lunes, 3 de septiembre de 2012

ÉCHAME A MÍ LA CULPA: CONOCIENDO A FERRUSQUILLA

Por Guillermo Domínguez
México (Aunam). Se quita el sombrero y lo deja sobre la mesa. Con un ligero movimiento toma del bolsillo de su saco un pañuelo, para limpiarse los rastros de sudor acumulados en la frente. El cabello cano se le arremolina en la nuca para dejar despejadas las sienes. Asus 94 años, conserva esa mirada de niño. “Nací un 2 de octubre de 1919” emite José Ángel Espinoza, Ferrusquilla.

Choix, Los Mochis y Mazatlán lo vieron crecer hasta 1937, cuando partió a la ciudad de México para convertirse en médico. No estudió medicina; terminó trabajando en la XEQ, primero como asistente, locutor y, posteriormente, comenzó su carrera como actor.

Su lugar como voz en la radio y apodo característico los obtuvo cuando reemplazó de manera espontánea, y sin ensayos, a Carlos Contel quien (amenazado por su hermano Enrique, dueño de la estación) tuvo que elegir entre ser técnico o interpretar a “El capitán Ferrusquilla” en el famoso programa para niños Fifi rafas.

“El hombre de las mil voces” (llamado así por la cantidad de personajes que hizo en las emisiones de ese programa) aún tiene presente Media noche, su primera participación estelar en una película, “podría recordarla como la más importante; fue con Arturo de Córdova y la dirigió por Tito Davison”.

En cierta escena, ambos protagonistas tenían una charla en un camión. Ninguno de los actores podía hablar directamente con el otro y debían dejar una entonación que permitiera editar la escena para representar un diálogo continuo. José no tenía permitida ninguna entrevista con “el rey del cine Mexicano”, pero poco a poco se fue ganando su confianza; posteriormente le permitieron ensayar con él antes de las tomas.

En más de 80 rodajes pisó los mismos sets de filmación que Richard Burton, Anthony Quinn (a quien recuerda por su carácter explosivo e ingenuidad), Boris Karloff, John Wayne, Clint Eastwood, Brigitte Bardot, Dean Martin, Jeanne Moreau, Carmen Montejo, María Félix, Jorge Negrete, entre otros.

En sus primeros pasos en la capital, Ferrus, como también es llamado, estudió en el Conservatorio de Música. Entre sus maestros destacan Manuel M. Ponce y Silvestre Revueltas. En 1951 grabó su primera canción A los amigos que tengo. Únicamente en cinco de sus obras no compuso la música y la letra solo; cuatro lo hizo con la ayuda de Jorge Negrete y Hasta aquí nomás con Teodoro Césarman.

Con más de 170 piezas, es común oír de personas como Rodrigo de la Cadena (encargado de su homenaje en el Teatro de la Ciudad) enunciados como: “le echo al maestro la culpa de la alta demografía que México tiene en la actualidad, pues cuántas parejas no se habrán enamorado con sus canciones”.

Muchas de sus coplas nacen de inspiraciones repentinas o de súplicas que le hacen sus allegados. Este fue el caso de Lola Beltrán, quien, en un viaje con el compositor y los Hermanos Falcón, emitió el clásico “Ferrus, ¿por qué a mí no me has compuesto una canción?". En pleno vuelo creó El Rosario de Lola, dedicada especialmente para ella.

Ha Recibido la Medalla de la Paz por parte de la ONU (junto con Lola Beltrán), se le dio el crédito de Dr. Honoris Causa en la Universidad Autónoma de Sinaloa, fue acreedor del Premio de las Lunas del Auditorio Nacional. Existen estatuas suyas en Mazatlán y en la plaza Garibaldi; también hay un busto de bronce en su honor en la plaza de los compositores.

A pesar de los constantes reconocimientos (recientemente en el Teatro de la Ciudad el 2 de septiembre y próximamente en el Festival Cervantino en octubre), prefiere estar tranquilo en Mazatlán, su residencia actual, que estar en homenajes. Asegura que “a esta edad no se puede evitar este tipo de cosas”.

Dueño de muchos corazones y responsable de más lágrimas, no pudo controlar las suyas cuando hablaba de Jazmín, una jovencita que lo ayuda a acomodar su música y a transcribirla en computadora. Es ella la inspiración de su penúltima canción.


“En un cofre en que guardo mis recuerdos;
resplandece una flor recién cortada.
Un jazmín que no creo merecerlo;
esa flor que al influjo de un milagro.
Se convirtió en mujer; muy feliz de su linda compañía.
Empiezo a padecer cuando se aleja;
escuchen lo que siente el alma mía.
Cada vez que Jazmín me deja;
extraña sensación de soledad me causas al partir, linda Jazmin.
Y no resisto la pena de pensar y sospechar que nos has de regresar a este abismo”.


Otra de sus creaciones es La ley del Monte, canción emblemática de la cultura mexicana. Esta fue resultado de un viaje del maestro por Veracruz, “iba solo, manejando, cuando vi muchos magueyes; vi uno que era especialmente grande y llamativo. De él salió un muchacho amarrándose los pantalones y de otro a una muchacha que se amarraba la faldita. Ahí hubo una cita de amor, me dije; igual y se les había ocurrido grabar sus nombres en un maguey”.

Le pareció un buen tema para escribirse sobre los márgenes blancos de un periódico que lo acompañaba en el viaje, Lo primero que hizo fue buscar a Lola la grande para que la grabara. Ella se negó. La ley del monte fue olvidada hasta que José Ángel recibió una llamada de Vicente Fernández que había grabado la canción. Esta le había llegado de las manos de un cantante de ópera que la había escuchado en voz del autor durante una filmación.

Su obra más reconocida, es Échame a mí la culpa, “es la canción que hace que viva sin trabajar” y, según fue informado el autor, es la segunda canción con la mayor cantidad de tributos y versiones por parte de otros artistas en español, aunque él no lo cree.

La primera en interpretarla fue Amalia Mendoza: “Yo tenía cita con Juan Mendoza. Cuando lo vi le comenté que tenía una canción nueva y deseaba cantársela a Amalia, su hermana, por teléfono”.

La Tariácuri tenía un teléfono empotrado en la pared de la cocina y en la mano izquierda un frasco de aceite con el que estaba cocinando. Cuando escuchó “sabes mejor que nadie, que me fallaste”, tiro por descuido la botella. Se agachó para recoger los vidrios sin dejar de escuchar la bocina y se cortó la mano izquierda.

“Vénganse a ensayar aquí, nos dijo ella. Cuando llegamos, Juan me dijo —Híjole, me la va a ganar, no se la debimos haber cantado—”. Ya con la mano vendada casi se la había aprendido. Con guitarras se hicieron los arreglos; ella, con la mano que le volvió a sangrar, hizo unas llamadas y “al día siguiente la estaba grabando con su palma herida, que sangraba cada vez que la cantaba…, hasta que se curó”.

“Por tantas cosas que recordar y agradecer a esta ciudad desde 1937” escribió Ciudad eterna y señorial, canción destinada a estrenarse en su homenaje Échame a mí la culpa en el Teatro de la Ciudad y de la que se puede apreciar el siguiente fragmento.

“Vivir en ti,
me obliga a darte lo mejor de mí;
corresponder a lo que recibí.
Ciudad eterna y señorial.
Como pagar, el privilegio de poder gozar,
de las ventajas de una gran ciudad,
como eres tú:
mi capital”.

Actualmente, José Ángel Espinoza Aragón es Decano de la Sociedad de Autores y Compositores, de la Asociación nacional de Intérpretes, de la Asociación Nacional de Actores, del Colegio de Sinaloa y próximamente de la Sociedad General de Escritores. Con carácter humilde cree no tener méritos para estar en la Rotonda de los Hombres Ilustres, al momento de su muerte.







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