martes, 29 de mayo de 2012

EL GUARDIÁN DEL MUSEO DE GEOLOGÍA

Por Juan Pedro Salazar Casiano

México (Aunam). La reconstrucción de un fósil de mamut recibe a sus visitantes. En sus adentros se reguardan pedazos del planeta y una historia de miles de millones de años, la cual está disponible para todo aquel que, guiado por la curiosidad o el simple deseo de conocimiento, decida adentrarse al Museo del Instituto de Geología de la UNAM.

A un costado del kiosco Morisco, en la Alameda de Santa María La Ribera, se ubica el edificio que alberga dicho museo, el cual comenzó a ser construido el 17 de julio de 1890, bajo la supervisión del arquitecto Carlos Herrera López y el ingeniero José Guadalupe Aguilera. Como toda construcción de la época porfiriana, ésta cuenta con detalles franceses que realzan la belleza del lugar.

El mamut espera, su cuerpo luce guiado y apoyado sobre piezas de metal. Está incompleto. Cual vigilante mira al frente. A su alrededor, diversos minerales lucen tras los vitrales de madera. A cada paso, la vista comienza a bañarse por la combinación de colores de esos pedazos que conforman a la tierra.

Yeso, oro y cobre nativo, plata, azufre y demás minerales están dentro de una habitación que invita a soñar con épocas donde la ciudad se embellecía a la usanza europea. Tiempos de transformaciones y de nacimientos de un instituto que investigara los recursos naturales con los que el país contaba.

Tras años de construcción, el edificio fue inaugurado un 6 de septiembre de 1906. El primer piso está destinado a las salas de exhibición del museo, las escaleras conducen al segundo nivel donde, en otros tiempos, se albergaban oficinas y laboratorios de lo que hace tiempo fue el Instituto de Geología.

La tarde avanza. Poco a poco arriban estudiantes que cuaderno en mano anotan los nombres de las rocas. Detrás del mamut una pareja se abraza contemplando un cuarzo de color violeta. Dos habitaciones lucen cerradas y con letreros de reconstrucción.

En dos salas más se puede contemplar diferentes tipos de rocas. A cada paso, la duela cruje, el sonido se extiende por las blancas paredes y las columnas de mármol. Los cristales que protegen las rocas dejan pasar la luz del sol de marzo. En las esquinas, diversos cubos de mármol cierran el cuadro.

El camino continúa y lleva a los visitantes a la sección dedicada a la paleontología. De azul desfilan varias jóvenes que brindan su ayuda en el museo. Tras cruzar la puerta colocada a la izquierda del mamut, la sala revela una imagen que muestra la evolución del elefante. Debajo de ella, fósiles.

Los flashes de las cámaras hacen su aparición y la gente se acerca hasta casi tocar los huesos de animales hoy extintos, mas una cuerda se los impide. Una de las trabajadoras del lugar ha terminado de limpiar la pelvis de un perezoso. El tamaño de dicho fósil alcanza el largo de una butaca.

En el centro, como el rey de la habitación, los huesos de un dinosaurio maravillan a más de uno. Sus patas traseras son limpiadas mientras el encargado de la acción platica con un hombre de avanza edad, barba blanca, sombreo de palma y unos ojos que denotan sabiduría.

Unos pasos y la siguiente sala muestra la evolución del caballo. Debajo, un camello en puros huesos recibe a los visitantes. Al fondo, una visitante charla con el guía, mientras la gente avanza atraída por los fósiles que esperan ser observados tras el vitral.

Colmillos de mamut, partes de un tigre dientes de sable, el caparazón de un armadillo gigante y la espina dorsal de los antecedentes del delfín, estimulan la avidez de conocimiento nacido por la curiosidad. En la pared blanca, otro fósil más, ahora de los antecedentes de las especies marinas.

La mujer mira con la curiosidad del niño. Levanta la vista y la posa sobre el dibujo que resume la historia de la tierra por eras, periodos y especies. En los vitrales, moluscos, conchas y alguna estrella de mar, muestran su intensidad y apego con los visitantes del museo.

El recorrido está por finalizar. Los pasillos vuelven al centro donde el reconstruido mamut parece impasible. La gente desciende por las escaleras de piedra volcánica y sale hacia la alameda.

Al cruzar la calle, un joven de no más de veinte años voltea, de fondo el kiosco Morisco brilla, los árboles brindan sombra y la gente pasea por la plazuela, y posa su mirada hacia el interior del museo. El mamut lo saluda y el cantar del reloj, que cada hora se hace presente, lo despide.

Foto: Instituto de Geología, UNAM




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