miércoles, 15 de abril de 2009

BAJO UN GRITO DE SILENCIO CONCLUYE LA SEMANA SANTA

Por Ana María Arenas
México (Aunam). El domingo de Ramos era el comienzo de la semana mayor, decenas de feligreses se reunieron en el atrio de la Parroquia de la Candelaria, de Tacubaya, para recordar la entrada de Jesucristo a la ciudad de Jerusalén. Entre palmas y fieles se encontraba Fray Juan Manuel Raya Rubio, quien sin importar el intenso calor de la mañana disfrutaba rociando agua a cada uno de los palmos y así con una procesión dar inicio la tradicional misa.

Fue hasta media semana que se continuaron con los festejos, así, el jueves se podía presenciar la celebración de la cena del señor y el lavado de los pies. Doce personas representando a los apóstoles, vestidos con colores claros y un par de sandalias, esperaban el momento en que lavaran uno de sus pies. Algunos rostros irradiaban tranquilidad, una gran alegría por ser las elegidas para el lavatorio, otros en cambio se mostraban preocupados y un tanto nerviosos, quizás sentían pena o vergüenza.

El sacerdote tomaba una bandeja e hincándose frente a cada uno de los 12, dejaba caer un chorro de agua tibia y un poco de jabón espumoso; lo enjuagaba, lo secaba y con un beso representaba el gesto de humildad que Jesús había hecho siglos atrás. Así el pudor de los parroquianos quedaba a un lado y con una sonrisa dibujada observaban a la asamblea, esto acompañado de música de fondo que hablaba de las enseñanzas que había dejado Cristo.

El jueves concluyó con la visita de las siete casas, en donde acudía gran cantidad de gente para recibir una pieza de pan, un ramo de manzanilla o una pizca de sal, todo esto como signo de la confianza puesta en el misterio de la Eucaristía. Así concluía el primer día del Triduo Pascual, regresaba a casa esperando tener algo que contar del día siguiente.

El viernes por la mañana en la Candelaria, un gran número de personas esperaban el momento en que comenzaría el tradicional recorrido de Jesús al calvario, lugar donde sería clavado en una enorme cruz de madera para resucitar al tercer día.

Cuatro hombres llevaban en hombros la imagen del Nazareno, quien vestía un manto púrpura, cuya corona de espinas provocaba un gran chorro de sangre que corría por su rostro; su pesada cruz hacía que se doblara y parecía que en cualquier momento las piernas se le quebrarían. Atrás venía su madre, pálida al imaginar cuál sería el final y peor aún; triste y sin esperanzas pues la suerte estaba echada y no había vuelta atrás.

La multitud caminaba, entre cantos y rezos se detenían delante de cada una de las 14 estaciones en donde un pequeño altar decorado con flores, velas y adornos morados con blanco recordaban el gran pesar que el Mesías sintió al cumplir la voluntad del padre.

El recorrido fue largo, comenzó por la avenida Revolución, en donde un séquito de policías ayudaba con el tránsito vehicular. Los conductores observaban fijamente cada uno de los movimientos. Después del largo recorrido finalmente se regresó al punto de inicio.

Era la duodécima estación, cuando Jesús murió en la cruz, unos minutos de silencio fueron necesarios para reflexionar acerca del sacrificio que el hijo de Dios hiciera para la salvación de los hombres.

Lágrimas corrían por el rostro de doña María, una anciana de unos 85 años que apenas podía caminar con la ayuda de su bastón.

La Semana Mayor estaba por concluir, sin embargo faltaba por cumplir una tradición relevante “la procesión del silencio” que se realiza en la noche recorriendo el mismo camino del viacrucis, pero esta vez en silencio y con una vela durante todo el peregrinar.

Un grupo de jóvenes organizaba a las personas que habrían de cargar las imágenes y las antorchas. Hombres vestidos de guardias romanos con tambor en mano encabezaban la marcha, un grupo de mujeres con túnicas de colores y una antorcha encendida, caminaban sin parpadear y así detrás de ellos aparecía el cuerpo muerto del Nazareno, en una caja de madera y cristal; ocho hombres lo cargaban, su mamá lo seguía; con la cara pálida hacía que su vestido color púrpura se viera aún más encendido.

Y ahí se encontraban los frailes, serios en el momento de oración y también de reflexión; eran cuatro y todos portaban el clásico hábito color blanco, con capa negra, las cuales volaban con el aire.

Era una noche diferente, el ruido de los tambores causaba escalofríos, miedo e incertidumbre; las calles oscuras iluminadas por flama de las velas creaban un verdadero velorio. Todos callados, sin murmurar seguían el camino. Al final del recorrido, eran cientos de personas unidas bajo un mismo grito silenciado: la fe.

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