lunes, 9 de diciembre de 2019

EL DOLOR ES COMPARTIDO

Por Paola Ruiz
Ciudad de México (Aunam). En el camión rumbo a Zapopan, en unos audífonos comenzó a sonar una canción un tanto popular llamada Sign of the times. El piano de dicha canción siempre es melancólico y el paisaje frente a mí no era más que el mismo sentimiento. Un pequeño mechón de cabello blanco que poco se movía. Yo sabía de quién se trababa y probablemente lo que pensaba, pues antes en esos dos asientos afelpados y azules podía observar dos cabezas. Ahora solo era una.


Decidí pasarme al asiento de enfrente y hablar con mi abuela, Carmen Zetina; sin un apellido más, una señora de 77 años que se muestra sonriente cuando le hablan, pero en los momentos de soledad sólo se piensa tal como cuando la observé antes de sentarme junto a ella. Los lentes ligeramente caídos, el labio un poco fruncido y abrazando una almohada verde en su regazo, mientras espera el final del camino.

Me recibió con una ligera sonrisa y un “¿qué pasó?” amable, pero un poco apagado, así ha sido desde casi dos años. Accedió un poco dudosa a la charla con fines periodísticos; pero quizá no le quedó más remedio.

Carmen Zetina es oriunda de la Ciudad de México, aunque sus padres son de Michoacán. Como todos sus hermanos menores, ocho en total, ella vivió en pobreza desde muy joven, en un pequeño barrio del antiguo Santa Fe. Su infancia no fue particularmente diferente a la de muchas niñas en su época, al ser la mayor tuvo que cuidar al resto de sus hermanos e incluso a su abuelo. Vendió globos un tiempo, es por ello que dice tener pulmones “muy resistentes”.

De su infancia no tuvo mucho que hablar, sus hermanos casi ya no hablan con ella y su mamá murió de cáncer hace muchos años. Es lo más que puede contar, además de un par de anécdotas sobre cuando jugaba en la calle o cuando se asustó porque “pensó que el robachicos se la llevaría”.

A veces ríe ligeramente al subir los ojos, mirar al techo y recordar. La plática se tornó un poco seria cuando habla del abuelo, su esposo, y cómo fue que lo conoció: Ambos vivían en el mismo barrio cuando eran adolescentes, y ella era amiga de la hermana menor de él, Elena. “Pues al principio sí me gustó, pero él andaba tras los huesitos de otra amiga que yo tenía. Es porque ella sí se arreglaba”, mencionó.

Javier García Carbajal era un joven que disfrutaba de salir a fiestas y un poco rebelde, “mi mamá nunca lo aceptó y una vez me persiguió con su chancla porque me iba a ver con él… no me importó”. Carmen tarde o temprano hizo que Javier se interesara en ella y se fueron a vivir juntos; no hubo detalles más allá de un “éramos muy pobres en ese entonces”.

A los 18 años tuvo su primer hijo, Jorge Javier, y decidieron casarse. Solamente fue por la vía civil y en un día muy sencillo como cualquier otro: “allí fue cuando comenzó a trabajar en un taxi”.

Después del primogénito, le siguieron tres hijos más: dos varones y una niña. La abuela relata que las cosas no eran sencillas pero ella estaba muy contenta. El abuelo en aquel entonces era muy fiestero y un tanto machista, pues no quería que su esposa se maquillara. A través de los años las cosas cambiaron un poco, pero la actitud de servicio de ella hacia él jamás.

“Mis hijos crecieron bien y algunos estudiaron la universidad”, dijo, aunque sabe que la realidad parece extraña ahora. Los problemas familiares la perturban un poco y se nota en fragmentos de sus respuestas. Solo han pasado dos meses desde que su compañero de más de 50 años ya no está con ella.

No quiero preguntar más sobre el abuelo; sin embargo, al final, es inevitable para ella hablar de él. Doña Carmen Zetina pasaba sus días encerrada en casa, sólo salía a hacer las compras. Es un ama de casa dedicada su hogar, donde ahora sólo residimos dos, además de ella.

La mujer de pelo cano se mantiene levemente contenta, pregunto sobre mi infancia para terminar en un momento feliz y evitar el presente por el que pasa: “Llorabas demasiado… eras caprichosa pero eras muy buena niña. Tu abuelo siempre te consentía un montón, te quería mucho”. En ese momento me sentí rota, el dolor era compartido; permanecerá oculto tras la sonrisa de esa dulce señora.

El autobús estaba por llegar a su destino y agradecí a mi abuela por aquellas palabras, la miré cómo se acomodaba tranquila de nuevo, mientras yo pasaba a mi lugar sintiéndome fracasada como es de costumbre. Cómo me gustaría que ella estuviera orgullosa de mí algún día y se lo cuente al abuelo cuando vuelvan a encontrarse. Una mujer dulce que es muy buena ocultando sus sentimientos y deja un sinnúmero de lecciones en la historia de su vida.






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