitantes no dudaban en acudir con sus conocidos para pedirles comida.

La delegación Gustavo A. Madero se encargó de subsidiarles los servicios básicos, además de apoyarlos con un médico y trabajadores sociales, pero no era suficiente. “Todo está derrumbado, pero nuestro corazón no”, eso tarareaban quienes aún conservaban la fe, tras dos años del terremoto.

Más de dos décadas pasaron

Aquel campamento se sustituyó por la plaza comercial Parque Lindavista. Las familias que no alcanzaron departamentos en el Centro Histórico fueron trasladadas por los trabajadores sociales, Matías Herrera y Guillermo Castellanos, a un nuevo albergue de nombre Ricarte, ubicado entre Colector 13 y avenida Instituto Politécnico Nacional.

“Llevamos aquí 27 años y sólo pedimos una vivienda digna, pero la delegación se lava las manos al asegurar que es terreno del Seguro Social”, señala David Velázquez, habitante y fundador de la Asociación Campamento 3 Vivienda Futura AC.

“Otras veces nos dicen que es propiedad del Transporte Colectivo Metro, pero de todas formas le pertenece al gobierno y su obligación es respondernos”, continúa el señor Velázquez.

En el departamento de Desarrollo Social de la Delegación, la oficinista de la entrada –cuyo nombre omite– afirma que “los interesados” deben llevar un oficio pidiendo el apoyo. Aunque, desconoce de qué campamento se le habla.

Por su parte, el licenciado José Augusto Velázquez, representante de la Dirección Jurídica y de Gobierno, confirma que el predio le pertenece al Seguro Social y “es imposible construir ahí”.

El campamento está compuesto por 13 módulos de cuartos, de aproximadamente 24 metros cuadrados, hechos con lámina de asbesto, cartón, madera y sábanas. Cuentan con baños, lavaderos y una cocina comunitaria. “Antes parecíamos los de Babel, ahora ya hablamos el mismo idioma”, reconoce un vecino, conocido del señor David Velázquez.

En una nota publicada por el periódico español El País, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) asegura que “más de un tercio de las familias latinoamericanas habita en una casa inadecuada con materiales precarios o carente de servicios básicos. Se trata de unas 59 millones de personas con un problema que también atañe a la salud, al desempeño escolar y la discriminación social”.

Los reducidos pasillos entre las casas del campamento son de tierra y pavimento, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) les entregó cemento y arena para mejorarlos. “El PRI es el que más nos ha echado la mano”, afirma Mariana Nuñez, adolescente habitante del lugar.

De las 400 familias que llegaron, quedan aproximadamente 200, según cálculos del fundador de la Asociación Campamento Vivienda Futura AC. La mayoría son jóvenes y representan la tercera generación.

“Muchas viviendas se han desocupado porque algunos se casan. Al lado de mi casa hay una vacía y podría rentarla, como muchos lo hacen a familias ‘paracaidistas’, pero el problema es que es propiedad del gobierno, no mía”, continúa contando Mariana, quien llegó de Hidalgo años después del terremoto.

“En los informes del gobierno (Federal) aseguran que entregan quién sabe cuántos miles de viviendas, la Josefina Vázquez presumía sus millones de pisos firmes… bueno, yo me sigo preguntando ¿dónde están?”, concluye David Velázquez, quien lleva 20 años intentando que se aproveche el terreno para la construcción de departamentos más dignos e higiénicos.

Campamento habitado por “ratas, putas y drogadictos”

Javier Diego Ruiz, uno de los habitantes del lugar, tiene 24 años y sueña con poder volver al Tecnológico de Monterrey para –con ayuda de una beca– terminar su carrera en Ingeniería Eléctrica.

Después de llegar del trabajo y saludar en el puesto a su mamá “Yoyita”, entra sin prestar atención al altar de la Santa Muerte, ubicado en la reja principal, lleno de floreros y velas, y va directamente a la tienda por un cigarro. Lo atiende un joven de playera negra de manga corta y peinado a rape, su aspecto combina con la música de reggaetón que se escucha a todo volumen.

Javier sabe que al fondo del negocio adaptaron un bar con máquinas de juego que funciona todo el día. Y, si bien los múltiples anuncios publicitarios de Marinela, Corona, Bimbo y otros pegados dentro y fuera del local aparentan una simple tienda de abarrotes, cuando algún habitante del campamento desea darse un “toque”, sabe a dónde ir.

Aunque, al parecer, el rumor se difundió: Javier recuerda aquel sábado por la tarde cuando atendía el puesto de ropa y una joven, con falda corta, bajó de una camioneta negra y directamente le cuestionó dónde conseguía “un cristal”.

Para evitar problemas, aparentó no vivir en el campamento: “No sé, pero puedes preguntarles a los de la tienda”, le recomendó señalando el lugar. Sus dos décadas viviendo ahí le permiten saber que los dueños tienen conexiones con el cartel de la Familia Michoacana. “A ver si le hacen caso, no le venden a cualquiera”, pensó.

Ese día, más tarde, cuando entró rumbo a su casa, encontró a la muchacha sentada en el piso, cerca de la tienda. No consiguió la droga que deseaba, pero se conformó con una línea de cocaína, cuyos efectos la incitaron a pedirle un encuentro sexual e ignorar el aspecto antihigiénico del lugar.

Javier la desconoció y se metió a su casa. Está acostumbrado a ver gente drogada dentro del campamento. En efecto, los vecinos de Lindavista catalogan el campamento como un foco rojo habitado por “ratas, putas y drogadictos”.

Su vivienda está construida con lámina de asbesto y cartón, como el resto de las casas; el piso de cemento está cubierto por una alfombra color vino, y sobre ella hay ropa, zapatos y los juguetes de Chuchito, el nieto de “Yoyita” por parte de su hija Fernanda.

Todo luce desordenado y apretado por el poco espacio. Hay dos camas matrimoniales destendidas, tienen ladrillos como base. Frente a ellas cuelga un espejo rectangular y debajo de él se ubica un tocador de madera gastada; a lado de éste, un ropero con un cartel descolorido del excandidato priista Luis Donaldo Colosio.

Las paredes están tapadas por cortinas con figuras de nochebuenas; hay colgado un cuadro del Sagrado Corazón y un reloj que siempre marca las 12:15. Javier se sienta frente a su computadora, armada por él mismo, para escuchar música rap, una de sus pasiones.

Entre líderes y acarreados

“Si un líder no sabe cómo hacer que su visión se concrete, es sólo un soñador”

“Reducimos 50% la delincuencia en menos de un año”, asegura Alfredo Villegas, el líder del campamento Ricarte, a quien dentro de “Cartolandia”, se le odia o se le ama; no hay intermedios, ¿acaso los hay con los líderes? “Lo es por dominio de familia”, considera Javier Ruiz. “Es pacífico y buena onda”, opina la vecina Ernestina Gutiérrez. Mientras que él mismo se define como alguien “preocupado por el mejoramiento del lugar”.

Después de terminar de trabajar en el puesto de quesadillas al lado del campamento, accede amablemente a brindar una entrevista. Alfredo porta una playera del equipo de primera división Cruz Azul, es un hombre de treinta años, aproximadamente, su tez es blanca y sus ojos son café claro. Pese a ser comerciante, no descarta la posibilidad de terminar su carrera de Derecho.

Camina por los pasillos como león en su jungla hasta llegar a su vivienda. Detrás de la sábana azul claro, adaptada como puerta, se encuentran Janeth y Citlalli, quienes lo apoyan en la mesa directiva para hacer “gestiones con el gobierno” y lograr, tras 27 años, la construcción de casas más dignas dentro del terreno perteneciente al Seguro Social.

El cuarto de una sola habitación luce acogedor y limpio; a la entrada se encuentra una mesa y un refrigerador. Un sillón y una sábana, color rosa con dibujos de “Dora la Exploradora”, dividen el comedor y la recámara, en la cual hay una cama matrimonial y una televisión; la luz entra a la habitación por la ventana de enfrente.

—¿Es cierto que fue impuesto como líder por su familia?
—Para nada, nosotros hicimos un consenso y gané por mayoría; un 95 por ciento, me atrevo a decir, —contesta sin titubear sentado en la mesa.

Alfredo lleva tres años representando a los habitantes que perdieron su casa tras el terremoto del 85 y que llegaron ahí sólo “por 15 días”. Según el censo que realizó, son 147 familias; maneja cifras, nombres, lugares, fechas; aparentemente, sabe hacer su trabajo.

—¿Usted es el responsable de los llamados paracaidistas?
—No. —Responde fumando un cigarro—. Es ilógico traer a gente ajena a un lugar que le pertenece al gobierno. Cuando vino el diputado Carlos Pizano (Partido Acción Nacional) le demostré, casi casa por casa, la antigüedad de los vecinos.

Janeth, Citlali y Alfredo concuerdan en que posiblemente el origen de los rumores negativos contra él radica en los aliados de la exdirigente, Socorro Maruri; pero en el campamento “si acaso, ya sólo dos le son fieles a Maruri”, comentan.

“Ella vivió mucho tiempo del campamento (…) nos pedía dinero por cualquier cosa cada ocho días”, recuerda su sucesor. Aquella mujer –narra– de ser vendedora de lotería, pasó a tener un departamento, carro, una tienda de abarrotes y, como fuente de ingresos, cobró rentas en el campamento.

Todo se debe, según Alfredo, a que se afilió al Partido de la Revolución Democrática y consiguió un puesto en la delegación Gustavo A. Madero, “al hacerse comadre del exdelegado Joel Ortega y después de Víctor Hugo Lobo”.

“Sabía que aquí estaba su mina de oro”, comentan Janeth y Citlalli, quienes cuentan que Maruri incluso pedía coperación para su fiesta de cumpleaños, y los obligaba a ir a mítines del PRD.

“Si no podíamos asistir le teníamos que dar ciento cincuenta pesos a un supuesto sustituto, pero la verdad es que ella se quedaba el dinero (…) Yo fui a los plantones en Reforma y no nos pasaba ni siquiera para el transporte”, cuenta Citlalli, mientras Alfredo atiende afuera a un hombre con chaleco del Instituto Federal Electoral que parece llevarse bien con él.

Minutos después, Alfredo vuelve a entrar a la casa y sentado en el sillón, confiesa que al ser auxiliado en el proyecto de reconstrucción por la Coordinadora General de Mujeres en Acción, Elda Duarte, miembro del PRI, debe incitar a los habitantes a apoyar al tricolor.

“Yo voy –cuenta el líder– les informo a los vecinos que hay un evento al cual estamos invitados y punto. No los obligo. Por lo menos ellos sí traen la micro y un lunch”, complementa.

En marzo los invitó a un evento, cuando comenzó la campaña del candidato a la presidencia del PRI, Enrique Peña Nieto. “Yoyita” recuerda que en abril, también, la invitó a un mítin de Beatriz Paredes, la entonces candidata a la Jefatura de Gobierno del DF: “Al final ni siquiera llegó […] Yo iba para distraerme, no me gusta someterme”, reconoce.

En cuanto a este fenómeno de acarreo, el doctor en Ciencia Política de la Universidad Nacional Autónoma de México, Jerónimo Hernández Vaca, aseguró que en la década de los cincuenta el PRI iba por los campesinos hasta sus ejidos y los transportaba a la ciudad para “usarlos en los actos electorales de la oposición, principalmente contra candidatos a la presidencia, incluso con música de viento. Después les daban una torta y un refresco”.

Con la entrada del gobierno neoliberal al Estado ya no convino invertir en obreros y campesinos, sino favorecer totalmente a la clase empresarial. De los ochenta en adelante el gobierno sólo les promete, los trae de un lado a otro, pero ya no les cumple el contrato cliente-patrón, concluye el politólogo.

Alfredo Villegas insiste en que él se enfoca más en la situación del campamento y, con orgullo en los ojos, cuenta que ha logrado romper la tensión que se vivía entre los vecinos: la exlíder no permitía que nadie externo entrara. Actualmente, la vigilancia “del jefe Madero (policía de la Gustavo A. Madero) ha bajado la delincuencia y drogadicción de aquí”.

Finalmente, cuenta que próximamente será jefe de una manzana de la colonia Lindavista: “quiere decir que estoy haciendo bien las cosas, ¿no?”, agrega con una sonrisa.

El otro lado de la moneda, Socorro Maruri

Justo frente a la salida del metro Potrero, en la línea 3, al norte de la ciudad, se localiza una unidad de departamentos con 704 viviendas, de las cuales, todo el bloque que da a la Avenida Insurgentes Norte fue entregado por el Instituto de Vivienda del DF (INVI), en 2008 y 2009, a familias que habitaron temporalmente el Campamento Ricarte para víctimas del terremoto de 1985.

Aquel radical cambio de lámina de asbesto a cemento y mayor higiene se lo deben a una sola persona: a la señora Imelda Socorro Maruri. Sin embargo, en el campamento la consideran “ratera”, “tranza”, “imponente”, y afirman que les “quedó mal” porque siempre les exigía dinero para todo: “Nos hizo creer que juntando dinero entre todos podríamos construir algo mejor, pero al final se llevó como un melón (1 millón de pesos)”, cuenta Manuel Flores, amigo de Alfredo Villegas.

Socorro Maruri –recargada en la puerta de su departamento, la cual muestra una estampa como apoyo al delegado perredista Víctor Hugo Lobo– accede a brindar la entrevista. Cruzada de brazos y con mirada retadora, se recarga en un auto gris dispuesta a hablar sobre su época en el campamento.

Viste una blusa y pantalón azul marino formal y su cabello rojizo está peinado con un chongo. Los vecinos de la unidad que pasan caminando cerca de donde ella se encuentra la saludan. Aprovechando la ocasión, les pide que se acerquen:

–¿Quién es tu líder? –Pregunta directamente.
–Usted. –Contestan con gran seguridad.
–¿Y allá? –Se refiere al campamento.
–También.
–¿Te pedí algo para vivir aquí?
–Cien mil pesos, –bromea uno de ellos.
–Socorro es una excelente mujer, amiga, jefa y líder, –agrega un hombre de lentes y poco cabello.

Conforme fluyen las preguntas, se rompe, poco a poco, la barrera de autoridad que transmite. Desde niña posee una personalidad de liderazgo, pero ella prefiere llamarse “chismosa”. Sus hermanos siempre le reclamaban a su madre por qué le encargaba sólo a Socorro todas las labores.

Otros vecinos que no vinieron del campamento la consideran una mujer “colaboradora y buena persona”. Ella asegura haber aprendido a ser solidaria gracias a su mamá, proveniente del Estado de México. Cuenta que una vez le cuestionó el porqué le regalaba dulces a otros niños además de a ella y a sus hermanos: “porque ellos también quieren endulzarse la vida”, me contestó.

Está convencida de que logró conseguir la vivienda digna que ahora posee por amor a sus dos hijos. Desesperada por no recibir una respuesta del gobierno, en cuanto a reubicación después del terremoto, buscó en varias puertas. “Muchos sólo me tocaban el violín”, recuerda.

Con respaldo de aproximadamente 30 personas, brindó apoyo político al entonces candidato del PRD a la delegación, Joel Ortega, a cambio de una vivienda. “Nos volvimos una plaga […] cerrábamos calles, bloqueábamos avenidas […]”. Eso fue lo único que pedía: trabajo y esfuerzo, no dinero.

–¿Con apoyo político se refiere a acarreo?
–No, sólo volanteo y esas cosas. No considero que nosotros les estuviéramos haciendo un favor a cambio de una vivienda, era su obligación.

Vale señalar que “el acarreo obligado de gente pobre y de todo tipo de clientelas es común en los partidos políticos en México, es indigno por definición, hace anónimas a las personas, trafica con su voluntad y los vuelve vil escenografía”, opinó el periodista Uriel Aguayo en su columna del Diario Xalapa.

“Fueron desde los municipios más pobres del Estado de México. Son campesinos, taxistas, mujeres, son pobres, pero lo más importante, son votos”, aseguró la reportera Carmen Gudiño con respecto a un mitin llevado a cabo el 17 de junio del 2011, como parte de la campaña de Eruviel Ávila, candidato en ese entonces a la gubernatura del Estado de México, por parte del PRI.

O bien, mediante un reportaje transmitido en Punto de Partida (conducido por Denisse Maeker) el pasado 9 de febrero del presente año, Fátima Monterrosa evidenció dos casos de acarreo durante las elecciones internas del Partido Acción Nacional para la elección del candidato a la presidencia:

“¿Por cuál de los tres va a votar?”, cuestionó Monterrosa a Catalina Ceciliano, habitante de la Comunidad de San Miguel, Puebla. “Pues es lo que le estoy diciendo, ya hasta se me olvidó cómo se llama”, le contestó riendo.

Choque entre líderes

En un principio, Socorro Maruri afirma no querer dar nombres ni hablar mal de nadie, pero después, hace mención del supuesto actual líder del campamento, Alfredo Villegas. Cuenta que juntos levantaron un censo de los habitantes durante el año 2001: el padrón quedó de 258 familias, dato que contrasta con las 147 mencionadas por Villegas. Entra a su departamento para buscar las copias y firmas de cada habitante: “Papelito habla”, afirma mientras las muestra.

El conflicto entre ellos dos se dio porque Socorro no le entregó uno de los departamentos brindados por el INVI, por lo cual no se pueden ni ver. “Falta de cultura, yo como civil no podía hacer eso. Además, no cumplía con los requisitos que el instituto pedía”. No obstante, los Villegas evidenciaron que ella tampoco, pues rebasa el número de salarios mínimos exigidos para tener derecho a un crédito.

–Entonces, ¿cómo habita aquí?
–Una abogada me lo permitió porque se percató de todo el esfuerzo que me costó.

Legalmente, Socorro y sus dos hijos (es divorciada) no poseen papeles con el departamento a su nombre sin embargo, lo han mantenido “por sus méritos”. Los vecinos, agradecidos por los favores que han recibido de ella, deben pensar lo mismo.

Sin embargo, los enemigos siguen siendo una sombra, una nube que carga día a día. En febrero recibió una llamada de extorsión; hasta el momento van cuatro. Como es su costumbre, no se quedó con los brazos cruzados y exigió apoyo de la policía hasta recibirla. No satisfecha con eso, colocó cámaras de vigilancia; la pantalla puede observarse en su sala.

La necedad que la caracteriza la impulsa, está segura que ayudar le permite aprender. “Tengo 60 años, luzco cansada (…), en mi cumpleaños celebraré con una misa para agradecerle a Dios todo lo que he recibido”.

Todavía siguen ahí, ¿y seguirán?

Aquella mañana del 19 de septiembre de 1985, las personas que actualmente habitan el campamento jamás se imaginaron que 27 años después seguirían sin poseer una casa con baño y cocina propia, un derecho incluso constitucional. Las siguientes generaciones se han enfrentado con lo mismo, al temer el momento en que el Seguro Social decida construir un nuevo hospital en ese terreno.

El campamento Ricarte ha ido adquiriendo distintas significaciones: los externos lo llaman “Cartolandia”, hoyo de putas y drogadictos. Los habitantes, algunos incluso profesionales, se han adaptado a vivir en un lugar antihigiénico donde las láminas son sus principales enemigos, por la acumulación de calor y la entrada de agua de lluvia o frío.

Los políticos, por su parte, han identificado en ese lugar una zona estratégica en la cual pueden obtener votos fácilmente a través del clientelismo. Esto pese al letrero de la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales (FEPADE) colgado en el local de Lechería Liconsa, ubicada en la segunda entrada del campamento: “Tu voto no puede ser condicionado a cambio de servicios del Programa Oportunidades”, reza.

Pese a los distintos intentos por parte de algunos habitantes para exigir una reubicación o una construcción de viviendas como la ofrecida por el INVI, la delegación y los políticos les han dado la espalda al momento de ofrecer soluciones concretas, luego de 27 años y tres generaciones, ¿cuántas generaciones más?





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