martes, 1 de mayo de 2018

BREVE RECORRIDO POR EL PUEBLO DE MALINALCO

  • Lugar mágico que conserva sus tradiciones
Por: Iván Hassel Cabildo Ortega
Malinalco, Estado de México (Aunam). Si uno se decide viajar a Malinalco, no se va a arrepentir. Malinalco es un pintoresco pueblo localizado al sur de la ciudad de Toluca de Lerdo y a 52 kilómetros de la ciudad de Cuernavaca. Ubicado en un hermoso valle rodeado por montañas, rinconadas, ríos, cañadas y cristalinos manantiales, Malinalco es un lugar mágico que recuerda y conserva el sentimiento y las tradiciones de la provincia mexicana.


Se debe comenzar en el primero de los ocho barrios: San Juan, donde uno puede encontrarse al viejo don Marcelino, el mejor panadero de todo el pueblo, un señor de 90 años que conserva la tradición de levantarse a las 4 de la mañana a hornear pan de manera artesanal el un enorme horno de barro que funciona a base de leña y acercarse por la especialidad de aquel viejecillo, un “ojo de pancha”, como él les dice; se trata de un pan en forma de media luna relleno de natilla y cubierto por azúcar quemado.

Después de dejar a don Marcelino atrás, usted debe bajar por la Avenida del Progreso y preguntarse cuánta labor costó construir tan bella calle empedrada. Al llegar al Palacio Municipal del pueblo uno puede darse cuenta de que ha sido totalmente remodelado. Pese a los embates que ha sufrido el pueblo, la belleza no se la quita nadie.

No ha cambiado en esencia, aún el centro se caracteriza por el delicado kiosko rodeado por enormes jacarandas moradas y buganvilias de colores que se enredan en las bardas y que dan la sensación de estar en un lugar encantado.

Si aún es muy temprano, una buena opción es visitar uno de las construcciones más viejas de Malinalco: la Parroquia del Divino Salvador, un antiguo convento agustino erigido en el siglo XVI que conserva la mayoría de sus muros originales pero que debido al sismo del 19 de septiembre, se deberán remodelar para evitar los derrumbes inesperados. Uno puede entrar por devoción o por gusto; la tranquilidad y la amplitud del lugar son tremendas. Al entrar por el enorme portón, lo primero que uno ve es el imponente altar y sagrario dorados donde descansan una multiplicidad de figuras religiosas. Además, si uno desciende las escaleras ubicadas en el costado izquierdo de la capilla, se encuentran una serie de pinturas al fresco imperdibles que datan del mismo siglo en que se erigió la iglesia.

Después de haber admirado la hermosa catedral, uno debe recuperar energías y para eso no hay mejor lugar que el puesto de la señora Remedios, que vende, entre otras cosas, un café de olla cultivado en las colinas cercanas al pueblo; con una textura cremosa y un sabor tostado que evoca al cielo al dar el primer sorbo. Lo puede acompañar con un pan, o bien, consumir el ya tradicional conejo estilo Malinalco que consiste en un conejo asado bañado en una salsa de color rojo y puesto al carbón.

Una vez habiendo desayunado, no es mala opción dirigirse a la zona turística que se encuentra abierta desde las 8 a.m. y ascender los 400 escalones para llegar a la cima del “cerro de los ídolos” y contemplar la única estructura arquitectónica monolítica de grandes dimensiones en el país –y de América en realidad ̶ que remonta sus orígenes al periodo tardío y que sirvió a la cultura mexica como centro militar.


Es casi seguro que uno se encuentre con Martín, el cronista de Malinalco, quien también funge como guía de turistas. Él les explicará de manera breve, la historia de Malinalco para que usted, al llegar a su hogar, le pueda presumir a sus amigos que visitó el hogar de Malinalli, hermana de Huitzilopochtli, quien fue abandonada por éste en el viaje a la Gran Tenochtitlan, por decir un ejemplo.

Los ojos del turista aventurado se iluminarán al mirar el edificio principal, labrado en piedra de la misma montaña, y al subir a una de las calzadas se puede apreciar el Valle de Malinalco en su plenitud. Lugar de admiración y descanso, lugar donde el sol ilumina no sólo el cuerpo, sino también el alma.

Al bajar usted encontrará el mercado se ha asentado ya. ¡Ah cuánta diversidad! Éxtasis sensorial al caminar por las estrechas y empedradas calles de Malinalco. Flores por aquí, frutos por allá. Orquídeas, girasoles, mangos, chabacanos, petacón, fresas e incluso chinicuil, son sólo un poco de lo que ofrecen las mujeres oriundas que se sientan en el piso a ofrecer sus productos sobre mantas extendidas.

Como obligación usted deberá comprar un poco de esto y un poco de aquello, cuidando siempre el no malgastar el dinero pues aún le falta ir a comer con doña Cris unos buenos tacos de cecina, o con don Pepe unos de barbacoa. Para su suerte, los puestos de estos personajazos se encuentran uno al lado del otro, la mejor estrategia es colocarse en medio para así poder ser atendido por ambos al mismo tiempo.

Don Pepe, écheme uno de espaldilla con costilla; doña Cris, usted sírvame por favor uno de cecina natural con todo.

Es lo que se debe de decir al ordenar; no vaya a cometer usted el típico error chilango de ordenar uno campechano, no porque no estén ricos, sino porque uno no sale de viaje para hacer lo mismo que hace cotidianamente.

Para terminar bien el día, uno debe descender por la Calle de Malinalco hasta llegar a la pulquería y mezcalería artesanal “La Sed”, un pequeño establecimiento que pasa desapercibido para los menos curiosos.

Al entrar, uno se percata inmediatamente de dos cosas: la primera, del enorme mural que descansa sobre uno de las paredes de la pulquería en el cual se encuentran plasmados personajes como Frida Kahlo, Cantinflas, Chavela Vargas, Sor Juana, Diego Rivera, entre otros. La segunda, de que sólo una persona atiende ese lugar: Blanca, o Blancucha, como le dicen los cuates.

Usted debe pedir la especialidad de la casa: el curado de piña con apio preparado al momento por la buena Blancucha que se servirá en un tarro de barro para mantener la frescura y resaltar el sabor. Al son de canciones típicamente mexicanas, uno siente que está en las pulquerías de Coyoacán de los años 60’s. Las mesas, todas tapizadas por hojas de libros variados, son pequeñas y confortables, todas, como regla general, tienen un poema escrito:

“Hay tanto amor en mi alma que no queda
ni el rincón más estrecho para el odio.
¿Dónde quieres que ponga los rencores
que tus vilezas engendrar podrían?”

Tanto amor de Amado Nervo tapiza la mesa de la pulquería, pero no sólo eso, también tapiza el sabor del pulque de piña con apio, de los tacos, tapiza el olor a flores y frutos, tapiza el cielo despejado y las montañas acantiladas, tapiza el viento suave y el sol alegre, en fin, tanto amor tapiza Malinalco y con él, los corazones de quienes lo visitan.

Fotos: Diana Isela Carrera Salinas - Archivo Aunam.






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