martes, 28 de julio de 2009

FRANELEROS DE PLAZA LORETO, UN SECTOR ECONÓMICO SUBESTIMADO

Por Omar Nava Pineda
México Aunam). Es sábado, Eduardo se encuentra sentado en la banqueta de la calle Altamirano, mira de un lado a otro en espera de que alguno de los carros que transitan frente a él le pidan un lugar para estacionarse. Son las tres de la tarde y según “Lalo”, como todos lo conocen ahí, es la hora en que se gana más dinero, porque muchos van a comer a Plaza Loreto.

Hace 12 años, Eduardo Villanueva llegó a la calle Altamirano. Asegura que fue el primero en comenzar a trabajar ahí. La falta de empleo y la necesidad económica lo obligaron a instalarse en este lugar para cuidar y lavar coches a cambio de unas monedas. Desde entonces esa ha sido su forma de salir adelante y de mantener a su familia.

Él trabajaba en ruta 100, pero en el momento en que ésta desapareció, se quedó sin empleo; Eduardo buscó otras formas de ganarse la vida pero ninguna le funcionó, hasta que se convirtió en franelero.

De la misma manera que Lalo Villanueva; Juan Ramírez, Eduardo Olvera y Eloisa Flores comenzaron a cuidar y a lavar coches en la calle Altamirano por la falta de trabajo y la necesidad de obtener recursos económicos para mantener a sus familias.

De acuerdo con el licenciado Juan Chávez, Jefe de la Coordinación de Comunicación Social de la Delegación Álvaro Obregón, las razones por las que las personas buscan lucrar en la vía pública y cerca de los centros comerciales: “fundamentalmente obedece a la necesidad que tienen las personas por la falta de empleo, por ejemplo, entre madres solteras y otros grupos de personas de escasos recursos. Lo hacen para llevar más recursos a sus hogares.”

Pero ¿por qué la calle que está de tras de Plaza Loreto? La razón es simple. Plaza Loreto es una adecuación a las necesidades de los pobladores de San Ángel, el poder adquisitivo de los residentes de la zona es considerable, por lo que un centro comercial, cultural y de entretenimiento en medio de esta colonia es la invitación perfecta a gastar el tiempo y el dinero en compañía de los amigos, la pareja o la familia.

El tipo de personas que principalmente consume en Plaza Loreto son de clase media y alta, por lo que el comercio y el trabajo informal se benefician de esta situación. Como es el caso de los franeleros, quienes aprovechan los altos costos del estacionamiento de la plaza para ganar algo de dinero, ya que los automovilistas, principalmente de clase media, prefieren estacionar sus carros en las calles aledañas.

Plaza Loreto se encuentra al sur de San Ángel, entre las avenidas Revolución, eje 10 y calle Altamirano. Su peculiar construcción, que difiere de las plazas comerciales convencionales remite necesariamente a su historia en el siglo XVI.

Aquí se estableció el molino de trigo Miraflores en 1565, que de acuerdo con el sitio oficial en internet del Museo Soumaya, gracias a este molino se pudieron establecer distintas fábricas; la última: la fábrica de papel Loreto, subsistió hasta los años ochenta. Hasta que años más tarde los inmuebles de la fábrica Loreto atravesaron un proceso de reequipamiento urbano y rescate histórico para convertirse en lo que hoy se conoce como Plaza Loreto.

El barrio de San Ángel se encuentra a las faldas de la zona montañosa conocida como “el Ajusco” al suroeste de la Ciudad de México, un territorio rico en vegetación, pero densamente urbanizado. Sus calles aún conservan la riqueza, el hervor y la esencia de la época colonial en la cual surgió este enigmático lugar.

Sus orígenes se remontan, de acuerdo al sitio oficial en internet de la Ciudad de México, a la fundación del Convento del Carmen en el siglo XVII, cuando los frailes carmelitas adquirieron varios terrenos en las inmediaciones del Río Magdalena. El territorio de este lugar se extiende aproximadamente, desde la Avenida de los Insurgentes hasta el Templo de San Jacinto.

Gracias al extenso territorio de este convento y a la visión de Fray Andrés de San Miguel, que según la página oficial del Instituto Nacional de Antropología e Historia, fue un hombre de ciencia quien construyó numerosas edificaciones en el país, se realizó una importante obra de infraestructura hidráulica, la cual mediante presas, aljibes y canales se aprovechó el cauce del Río Magdalena para abastecer de agua a los más de 13,000 árboles frutales que cultivaban los frailes carmelitas

De estas huertas se abastecía a la mayor parte de los mercados de la ciudad. Debido a esto, el Convento del Carmen alcanzó una gran riqueza e influencia, por lo que se convirtió en un gran centro de comercio para esta zona.

Posteriormente, en la época de Porfirio Díaz, algunas de las familias más adineradas de la ciudad, compraron algunos lotes en esta zona para construir villas campestres, en lo que en ese entonces era un lugar muy apartado de la ciudad, es por eso que San Ángel tiene una gran número de edificios y casonas elegantemente construidas fusionando las tendencias francesas de la época con la arquitectura tradicional de los pueblos mexicanos.

Con el paso de los años, el barrio de San Ángel quedó incorporado a la ciudad, pero siguió conservando en gran medida sus costumbres y tradiciones en un entorno que aún tiene cierto aire provinciano.

De esta manera se explica la razón por la cual, actualmente, San Ángel es poblado por personas de clase media y alta. A través de los años, las familias mejor posicionadas se han establecido en este lugar. Las casas, las calles y los monumentos que han sobrevivido desde entonces exigen personas de clase privilegiada tanto cultural como económicamente. Lo cual convierte a la zona en uno de los mejores lugares para el comercio y la promoción de la cultura.

El empleo

Una bandera roja, afelpada y manchada por el polvo y la contaminación, ondea anunciando la llegada al territorio de los “dueños de la calle” Altamirano. El sol funde la paciencia de los automovilistas y hace que sus manos toquen el claxon con verdadero ahínco a la menor disminución de velocidad de cualquier integrante del contingente metálico.

Un automóvil compacto de color negro se detiene lentamente para buscar un lugar de estacionamiento, inmediatamente detrás de él, el grito de una camioneta blanca expresa la inconformidad de su conductor, el cual da el volantazo para rebasarlo rápido y sin fijarse que un deportivo rojo transitaba por el otro carril a gran velocidad. En un santiamén la calle que se encuentra detrás de Plaza Loreto en San ángel se vuelve la sede de un concierto de claxons, gritos y una que otra mentada de madre.

El conductor del auto compacto se fija en ambas direcciones buscando un lugar vacío, sin tener éxito. Adelante, a lo lejos, la voz jadeante por el calor de Eloisa grita: “¡Aquí hay lugar jefe!”. El carro acelera y llega al lugar que le ha asignado la “dueña de la calle”, la señora Eloisa Alejandra Flores.

Eloisa utiliza una franela de color rojo, el símbolo que caracteriza a los de su especie, para guiar al conductor de dicho automóvil en cómo debe de estacionarse. Rápido el conductor logra acomodar su carro en el lugar asignado, con lo que se da por concluido el estruendoso concierto. Ahora el tránsito circula con normalidad.

Una vez lograda la hazaña, el conductor tarda unos minutos en bajarse del vehículo, platica con su acompañante; mientras tanto, Eloisa lo espera pacientemente afuera de su auto, a la altura de la puerta del conductor, para ayudarle a bajar y ofrecerle el servicio de lavado.

Cuando el conductor abre la puerta, Eloisa se la detiene y espera a que baje para cerrarla, después le pregunta que si va a querer que se lo lave; el que ahora es su jefe le sonríe y amablemente le responde: “No gracias, ahora así les gusta a las mujeres, mugroso”. Ambos ríen, después el conductor se asegura que su carro esté bien cerrado.


Entonces, la señora dice: “Aquí se lo cuidamos joven, ahí namás cuando regrese nos da pa´l chesco, o ¿se va a tardar?”. Para lo que el joven contesta: “No, sólo vamos a ver una película y ahorita regresamos”, “¡ah! entonces aquí lo espero” responde Eloisa.

Ella se vuelve a sentar en el bote de pintura que su esposo le pone debajo de una sombrilla todos los días, en eso un automóvil comienza a desocupar uno de los lugares de su territorio, ella se echa a correr y grita: “¡Sale, sale, sale jefa, así como va, ya salió!”

Por tres años y de lunes a viernes, la señora Eloisa Alejandra ha vuelto esta actividad su estilo de vida. “Vicky me invitó porque estaba otra señora que se enfermó y me dijo que si yo podía estar aquí, entonces yo le dije que sí, y aquí estoy desde entonces” cuenta Eloisa.

-¿Quién es Vicky?

-Vicky es una líder de aquí, ella se entiende con los de la delegación, para que no abusen de nosotros.

Y es que nadie le cobra a Eloisa por estar ahí, a veces van los policías o llegan los de la Delegación a llevársela; pero sólo tiene que llamar a Vicky para que arregle el asunto. Lo único que la líder vecinal les pide a cambio es que la apoyen en el lugar en el que están; ya sea limpiando, barriendo o pintando banquetas y paredes.

En ocasiones Vicky también les pide que asistan a las juntas del Partido de la Revolución Democrática (PRD), partido en el que milita la líder vecinal de la colonia Loreto. Cuando Eloisa y su familia asisten a las juntas del PRD, Vicky les regala despensa en forma de agradecimiento.

La relación que lleva Eloisa y su familia con la líder de la colonia Loreto, Vicky, es de dependencia y correspondencia. Virginia les ofrece empleo y seguridad y ellos lo devuelven con servicio a la comunidad y con apoyo al Partido en el que ella milita.

Sin embargo, Virginia o “Vicky” como la conocen los vecinos y franeleros de ahí, tampoco es la dueña de la calle, no puede disponer de los espacios públicos, ni aunque pertenezcan a la zona de la colonia que ella lidera. A pesar de ello, actúa como si lo fuera. “Los dejamos estar aquí porque están prestando un servicio, tienen que estar registrados en la Secretaría de Trabajo y Previsión Social y no tienen que cobrar una cuota, porque, de lo contrario, se los llevan,” afirma Virginia Padilla, líder vecinal de la colonia Loreto.

Virginia se encargó de hacerle los trámites a Eloisa Alejandra, a su nuera y al hijo de Eloisa para que estuvieran registrados en la Secretaría de Trabajo y Previsión Social. Pero ellos no sabían que lo estaba haciendo, un día llegó Vicky y les pidió su acta de nacimiento y una copia de su credencial de elector. Ellos confiando en su patrona informal, se los dieron, días después se enteraron que era para tramitar su registro. No les molestó el atrevimiento.

Cuando se le preguntó a Alejandra Flores que si le gustaba ser franelera, ella contestó: “Sí, me gusta ser franelera, me gusta estar aquí, así me distraigo, ayudo a cuidar los coches de la gente que me los encarga y gano algo de dinero.”

Todo el día está cuidando coches la señora Eloisa Alejandra, desde las nueve o diez de la mañana que llega, hasta las ocho o nueve de la noche que se va a descansar. A las tres de la tarde, su esposo le lleva la comida y platican mientras ella come.

Ésta es la única ocupación de Eloisa, antes de esto era ama de casa; sin embargo, la necesidad económica la llevó a aceptar el espacio que Vicky le ofrecía. Ahora gana entre 70 y 100 pesos al día. “No todos dan pal chesco, a veces dan de a tostón, de a peso y son bienvenidos pues porque es dinero. Nosotros no tenemos tarifa, ni porque ponerla, porque es calle libre. Eso es lo que siempre nos dice Vicky,” comenta la señora Eloisa.

Virginia es incapaz de defender a sus “niños”, como ella les dice, de todos los problemas que implica ser franelero. Como muchas personas de bajos recursos, Alejandra Flores y su familia sufren de constantes insultos por su condición económica y el trabajo que desempeñan; aunque no cobran una tarifa fija, los automovilistas se sienten ofendidos cuando se les pide una cooperación.

“Una vez una señora me gritó y me insultó, porque le pregunté que si no cooperaba para el chesco, ella dijo que no y nos gritó viejas mugrosas, muertas de hambre,” aseguró la señora Flores.

“Estamos mugrosas por la tierra, pero no para que nos traten mal…Sí nos bañamos, pero tampoco vamos a venir bien elegantes, o ¿sí?...Muchos quieren opacarnos, como que vernos chiquitos, más porque traen carro…Pero a ver por qué no meten su carro allá dentro (refiriéndose a plaza Loreto)…porque allá es más caro, luego se enojan, no dan nada y traen buen carro. En esta vida hay de todo,” comenta Eloisa Flores.

Alejandra Flores cree en la existencia de un Dios porque “la muerte anda dura, agarra parejo…la vida es un hilo, aquí nada más estamos de paso y todos vamos al mismo agujero”. Y es que en palabras de Eloisa “si no es por la voluntad de Dios, nosotros no caminaríamos, no pensaríamos, no existiríamos”.

Es por eso que al trabajar siempre le pide a Dios que le ayude, para que los automovilistas le den dinero, “No mucho, sólo lo suficiente, porque no hay que ser avariciosos, no hay que hacer fortuna, dice la Biblia, las riquezas se hacen en el cielo”.

Por lo que le gusta la manera en la que vive. “la felicidad no está en el dinero, está en el amor, en vivir sin enfermedad; no importa que seamos pobres, siempre y cuando tengamos salud, comida y un techo donde vivir.”

Lo legal

Con base en un sondeo de opinión realizado el sábado 6 de junio de 2009 a los automovilistas que dejaban sus carros estacionados en la calle Altamirano: el 90% de los encuestados mostró cierto rechazo a estas personas, sin embargo, se encontró que el 70% de las personas encuestadas piensa que los franeleros deberían ser regulados, no retirados, ya que esa es la manera como se ganan la vida.

Al pedirle información a la Coordinación de Comunicación Social de la Delegación Álvaro Obregón sobre el papel que desempeña la delegación en la regulación de franeleros. El Lic. Juan Chávez, Jefe de dicha coordinación, respondió:

“Más que nada es un asunto de la competencia de la Secretaría del Trabajo, en su área de trabajadores no asalariados se tiene que hacer la solicitud, y después le piden el visto bueno a la delegación; a la que corresponde el lugar para el comercio en vía pública.

En caso de no cumplirse los requisitos básicos, los encargados de remitirlos de acuerdo a la Ley de Cultura Cívica y al Reglamento de Tránsito, son el personal de Seguridad Pública, con base en la prohibición de realizar apartado de lugares o comerciar con los espacios de estacionamiento.”

“La delegación no les da permiso de nada, ellos incurren en una violación al espacio público; quien les da permiso es la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, nosotros no tenemos que ver nada con ellos…te piden dinero, cuando no deberían, si no les das te rayan el carro, son una escoria,” comenta el Lic. José Luis Pérez, miembro del equipo de Seguridad Pública de la Dirección de Seguridad y Vialidad Pública de la Delegación Álvaro Obregón.

De acuerdo con el sitio oficial en internet de la Delegación Álvaro Obregón, entre las funciones de la Dirección de Seguridad y Vialidad Pública se encuentra “Implementar y dar seguimiento en coordinación con las autoridades competentes a los planes y programas tendientes a prevenir la comisión de delitos e infracciones cívicas, en esta demarcación.”

Por lo que uno de los servicios que ofrece esta demarcación es el de “retiro de franeleros en la vía pública” el cual tiene como objetivo mejorar la imagen de la ciudad y proporcionar mayor seguridad a los habitantes de la delegación Álvaro Obregón, mediante la coordinación de la Policía Delegacional y Sectorial. Los requisitos para llevar a cabo esta acción son: especificar la colonia y dirección exacta del lugar donde se solicita el retiro de franeleros.

De acuerdo al Reglamento para los Trabajadores No Asalariados del Distrito Federal, en su capítulo II, un “trabajador no asalariado es la persona física que presta a otra física o moral, un servicio personal en forma accidental u ocasional mediante una remuneración sin que exista entre este trabajador y quien requiera de sus servicios, la relación obrero patronal que regula la Ley Federal del Trabajo.” Por lo que quedan sujetos al cumplimiento de dicho reglamento según el artículo 3ero, los cuidadores y lavadores de vehículos.

Según el artículo 4to del mismo reglamento para que los trabajadores no asalariados puedan ejercer sus actividades, se ha hecho una clasificación con las siguientes denominaciones: Fijos, Semifijos y Ambulantes.

Los trabajadores fijos sólo tiene un lugar específico para ejercer sus actividades, a diferencia de los semifijos y ambulantes, ya que los semifijos tienen una zona específica y un perímetro para laborar y los ambulantes no tienen un sitio determinado para ejercer sus actividades.

Los franeleros de acuerdo con esta clasificación se denominan como trabajadores no asalariados semifijos, ya que su zona de trabajo está limitada a la calle en la cual se instalaron, teniendo la posibilidad de realizar su actividad en cualquier lugar de esta área.

Según el Reglamento para los Trabajadores No Asalariados del Distrito Federal, para ejercer sus actividades, los trabajadores no asalariados semifijos deberán obtener la licencia correspondiente conforme a las siguientes disposiciones:

La Dirección expedirá las licencias mediante la consulta con la dependencia o dependencias correspondientes del Departamento del Distrito Federal, dentro de cuya jurisdicción se encuentre el lugar o área de trabajo en que se les pretenda ubicar.

Los trabajadores no asalariados están obligados a mantener limpios los lugares en que realicen sus labores, por lo que deben evitar que en ellos queden desechos, desperdicios o cualquier otra clase de substancias derivada de las actividades que les son propias.

Todos para uno, uno para todos

El sol comienza a ocultarse y la oscuridad pronto invadirá las calles de San Ángel. Don Eduardo limpia el sudor de su frente, se sienta y comienza a recordar cómo se inició en este oficio... “un día pasé por la calle Altamirano, ya que vivo por la zona, me di cuenta que no había nadie cuidando la calle y por eso me quede y pus ya llevo rato aquí.”

En los doce años que Lalo lleva trabajando en esta calle, los operativos policiacos han sido un problema constante. Eduardo cuenta que hubo un tiempo, hace como tres años, que por semana se lo llevaban entre dos y tres veces al Juez Cívico; pero que después del incendio que hubo en la discoteca conocida como “Lobohombo”, dejaron de realizar los operativos.

El motivo, según “Lalo” Villanueva, es que el incendio fue consecuencia de un operativo policiaco mal planeado. De tal forma que para evitar mayores escándalos, los operativos dejaron de ser recurrentes y tan violentos.

Sin embargo “Luego vienen dos patrullas y nos piden de a 10 varos por cabeza… Hay que torearlos, decirles que a la vuelta, porque sino luego se ensañan y no nos los quitamos de encima. También hay que hablarles bonito, porque ya ve como son,” comenta Eduardo Villanueva.

Juan Ramírez es otro franelero que trabaja en la Calle Altamirano, tiene seis años y medio trabajando ahí; como todos los demás llegó por falta de empleo. Al principio Eduardo Villanueva y sus compañeros no lo querían dejar trabajar en esa calle, pero después de que platicó con ellos y les comentó que no tenía trabajo, hicieron amistad y le permitieron quedarse.

Juan afirma que si no traen el gafete que los acredita como trabajadores no asalariados, es considerado como mal uso de la vía pública y que cualquier patrulla puede llegar y remitirlos al Juez Cívico.

Ya ahí, lo que sucede es que los detienen un rato, luego llegan y les preguntan que si tienen para pagar la multa, la cual consta de un salario mínimo. Después de pagar la multa, los dejan salir y les recomiendan que porten su gafete para que no vuelvan a ser detenidos.

Sin embargo, Juan y los demás franeleros no portan en ningún momento su gafete. Tiene tres años que Eduardo Villanueva, al que ellos consideran su representante por la antigüedad que tiene en el lugar, fue a tramitar los documentos que los avalan como trabajadores no asalariados y hasta la fecha no les han resuelto la situación.

Para evitar que las patrullas se los lleven por no portar sus gafetes, Juan, Eduardo y Olvera le invitan un “chesco” a los policías, así aseguran que los dejen en paz. Aunque esto no pasa tan frecuentemente, asegura Juan.

Con base en su experiencia, Juan Ramírez afirma que los policías están más estrictos en las colonias donde los franeleros establecen tarifas a los automovilistas. “Como nosotros no les cobramos, ahora sí que con lo que gusten cooperar, los policías no están sobre nosotros, no reciben quejas y nos dejan en paz.”

Y es que, según Juan, en el momento en que un franelero cobra una tarifa al automovilista, éste último puede llamar a una patrulla en ese momento y exigir que remitan al franelero con el Juez Cívico. Esto es posible debido a que está estrictamente prohibido apartar un lugar o establecer tarifas en la vía pública, por lo que en caso contrario se estaría cometiendo una falta administrativa.
“En los lugares donde si cobran, muchas veces no pide que se lleven a los franeleros porque no quiere ir a perder el tiempo a la Delegación o peor aún porque no conoce sus derechos,” comenta Juan Ramírez.

Eduardo Olvera Rodríguez es otro franelero que llegó ahí, a la calle Altamirano, por la falta de empleo. Primero comenzó a “cascarear” en la cancha de futbol de la calle, poco a poco lo empezaron a jalar para que lavara coches o acomodara los carros.

Y es que el “Olvera”, como todos lo conocen ahí, asegura que al día, cada uno, gana entre 150 y 300 pesos, todo depende de los carros que se laven y de la gente que vaya ese día a la plaza. “Hay días que llueve, y en esos casos la gente prefiere no lavar su carro y guardarse en su casa para no mojarse,” comenta Olvera.

Todos ellos, Eduardo Villanueva, Juan Ramírez y Eduardo Olvera trabajan por sectores en la calle Altamirano, cada quien se encarga de una zona y nadie tiene que rendirle cuentas a nadie. Esto no impide que los tres se lleven bien y que en ocasiones, cuando uno de ellos no puede lavar los carros de su zona, le pida ayuda al otro para que el servicio por el que les están pagando se lleve a cabo.

Eduardo Villanueva afirma que entre ellos no hay líderes y que todos trabajan por su cuenta y que en ocasiones se ayudan cuando uno no puede con todo el trabajo. Sin embargo, tanto Juan Ramírez como Eduardo Olvera están de acuerdo con que “Lalo” funja el papel de representante por la antigüedad que tiene.

Según Eduardo Villanueva, Vicky ha intentado en repetidas ocasiones, ponerlos bajo su mando, les ha pedido que vayan a sus reuniones del PRD, sin embargo, ellos se niegan a recibir ayuda de Virginia y por tanto evitan obedecerla.

“De repente vienen las grúas a quererse llevar los carros, y nosotros buscamos arreglar el problema, no buscamos a otras personas para que nos ayuden a resolverlo; la otra señora, Eloisa, ella sí busca a Vicky para todo,” comenta Juan Ramírez.

Lo que sí han hecho es ayudarle a barrer la calle, pintar las paredes y banquetas, porque en palabras de Juan Ramírez es el lugar en donde trabajan y tiene que estar limpio. “Nosotros pusimos los troncos que rodean aquel parque que esta allá, también los juegos del parque nosotros ayudamos a ponerlos. A veces, le ayudamos a Vicky, pero no para beneficiarla, sino por beneficio propio, nos gusta que el lugar en donde trabajamos esté limpio.”

Ya son las nueve de la noche y don Lalo ha terminado su jornada de trabajo, toma su franela afelpada y muy sucia, la coloca en su hombro, apresura el paso para llegar a su hogar y así descansar para la nueva carga de trabajo que al siguiente día le espera. El señor Eduardo camina con una sonrisa en el rostro “hoy fue un buen día, me llevo 250 pesos...”.

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