miércoles, 22 de mayo de 2019

LO PROHIBIDO: ABORTO Y PRESIÓN SOCIAL

Por Mariana Cristina Chávez Pedroza
Ciudad de México (Aunam). Sostenía su mano mientras gritaba y lloraba por el dolor que le producía la anestesia loca. Éste es su primer y único aborto. Varias enfermeras la auxiliaban en aquella clínica escondida por alguna estación del tren ligero que ella no puede recordar.


Ella es Ana, sobrenombre que se le coloca para proteger su intimidad. La sonrisa que decora su rostro es amplia y blanca. Su mirada juega con el horizonte y el aire fresco que roza cada hebra de su cabello. No a cualquiera le cuenta su experiencia con el aborto, a pesar de que quiere que la gente conozca su experiencia:

“Era fin de año, iba a pasar a la universidad y tenía que pasar mis materias. Era menor de edad. Mi relación era buena, pero estaba embarazada en una familia que jamás me perdonaría un embarazo a esa edad y mucho menos un aborto. Creo que, si mis abuelitos y tíos se enterara, me tacharían de zorra. Eso fue lo que más me deprimió, pero también lo que más me animo hacerlo”.

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El 26 de abril de 2007 se publicó la reforma al Código Penal y a la Ley de Salud del entonces Distrito Federal, con la que se estableció la despenalización del aborto durante las primeras doces semanas de gestación y se disminuyeron las penas para quienes desearan interrumpir su embarazo después de ese plazo. Nació el Programa e Interrupción Legal del Embarazo (ILE).

El ILE como proceso se compone de 8 pasos básicos: 1) solicitud de procedimiento, sea en una clínica pública o privada; 2) consejería, especialmente psicológica; 3) consentimiento informado, en donde el especialista explica los procedimientos para el ILE; 4) historia clínica; 5) pruebas del laboratorio; 6) ultrasonido; 7) procedimiento; y 8) ofrecimiento de colocación de método anticonceptivo.

Ana admite que desconocía el procedimiento, había escuchado hablar del aborto, pero no sabía dónde acudir y buscar información; incluso una conocida le propuso ir a “lugares escondidos, ilegales para abortar; dijo que salía más barato o no me iban a cobrar”.

Sin embargo, gracias a que una amiga le lleva un par de trípticos obtenidos de la feria universitaria de la salud sexual y reproductiva que promueve la Universidad Nacional Autónoma de México, abortó en una clínica privada.

El procedimiento costaba 4 mil pesos, pero le hicieron un descuento del 50% por ser joven: “me prestaron [dinero] mis amigas y tuve que empeñar una cadenita con una cruz que me regaló mi mamá. Con esa cantidad de dinero pagamos prácticamente el aborto”.

“Mis papás nunca me hablaron de condones hasta que una vez me cacharon teniendo sexo con mi novio y hasta ese momento fue que me dijeron ´tienes que usar condón´. Yo llevaba 3 o 4 meses teniendo sexo, ¡imagínate! Es algo que a mí no me enseñaron, es algo que yo veía en las ferias de salud sexual de la UNAM o en programas de televisión, o en internet.”

Antes de realizarse el procedimiento, Ana había comprado Cytotec, medicamento abortivo que contiene misoprostol, fármaco que se utiliza contra las úlceras y que está registrado con varios nombres comerciales. Tiene una efectividad del 75 al 85 por ciento en la inducción del aborto en el primer trimestre del embarazo, es decir, las 12 semanas de gestación, de acuerdo con la International Women´s Health Coalition.

A la joven Ana no le funcionaron los óvulos vaginales con misoprostol de la marca Cytotec (que también pueden ser pastillas orales) ya que, por la angustia y los nervios no entraron correctamente: “no leí bien las instrucciones por los nervios, bueno en primera yo las compré por internet, ni siquiera fui a la farmacia porque necesitaba una receta… ¡quién sabe que me metí!, así te lo digo, no sé qué me metí”.
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Según cifras proporcionadas por la Secretaría de Salud de la CDMX, la mayor parte de las interrupciones son procedimientos con misoprostol o mifepristona con misoprostol, con un total 157 mil 077 de los 202 mil 698 totales; ya que es la forma más segura de abortar, incluso más que un parto de acuerdo con información de IPAS México, organización que promueve derechos de salud reproductiva y sexual de las mujeres a nivel mundial.

Sin embargo, la psicóloga Ofelia Reyes Nicolat, ex jefa del Programa de Sexualidad Humana de la Facultad de Psicología de la UNAM y una de las primeras impulsoras en el país sobre educación sexual, comenta que hay un gran reto para combatir la desinformación y el tabú: “muchas veces las jovencitas no preguntan por miedo, porque se ve como lo prohibido, nadie nos enseña a conocer nuestra sexualidad y se comenten errores al momento de ver qué hacer si no quiero un embarazo. No hay cómo recibir orientación profesional sin que te sientas agredida, en un ambiente seguro y confiable para aquellas jovencitas o jóvenes que no recibieron educación sexual”.

Ana ríe con naturalidad, sus manos bailan libremente mientras habla, a veces sus ojos se vuelven cristalinos por algunas lágrimas que quieren salir al recordar que su aborto es un secreto que carga sola y que, sin mencionarlo, ha escuchado como tachan a las mujeres que interrumpen su embarazo como putas o asesinas.

“Se me hace mala onda que la gente tenga el valor de juzgarte por algo que ni siquiera sabe qué onda, porque mate un bebé según los pro-vida y me da miedo platicarlo (…) pero yo sí quiero que la gente lo sepa porque yo no quiero que nadie pase por lo mismo(…) pero también me da miedo que cuando lo estoy platicando alguien me diga ´qué puta, eso no tuviste que haberlo hecho, por qué no te cuidaste´. Los errores suceden, pero no es solo cuestión de que se rompa el condón, hay muchas situaciones que pueden pasar”.

Reyes Nicolat coincide con el razonamiento de Ana. Asegura que existen prejuicios y estereotipos hacia las mujeres que abortan. Un halo de presión social que lastima su autoestima y que lleva algunas a niveles de depresión y suicidio, porque no hay nadie que las acompañe en el tema o en la experiencia. Si es difícil que alguien asista al psicólogo, es aún más complicado que una chica se acerque o pida ayuda en un entorno donde puede ser juzgada y agredida.

“He pensado varias veces en decirles [a mis padres], porque he tenido muchos problemas emocionales, más allá del aborto. Mis papás nunca me han dado ese apoyo por más que les he dicho que quiero asistir al psicólogo, (…) tenido muchas crisis existenciales a lo largo de mi vida (…), un pensamiento suicida es algo fuera de lo normal y no me ha pasado una vez, me ha pasado muchas veces en mi vida. He tratado de decírselos para que entiendan todos los pedos [problemas] que traigo”.

No es por el procedimiento en sí mismo, como lo afirma la psicóloga Nicolat, es el contexto que no permite tratar la experiencia, convirtiéndola en una carga mental constante para las mujeres. No obstante, no quiere decir que todas las mujeres experimenten estas sensaciones o pensamientos: “Las chicas están conscientes de que es un procedimiento que se opta como última opción, nadie te va decir que se lo hace cada fin de semana.”

Por esta razón es necesario desmenuzar la temática respecto al aborto, los estereotipos promovidos y la mala información, para poder generar un diálogo de compresión:

“Yo les cuento [a mis amigas] el dolor, les digo ´wey te jalan, es como si te sacaran el estómago por la vagina´, ¡imagínate!, sientes que te están quitando una parte de ti. Es una experiencia fea (…) Se los platico así a mis amigas, trato de ser lo más gráfica, les digo que duele un chingo, que no lo hagan, no porque no quiera que aborten sino porque no quiero que tengan que tomar la decisión de abortar o no abortar, me gustaría que fueran responsables y tuvieran los medios para serlo”.

Ana se amarra el cabello, cubre su espalda con una chaqueta azul y vuelve a sonreír. Afirma estar tranquila y contenta, ya casi terminar la universidad y tiene planes futuros de convertirse en madre. Cruza las piernas nuevamente en forma de flor de loto y respira en paz como si se hubiese quitado un peso de encima.







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