lunes, 13 de septiembre de 2010

PIEL MUSICAL... DESAPERCIBIDA

Por Ixchel Alanna Andrade López
México (Aunam). Ella tiene la piel de color café claro, no es muy alta, tampoco muy baja; está reluciente, elegante, se ve que se preparó para la ocasión; sus curvas se acomodan perfectamente en el cuerpo de José Luis Segura, él la toma con delicadeza, muy gentilmente y se dispone a tocarla.

Las notas comienzan a inundar la sala al compás del compositor catalán Fernando Sor, la época 1800 se hace presente en el Auditorio de la Escuela Nacional Preparatoria 6: su acústica es perfecta, pues cada simple nota, cada rasgueo, cada pisada realizada llega al rincón más escondido.

Segura ejecuta la primera pieza con confianza, entusiasmo y una pasión visiblemente notoria: de sus poros brota talento y amor por la música, amor por ella, compañera durante toda su carrera: su guitarra. Y ahora que él está a punto de graduarse como licenciado por parte de la Escuela Nacional de Música, toca con más fervor que nuca.

Sin embargo, el cariño y la profunda concentración derramados no es suficiente para entretener a la joven audiencia: de un auditorio con capacidad para unas 350 personas, sólo algunas 70 se presentaron -a la fuerza- y otras 10 llegaron por gusto o curiosidad. Después de tres minutos de melodía, más de diez muchachos se levantaron de sus asientos y ruidosamente abandonaron la sala.

Siguiendo el ejemplo de los desertores, periódicamente fueron dejando el recinto más y más espectadores, sin importarles que el autor informara sobre la próxima pieza a ejecutar. Después de esto, el resentimiento, la tristeza y la preocupación del bohemio se manifestó con nerviosismo al hablar y gotas de sudor en la frente.

Tal vez porque es viernes, quizá porque ya son más de las seis treinta de la tarde o porque afuera llueve, pequeños grupos de muchachos se levantaban más frecuentemente, hasta que aproximadamente la tercera parte de la audiencia se quedó.

Pocos están, pero ninguno presta verdadera atención: algunos exploran sus teléfonos celulares, otros bostezan, aquellos ríen en mudo, éstos cabecean por el sueño… nadie quiere saber de arte. Así se despidió José Luis Segura: entre indiferencia y pocos y aburridos aplausos. Él, como el caballero que demostró ser durante su desempeño, se levantó con su fiel amiga en brazos, hizo una reverencia al público y salió del escenario.


Y de la misma forma se recibe a César Alonso Castellanos Calvo: las manos de los oyentes difícilmente se juntan, incluso la presentadora dice: “Ahora recibamos a César Alonso Castellanos Calvo, por favor… con aplausos”. Éste sale a escena y aún más jóvenes se levantan para irse.

César Alonso no se detiene a dar explicaciones y pide silencio, pues lo que le interesa es practicar para su examen profesional, “que será el 29 de septiembre” y tiene que hacerlo lo mejor posible frente a la audiencia que lo esperará dicho día.

En su mano izquierda lleva su guitarra y con cuidado excesivo la coloca en su muslo, no sin antes poner una franela en éste, para que no se maltrate su compañera de tablas. El arte empieza: notas suenas, acordes se desbordan, melodía del siglo XX inunda, asalta los oídos, el corazón, el alma.

Castellanos se reboza en placer musical, rasguear las cuerdas de su instrumento musical pareciera resultarle incluso orgásmico: extiende las manos, frunce las cejas, cierra los ojos, se muérdelos labios, suda de placer musical; lleva el arte en la piel, en su espíritu.

El intérprete parece olvidarse del público, incluso de su compañero, quien lo contempla y toma fotos de él (para el recuerdo). César está inmerso en su felicidad estética, se apasiona con su cómplice sinfónico, inclusive da la impresión de que se guitarra es su amante, el amor de su vida.


Mientras César Alonso se deleita con sus melodías, los espectadores no hacen más que aburrirse, ni siquiera intentan prestar un poco de atención: miran a todos lados: al suelo, al techo, pero no al frente; unos cuates les dicen a otros: “ya vámonos, ¿no?” o “ya me aburrí, güey” y desocupan sus asientos.

Así, entre aplausos indiferentes y pisadas de despedida, ambos bohemios reciben reconocimientos por parte de la ENP 6 y la UNAM por su participación y futura graduación en licenciatura por parte de la Escuela Nacional de Música.



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