viernes, 13 de octubre de 2017

MANUEL GARCÍA: ORBITANDO EL CORAZÓN

Por Ixtlixochitl López
Ciudad de México (Aunam). La gente que va llegando se acomoda en los huecos que hay entre los costados de los asientos, pues ya no queda ninguna silla disponible. El bullicio en medio del silencio indica a los despistados que éste es el lugar del encuentro. Una señora con bastón hace todo lo posible por apresurar el paso. Su esposo, a quien también le cuesta trabajo caminar, no puede más que esbozar una sonrisa.


Es jueves y la luz del día se ha esfumado, pero aunque la ciudad vaya poco a poco deteniéndose, en aquel foro la noche apenas empieza. El rasgueo de Manuel García abre con fuerza el espectáculo y el tono cálido de su voz saca a los asistentes de la ansiedad y el letargo. Los gestos de un chico sentado en la primera fila son propios de un karaoke: canta con ímpetu y sentimiento y además hace gala de su capacidad histriónica. Su vecina de al lado no lo deja morir solo; aún encerrada en su propio delirio canta y saborea cada una de las palabras del artista. Manuel se ha hecho del público como si fueran una guitarra.

Cabezas blancas, melenas largas, pelos pintados o bien peinados, la fauna es variopinta. Un pequeño se sienta junto a su madre en la fila cero para obtener una mejor vista y hacer que sus peticiones sean escuchadas. Las voces más fornidas no lo necesitan y una lluvia de solicitudes cubre el silencio entre una canción y otra.

Manuel García inaugura el primer bloque de su concierto con joyas del pasado como Tempera, Hablar de ti y La danza de las libélulas, pero sin dejar fuera sus nuevas creaciones como El rancho, canción incluida en su más reciente material discográfico Harmony Lane que presentó en su reciente presentación en el lunario del Auditorio Nacional.

Aquello que vincula a México y a Chile es, en palabras del cantautor, “un puente mágico de agradecimiento y reconocimiento”. Para recordar y valorar ese puente, Manuel decide dedicar la parte central del encuentro a compartir parte del gran legado chileno, el de la exiliada del sur.


Una joven mujer aplaude, de manera pausada, para hacer segunda a la melodía y poner un poco de ritmo al espectador de la canción; el ruido que los pies provocan al chocar con el piso parece confirmar que se ha comprendido la idea.

La canción chilena es irreconocible y la de Violeta Parra parece serlo aún más. Volver a los 17 consigue hacer aguda la voz del auditorio y traer a la memoria la voz de esa mujer que en este mes habría cumplido 100 años, pero Gracias a la vida logra que más de uno deje correr un poco de brisa sobre su rostro. “¡Viva Violeta!”, agradecen.

Manuel cuenta como en 1971 los hijos de Violeta Parra, entre ellos Isabel, viajaron a Cuba y allá se encontraron con unos jóvenes compositores que eran desconocidos hasta el momento. Ellos decidieron dejar su país para ir a Chile, pero dos años después vieron el golpe de Estado en la nación andina y tuvieron que regresar a la isla, dejando la historia de que estuvieron ahí, pero totalmente anónimos.

“Estos muchachitos de jeans, de sandalia sencilla, de guayabera, no sabían todavía lo importante que iban a ser para la historia latinoamericana y por esa continuidad de la sangre dedicada a Violeta y porque se cumplen 50 años de la nación revolucionaria en Cuba es que entonces voy a dedicar esta canción que compuse para este hecho”, explica Manuel antes de que La nueva canción de la trova comience a sonar.


Un chico dirige su mirada cargada de ternura a la chica que lo acompaña, a ella la sonrisa no le cabe en el rostro. El joven sabe que él no es la causa, tampoco le importa, entonces Manuel le hace justicia. “Abrimos la nueva vena de este concierto que va más al corazón, al amor, para que vaya surgiendo algo, tal vez es su primera salida, muchachos, tal vez él la invito a ella y es momento que toque su rodilla, tal vez ella lo invito a él y es momento que le toque la mano, tal vez él lo invitó a él y es momento de que entregues esa carta y si ella la invito a ella, tienen mi bendición”.

El camino que Manuel García ha recorrido en la vereda musical es amplia: ha grabado 6 álbumes de estudio y se ha presentado en festivales como el Vive Latino, Viña del Mar y Huaso de Olmué (Chile). Además ha colaborado con artistas como Los Bunkers, Camila Moreno y recientemente junto a Mon Laferte con el tema Cielito de Abril, que hace estallar al respetable. Sabe lo importante que es abrir un espacio en la música para la gente que recién llega y conocer más de la cultura que nos alucina. Por eso, en el tercer bloque cede el espacio a Ángelo Pierattini, músico chileno de gran trayectoria.

La gente no lo deja ir, le pide a gritos una canción más. Manuel vuelve, está complacido y contento, deja el micrófono vacío para escuchar el momento, las palmas chocan unas con otras sin cansarse, más gritos desenfrenados, baja el volumen y sale del escenario. Los pies hacen sonar al piso, las palmas regresan más agitadas. Un chico del staff sale a mover unos cables. Algunos temen que el camión los deje y se levantan presurosos de sus asientos, grave error.

Manuel vuelve a salir a la tarima, no se podía ir sin dedicar unas palabras por la situación que México atravesó en días recientes a causa del terremoto. Chile también es un país sísmico, comprende que no se trata de la cuestión material, sino de las vidas, de los niños. Confiesa que en una entrevista por radio pensaba en lo increíble que sería si los satélites fueran también las energías que se reparten y que llevarán cosas interesantes, que todos los dueños de esas comunicaciones fueran gente dispuesta a comunicar cosas positivas.


“Pensé ‘¡Estaría bien chingón un satélite mexicano! ¿Cómo sería un satélite mexicano?’ ¡Sería como una piñata, sin duda!”

Recuerda el cumpleaños de su sobrino y la canción que cantan cuando rompen las piñatas. Manuel comprueba que la gente sabe de de qué está hablando cuando el dale, dale, dale se apodera de la sala.

“Ustedes pueden cantar esta canción, pero solitos. Es una canción sobre un satélite mexicano, la acabamos de hacer”.

A la mitad de la canción una capa plateada transformó a Manuel García en una especie de Santo desenmascarado y bailoteando por el escenario queda inmortalizado el vínculo de fraternidad entre México y Chile. Enamorado de su gente, Manuel vuelve a salir al escenario, después de despedirse, para darse gusto con una última canción, pero para entonces los asistentes ya están más que satisfechos. El satélite ya está orbitando el corazón.

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