viernes, 31 de agosto de 2012

JÓVENES SIN FUTURO

Por Nora Elsa Hinojo Escamilla
México (Aunam). Durante los primeros meses del 2008, el hastío del calor parecía devorar la sombra de algunos estudiantes que, después de haber cursado cuatro años de su licenciatura en Ciencias de la Comunicación, se encontraban preparados para comenzar sus primeras prácticas profesionales dentro de un sistema que se había conformado como el escenario idóneo para la exclusión sin derecho a réplica.

La ilusión circunstanciada de saberse independientes y con un nuevo horizonte los dotaba de emociones encontradas; por una parte, el logro de una meta profesional y, por el otro, una profunda angustia ante la incertidumbre que produce un contexto de crisis e inestabilidad.

La fotografía que había capturado el último momento de celebración estudiantil parecía estar atrapada en el tiempo, donde la felicidad y el festín ocupaban el primer plano. Sin embargo, la contradicción fotográfica de lo transitorio sobre lo permanente pronto los sorprendería. Así, las sonrisas se desvanecían ante las preocupaciones de un futuro tan incierto, como el mismo hilo desde el cual pendía el marco de madera que delimitaba la imagen.

La preocupación enmascarada pronto se desbordaría más allá de los límites de una fotografía para acceder a las entrañas de una realidad que, de acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), se caracteriza por la desestructuración del mercado laboral para los jóvenes de todo el mundo, pero en específico, de América Latina. Un continente con 104 millones de jóvenes entre 15 y 24 años que se enfrentan a la paradoja de una lógica que permite, de alguna manera, el acceso a la educación, pero impide la vinculación de éste con el mercado laboral.

Desempleo en el marco de la crisis global

El fenómeno social del desempleo encuentra su explicación en el marco de la globalización pero, en específico, en el contexto de la crisis global del 2009, donde la implantación de nuevos retos económicos contribuyó a la conformación de cambios y decisiones políticas que, por la distribución de prioridades, afectaron el bienestar social de los individuos.

En el texto Globalidad sin equidad: notas sobre la experiencia Latinoamericana, el economista mexicano Rolando Cordera Campos plantea que la globalización es un proceso que siempre ha estado presente en la construcción de las relaciones sociales; sin embargo, es en el contexto actual cuando este fenómeno adquiere características especiales que buscan la integración de economías diferentes, para desvanecer las fronteras y, con ello, establecer la ilusión cosmopolita de una integración global.

Mientras el ideal de la integración se desvanece, el fenómeno de desigualdad adquiere el primer plano de las diversas economías que, desde su contexto particular, se han integrado con rezagos acumulados. Lo anterior se aprecia en distintos lugares, pero en específico en América Latina; un continente que a pesar de haber abierto sus puertas al comercio y a la economía internacional, no supera sus problemas en el ámbito social, político, económico y cultural.

Es precisamente en esta idea de la globalización donde se ubica la crisis global; un fenómeno que es posible explicar a partir de una triada donde la organización económica, la política y el bienestar social establecen relaciones de tensión que impiden su total integración. De hecho, es en el texto How for will International Economic Integration Go?, donde D. Rodrik y Summer plantean que ante las circunstancias es necesario liberar la tensión a partir de la eliminación de algún elemento de la triada.

Tal vez se podría pensar que encontrar un botón de fuga es la solución; sin embargo, en un contexto donde la idea predominante es la integración cosmopolita; el hecho de establecer la liberación de algún elemento, echa en un saco roto el bienestar social y la soberanía nacional. El pensamiento de ellos, los grandes mercados, se encuentra destinado al éxito económico en detrimento de la recuperación cuantitativa y cualitativa del mercado de trabajo y, por ende, del estado de bienestar.

En América Latina las contradicciones emergen como por generación espontánea. La población y, en específico, los jóvenes, viven momentos de angustia y temor ante la incertidumbre que se refuerza a través de políticas demagógicas que atentan contra la dignidad de la vida y el futuro de los jóvenes. Como declaró el director ejecutivo del Sector de Empleo de la Organización Internacional del Trabajo (OIT): “La crisis del desempleo juvenil puede ser superada, pero sólo si la creación del empleo para los jóvenes se convierte en una prioridad esencial en la toma de decisiones políticas”.



El desempleo en América Latina es la expresión de una problemática que se expande en todo el mundo sin distinguir entre el desarrollo de una u otra economía interna o entre los niveles educativos de los individuos. La mancha se expande hasta afectar al sector más vulnerable: los jóvenes. Datos recientes de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) revelan que en el 2012 el desempleo entre jóvenes de 14 a 24 podría ser 75 millones en todo el mundo.

El panorama es desolador, pero las cifras lo son más. El pasado 22 de mayo, la revista electrónica Emeequis hacía referencia a los resultados obtenidos en el informe de Tendencias Mundiales del Empleo Juvenil 2012 elaborado por la OIT. En él se establecía que durante la crisis económica mundial, la tasa de desempleo en América Latina había aumentado de 13.7 por ciento en 2008 a 14.3 por ciento en 2012.
México cosmopolita: el problema del desempleo juvenil

México es uno de los tantos países que no puede escapar de una problemática que inició a partir de su integración económica durante la década de los ochenta, cuando el incremento de los intereses provenientes de la deuda externa y el desplome de los precios del petróleo obligaron el abandono de las políticas proteccionistas instauradas durante el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas.

La apertura al libre comercio requirió de los preceptos del Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT), a partir del cual se eliminaron las restricciones para las importaciones. Después de estos acontecimientos, en la década de los noventa, surgieron políticas neoliberales que permitieron el ingreso de capitales extranjeros y de empresas que, al consolidarse en el país, propiciaron una constante competencia con el sector nacional.

Ante la apertura, el Estado se deslindó de sus responsabilidades y vendió al sector privado algunos servicios básicos como la vivienda, la salud, la educación y el empleo. Así, al margen de la distopía, los jóvenes no tenían el derecho de acceder a un futuro digno e independiente. Ante este panorama, permanecía inerte Fernando, un joven de 22 años, delgado y de cabello ondulado; egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la Facultad Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Fernando, como muchos jóvenes, había ingresado al mercado laboral por medio de contratos temporales que tenían la única finalidad de cumplir con la exigencia académica para la obtención del servicio social. Sin embargo, sólo bastaba con apreciar la carencia pecuniaria, para comprender que la inserción al sistema había sido efímera.

Los conocimientos estaban sobre la mesa, la intención por ingresar al mercado de trabajo estaba presente, pero las oportunidades parecían caducas e inaccesibles. Para Fernando la situación era más desalentadora; los trabajos eran escasos y, cuando los conseguía, éstos se convertían en bromas pueriles, sin el mayor sentido de dignidad o respeto por los años de preparación y formación académica.

La situación de Fernando es uno de los tantos botones de muestra que expresan las contradicciones de un país que contrapone la preparación académica al mercado laboral. Según informó el periódico La Jornada, para Juan Arancibia, investigador del Instituto de Investigaciones Económicas (IIEC) de la UNAM, resulta contradictorio pensar que la educación es la llave fundamental para el futuro, cuando las cifras demuestran que quienes presentan un mayor índice de desempleo son las personas que tienen algún grado de preparación académica.

Para Fernando, la educación siempre había significado un elemento sustancial en la apertura del mercado laboral. Sin embargo, ya habían pasado cuatro meses y no encontraba empleo; la situación adquirió un tinte de desolación; cada mañana revisaba los periódicos en busca de algo, se presentaba con ropa formal en cada una de sus entrevistas y siempre escuchaba el doloroso final de “Nosotros nos comunicamos contigo”.

Las semanas transcurrían en una eterna zozobra que agotaba los últimos residuos de esperanza. Así, mientras Fernando ayudaba con las labores de la casa y estudiaba para su examen de ingreso a la maestría, se sumaba a la tasa de desempleo juvenil que, de acuerdo con El informe sobre tendencias mundiales de empleo 2012, se ubica en 12. 7 por ciento; una cifra cercana a la tasa del 10 por ciento que se había alcanzado durante el 2011.

La fotografía que había capturado la graduación de toda una generación mostraba el rostro de Patricia, una mujer de 22 años que también había pasado a engrosar las filas del desempleo juvenil. Aunque cada uno tenía diferentes aspiraciones, el desempleo se había encargado de arrasar por igual, sin respetar promedios o esfuerzos académicos. La vida era complicada y, como bien señalaba Patricia, la educación ya no era garantía de nada; en realidad, ni la propia obtención de trabajo podría asegurar una estabilidad económica.

Después de esa fotografía, Patricia había dejado crecer sus ojeras, las cuales se encontraban como grandes recordatorios del paso por la vida académica. Sin réplica alguna, la vida después de la universidad había sido complicada, las múltiples prácticas laborales sin remuneración y la carencia de empleos dignos, habían obligado a Patricia a regresar a la escuela que la había forjado para invertir su futuro en las nuevas generaciones.

La educación y el desempleo en México


En la actualidad, la educación como un medio a priori para acceder al mercado laboral ha quedado como factor a posteriori al margen de una crisis económica global. Establecer la problemática desde esta perspectiva, permite comprender que la integración de América Latina al proceso globalizador provocó una crisis en el entramado social, el desarrollo del subdesarrollo y la privación de derechos básicos, como la alimentación, la salud y la educación.

De acuerdo con el texto Las dimensiones sociales de la integración regional en América Latina, la integración de este continente partió del supuesto de una convergencia tecnológica y salarial. Sin embargo, a partir del incumplimiento de dichos preceptos, la desigualdad se expandió sin derecho a réplica, sin importar la preparación académica o el dominio sobre las nuevas tecnologías.

Si en 1990 todavía se podía hacer referencia a la educación como un factor determinante para acceder al mercado laboral; en la actualidad, la situación adquiere un tono más desolador, pues ni el conocimiento respecto a la tecnología ni una preparación universitaria parecen ser argumentos suficientes para garantizar la inserción digna de los jóvenes al mercado laboral.

La ruptura de este vínculo necesario entre la preparación académica y la obtención de un empleo se ha conformado como un referente inmediato de la realidad social. Lo anterior resulta más preocupante cuando se concibe que, de acuerdo con cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), los jóvenes en edad laboral representaban el 47 por ciento de los 186 millones de personas desempleadas en el mundo en el 2009.

Con o sin educación, parece que a jóvenes como Fernando alguien o algo les han robado las esperanzas, el futuro y la posibilidad de acceder a un mercado laboral acorde con su preparación académica. Después de dos años, y con mucho esfuerzo, él había concluido la maestría con honores, sin embargo, el título parecía ser un adorno baladí al margen de una crisis en donde el desempleo desmedido desplaza el valor del conocimiento a un segundo plano que lo desvincula del acceso a un trabajo propicio.

Fernando parece un saco roto de esperanzas. La posibilidad de que todo lo aprendido en la licenciatura le permitiera obtener un trabajo, se situaba en un lugar más lejano, donde el propio devenir de lo social, generaba la brecha entre sus aspiraciones, sus conocimientos y la cruda realidad que lo sorprendía cada mañana.

Sin duda, los jóvenes eran la población más afectada, pues de acuerdo con el informe preliminar Mercado laboral de profesionistas en México: diagnóstico 2000-2009 y prospectiva (2012-2015), de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (Anuies), en el 2011, 448 mil egresados universitarios se mantuvieron inactivos, mientras la tasa de desempleo para este sector pasó de 2.3 a 5.1, con una media de 260 mil nuevos graduados que buscan empleo cada año.

En la Conferencia Iberoamericana de Ministros de Juventud la Cepal estableció que en la actualidad los jóvenes se enfrentan a una contradicción social importante. En principio porque a pesar de tener acceso a la educación saben que eso no les garantiza un futuro digno e independiente. Esta problemática se ha presentado en algunas cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), donde la tasa de desempleo aumenta entre las edades de 19 a 24 años.

En el ámbito laboral, las personas son desplazadas con facilidad – menciona Daniel, egresado de la licenciatura en Comunicación por la Facultad de Estudios Superiores, Acatlán. A sus 23 años, reconoce que el potencial intelectual de los jóvenes se encuentra desperdiciado en otras actividades que no permiten explotar todos los conocimientos.


Daniel tiene la mirada perdida, como si se encontrara atrapado en el ruido de una sociedad capaz de enmudecer y excluir a cualquiera. Sin saber que decir, él intuye que ante la inexistencia de un futuro próspero, la mejor opción es tener un negocio propio, donde la certeza de una estabilidad económica esté al alcance de la mano.

“No busco comodidad— insiste— lo único que considero es que ante la carencia de opciones, la única vía es el negocio propio e independiente, donde no se requiera llenar solicitudes y se ahorren falsas esperanzas y expectativas.” Mientras Daniel adopta esta postura, se asume dentro del 66 por ciento de jóvenes que a pesar de tener una preparación académica, se encuentran engrosando las filas de la economía informal. Lo anterior se dio a conocer por el Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM a través del documento “El empleo, el ingreso y el actual gobierno.”

El crecimiento económico por encima del mercado de trabajo han propiciado la construcción de panoramas tan desoladores que impiden concebir nuevos horizontes o posibilidades. La necesidad de subemplear, es decir, de ocupar a las personas en líneas de actividades precarias con su actividad intelectual, es parte de la propia idea del mundo cosmopolita que desperdicia el potencial humano en beneficio de los intereses exteriores.

La expansión del desempleo parece incontrolable. De acuerdo con cifras del IIE, de los más de 1 millón 200 mil empleos requeridos, sólo será posible crear entre 550 y 600 mil nuevos empleos, de los cuales, a su vez, no se garantiza la suficiente calidad en materia de derechos, prestaciones y salarios. Sin duda, ante la realidad, las tensiones de una triada se han escapado por la tangente, es decir, se han establecido a favor de los grandes mercados y en detrimento del bienestar social y de los jóvenes.

En la urdimbre de la globalización queda atrapado un sector de la población que de acuerdo con la Cepal se encuentran ante un mundo contradictorio, donde la desvinculación entre la educación y el empleo, han contenido al margen de una distopía las ilusiones de jóvenes que como Daniel, Fernando y Patricia, han despertado de golpe en una realidad que les ha robado el mañana. Ellos son los jóvenes sin futuro.


Fotos: Archivo Aunam


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