sábado, 26 de mayo de 2018

COMO SI ESTUVIERA FUERA…

Por Aimeé Renata Estrada Mendoza
Ciudad de México (Aunam). “Dios hizo el campo y el hombre la ciudad”, dijo el poeta inglés William Cowper en el siglo XVIII, cuando las zonas urbanas comenzaban a expandirse por occidente. Para aquel entonces, en todo México había 3 millones de habitantes y la población de la capital era un diez por ciento de esta cifra.


Actualmente, la Ciudad de México cuenta con 20 millones de habitantes y es la cuarta más poblada del mundo, de acuerdo con el informe de la ONU del 2017. Por lo que el paisaje rural ha desaparecido en el centro del país.

Grandes edificios de más de diez pisos, suelo de concreto grisáceo y múltiples camiones, motocicletas y automóviles son los elementos más comunes de ver durante un paseo por la CdMx.

Aunque, todavía existen lugares donde la ciudad no ha invadido los espacios verdes ni ha entubado los riachuelos que recorren el suelo rocoso. Uno de estos sitios es el Parque Nacional Fuentes Brotantes, ubicado en la delegación Tlalpan en dirección hacia la salida a Cuernavaca.

Después de pasar el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía "Manuel Velasco Suárez” de Insurgentes Sur y enfrente de la estación del metrobús Fuentes Brotantes, está la calle para ingresar a este espacio que contrasta con el panorama citadino.

Una calle estrecha dirige a los visitantes del Parque Nacional en un ambiente lleno de árboles como pinos, abedules y helechos. De lado derecho, el agua recorre las piedras lisas mientras que dos niños, con ropa interior, toman un baño y juegan acompañados de su perro.

Unos cuantos metros delante de los infantes están tres familias sentadas sobre manteles de colores, para evitar ensuciar su ropa con el polvo y la tierra, mientras sacan de sus bolsas del mandado los tuppers con comida, los vasos, platos y cubiertos desechables para comenzar a disfrutar su día de campo sin alejarse tanto de la ciudad.

De igual forma, los turistas tienen la opción de consumir alimentos en diversos locales establecidos pero austeros, donde cocinan con anafres, tienen mesas y sillas de madera o de plástico.

El menú, en el cual todos los negocios coinciden, son los antojitos y garnachas mexicanas como sopes, tacos, quesadillas, chilaquiles, enchiladas, pancita y pozole.

Mientras que las personas comen estos típicos platillos, la música invade el ambiente con los tríos y solistas que recorren cada uno de los locales en busca de propinas por sus interpretaciones y melodías que los oyentes solicitan.

Con camisa cuadrada, un sombrero blanco de palma, unos pantalones vaqueros y una guitarra acústica, detenida por sus manos arrugadas, un señor de avanzada edad y piel morena comienza a interpretar Amorcito Corazón de Manuel Esperón.

Al finalizar les desea a los comensales un buen provecho e indica que cualquier propina es bien recibida. El músico, mientras limpia el sudor de su rostro con un paliacate rojo, le llama una pareja sentada en una mesa para que toque la canción de Piel Canela.

Con la interpretación de dos melodías, el señor de más de sesenta años logró ganar aproximadamente cuarenta pesos, gracias a la petición de la pareja de jóvenes y la propina de una familia de padres y dos hijos. Después de esto, continuó con su recorrido a los demás locales.

En este espacio, que utilizan los citadinos para salir del tumulto y ruido, que caracteriza su rutina en la metrópoli, son atendidos por personas catalogadas como trabajadores informales. Las señoras que cocinan, llevan los alimentos a las mesas, el señor de las nieves, el franelero y los músicos no cuentan con ningún seguro social ni prestación alguna. Sus ingresos son inciertos porque dependen de las personas que desayunan o comen ahí.

La ciudad es símbolo de modernidad, pero de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) la capital de México cuenta con 14.2 millones de mexicanos que son empleados informales, situación que caracteriza a las clases sociales bajas y una de las principales causas de esto es la migración de lo rural a lo urbano.

Los mexicanos se mudan por la falta de empleo en el campo, sin embargo, la ciudad no tiene muchos puestos productivos que ofrecerles. Por lo que es una ironía que los citadinos acudan a un lugar para poder sentirse alejado del caos, presión y estrés de la Ciudad de México, como si estuvieran fuera de ésta, mientras que los habitantes rurales migran a esta área del país para tener una oportunidad laboral y mejorar su calidad vida.




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viernes, 25 de mayo de 2018

LA MUERTE POSA DORMIDA

Por Diego Valadez
Ciudad de México (Aunam). Las imágenes tienen la capacidad de narrar el paso de una persona por la vida: sus primeros años, la madurez, el envejecimiento y hasta su último aliento. Sin embargo, también pueden mostrar la situación de un individuo después de morir. La representación visual de la muerte ha estado presente en muchísimas latitudes del globo, siempre en distintas épocas y trabajada con variadas técnicas.

Retrato de Angelito. Ameca, Jalisco. Juan de Dios Machain, finales del siglo XIX

Irene Rodríguez Campos, originaria de El Salto, Durango, aún recuerda cómo su hermano quedó por siempre inmortalizado en papel fotográfico. Era un 3 de octubre de 1957 cuando el más joven de los Rodríguez, Tomás, falleció por causas desconocidas a la corta edad de cinco años.

Inés y Remedios, padres del infante, cumplieron con cada uno de los elementos tradicionales de las ceremonias fúnebres de su pueblo, entre las cuales se encontraba una antigua y curiosa práctica: fotografiar al difunto en ropas de gala sobre su lecho de muerte.

“Mi papá, mi hermana y yo trajimos un fotógrafo del centro del pueblo para retratar a Tomasito, se veía muy bonito, como si estuviera dormidito y no tardara en despertar. Mucha gente por allá lo hacía, no lo veíamos raro. Casi no nos tomábamos fotos, no nos alcanzaba el dinero, pero cualquier fiesta o velorio era excusa para retratarnos y tener algún recuerdito de ese día”, explicó la señora Irene mientras pasaba las gruesas páginas de su álbum familiar, en busca de la prueba a su argumento.

Tras una hoja de plástico transparente aparece ante los ojos de Irene Rodríguez un rectángulo de cartón de 13 por 8.5 centímetros. La extrae de su protección y observa durante al menos diez segundos aquella imagen en sepia que sostiene entre su pulgar e índice derechos.

Un pequeño vestido de blanco, con los ojos cerrados, y rodeado de rosas y de sus familiares más cercanos pasaría a formar parte de los escasos retratos post mortem capturados en la segunda mitad del siglo XX, cuando esta tradición había sido digerida y borrada en gran parte del país y del mundo occidental.

El México de los siglos XIX y XX, entre enfrentamientos armados y repentinos cambios políticos, fue hogar de esta práctica funeraria, una de las más distintivas de los primeros años de la fotografía.

Los retratos mortuorios, mejor conocidos como fotografía post mortem, consisten en imágenes tomadas entre 1840 y 1960 que muestran individuos sin vida. A diferencia de la foto de nota roja, ésta es encargada por los familiares del muerto o alguna autoridad que desea guardar el suceso como evidencia; además, en la mayoría de los casos, pretende simular que el modelo sigue con vida.

Con orígenes en Francia, la fotografía mortuoria ganó popularidad en Gran Bretaña durante el gobierno de la reina Victoria, quien incluso dormía junto a la imagen de Albert de Sajonia, su fallecido esposo. Sin embargo, su fama en las Islas británicas no impidió que se desarrollara al otro lado del Atlántico en países como Estados Unidos, Colombia, Perú, Brasil, Argentina y México.

Retrato post mortem de niña con su padre. Romualdo García, Guanajuato, c. 1905-1910

Memento mori: de la pintura a la fotografía

-Señora Mills ¿Tiene usted idea de qué pueda ser esto?

-Es un álbum de fotografías, señora.

-No, pero mire, están todos dormidos.

-No están dormidos, están muertos. Es el libro de la muerte. En el siglo pasado solían tomar fotografías a los muertos con la esperanza de que sus almas continuaran viviendo a través de los retratos, expresó Bertha Mills a su jefa Grace Stewart, protagonista del filme de Alejandro Amenábar The Others (2001), después de que encontrara en 1945 un antiguo álbum de cuero y bisagras doradas en su mansión en la Isla de Jersey.

El acto de morir en las artes visuales proviene de las antiguas civilizaciones, por ejemplo los murales de las tumbas reales egipcias; no obstante, a partir del alta Edad Media toma la forma presente en la fotografía del siglo XIX.

La fragilidad de la vida humana, la banalidad de los bienes materiales, y la universalidad de la muerte fueron temas tratados de forma recurrente desde la Edad Media en las manifestaciones artísticas, siempre bajo la siguiente frase en latín: Memento mori, que traducida al castellano significaría “recuerda que eres mortal”.

Entre los artistas medievales, renacentistas y barrocos las figuras de cuerpos en descomposición, esqueletos, o cráneos en obras pictóricas apelaban a ser un recordatorio de lo efímero de la vida y que, en consecuencia, todos moriremos sin excepción.

Las expresiones de la muerte en Europa se remontan al siglo XII, marcado por la aparición del arte gótico, la construcción de las grandes edificaciones religiosas, y, por consiguiente, de las adornadas tumbas en su interior. Esculturas que representan a la persona contenida en el sepulcro eran talladas para fungir como lápida. La nobleza, el alto clero y algunos santos fueron los que encontraron en aquellos edificios su última morada.

En los siglos XVII y XVIII en las potencias del Viejo mundo, así como en sus colonias americanas, la tradición medieval de las tumbas pasa a ser ejecutada por maestros del óleo y el pincel. Familias acaudaladas y asociaciones religiosas solicitaban el último retrato de los individuos que morían para poner en alto el poder económico del grupo, pero sin dejar de aludir al lema latino.

Los niños y las religiosas fueron los personajes constantes en este tipo de pinturas, su cercanía a Dios y su fragilidad los convertían en símbolos de pureza y santidad. Los niños, los predilectos en esta práctica, eran representados entre flores o elementos rituales cristianos (crucifijos u hojas de palma) de cuatro maneras: como entes celestiales (ángeles, santos o vírgenes), como lo que jamás llegarían a ser en su vida adulta (sacerdotes, damas o caballeros de sociedad), como si estuvieran vivos, o como almas llegando al paraíso.

Con la llegada del romanticismo y la fotografía, el memento mori cambiaría de dirección. La fotografía post mortem o mortuoria tiene sus inicios en 1839 en París, a pocos meses de que Louis Jacques Daguerre vendiera su patente –el daguerrotipo– al gobierno francés y comenzara la expansión de la técnica por el resto del continente.

En un principio tomarse una fotografía resultaba muy costoso y sólo individuos pudientes podían pagar dicha práctica. Aunque, en años posteriores disminuiría su precio: el incremento de fotógrafos en 1840 y la introducción de materiales más baratos como el cristal (ambrotipo) en 1850 o el papel (carte de visite) en 1860 permitió que las clases medias y bajas lograran –al menos una vez– tener un retrato.

Los ideales liberales e individuales, y el culto a la muerte del movimiento romántico propiciaron a una nueva concepción del fin de la vida. Los ritos fúnebres ya no eran sólo un acto religioso para olvidar los objetos materiales o aceptar lo inevitable del dejar de existir, sino también una forma de recordar los mejores momentos con el fallecido y jamás olvidar el afecto que le tenían, aspecto fundamental en la intención de los retratos mortuorios decimonónicos.

Sin embargo, este tipo de retratos no respondían únicamente a intereses familiares y sentimentales. En otras circunstancias autoridades gubernamentales y policiales pedían que un fotógrafo capturara la evidencia de que cierto personaje indeseable había muerto.

Las imágenes de ladrones o enemigos políticos en sus ataúdes fueron populares a finales del siglo XIX y principios del XX. Circulaban entre la población para legitimar las acciones en las que incurría gobierno para velar por la “seguridad” de sus ciudadanos, como sucedió en los Estados Unidos en 1882 con la ejecución del bandido Jesse James, o en México con Maximiliano de Habsburgo en 1865 y Emiliano Zapata en 1919.

¡Retratamos damas, caballeros, niños, familias… y cadáveres!

Retrato de Tomás. El Salto, Durango. Anónimo, 1957

El Monitor Republicano –diario mexicano de política, artes, ciencia y anuncios– publicó el 22 de septiembre de 1855 en su sección de avisos el siguiente comunicado de un estudio fotográfico localizado en el número 2 de la calle de Plateros (hoy Avenida Francisco I. Madero):

“Los retratos de muertos, enfermos o de las personas que no se quieran molestar, iremos a su domicilio mediante un aumento en el precio, el cual será amablemente fijado.”

La fotografía post mortem en México aparece poco después de que el grabadista francés Jean Prelier Dudoille trajera el daguerrotipo al puerto de Veracruz en diciembre de 1839. Numerosos daguerrotipistas extranjeros cruzaron el océano para exponer la nueva tecnología a los países no industrializados y ganar un poco de dinero retratando hacendados y políticos adinerados de todos los puntos del país. Visitaban domicilios o convertían cuartos de hotel y casas de huéspedes en estudios improvisados, y a los pocos días o semanas partían a una nueva ciudad.

Los daguerrotipos con imágenes mortuorias eran un lujo y fueron adquiridos en sus inicios por clases acomodadas de la Ciudad de México. El precio era muy elevado debido a los materiales como la placa de cobre plateado, donde estaría impresa la foto, y las sustancias químicas para prepararla.

Su composición resultaba peculiar al contrastar los rasgos de los retratos funerarios barrocos con las intenciones románticas de los familiares. Flores como azucenas, rosas, nube o nardos cubrían al pequeño –vestido por sus padrinos–en su ataúd, cama, silla, mesa o carriola para aparentar que tomaba una siesta en compañía de sus seres queridos a la hora de tomar la fotografía.

Julia Santa Cruz Vargas, antropóloga e investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), señala que los infantes ataviados como santos, autoridades eclesiásticas, o al menos con un ropón blanco, eran mandados a fotografiar por sus padres en señal de despedida y de consuelo al reconocer lo dichosos que fueron al aportar un ángel más al cielo. En consecuencia, a esta conjunción se le conoció popularmente como retratos de angelitos y continuó hasta 1880 en la capital mexicana y 1960 en pueblos y villas en desarrollo.

Para las década de 1850, la apertura de comercios en la Ciudad de México dedicados a vender equipo fotográfico dio inicio a la profesionalización de fotógrafos mexicanos en la capital y en el resto de las ciudades económicamente más importantes. Fundaron estudios fijos en el corazón de las poblaciones y anunciaban sus negocios en la sección de avisos de los periódicos

Claudia Negrete Álvarez, fotógrafa y doctora en Historia del arte por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), explica que la fotografía post mortem mexicana tiene en realidad su auge y continuidad fuera de la Ciudad de México, ya que para la década de 1880 desaparecen los anuncios de retrato de cadáveres de los periódicos y con ellos su ejercicio en la urbe.

La popularidad del establecimiento de estudios en las capitales estatales y cabeceras municipales, así como con la introducción de la carte de visite en 1860 permitieron que, por un precio poco más accesible que el daguerrotipo o ambrotipo, los campesinos tomaran ventaja de sus eventos más importantes como bautizos, bodas y funerales para solicitar una fotografía.

Romualdo García Torres, fotógrafo nacido en Silao (Guanajuato) en 1852, creó su estudio a finales del siglo XIX en Cantarranas 34, en el centro de la capital de su estado. Bebés muertos en brazos de sus padres, o descansando en pedestales o ataúdes serían las tomas que le valdrían a García el título de “el fotógrafo de la muerte”. A diferencia de otros retratistas mortuorios, Romualdo García realizó sus imágenes en su local sobre la calle Cantarranas, el cual sufrió la pérdida de su material decimonónico en la gran inundación de 1905.

En otros puntos del territorio mexicano surgieron otros “fotógrafos de la muerte” en casi el mismo espacio temporal que García Torres. Juan de Dios Machain en Ameca (Jalisco), Pedro Guerra en Mérida (Yucatán), de forma poco más tardía Rutilo Patino en Jaral del Progreso (Guanajuato), y otros más desconocidos encerraron en papel, además del alma de sus modelos antes de llevarlos a formar parte de la tierra, los ritos funerarios de las zonas rurales de sus respectivas regiones.

Santa Cruz menciona que la preparación de un cadáver antes de tomar el retrato en ambientes rurales requería hasta dos días. Avisar a los familiares, seleccionar los elementos con los que será el angelito inmortalizado y enterrado, y esperar la llegada del fotógrafo era el proceso de un funeral en el siglo XIX y la primera mitad del siguiente, que, al igual que la foto, tenía lugar en el patio o alguna habitación de la casa.

El fin de una tradición

“¡Señor fotógrafo, señor fotógrafo, venga usted conmigo! Mi papá quiere que usted retrate a mi hermanita que se murió ayer, porque mañana temprano tienen que enterrarla”, relata el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros esta anécdota en sus memorias tituladas Me llamaban el Coronelazo. Siqueiros fue tomado por fotógrafo en alguna villa del sur del México y a raíz del enredo realizó en 1931 su obra Retrato de niña viva y niña muerta.

La fotografía post mortem mexicana tuvo una vida larga si se le compara con los casos de Reino Unido y Francia, donde en 1910 la práctica ya era cosa del pasado. En 1880 desaparece del estilo de vida capitalino, mientras que en el resto de los estados no pasó a mejor vida hasta los primeros años de la década de 1960, cuando la esperanza de vida de 26 años durante el siglo XIX pasa a ubicarse entre los 50 y 60 años de edad.

Retrato post mortem de Emiliano Zapata. Cuautla, Morelos, 1919

Luis Ramírez Sevilla, especialista en estudios rurales del Colegio de Michoacán (COLMICH), indica que la fotografía post mortem es arrancada de las poblaciones campesinas en el México posrevolucionario por dos personajes: los sacerdotes y “agentes modernizadores” como profesores, médicos o cualquier otra autoridad sanitaria.

El académico michoacano plantea que, a pesar de que los retratos mortuorios nacen de una perspectiva cristiana de lo inevitable que es la muerte, hay puntos e intenciones de la fotografía que pudieran transgredir algunos preceptos religiosos: el alma sólo puede estar en el cielo y no en una imagen, y el poder del pastor de eliminar las prácticas que crea inapropiadas ante los ojos de Dios.

Sobre esta misma línea, Ramírez expone que las campañas de alfabetización y servicios médicos realizadas en diferentes momentos del siglo XX interfirieron en las costumbres funerarias por medio de sus discursos “modernizadores”. El rechazo hacía todo aquello que pareciera “incivilizado” y rudimentario era parte de los ideales de progreso que pretendían sacar del “fanatismo” a los pueblos no urbanizados.

La muerte privada

Macabro es la palabra con la que muchas personas en el siglo XXI podrían designar a la fotografía post mortem. Páginas en redes sociales y videos en YouTube dedicados al horror utilizan títulos como “20 inquietantes fotos de la época victoriana que provocan escalofríos”, “10 fotos post-mortem escalofriantes”, o “14 escalofriantes retratos vitorianos que no te dejaran dormir” tienden al sensacionalismo y aportan falsa o poca información al curioso.

El sociólogo británico Geoffrey Gorer estipula en su artículo de 1955 The Pornography of Death que la muerte es tratada en el siglo XX como los victorianos hablaban de sexo. El tema era tabú y recurrían a eufemismos o al completo silencio para hablar de un evento, que según ellos, debía quedarse siempre detrás de la puerta, donde nadie lo supiera.

Morir es visto en culturas occidentales y occidentalizadas desde el siglo pasado como un acto privado del que es difícil hablar, y mucho menos conmemorar. En México, a pesar de tener dos días en el que recordamos a los que se fueron, la apertura al tema que imperaba en el siglo XIX no tiene probabilidades de resurgir.




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EL OTRO USO DE UN BAÑO PÚBLICO

Por Alberto Valencia y Diego Valadez
Ciudad de México (Aunam). Los baños públicos están diseñados para que una persona que se encuentra fuera de casa pueda llevar a cabo ciertas funciones fisiológicas que su cuerpo necesita; sin embargo en 2016, el sitio Cruising Mx (el nombre es un anglicismo que denota el gusto por prácticas sexuales en público) hizo popular el baño del metro Ermita como punto de encuentro para hombres.


Jorge “N” es un hombre al que le gusta asistir a este tipo de lugares: “la adrenalina que se siente cuando estás allí es bien chida”, dice al ser cuestionado sobre las razones de su inclinación hacia esos espacios.

“Pues son casi nuevos esos baños. Muy poca gente va y fue por la página que en el ambiente se hizo saber”, agrega. “También hay grupos de Facebook como el de Arrimones consensuados donde los gays preguntaban de lugares discretos para visitar”.

Existe una cuestión que resalta entre los visitantes a dichos espacios, y es que la mayor parte de los hombres que acuden no son homosexuales. Según las experiencias de Jorge, gran parte de sus ligues han sido heterosexuales, algunos hasta casados; “quieren taparle el ojo al macho”, bromea Jorge.

La concurrencia del baño es mayor entre las 10 de la mañana y doce de la tarde, luego pasan horas sin muchos clientes más que los que de verdad van por sus funciones reales, hasta que dan las seis de la tarde y de nuevo comienza la actividad.

En cuanto a las condiciones de salubridad, Jorge opina que son las adecuadas, como cualquier otro baño público: hacen limpieza en la mañana y en la tarde. “Los mingitorios son los más usados porque ahí es donde se conocen y deciden si seguir o no. Lo demás pasa en el lavabo; los inodoros casi no se usan para nada”.

El costo para entrar, porque el intendente tiene buen conocimiento de lo que sucede al cruzar los torniquetes del baño, es de 30 pesos más los cinco que cuesta el servicio general; no hay un límite de tiempo para estar ahí y siempre tiene en la entrada una caja de preservativos.

Jorge piensa que es un lugar muy discreto y recomendable para ir si alguien tiene el gusto por estas prácticas ya que no hay mucha gente y los que van ya tienen una idea predispuesta de que siempre el respeto debe estar frente a todo, tanto para la gente que sólo va a usar el baño para lo que es, como para los hombres que se niegan a un encuentro cuando se lo proponen.

“Nunca ha habido casos donde alguien acose a otro hombre; todos son amables y hasta el guardia saluda y nunca es indiscreto”, menciona Jorge para después exponer una inquietud: “el hecho de que se haga de más conocimiento no me parece tan bueno porque muchos homofóbicos pueden venir a atacarnos”.

Es por ello que su postura para un reportaje que visibilice esta práctica no le parece muy buena, pero ese juicio se pone en entredicho porque el trabajo podría fomentar el respeto y la inclusión.

“Por un lado no me parece por los ataques que podríamos sufrir, pero también hay que hacer visible esto. Todo mundo sabe que existen estos lugares y creo que mostrarlos al público puede hacerlo más común y así se tolere más. Es necesario que respeten esto porque no hacemos daño a nadie”.

También existen otros lugares como baños de vapor y antros, principalmente en Zona Rosa, Iztapalapa, Revolución y Garibaldi. Si bien muchos baños públicos han tenido este uso, el de Ermita es conocido como punto principal, y según Jorge, puede llegar a convertirse en todo un referente para la comunidad gay, otros no tanto.

Foto: Dominio Público / pxhere.com



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martes, 22 de mayo de 2018

LOS ÁNGELES BAILAN EN LA NOCHE AL RITMO DEL DANZÓN

Por José Alejandro Rangel Ramírez
Ciudad de México (Aunam). El sol aún ilumina a la emblemática colonia Guerrero. Las puertas del salón Los Ángeles se abren lentamente, como si los años le pesaran al portón. El gran reloj marca casi las 5 de la tarde y las parejas ansiosas empezaron a entrar. El recibimiento de la música en vivo no se dejó esperar.


La pista apenas era pisada por 10 parejas, aunque era cuestión de minutos para que los movimientos de los zapatos caros y zapatillas elegantes atiborraran el recinto.

El olor a loción y el aroma a vejez se impregnan en la nariz al momento en que el primer pie toca la pista de baile, como si se tratara de una de las tantas visitas a la casa de los abuelos.

El desnivel del recinto es algo que se siente fácilmente, lo que provoca que todos sean atraídos al centro de la pista. La amabilidad será el primer coctel que te tomarás en la noche y durante tu estancia, el trato será diferente al de un club de noche. Aquí todos se saludan y sonríen, como si cada invitado fuera el cantante que los asistentes esperan escuchar.

El perímetro parece sacado de los años cuarenta: candelabros con una luz amarilla que quedó en el olvido tras el paso hacia los modernos focos ahorradores; telones parecidos a los de un teatro en el que estás a punto de ver una obra; espejos opacos y desgastados; y la dulcería Los Ángeles, que se encuentra en la tierra y no el paraíso, ofrece una buena pastilla para endulzar el baile con tu pareja.

La elegancia del caballero, que no tiene plumaje de pavorreal, cautiva a su dama con buenos movimientos de cintura, pies, manos, cuello, y con unas articulaciones que acaricien el cuerpo de su compañera. Ellas, engalanadas como si se tratara de la primera cita con el joven que las hace sonrojar, usan vestidos que tonifican su cuerpo y unos tacones de aguja que hacen ver unas piernas perfectas y sensuales.

En el lejano rincón del recinto se encuentra aquel Santo, el grande Dámaso Pérez Prado que alguna vez hiciera pulir la pista de baile con su cantar. Veladoras y flores adornan su pequeño espacio para no olvidar los años en los que hizo gozar con sus interpretaciones.

Los cantantes de la salsa cubana, que empiezan a sudar después de cada canción, se desabotonan dos botones de sus camisas negras. Son cómplices de la tranquilidad y la sensualidad y también de aquellos que desean ejecutar pasos más agitados con golpes más rápidos de la conga.

Dieron las 6:50 de la tarde, y llegó el momento para que Felipe Urban, el príncipe del danzón, hiciera levantar de sus asientos a las parejas que durante un breve tiempo se dispusieron a descansar. La función estelar estaba a segundos de dar inicio.

El baile es ejecutado de manera suave, disfrutando a la compañera de baile. A manera de espejo se realizan los deslizamientos con los pies, acercándose cada vez más, frente con frente como si se estuviera a punto de dar el primer beso, pero con una delicadeza que caracteriza a dos experimentados novios.
En algún momento de la canción, los danzantes paran y voltean al escenario para esperar un cambio de ritmo. Tres segundos pasan y el entusiasmo por el danzón de ayer y hoy cobra vida de nuevo.


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lunes, 21 de mayo de 2018

LUCHAR NUNCA SERÁ EN VANO, LOS 43 AÚN NOS NECESITAN

Por Jazive Jiménez
Ciudad de México (Aunam). Son casi la una en punto. En el auditorio Ricardo Flores Magón de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, están a punto de presentar “Ayotzinapa, El Paso de la Tortuga”, colaboración de Guillermo del Toro, Bertha Navarro y TV UNAM. Un documental de denuncia que en el silencio grita por todos los desaparecidos.


Después de la emoción viene la calma, en el fondo se escucha una voz que anuncia el inicio de esta travesía, el silencio no se hace esperar y todo comienza. Como primer plano en la pantalla, una tortuga con paso lento pero sin detenerse.

Mientras, se acerca una voz que comenta la importancia del ser maestro “ser maestro es la profesión más noble; el dentista, doctor o periodista siempre aprenden de un maestro”. Palabras de un normalista sobreviviente ante los hechos ocurridos en la noche del 26 de septiembre del 2014 en Iguala, Guerrero.

Los últimos meses del 2014 se volvieron los meses más aterradores para todos los mexicanos, y sobre todo para las familias y los estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, ubicada en Ayotzinapa, un pueblo de alguna parte de Guerrero con pocas oportunidades económicas, sociales y políticas.

Los estudiantes ese día habían decidido salir a recaudar dinero para poder asistir a la conmemoración del 2 de octubre a la que cada año participaban. Esta vez todo fue diferente. En Iguala llegó una emboscada y no necesariamente fueron narcotraficantes, la policía municipal y parte del ejército mexicano amedrentaron, mataron y desaparecieron a varios estudiantes sin ninguna arma entre sus brazos.

Esa noche las cosas se salieron de control, el miedo, la ira y la desesperación inundaron las almas de cada uno de los jóvenes estudiantes ahí presentes. Ver como mataban a sus compañeros por tratar de salvar sus vidas, observar como otros tantos eran bajados de los autobuses llevándoselos para nunca volverlos a ver.

Pasó la noche y la incertidumbre resonaba en cada uno de los cuerpos de los normalistas, fueron tratados como delincuentes y nadie pudo o quiso brindarles el apoyo. Tal vez todo parecía haber terminado, lo que no se tenía en cuenta, es que la verdadera tortura apenas comenzaba.

¿Cómo podían avisarles a los papás, hermanos, amigos lo que había sucedido? ¿Cómo decirles que sus hijos estaban muertos o que la policía se los había llevado? ¿Cómo responder cuando volverían aquellos que sólo habían salido por un par de horas? ¿Cómo responderse ellos mismos lo que había sucedido? Y peor aún ¿cómo superar un hecho tan atroz que había marcado sus vidas?


A pesar de todo el dolor y la rabia, los padres de los desaparecidos y los estudiantes, decidieron salir a las calles a denunciar y alzar la voz con el objetivo de hacer visible lo que había sucedido la noche del 26. Su voz fue escuchada por miles y miles de personas que tomaron sus manos y caminaron juntos con la consigna “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, “No somos todos nos faltan 43”.

El paso de la tortuga es un documental con un objetivo muy claro, despertar aquella luz que poco a poco han buscado apagar. La lucha por los desaparecidos no puede quedar en el olvido como ha sugerido el Presidente Enrique Peña Nieto “hagamos realmente un esfuerzo colectivo para que vayamos hacia delante y podamos realmente superar este momento de dolor".

Este documental busca que no se apague esa luz a la que le sopla el viento pero que cada vez se vuelve más fuerte. El dolor de los familiares y el de los estudiantes es un dolor de todo México, dejar de luchar es olvidarnos de cada uno de los que han desaparecido o han perdido la vida. La lucha es lenta como el paso de las tortugas pero nunca se deja de avanzar. Perder la esperanza no está permitido, dejar Ayotzinapa sola será darle la espalda a el pueblo mexicano.

Guillermo del Toro junto con Berta Navarro revivieron este trágico suceso, narraron cada uno de los hechos del 26 de septiembre hasta la fecha, revivieron cada una de las amenazas del gobierno mexicano por dejar el caso de lado como muchos otros que se han quedado en el olvido. Pero sobre todo mostró la importancia de las normales rurales y de aquellos estudiantes que hoy no están pero que seguimos esperando. Conocimos aquellos jóvenes que los medios de comunicación y el propio gobierno los trato como delincuentes.

Hoy su sonrisa se queda grabada en la mente de cada uno de los presentes en el auditorio pero no es suficiente. Los queremos presentes luchando por sus sueños.

Con lágrimas en los ojos la presentación llega a su fin, los suspiros están ahí tratando de esconderse para no ser escuchados. A lo lejos una voz empieza el conteo uno, dos, seguido por todo el auditorio; tres, cuatro, cinco, seis y así sucesivamente hasta llegar el número 43. Las paredes retumbar por lo gritos de Justicia y aparición con vida de los estudiantes hasta hoy desaparecidos.

Por qué: ¡VIVOS SE LOS LLEVARON, VIVOS LOS QUEREMOS! AYOTZINAPA NO ESTÁN SOLOS...





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domingo, 20 de mayo de 2018

CELEBRA BELLAS ARTES EL LEGADO DE CARLOS MONSIVÁIS

Por: Mirelle Mejía Pérez
Ciudad de México (Aunam). Para celebrar los 80 años del nacimiento de Carlos Monsiváis, el Instituto Nacional de Bellas Artes preparó la conferencia Anotaciones de una ciudad, Carlos Monsiváis y la crónica, en el Palacio de Bellas Artes, para destacar la importancia del estilo de Monsiváis para hacer crónicas y la necesidad de mantener vivo al que llamaron el “género de géneros” del periodismo.

Imagen de un estante de la Biblioteca Personal Carlos Monsiváis en la Biblioteca México José Vasconcelos.

En la sala Manuel M. Ponce del recinto se reunieron periodistas y columnistas estudiosos del trabajo de Monsiváis, como Alberto Barranco Chavarría, Ángeles González Gamio, Fabrizio Mejía Madrid y Emiliano Ruíz Parra para compartir anécdotas y observaciones sobre la crónica.

Fabrizio Mejía Madrid, escritor y ganador del Premio Antonin Artau por su novela Hombre al agua (2004), describió el estilo de Monsiváis como el “Hablar sobre hablar”, una crítica a la forma de expresarse de jóvenes, políticos y “una denuncia de las imbecilidades que podían decir los personajes públicos”.

La parodia y la referencia fueron fundamentales en su forma de escribir, acotó, y además puso atención en detalles de la vida cotidiana, popular y cultural de los mexicanos, desde la lucha libre hasta los conciertos de Juan Gabriel, pues “uno de los grandes objetivos de sus crónicas era poner atención en aquello que el gobierno no atendía” sostuvo el escritor.

Coincidieron todos en que el trabajo de Carlos Monsiváis es atemporal, pues fue un personaje de la ciudad que se movió por todos lados. Ángeles González Gamio, contó que era posible definir al periodista con las palabras “amor” y “curiosidad”, “universal” y “polifacético” debido a la variedad de temas que era capaz de narrar.

Se habló también del periodismo actual y sus nuevas generaciones. Emiliano Ruiz Parra dijo que los nuevos periodistas están interesados en que temas como la corrupción sean contados, y que para ello, se hacen timelines y hojas de excel. Sin embargo, aseguró que existe una deuda de aprendizaje con Monsiváis.

Agregó que “Carlos Monsiváis era el maestro en quién no quisimos reconocernos pero del que más aprendimos”.

El periodista Alberto Barranco declaró que “si Monsiváis no hubiera muerto la crónica se salvaría” y que la mejor manera de rendirle homenaje es manteniendo este género periodístico vivo.

La crónica, anunció, es la “madre de todos los géneros”, aquella que nos acerca a la literatura sin quitar el dedo del renglón de la no-ficción. Sin embargo, el periodista opinó que la crónica, lejos de ir desapareciendo, debería resurgir.

Propuso que debería adaptarse a las nuevas dinámicas del periodismo actual. El objetivo es mantener la crónica en prensa, radio, y televisión, “aunque no tenga la profundidad y el nivel de Monsiváis”.

Los ponentes sostuvieron que la preservación de la crónica es fundamental para el periodismo, y premios literarios que lo impulsen, como el Premio Bellas Artes de Crónica Literaria Carlos Montemayor, son necesarios para que la crónica, legado de Carlos Monsiváis, se mantenga vigente.

Foto: ProtoplasmaKid - Wikipedia.

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sábado, 19 de mayo de 2018

CANIBAL CONFIESA SER ELEGIDO POR DIOS, PARA LIBRAR AL MUNDO DE GENTE MEDIOCRE

Por: Melanie Claudia Enríquez Fuentes
Ciudad de México (Aunam). ¿Alguna vez te has preguntado cuáles son los requisitos para convertirte en un caníbal? ¿qué pasa por la mente de un asesino en serie? Esto y más podrás descubrir en la obra: “La confesión del caníbal”; la cual se estará presentando de manera gratuita en la Sala Julián Carrillo.


“La confesión del caníbal”, después de su estreno en Estados Unidos, inicia su sexta temporada bajo la dirección de Eduardo Ruíz Saviñón. La historia es protagonizada por Enoc, personaje principal y único, interpretado por Sergio Rüed. Enoc asegura ser el quinto jinete del apocalipsis, el cual nació para convertirse en caníbal, pero antes de esto, debe cumplir tres requisitos que lo convertirán en un excelente sanguinario: La belleza, el encanto y la disciplina.

A lo largo de la trama, se narran distintos relatos perturbadores, eróticos y sangrientos, que vivió Enoc, los cuales, te llevan de la mano a conocer cómo estos fueron moldeando su mente; hasta llegar a crear un gusto por la carne humana, de esta manera, entre terror y drama, se confiesa ante el público, dejando al aire todos sus pecados.


“Todos llevamos un caníbal dentro, y más en esta sociedad capitalista, donde estamos acostumbrados a consumir y alimentarnos de morbo”, afirma Sergio Rüet.

“La confesión del caníbal” es una obra teatral de clasificación C (+18). Estará presentándose los lunes del mes de mayo a las 20:00 hrs. En Radio UNAM, Sala Julián Carrillo (Adolfo Prieto 133, Col. Del Valle, Delegación Benito Juárez, C.P. 03100, Ciudad de México.) A una cuadra del Metrobús Amores. Entrada libre.




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viernes, 18 de mayo de 2018

EL AUDITORIO FRA ANGÉLICO RETUMBA AL COMPÁS DEL NOA NOA SINFÓNICO

Texto: Melanie Claudia Enríquez Fuentes
Fotografías: Oscar Samuel Cossio Patiño
Ciudad de México (Aunam). Los pasados viernes 11 y sábado 12 de mayo; el Centro Universitario Cultural (CUC), en conjunto con la Orquesta Filarmónica de las Artes (OFIA), realizaron un homenaje al fallecido cantautor Juan Gabriel.


Alberto Aguilera Valadez, más conocido como Juan Gabriel, originario de Parácuaro Michoacán, es considerado como uno de los más grandes compositores mexicanos de todos los tiempos, forma parte de los cuatro grandes de la composición mexicana al lado de José Alfredo Jiménez, Armando Manzanero y Agustín Lara. Es particularmente célebre en América Latina, donde se le conoce como el Divo de Juárez.

Por medio de sus redes sociales, la Filarmónica de las artes realizó una encuesta para determinar qué es lo que al público le gustaría escuchar, como resultado de este sondeo; el “Divo de Juárez” fue, por mucho, el más votado. Los boletos salieron a la venta varias semanas antes del evento, y se terminaron casi inmediatamente.

Las fechas fueron programadas los días 11 y 12 de mayo en punto de las 18:00 hrs. en el Auditorio Fra Angélico del Centro Universitario Cultural, ubicado en la calle Odontología número 35, colonia Copilco Universidad. Únicas fechas en las que el público, en compañía de la Filarmónica de las Artes, pudo cantar y bailar varios de los temas más conocidos de Juan Gabriel, entre ellos: ¿Por qué me haces llorar?, Hasta que te conocí, Amor eterno, El noa noa, Así fue, Querida, entre otras.


El evento fue dirigido por Enrique Abraham Vélez Godoy, director fundador y concertador de la orquesta, junto con un ensamble de cuatro voces.

Por segunda ocasión la Filarmónica de las Artes le rinde homenaje a Juan Gabriel: ¡un éxito en taquillas!


-Fotografías del ensayo general del evento.




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miércoles, 16 de mayo de 2018

DECADENCIA DE UNA TRADICIÓN

Por: Aislinn Flores Rodríguez.
Santa Cruz de Arriba, en el municipio de Texcoco, Estado de México, es un pueblo alfarero por tradición; desde hace décadas las familias se dedican a elaborar utensilios y figuras de barro en pequeños talleres instalados en sus hogares. A pesar de la aglomeración de visitantes en la famosa “Feria de la Cazuela” que organiza el pueblo todos los años, en julio, en los últimos años la actividad alfarera ha decaído.




El pueblo de las cazuelas, como normalmente se le denomina a la localidad de Santa Cruz de Arriba, está ubicado en la llanura de su municipio, en las tierras bajas situadas entre las antiguas riberas del lago de Texcoco y el Somontano. Es una comunidad que se ha dedicado a la actividad artesanal del barro a través de un proceso histórico con cambios en la producción.

El origen exacto de la ocupación alfarera en Santa Cruz de Arriba es incierto. Una versión, sin comprobar todavía, dice que hace más de 500 años Nezahualcóyotl, rey de Texcoco, repartió diversos oficios a cada una de las comunidades que gobernaba. En Tepetlaoztoc ordenó la fabricación del pulque, en Nativitas la elaboración de tlacoyos, y en Santa Cruz de Arriba la fabricación de utensilios de cocina con barro.

La versión verificada hasta ahora data de hace 150 años. Investigadores encontraron un estandarte en 1870, donde ya se hacía mención a una organización independiente de alfareros. Actualmente este objeto está resguardado por Margarito López, uno de los pocos alfareros de loza que sobreviven de la segunda generación del siglo XX.

En la segunda mitad del siglo XX, había en el pueblo aproximadamente 52 talleres artesanales familiares en funcionamiento. Hoy, tan solo prevalece un 10% de ellos. En entrevista con José Norberto Huescas Martínez, alfarero de Santa Cruz de Arriba que se ha dedicado de lleno al oficio desde 1992, afirmó ser testigo del cambio drástico en el interés de los habitantes por continuar la tradición: “Quedamos muy pocos artesanos en el pueblo”.

Su taller está dividido en tres secciones: una para moldear las figuras, otra para pintarlas y la última para exhibirlas en estantes. Un trabajador apodado El Alce se encontraba concentrado en su tarea. “Mi papá fue alfarero”, comentó sin despegar la vista de la figura, “así que me he dedicado a esto toda mi vida”.

El padre de José Huescas también era artesano. Nunca le enseñó a su hijo el oficio, pero este último siempre lo observaba y así aprendió a hacerlo solo. Por muchos años trabajó en la fábrica Tapetes Luxor en el municipio de Texcoco, pero ésta cerró, y para sustentarse económicamente tuvo la idea de dedicarse a la cerámica.

El Alce, en el taller de Huescas

“La alfarería es hermosa, pero la actividad ha disminuido porque el trabajo es muy pesado y los jóvenes de hoy tienen otro tipo de intereses, buscan otros horizontes donde puedan generar más ingresos. Las manos de un artesano siempre están cuarteadas y resecas, a ningún muchacho le gustaría tenerlas así”.

El artesano piensa que de haber estudiado una carrera hubiera dejado la cerámica, así que no culpa a su hijo, estudiante de una ingeniería, de dedicar más tiempo a la escuela y de no tener interés en continuar con la tradición familiar. “Jóvenes vienen a pedirme trabajo y les hago ver el panorama laboral para que evalúen si quieren quedarse. Les digo que si tienen la opción de meterse en una empresa o estudiar, hagan mejor eso, porque dedicarse a la alfarería tiene ciertas desventajas”.

Él se percató de que en otros trabajos dan prestaciones, y que en la alfarería, cuando se es mayor de edad y el cansancio físico ya no permite al cuerpo trabajar con barro, el artesano no obtiene ninguna pensión, así que tiene que buscar alguna forma de sustentarse. Sin embargo, Huescas aclaró que con esto no quiere decir que dedicarse a la cerámica sea una mala idea:

“El olor del barro me fascina; trabajarlo, moverlo, recortar, hacer figuras y ser creativo en el proceso, todo me gusta. Es un trabajo que involucra muchas cosas, desde conseguir el material hasta transportarlo, prepararlo, venderlo y competir en el mercado. Espero que surjan más artesanos que revivan el espíritu del pueblo. Una acción que se podría llevar a cabo para recuperarlo es que las escuelas fomenten talleres para que los niños aprendan a hacerlo desde un principio. Es necesario que los padres también promuevan el interés de los jóvenes por continuar esta actividad en Santa Cruz de Arriba.”, dijo entusiasmado, mientras recorría con la mirada sus obras.

Por otro lado, Gregorio y Mario Cortés Vergara, ceramistas reconocidos a nivel nacional e internacional, aseguran que el auge de la alfarería en Santa Cruz de Arriba se dio entre los años de 1975 y 1980.

En esa época se manejaban cazuelas pero también se empezó a utilizar otro tipo de arcilla y técnicas, como la pasta y la cocción en gas, que representan otra forma de la alfarería tradicional. Con la llegada de utensilios hechos de plástico a principios de la década de los ochenta, el barro quedó rezagado por no ser considerado tan práctico, la gente prefirió el plástico. Si bien hubo un auge, a los pocos años se presentó una decadencia.


José Huescas

En entrevista telefónica, Gregorio Cortés puntualizó que otra razón de ese decaimiento es que los alfareros no han sido capaces de transformarse. La gente que se dedicaba a hacer cazuelas se quedó estancada y no modificó su técnica a alguna otra rama, como pudieron haber sido las macetas, ornatos modernos y figuras contemporáneas. Al no vender los artesanos sus cazuelas, perdieron su fuente de empleo.

En nuestro país la alfarería no ha sido tan impulsada ni ha tenido un boom como lo tiene en España, por ejemplo. Los españoles tienen cientos de talleres en comunidades que se dedican al manejo del barro, pero que realizan diseños modernistas. Lo mismo pasa en Colombia, donde se han modificado las formas tradicionales de manejar el barro y se les ha dado un contexto actual. Santa Cruz de Arriba no fue capaz de innovarse y eso la ha llevado al exterminio como una comunidad alfarera. México es uno de los pocos países que no invierte en un apoyo hacia los artesanos.

Gregorio y Mario Cortés Vergara, además de ser alfareros, son expertos en instrumentos de origen prehispánico y elaboran réplicas de estos. Han exportado sus creaciones a Bélgica, Francia e Italia, además hicieron un viaje a algunos museos de Sudamérica para abrir un diálogo e intercambiar conocimientos con los alfareros de otros países. A partir de esto es que ellos quieren un reconocimiento por la tradición de la alfarería pero más enfocado a un contexto arqueológico musical.

Solo hay dos familias en México que se dedican a elaborar instrumentos prehispánicos de barro, y una de ellas es la Cortés Vergara, reconocimiento del que se sienten orgullosos. Gregorio mencionó que en otros países les han dado un poco más de facilidades porque en el nuestro no hay un área donde se estudien los instrumentos musicales de origen prehispánico.

“Pero seguimos día con día manejando el barro con mucho amor. Creemos que es una tradición que podría generar muchos empleos y una gran pasión. Recuerdo a don Jocundo Rodríguez, un alfarero de la comunidad con una de las trayectorias más largas. Cuando era niño yo visitaba las grandes obras que hacía y me quedaba fascinado. Pero su trabajo hasta ahí se quedó, al parecer desde su muerte ningún miembro de su familia ha hecho artesanías. Ahora muy pocos quieren ensuciarse las manos, eso nos llevó al declive”.


El escritor Carlos Espejel en su libro ¿Arte popular o artesanías?, publicado por la UNAM, plantea algo que va de la mano con lo dicho por Gregorio Cortés: “la pérdida de muchos objetos se debe a la ineluctable desaparición de las viejas generaciones de maestros artesanos que, al morir, se llevan consigo alguna forma de su exclusiva producción, un estilo de decoración, algún motivo decorativo especial, una técnica de su invención, la preparación de algún ingrediente. (…) se pierde con ellos una parte de la tradición, un estilo de vida y una parte minúscula, pero insustituible, de la cultura del país y de la civilización del artesano”.

Gregorio realiza talleres en muchos lugares de México para incentivar a los jóvenes a aprender el arte de la alfarería, pero es un tanto complicado cuando el país no da apoyo en la creación de nuevos ceramistas:

“Muchos jóvenes prefieren atarse una soga al cuello antes de ser alfareros porque creen que enfrentarían una situación económica difícil. Entiendo su falta de información sobre tema, pero la cerámica en el mundo es muy bien pagada, al contrario de lo que se cree. Lo que falta es saber venderla, yo descubrí cómo y afortunadamente vivo con un buen sueldo”.

Cortés Vergara es un orgulloso texcocano que considera que su ciudad es una de las más importantes en la etapa prehispánica y la gran tradición alfarera. “Para mí es fascinante pasar tiempo en mi taller, que ha sido visitado por gente de más de 70 países. Quiero hacerles notar que Santa Cruz de Arriba puede recuperar su tradición”, concluyó. La solución, entonces, es dar talleres al público en general donde se pueda demostrar de manera tangible que sí es posible realizar las cosas y despertar el interés en todos.



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lunes, 14 de mayo de 2018

CORAZÓN GRANDE, EN UN CUERPO MUY PEQUEÑO

Por Nilsa Hernández
Ciudad de México (Aunam). Es una noche fría en la calle de San Juan, muchos vendedores ambulantes desaparecen y la niebla ocupa su lugar, la zona se ve sin muchas personas, dan las ocho y aparece en el punto de encuentro un enorme puesto de comida rodante, a simple vista pareciera moverse solo, pero un pequeño y débil cuerpo arrastra esa tonelada de metal engrasado.


“¡Lupita, a ver a qué hora!” le grita entre risas una voz desconocida, “¡deja de molestar!” contestó la mujer que intenta llevar su puesto a la esquina de siempre, al llegar y acomodar en el lugar indicado esa enorme masa de metal, me saluda y empieza a sacar cajas que se ven pesadas, intento ayudar pero se niega, esperé unos minutos pues todavía no termina de poner cada cosa en su lugar.

Al poco tiempo saca unos bancos y me ofrece uno, un poco cortante me pregunta cuanto durará esto, cada una de sus facciones, su cuerpo y cabeza no son proporcionales, tiene ojos grandes color café y pocas expresiones faciales. Intenta ocultar los pocos dientes que aún le quedan.

En el 2011, El Universal realizó una nota, en la cual se estima un promedio de diez mil a 15 mil personas con el trastorno de acondroplasia a nivel nacional. En la colonia Juárez Pantitlán, María Guadalupe Sierra Pérez de cuarenta y dos años, es la única persona que padece esta enfermedad.

Pela unas papas, las corta en tiras casi perfectas y las pone a freír, mientras los alimentos se están preparando, prende un cigarro y lo lleva a su boca “¡mi vida!” exclama un poco fuerte, “no sé qué quieres saber de mi vida, no es nada interesante”, contesta de manera cortante.

Comienza por recordar su entorno familiar, fue una etapa feliz, donde no sufrió discriminación, ya que sus padres siempre le enseñaron a no sentirse menos, Alejandro Sierra, su padre, siempre le dijo que una persona valía más por lo grande que es su corazón y no por el tamaño de su cuerpo. Son palabras que Guadalupe Sierra siempre trata de inculcar a los demás.

Cuando Guadalupe tenía siete años su madre comenzó a sufrir embolias, al ser la menor de cuatro hermanas y la única soltera, tuvo que aprender cuidados básicos para enfermos de embolia, durante diez años fue su única compañía constante, ya que sus hermanas solo podían asistirla un par de horas a la semana y su padre tenía que trabajar para poder cubrir las necesidades de su esposa y “darle escuela a su Lupita”.

Mueve las papas que tiene en la freidora, enciende un tercer cigarro y lo lleva a su boca, su teléfono celular suena, contesta, y comienza a citar los precios de todos los postres y botanas que preparó para el día. Llegan dos clientas y le hacen la platica mientras recogen sus pedidos.

Nunca sufrió de discriminación en la escuela, solo estudió hasta tercero de secundaria. Prefería salir a fiestas y olvidarse un poco de la situación de su madre, aun así, decidió tomar un curso de enfermería en una clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), para poder administrarle los cuidados que necesarios.

Se niega a hablar sobre el día en que su madre murió, prende otro cigarro mientras retoma la plática sobre las fiestas a las que asistía, en ese tiempo le gustaba mucho bailar salsa, cumbia, rock; pero ahora no recuerda ningún paso y esa es una de las cosas que lamenta pues fue de las etapas más alegres de su vida.

Cuando tenía 19 años, trabajó en varias clínicas, en una de ellas conoció a Alberto, quien fue su primera pareja sentimental, al menos la que ella considera formal. Guadalupe Sierra lleva un tatuaje con su nombre en la mano izquierda, se nota fue hace mucho tiempo, sin embargo, para ella significa la marca del primer gran amor.

Con “Beto” como ella lo lleva en su piel, tuvo una hija a la que decidieron llamar Lupita, la niña al nacer prematura falleció a las pocas horas; con los ojos a punto de desbordar, asegura que esta fue la peor experiencia de su vida, pues esperó por ocho meses a un ser que ella pensó amaría toda la vida, “dios necesitaba de un ángel y ella era la representación exacta de uno, este tipo de experiencias te enseña a valorar a todos en tu alrededor”.

Por mucho tiempo se sintió culpable por el fallecer de su pequeña, tuvo que acudir a terapia para superarlo, después de eso surgieron problemas con su pareja y decidieron separarse.

Dos años después conoció a Yair, a quien ella describe como su más grande amor, relata que cuando eran novios aún cuando él era una persona a quien describe como normal pues no sufre el mismo síndrome que ella, Yair nunca la hizo menos con sus amigos y familiares, también recuerda que aún cuando la mamá de su pareja intentó impedir su noviazgo, él le pedía que se casaran y formaran una familia.

Yair es padre de su primera y única hija a quien decidieron llamar Kenia, cuenta que su embarazo fue difícil y que casi sufre un aborto cuando tenía seis meses de embarazo; para ella fue la experiencia más aterradora de su vida, en realidad deseaba con todas sus fuerzas ser madre.

Ya son casi las diez de la noche y vuelve a sonar su celular, su cara se torna con un matiz de preocupación “en un momento llego” menciona y cuelga, encarga su puesto y menciona que mañana seguirá con su relato, pues le llamaron avisando que su hija se encontraba discutiendo con su pareja…
***
Al día siguiente, la señora Guadalupe Sierra siguió con la entrevista, pero se perdió una chispa en sus contestar, regresó a ser una platica cortante en donde enfatizó que para ella su vida no es interesante.

Esa noche también el frio fue protagonista y ella se encontró acompañada con su nieto Gabriel, quien de cariño lo llaman choncho pues es un niño que a sus tres años es casi del tamaño de su abuelita a quien considera como una niña con la que puede jugar todo el tiempo.

Guadalupe Sierra empieza a retomar su relato de su vida con Yair, dice que todo fue muy feliz para ella, hasta el momento que este hombre le volvió a pedir matrimonio y ella se negó, pues considera que aceptar su proposición le quitaría libertad. Se separaron y Yair decidió irse a Estados Unidos, aun cuando sigue en contacto con ellas y le manda dinero a su hija, Guadalupe Sierra considera que ese fue el golpe más duro que le causó a su hija.

Aun cuando considera que todavía siente amor por esta persona, para ella sin ninguna duda fue la mejor decisión que tomó, pues con esta experiencia también tuvo que aprender a fungir el papel de madre soltera y realizar cualquier trabajo para alimentar a su pequeña hija que solo tenía cuatro años.

Dejó el trabajo en clínicas, pues aun cuando le gustaba mucho ayudar como enfermera, esa profesión le quitaba mucho tiempo, el cual prefería pasar con Kenia, quien se convirtió en el centro de su mundo, Guadalupe trabajó en las madrugadas pelando chiles en un mercado, mientras su “heredera de carencias” crecía aprendía a trabajar como su madre.

Sin dejar de mirar hacia las parrillas de su puesto, Guadalupe Sierra habla sin especificaciones que esa relación estable de madre e hija se terminó cuando llegó la adolescencia y sintió entre ellas un estrecho hueco que nunca se pudo curar, hasta cuando la adolescente de quince años le confesó que esperaba un hijo y dejaría la escuela que tanto le costó mantener a Guadalupe con sus diversos trabajos.

Aún cuando ya tenia su puesto de comida y Yair seguía proporcionándoles dinero para ella fue muy difícil poder ayudar a mantener a su nieto, pues su yerno es alcohólico y no ayudó en ese proceso. Recuerda esto mientras carga a su nieto y le regala un dulce.

La señora Guadalupe Sierra deja como experiencia su vida y comenta que ella nunca se sintió como una persona menos por su enfermedad “si tenemos dos manos, dos pies y voluntad... para mí es suficiente: ¡podemos lograrlo todo!” menciona con una sonrisa.


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CRISTINA PACHECO CELEBRA 40 AÑOS DE TRANSMISIONES DE 'AQUÍ NOS TOCÓ VIVIR'

Por Andrea Albarrán
Ciudad de México, (Aunam). Parece que mira al espejo, pero en realidad, la periodista Cristina Pacheco está sumida en sus pensamientos.
— Cómo se siente?—, pregunta su asistente.
— Bien, pero nerviosa—dice mientras junta sus manos contra la bolsa y la chalina negras.


Fuera ya suena el mambo politécnico de Pérez Prado, que se convirtió en el sello del programa “Aquí nos tocó vivir”. La ocasión: la fiesta por sus 40 años ininterrumpidos de transmisiones en Canal Once.

A lo largo de este tiempo y a través de las ventanas, el umbral de una puerta o una avenida colorida y llena de sonidos, Pacheco ha capturado los relatos que construyen a la gente: las personas que luchan por sobrevivir a diario, y que se muestran sin disfraces ante las cámaras, acompañados a veces de sus perros, gatos, patos y hasta tortugas con los que entabla una conversación que va más allá de las palabras.

El Salón los Ángeles fue el escenario del festejo donde Arcadia y el grupo Colibrí, Los Dandy’s, Rayito Colombiano, Ramón Cedillo y su Big Band y Horacio Franco regalaron sus notas hasta la madrugada.

Durante la velada, la periodista Adriana Pérez Cañedo compartió a los asistentes la fascinación que siente cuando Cristina “ve más allá de las cosas que vemos” y lo plasma en su trabajo.

Esta fue una de las razones por las que el programa “Aquí nos tocó vivir” se hizo merecedor al primer reconocimiento internacional otorgado por la Organización de las Naciones Unidas para la Ciencia y la Cultura (UNESCO) como “Memoria del Mundo en México”.

Al develar la placa conmemorativa por los 40 años de transmisión ininterrumpida, Cristina Pacheco admitió que “la soledad de las personas es tan grande que a veces aceptan la entrevista como una posibilidad de conversar” y añadió emocionada que a pesar de ser millones en la Ciudad de México “no nos hablamos, no nos tocamos. Uno de los objetivos de mi programa es acercar a la gente”.

La locutora Fernanda Tapia subió al escenario para citar a José Emilio Pacheco por medio de sus palabras utilizadas en un homenaje a Nezahualcóyotl. “No tendremos la vida para siempre, sólo un instante breve. Pero tú mi querida Cristina, con esta forma de abrazar y de darle voz a tantos, tú ya eres eterna”, declaró la periodista.


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