viernes, 25 de febrero de 2011

DE VAGONES Y CAMINOS

Por Verónica Méndez Pacheco
México (Aunam). Siempre le habían llamado la atención esas luces blancas y azules. Perder la noción del tiempo y espacio dejándose llevar por ese bailecito hipnotizador que surgía de la oscuridad del túnel. De pequeña, ponía a prueba su memoria y habilidad para contar: tres blancas, una azul; cinco blancas, dos azules… Se sentía más atraída por el azul intenso que emanaba de la lámpara, quizás porque el blanco es un color más común.

Se preguntaba con frecuencia el significado de tales luces, la distancia entre una estación y otra era su mejor opción.

Ese día iba, como de costumbre, con los ojos fijos en la fina luz del túnel. En un instante notó que aquel lugar era más amplio de lo normal. Se imaginó en una película de terror y casi pudo observar al ser antropomórfico con serios problemas en la piel que viraba al pasar el tren, incluso, sintió un leve escalofrío cuando percibió esos ojos rojos penetrando los suyos.

De pronto la canción en el vagón, y una aguda y lastimera voz le hicieron regresar la atención al interior: “En esta ocasión le venimos ofreciendo el disco compacto formato MP3 que le contiene…”. Echó un breve vistazo a su alrededor: una señora con traje sastre negro y zapatillas de 10 cm se maquillaba a pesar del movimiento; una perfecta línea negra que salía de su lagrimal y recorría la parte externa de sus pestañas le daba un aspecto gatuno.

A su lado una pareja de jóvenes se demostraba cariño con un beso largo, tierno y adormilado. Una joven estudiante de Medicina de la UNAM –al menos eso decía su bata impecablemente blanca– dormitaba mientras sostenía un libro de Anatomía y fisiología entre sus manos.

De las bocinas del vagón provenía un “tuu ruuuu” que anunciaba el arribo a otra estación. Cada que esto sucedía, una ola de gente se arremolinaba a las puertas y en menos de lo que se vaciaba, otra ola, entre murmullos, aromas y tacones, se dispersaba a lo largo y ancho de aquel contenedor.

Este es el andar diario de cientos de personas con distintas historias, inquietudes, formas de interpretar el mundo, no obstante, todas unidas por la necesidad de llegar a un lugar. Ese “llegar a un lugar” se ve reflejado en los gestos de cada individuo: algunos mantienen una postura relajada ante el ir y venir de la multitud, las paradas constantes y, en ocasiones, extensas. Mientras otros, visiblemente inquietos, no dejan de observar el reloj. Llegarán tarde, piensan.

Es natural, que ante la muchedumbre apretujada una bolsa moleste al pasajero de atrás, el vecino de viaje termine leyendo lo mismo que usted, el aroma del shampoo de la pelirroja de la puerta conquiste a más de una nariz cuyo sexo no es importante, los zapatos de una, sean la envidia de otra y terminemos amando una canción que escuchamos porque el compañero de viaje llevaba los audífonos con demasiado volumen.

Al final del recorrido, no faltará quien deba ser sacudido de los brazos de Morfeo o salga disparado del vagón tratando de esquivar a las decenas de almas que se arrastran por el pasillo para llegar a sus destinos; algunas más fatigadas que otras después de subir las escaleras; pero todas felices, en la medida de lo posible, por haber llegado sin mayor contratiempo a la estación terminal.





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