lunes, 9 de abril de 2012

“OH, PADRE SALVA A LOS NIÑOS VIVOS Y PROTEGE EN SU CAMINO A LOS NO NACIDOS”

Por Tania Karina Silva Fernández
México (Aunam). “Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús”, rezan un grupo de tres mujeres y cuatro hombres, uno de ellos, tiene en la mano derecha un altavoz, y es quien inicia las oraciones religiosas, mientras los demás lo siguen con voz fuerte y firme, afuera del Hospital Materno Infantil Inguarán.

Son las seis treinta de la mañana un jueves de marzo y ya se encuentran formadas, recargadas en los barrotes verde claro, cuatro mujeres, todas portan un carnet, aunque el color varía, verde, rosa, naranja, éste es necesario para ingresar al Hospital.

La primera mujer conserva un carnet rosa y la cara pálida, los ojos tristes, parece que su mirada intenta escapar hacia cualquier otro lugar donde no llegue la oración suplicante del grupo religioso por los bebés no nacidos. Después de acomodar el carnet en su mochila Wilson roja con azul, se amarra el cabello con una liga roja, y mete sus jóvenes manos en las bolsas del pantalón de mezclilla.

Ojos cafés grandes, cabello negro ondulado, sin rastro de maquillaje, mira con desesperación la puerta del Hospital deseando que se abra; su inocente rostro blanco continúa preocupado y soñoliento, es joven, dieciocho, quizás diecinueve años.

Se le aproxima un hombre, de edad similar, la toma de la cintura y recarga su cara ojerosa en su hombro izquierdo, acomoda los cabellos cortos que necios no se sujetaron con la liga, la joven, retira de su hombro la cara de él, la toma entre sus manos y le da un beso en la boca grande, masculina; se toman de la mano.

“Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación y líbranos de todo mal”, continúan rezando el hombre de gorra verde, chamarra azul marino y jeans azules, en su cara el tiempo ha dejado marca, mira fijamente a la primer chica y reza sin quitarle los ojos de encima, pronuncia la última frase de su oración agudizándola con el altavoz: “Oh Padre salva a los niños vivos y protege en su camino a los no nacidos”. La joven mira a su novio, mientras él observa con rencor al hombre que comienza de nuevo la oración: “Ave María, Dios te salve María (…)” la mirada fija y permanente en la chica que ha vuelto a sacar su carnet rosa, para constatar la hora de su cita.

Las oraciones no cesan, cada vez más claras y fuertes, el grupo de religiosos caminan a lo largo de la clínica, dos o cuatro metros, y después de regreso, ida y vuelta, siempre las mismas, Padre Nuestro, Ave María. El reloj ha recorrido sus manecillas a las seis cincuenta.

La tercera mujer, también sostiene en la mano un carnet rosa; es robusta de cabello largo hasta la cintura teñido de diferentes tonos rubios, viste un pants rosa mexicano, sube el cierre de su chamarra del mismo color y mira la rutina de los religiosos; frunce el ceño, recarga su cabeza en los barandales verdes y cierra los ojos; treinta quizás treinta y cinco años lleva encima.

Una mujer morena, de mayor edad, toca el brazo de la rubia, quien abre los ojos “Gracias ma´, ya tenía sed, ¿a qué hora se van estos pinches mojigatos?”, pregunta mientras bebe el agua que le ha llevado su madre. Parece como si el tiempo se eternizara y no acabara la espera las puertas del Hospital Materno Inguarán no abren.

“Padre nuestro que estás en lo cielos, santificado sea tu nombre”, comienza de nuevo la oración, y las dos mujeres del carnet rosa, símbolo de interrupción del embarazo, los miran fijamente, el hombre de gorra verde alza la voz y repite constante y duramente, sentenciándolas con su oración “venga a nosotros tu reino, hagáse tu voluntad, en la tierra como en el cielo”.

La primera joven abraza a su pareja y dice en voz baja “que se vayan, que se vayan, a ellos no les incumbe esto”.

La rubia mira su reloj y de reojo a los religiosos “bueno, que chingados, ya son las siete y estos cabrones no abren y esos mojigatos nomás no se van”.

Las puertas del Hospital no abren, pero la herida en las mujeres del carnet rosa permanece intacta y abierta como el primer día en que supieron que su camino había tomado otro rumbo y su cuerpo gestaba un nuevo ser no planeado y no deseado. En momentos, unas con la frente en alto miran a los religiosos, quienes las sentencian al castigo eterno; otras bajan la mirada en espera de que la clínica abra sus puertas y se lleve a cabo el fin de su embarazo.

Hace frío, son las siete y veinte, el sol se hace presente, no hay servicio aún. Las mujeres del carnet rosa miran fijamente la puerta, que parece, no se abrirá jamás; mientras a través del altavoz se escucha por enésima vez la voz de los religiosos: “Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús”.



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