jueves, 25 de marzo de 2010

ABC DEL TEATRO INSTRUMENTAL

Por Arturo Vázquez Barranco
México (Aunam). No cualquiera puede tocar esto, tienes que sentirlo y entenderlo. No es necesario que lo expliques verbalmente sino que lo puedas explicar con el instrumento- dice el hombre de barba blanca con cabello lacio del mismo color. El joven, quien podría pasar como el hijo del guitarrista, intenta tocar un compás de 1.5 segundos de aquella partitura que parece ser el plano de un edificio sobre una hoja pautada.

Uno por uno iban pasando los jóvenes a sentarse en la silla del viejo. Wilhelm Bruck se encontraba siempre detrás de sus víctimas, viendo directamente a la partitura. –Ahora rápido, uno pi pa pan. Los otros tres muy fuertes. No importa si no los tocas muy limpios, es más importante la energía-.

Röysopp por aquí Tanke por allá. El acento alemán de Theodor Ross y Wilhelm Bruck se hace notar desde lo lejos. Afuera de la sala Huehuecoyotl de la Escuela Nacional de Música, se encontraban los músicos alemanes platicando entre sí. Mientras los jóvenes de entre 20 y 30 años de edad esperaban ansiosos el Taller para Guitarristas. Todos podrían estar acostados en su cama, disfrutando del puente obligado; sin embargo, el interés por la música contemporánea les hizo asistir.

Las barreras idiomáticas parecen rotas. A pesar de que los personajes hablan en un inglés muy tropezado, esto parece una plática entre amigos. Los guitarrstas alemanes desde un principio decidieron dividir a la audiencia en dos grupos, unos estudiarán al compositor Mauricio Kagel y otros a Helmut Lachemann.

Con Bruck el ambiente se tornó tranquilo y cercano. El músico internacional invitó a los presentes a subir al escenario. Algunos pocos subieron, otros prefirieron observar desde la comodidad de sus butacas.

Como aquel mago profesional de fiestas infantiles, el guitarrista sacó con delicadeza sus herramientas de trabajo: su guitarra, su banco para pie, su atril y sus partituras. El taller de música contemporánea estaba por comenzar. El hombre viejo de barba blanca comenzó por explicar sus sentimientos hacia la música, el porqué de su pasión dirigida a las obras de Lachemann.

Cuando colocaba sus dedos con aquellas uñas largas sobre las cuerdas, todos esperaban algunas notas ausentes. Sin embargo, Bruck hablaba y no paraba de explicar aspectos musicales de la partitura o de la música en general. “No toda la música es para todos, a mí me interesa el cuatro o cinco por ciento de la música que se escribe actualmente”, decía.

Parecía un juego chavístico cada que el músico se preparaba para tocar y terminaba diciendo cosas como: “Los tiempos en estas partituras se miden en segundos” o “en la escritura tradicional es muy difícil plasmar estas obras”. Una vez que Wilhelm se decidió a tocar, las notas amplificadas por aquella caja de resonancia color café parecían ser salpicadas de pintura sobre un lienzo blanco.

Manchas, puntos, brochazos a medio dar, pincelazos arrepentidos y una sarta de sonidos tensos, armónicos y disonantes comenzó a tomar posesión de la sala. No tocaba un compás sin detenerse a explicar. Si bien es difícil lograr apreciar aquella música compleja en su escritura, lectura y ejecución, lo es más cuando se escucha fragmentada.

Cada vez que el guitarrista alemán explicaba el porqué de los órganos de aquel cuerpo dibujado en el pentagrama, era un alivio cuando se tocaban completos dos o tres compases de la pieza. Era como encontrar a Wally en una imagen satelital, o como cuando se logra entender para qué sirve la raíz cuadrada.

En realidad la propuesta de Wilhelm Bruck y Theodor Ross va más allá de lo musical. Ellos hacen lo que el compositor argentino Mauricio Kagel llama: Teatro Instrumental. Éste nuevo concepto hace mención al gesto musical, al acto de ejecutar música.

Al ver a Bruck al frente de aquella sala de conciertos se podía apreciar una especie de coreografía dada por la misma partitura. Las obras de Kagel están pensadas tanto en lo musical como en lo corporal. Era importante abrir “la visión” de la música para entender aquella nueva forma de expresión.

Es mentira que se necesite ser músico para entender lo contemporáneo. Se necesita tener una mentalidad abierta y una gran sensibilidad hacía aquellos detalles que se pasan por alto. No toda la música es para todos, no. Ni todos somos para toda la música.



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