miércoles, 30 de mayo de 2012

VIDA EN 'TIERRA VILLORO'

Por Yadira Isabel García Leyva

México (Aunam). Todo buen periodismo es cultural, dice Juan Villoro ahora con certeza. Pero hace ocho años le hizo dudar un consejo de Carlos Monsiváis: no puedes seguir así, si te desmarcas de lo importante pierdes oportunidad de lo caprichoso. Y no por ello claudicó. Hoy está en librerías un compendio de 17 años de escritura caprichosa que en su momento se vendió dosificadamente en revistas, y que seguirá vendiendo en ésta, su versión de cien artículos “para llevar”.

¿Qué periodista no quisiera ser tan afortunado que pueda contra los presagios del cronista urbano de México por antonomasia? No es que Monsiváis haya errado en la lectura del destino, sino que Villoro, tan creativo como es, le dio la vuelta como es su costumbre en los artículos de esta antología titulada ¿Hay vida en la tierra?.

En ella el lector como cualquier pasajero que aborda su taxi, en seguida se pone en sus manos. Basta con intercambiar la dirección (que bien puede ser cualquiera de sus títulos por precisos), a sabiendas de su experiencia al volante y su conocimiento de las rutas. Aunque abuse de la confianza del pasajero llevándolo por caminos caprichosos, el viaje invariablemente será grato y a veces hasta con llegada sorpresiva; por lo cual el lector está dispuesto a pagar.

Y eso que el periodismo para Villoro significa comportarse como un mayorista, porque lo que él decidió fue dedicarse a la literatura. Sin embargo, agradece tener que buscar vivir del periodismo, que lo saca del arresto domiciliario al que sentencia la escritura de una novela. Esa vocación por la escritura y ese espíritu vagabundo lo ha orillado, “no a construir cuentos sino buscarlos en la vida”. Así que sus escritos son producto de la experiencia en la literatura y de la inmadurez del asombro.

'¿Hay vida en la Tierra?' Se pregunta un niño que aún no ha perdido su capacidad de admiración por lo cotidiano. Sí la hay, responde un anciano literato que se retira a la Luna para observar la Tierra en un intento por hallar conexiones que puedan explicarle al niño cómo es que se da la vida en tan incomprensible lugar. Villoro es ambos; así lo exige el trabajo periodístico. El autor explica que esta labor es titánica al tratar de no alterar los hechos, pero también liberadora por buscar narrarlos como nadie más anteriormente. Momento en que la literatura se convierte en un complemento del periodismo: permite la originalidad y la verosimilitud.

Bien puede pensarse en la señora “Antonomasia” (un personaje de un artículo del compendio) como la protagonista de un cuento; y, sin embargo, Villoro asegura que habla de su tía: no se trata de un dato o un testimonio más en el artículo sino de la reconstrucción de un personaje retomado de una persona real que, por sus características extravagantes, cobra relevancia colectiva, pretexto bajo el cual el periodista le da vida en su relato, logrando que el lector la conozca, la imagine tal como en un cuento, aún sin verla.

Aguzando la mirada en estos escritos es posible advertir las pizcas que tientan al lector al deleite del siguiente bocadillo. Puede ser lo provocativo una entrada, tal como la del artículo Un sueño burocrático:

“‘Si Juárez no hubiera muerto, viviría en Estados Unidos’, dijo el hombre a mi lado. Me había dormido, leyendo a un autor de teatro de lo absurdo. Tal vez por eso lo que pasó a continuación tuvo un tinte irreal.”

No le quiero arruinar el desenlace. Mejor le cuento el final de otro artículo titulado La belleza errónea, tan sólo como ejemplo de la profesionalidad de su cerrajería para cerrar tan artísticamente:

“La belleza más profunda es el error que se disfruta como virtud”.

Frases como ésta no sólo adornan los finales, también es común encontrarlas al principio de sus párrafos aun en el cuerpo del texto, como una gentil bienvenida a aquel fragmento que se desenvuelve de manera rítmica y culmina con la presión de un abrochamiento. Está bien, para darle un ejemplo, le contaré un poco más de Un sueño burocrático:

“Una parte de mi familia odiaba al prócer por haber afectado los bienes de la Iglesia. El niño zapoteca que perdió las ovejas en Guelatao era recordado en plan escatológico. Cuando alguien iba al baño decía: ‘Voy a verle la cara a Juárez’. Ni siquiera le reconocían méritos como flautista.”

En este párrafo no sólo advertimos la armonía de la construcción sintagmática, sino además otra característica de su estilo, de tipo inferencial, de la que gusta utilizar insistentemente en inadvertidos intentos por robarle al lector al menos una sonrisa: la ironía.

La abertura de un libro es inclusive semejante al de una ventana: reflexiona Villoro mientras simula con las manos el gesto de abrir un libro del tamaño de una ventana. Y ha dejado a disposición del lector esa ventana que da entrada a su propia vida cotidiana con intencionalidad periodística, pero con efecto de conocerlo más.

Así, el lector se entera de su fidelidad y hasta su fe, al papel, cuando inevitablemente muestra su desdén a lo tecnológico en odas a las consecuencias perjudiciales en las relaciones sociales. En ello tiene la ventaja de la autoridad generacional y cosmopolita que, con la gracia del observador, sólo el tiempo y el andar pueden dar.

Pero si los libros son sobretodo socialización del conocimiento, en donde el autor puede ser maestro y el lector aprendiz, en algo podemos ganarle al tiempo y al espacio sin necesidad de internet. Basta con retomar las lecciones de este autor, uno de los escritores hispanoamericanos contemporáneos más reconocido.

Este libro es una provocación al deleite para el lector común y a la ejecución del periodismo cultural para el periodista incipiente (o que se considere en aprendizaje); pues a decir de Villoro, la sobrevivencia del periodista actual en el contexto de la convergencia digital, halla una oportunidad y por ende una responsabilidad en el periodismo cultural.

Ante la proliferación de datos que promueve el descuido de la comprensión de los hechos, el periodista tiene la opción de “buscar la singularidad y no la nota”, y la responsabilidad de explicar la realidad con ello; de ahí que sea cultural: no sólo porque se refiera a la divulgación de la alta cultura, sino porque requiere causar sentido en el lector, y sólo podrá ser alcanzado en tanto se conozca del contexto del destinatario.

Advierte Villoro que ello conlleva su grado de complejidad: requiere un compromiso literario aunado uno social. Pareciera que el periodista al utilizar herramientas literarias trabaja al servicio de algo superfluo o, como le dijera Monsiváis, caprichoso. Villoro responde que paradójicamente la tentación es también una necesidad humana: el lector no sólo consume información. “El gran desafío del periodismo de tentación consiste en mejorar las debilidades de los lectores”. Es decir, buscar, como en la literatura, la belleza que cause la tentación, pero también promover la elevación de aquellas tentaciones, quizá retornando a la alta cultura.

Para saciar el afán de objetividad del periodista, Villoro enseña a través de estos artículos que no hay mejor herramienta que la literatura: “Ser fiel a lo que ocurrió no depende de reproducirlo en forma neutra e indiscriminada sino de recuperarlo con verosimilitud narrativa. En este sentido, todo buen periodismo cultural es una pieza literaria”.

Imagine, compañero aprendiz, que tiene que describir “las estadísticas” a alguien que no conoce de ellas ¿Qué se le ocurre decir para causar en su receptor la sensación de las estadísticas, algo tan inasible? A Villoro se le ocurre decir (en realidad no creo que sólo sea una ocurrencia) en uno de los artículos del compendio:

“Las estadísticas se parecen demasiado a la frase letal de las parejas: ‘Tenemos que hablar’. Aunque se hable todos los días, la declarada voluntad de hacerlo implica que se dirán cosas horribles. Así pasa con los datos. Están por todas partes, pero horrorizan al crear estadística”.

Es sólo un ejemplo, pero Villoro nos demuestra párrafo a párrafo que la literatura es el estetoscopio del médico especialista en periodismo cultural. El éxito de sus textos demuestra la oportunidad del periodista de competir con la efervescencia informativa. A los periodistas caprichosos Villoro les augura un mejor futuro: inclusive los príncipes ya no se casan con princesas sino con periodistas, dice refiriéndose al matrimonio del príncipe de Asturias. Parece que el atreverse es la clave de la seducción.




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