viernes, 27 de agosto de 2010

RELIZAN FERIA DEL LIBRO CON COLOR, OLOR Y SABOR A MICHOACÁN


Texto: Frida Edith Andrade Alemán
Fotos: Reyna Medina Serapio
México (Aunam). Entre libros, el final del pasillo se viste de colores y se perfuma de olores, mientras se escuchan las notas que salen de las guitarras de Paracho y las palabras de orgullo para describir que lo hecho en esa tierra es esfuerzo de las manos michoacanas.

De un lado la madera fue transformada en carritos, muñecas, cucharas, molinillos, servilleteros, lapiceros, y del otro el cobre brilla entre jarros, campanas, alhajeros, pulseras y aretes. El final es una cortina de múltiples colores cosidos en servilletas o camisas.

Cada representante de su municipio está listo para dar a conocer sus artesanías. Algunas personas se acercan, observan, preguntan precios y luego se retiran, así pues, pasa el tiempo y los vendedores se encuentran sentados platicando o sólo mirándose entre sí.

Sus miradas llegan hasta las mesas donde se exponen los libros, mismos que esperan ser tocados por manos extrañas, para después estar guardados en las bolsas de sus nuevos dueños.

El escenario es la explanada del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, donde se extiende la Quinta Feria del Libro de esta área. El estado invitado es Michoacán, por ello, son expuestas algunas de sus creaciones artísticas.

Del 24 al 26 de agosto, doña Leticia Barajas ha estado fuera de la zona purépecha, ya que pretende vender sus artículos creados con granadillo, un tipo de madera; “mi señor y yo pertenecemos a una asociación de artesanos y allí nos avisan pa` poder salir a ofrecer nuestras cosas”.

Enfrente se encuentra la señora Martina Alonso Morales, artesana que trabaja con el huinumo (hoja seca de pino), ella moldea este material en Pichátaro Michoacán. Desliza sus dedos sobre éste y lo obliga a convertirse en alhajeros, fruteros o cestos para las tortillas.

En toda la mesa se extienden los productos hechos con huinumo, así como las tazas de barro, pero ya es hora de empacar, puesto que, a las 5 de la tarde del día 26 de agosto tendrán que regresar a Michoacán.

Con suaves movimientos y cabizbaja, doña Martina apila sus artesanías dentro de la caja de cartón. Se llena la primera, por lo que, requiere de otra para guardar el resto.

Sostiene: “vinimos a la ciudad porque es la más grande para vender, pero ni así, el primer día casi no había nadie (…) vendimos poco”.

Mientras tanto, las pruebas gastronómicas son repartidas y varios de los invitados se llevan de a dos tostadas, las cuales, casi desbordan su contenido, por lo que, en el recipiente poco a poco queda más espacio, al mismo tiempo que el chef exclama: “ya quiero que se acabe, ¡ya me quiero ir!”




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