jueves, 7 de julio de 2016

TODO EL MÉXICO DE ELENA PONIATOWSKA

Por Jair Avalos López
Fotos: Alejandro Pacheco
Ciudad de México (Aunam). El rostro de Elena Poniatowska irradia vitalidad. A sus 84 años de edad conserva la sonrisa pícara de colegiala. Elena abrió la puerta y con su presencia llenó el dintel principal de su casa en Coyoacán.


El jardín es una paleta de colores, hay rosas y anturios. Hay bugambilias de todas las tonalidades, unas anaranjadas que palidecen hacia el color durazno, otras blancas y las rosa mexicano que caen sobre la barda que da hacia a la calle.

Las tardes las vive en su casa en el barrio de Chimalistac, ubicada en un colorido laberinto empedrado de la capital. En la antesala hay una mesa con un mantel de brocados espesos llena de fotografías: sus hijos, sus nietos, su esposo Guillermo Haro, sus padres y su hermana, ella misma de joven, madura, madre, hija y periodista.

“A mí no me gusta que me digan que soy escritora. Yo soy periodista, así me formé”, dice, mientras que con sus dedos se peina su cabello completamente blanco. Conserva aún su característico peinado de raya a un lado con un fleco que reposa sobre el lado derecho de su rostro.

Elena Poniatowska es una princesa en México. Su padre Jean E. Poniatowski es descendiente directo del general Poniatowski, quien acompañó a Napoleón hasta Moscú, y sobrino del último rey de Polonia, Estanislao II Poniatowski.

¿Cómo lidia usted con el hecho de ser descendiente de la realeza polaca?

-Pero yo llegué muy niña a México. Yo ni siquiera pensaba en ello, además, eso aquí no existe. Allá por el siglo dieciocho, diecinueve con el último rey que fue Estanislao Poniatowski. Nos llevamos 200 años de por medio.

¿Usted está interesada en hacer algún trabajo sobre su familia?

-Sí, pero me cuesta mucho trabajo porque yo no sé polaco. Hay que traducir varios textos, muchos libros y ese ha sido mi principal problema. A ver qué polaco me pesco para que me pueda ayudar, para que me traduzca ‘acá dice esto, acá dice esto otro’.

La madre de Elena Poniatowska era bien parecida, tenía una belleza que coincidía con los cánones en los albores del siglo XX. Paula Amor “posó para la revista Vogue, para algunos pintores europeos. Ella era guapota, como mi hermana Kitzia que también fue modelo”.

El periodismo, una compuerta a otros mundos

“Cuando yo ingresé al periodismo yo no sabía mucho sobre el país. Fue como abrir una compuerta a otros mundos y tuve la oportunidad de entrevistar a pintores, escritores, actores y actrices”.

A los 21 años inició su carrera periodística, “refundida en una sección que se llamaba sociales, que ahora ya no se acostumbra mucho pero antes esa era el lugar donde las mujeres iniciaban en el periodismo”.

¿Cuál es el papel actual de la mujer en el periodismo?

-Ahora es muy importante. Una mujer como Denisse Maerker ocupará el noticiero más importante del país. Tenemos a una Carmen Aristegui, tan importante es que el gobierno no paró hasta que la sacó del aire. Y también hay una Carmen Lira, que es muy mi amiga y es directora de La Jornada.

Elena Poniatowska se acercó a personajes como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, María Félix, Dolores del Río, Octavio Paz, Juan Rulfo, Jorge Luis Borges, “a Agustín Lara ya no lo alcancé porque se murió. Muchos personajes que no hubiera conocido si no hubiera sido por el periodismo”.

¿Cómo hacía para obtener la información? ¿Tenía alguna técnica?

-Ella bajó el rostro, se rascó un poco la zona trasera de su cráneo y respondió: “Mi ignorancia. Mi ignorancia siempre fue mi mejor arma; todas las cosas que desconocía como persona fue lo que me llevó a preguntar y a investigar”.

¿Y qué encontró en la gente de a pie?

-Yo encontré mi idioma, el español. Porque mi primer idioma es el francés, por mi madre y mi padre. Pero el español es el que me ha dado todas las satisfacciones. Yo aprendí el idioma de la gente pobre, los refranes, incluso muchos barbarismos que se dicen yo los traía pegados en mi lenguaje, pero con la escritura se fueron corrigiendo.

De pronto fue interrumpida por su gata Vice y su gato Monsi. “Ellos son muy lindos (…) Ya soy una viejita con sus gatos. Monsi es muy elegante, tiene todo el cuerpo negro y su cuello blanco. Parece que trae un traje”.

Vice brincó al regazo de su dueña, que de inmediato le comenzó a acariciar el mentón. Vice es una gata parda, negra con manchones de pelo castaño claro; es libre, brinca por los sillones de la casa, hacia las mesas de noche.

“Mis gatos me dan compañía, me dan algo por qué preocuparme, para atender”, dice la mujer que a su derecha, en una pequeña mesa de cedro, tiene un retablo de la virgen de Guadalupe y un poco delante de ahí, una figura de san Juan Diego hecha de papel maché.

Del lado izquierdo, en unos butaques pequeños, hay unos cojines blancos bordados; uno llama la atención no por la belleza de éste, sino por una caricatura de Andrés Manuel López Obrador bordada a mano.

Qué bonito cojín, es muestra de que apoya todavía a López Obrador...

-Sí, ya son 10 años que lo estoy apoyando – sonríe después de sentenciar – Son 10 años que lo he seguido con la esperanza de que algún día llegue a ocuparse de la gente que menos tiene.

¿Hay algo que no le guste de Andrés Manuel?

-Pues lo que más le critico es esto que acaba de decir sobre su hermano. Son cuestiones que no están en sus manos y la familia es la familia.

La mujer y sus historias

La constante en las historias de Elena Poniatowska son las mujeres. Algunas salen del anonimato para ser reflejo de los problemas de México; otras, como figuras públicas, son retomadas como personajes principales, aderezadas con su prosa.

“Algún día que venga ya no me va a encontrar; se topará nomás con el puro viento. Llegará ese día y cuando llegue, no habrá ni quien le dé una razón. Y pensará que todo ha sido mentira. Es verdad, estamos aquí de a mentiras; lo que cuentan en el radio son mentiras, mentiras las que dicen los vecinos y mentira que me va a sentir. Si ya no le sirvo para nada, ¿qué carajos va a extrañar? Y en el taller tampoco ¿Quién quiere usted que me extrañe si ni adioses voy a mandar?”, dice Jesusa Palancares en Hasta no verte Jesús mío (Era, 1969).

Jesusa, según la autora, es una mujer olvidada por la Revolución Mexicana. Pero, ¿Qué halló en ella Elena Poniatowska, en comparación con Rosario Ibarra de Piedra?

“Cada una representa un México. Jesusa es una mujer que se tenía que ganar la vida de una forma u otra; atrapada en la vorágine de la pobreza. Rosario (Ibarra de Piedra), fue una activista que luchó por saber dónde están los desaparecidos. Que fue la primera candidata a la presidencia de la República, cuando mucha gente se rió de su atrevimiento”, dice.

Rosario Ibarra de Piedra llegaba a la casa de la periodista. Tomaban café juntas y platicaban acerca de Jesús Ibarra, de quien hasta el momento se desconoce su paradero.

“Ella pedía saber cómo estaba su niño, dónde estaba. Nunca hubo respuesta ni un juicio para todos los despreciables que cometieron esas atrocidades contra esos jóvenes”.

Y de Rosario Ibarra de Piedra hasta Leonora Carrington, que es una de sus últimas protagonistas.

-Pues cada una ocupa un lugar en la historia, y en mi historia. Leonora fue una de las pintoras surrealistas más completas, complejas de la historia reciente del arte. Yo tuve la suerte de conocerla, de ser su amiga y de poder escribir un libro sobre sus vivencias.

En 1985 las mujeres costureras de las calles San Antonio Abad y José María Izazaga fueron las más vulnerables del temblor de aquel 19 de septiembre. “Fue la muestra de un gobierno corrupto, que se quedó idiota al no saber qué hacer con la desgracia”.

“Esas mujeres trabajaban en condiciones insalubres, era la nueva forma de la esclavitud del siglo XX. Y fueron las más olvidadas en el sismo del centro, que sacudió a nuestra ciudad. Creo que le cambió la vida a la capital”, agregó la entrevistada.

Lecumberri, segundo hogar


La cárcel de Lecumberri, por extraño que parezca, se convirtió en el segundo hogar de Elena Poniatowska cuando creó el libro La noche de Tlatelolco (Era, 1971). La prisión, que en la época del porfiriato era considerada como “de las mejores del mundo”, fue el escenario para retratar la barbarie de la matanza de la Plaza de las tres culturas.

“Mi primer acercamiento con la cárcel fue en una visita en 1958 con Luis Buñuel. Fuimos a ver a un poeta colombiano que estaba preso, Álvaro Mutis, que estaba en la crujía H”.

Cuenta la periodista que “el director del penal organizó una visita especial al cineasta”, que para esa época era muy reconocido por películas como La ilusión viaja en tranvía (1954) y Ensayo de un crimen (1955). “Él pidió que lo llevarán a la crujía J, donde metían a los homosexuales”.

“Recuerdo que eran unos cuartos muy especiales, pintados de colores, con fotografías colgadas de sus novios. Y recuerdo que Buñuel se acercó a un homosexual que no se quería quitar el maquillaje y un celador se la quitó con un ladrillo y le dijo ‘Hay que obedecer, hombre, hay que obedecer’”.

Para la masacre en Tlatelolco ella comienza a conformar un libro donde las voces fluyen a través de la memoria de los sobrevivientes que se cercaron para dar testimonio del crimen contra la juventud.

Tuvo que adentrarse en las “celdas pequeñas, sucias de Lecumberri donde tenían a los jóvenes. Donde estaban el escritor José Revueltas y los muchachos que fueron apresados y que de muchas maneras reflejaban la desesperación y la indignación de ese evento que nunca debió de ocurrir”.

¿Fue un libro difícil?

-Es un libro difícil para el que lo escribió y para el que lo lee. Es la recreación de un hecho que por sí mismo es doloroso.

¿Cree que se haya repetido la historia con los estudiantes de Ayotzinapa?

-Bueno, de Ayotzinapa he escrito mucho. Creo que lo que comparten entre sí es que ambos fueron crímenes de Estado.

De los nuevos fenómenos de desaparecidos ¿qué opina?

-Son hechos distintos pero que duelen. Los desaparecidos políticos eran perseguidos por el gobierno, ahora los desaparecidos son perseguidos por el narcotráfico, pero tiene una fuerza tal gracias a que este gobierno corrupto nunca hizo nada para detenerlos.

¿Y Ayotzinapa?

-El caso es lamentable. Hace unos meses estuvimos una serie de escritores y yo entregándoles sus certificados de graduación.

“Ya es hora de que en México hablen los pobres, ya es hora de que los ciudadanos se manifiesten por encima de los partidos. Ya es hora de que seamos consultados. Ser consultado es un derecho político que demandamos desde hace mucho tiempo los habitantes de los 32 estados de la República”, sentenció en un discurso en el Zócalo capitalino a un mes de la desaparición de los 43 de Ayotzinapa.

“Claro que me gustan las flores”

“¡Dios mío, mi educación!”, exclamó mientras se acomodaba una chamarra verde pistache que traía sobre sus hombros. “¿No quieren agua, Jamaica? Hija – le dijo a su asistente – tráeles agua de Jamaica a los muchachos”.

La asistente llegó con una charola dorada y unos vasos de cristal grueso, con un bordo azul añil y una jarra hasta la mitad de agua de Jamaica.

¿Usted es sobrina de Pita Amor?

-Sí, ella era hermana de mi mamá. Era mi tía, pero no le pareció que me iniciara en el periodismo. Me decía ‘no te compares con tu tía de lava, yo soy la dueña de la tinta americana y tú una pinche periodista’.

De momento un perro labrador gigante entró por la puerta principal. Aunque el hilo de luz de la sala era tenue reflejaba intensamente en el pelo de Shadow.

“Hija, a ver si puedes sacar al perro, porque la gata se asusta”, le dijo a su ayudante. “Es que Vice no lo quiere y a quien termina arañando es a mí”, en ese momento la gata brincó y salió corriendo hacia la cocina. “Ya ven lo que les digo, que no lo quiere”.

Ella estaba rodeada de un cúmulo de arreglos florales que “llegaron porque el 19 de mayo cumplí años”.

¿Pero le gustan las flores?

-Claro que me gustan las flores; si no, pasen a mi jardín.

Elena estaba cansada, eran las ocho y media de la noche cuando otorgó la entrevista. Venía de Puebla de celebrar el cumpleaños de uno de sus tres hijos.

-Me gusta convivir con gente joven. Aprender de ella.

Entonces es como José Revueltas que le gustaba convivir con la gente joven.

-Pues yo creo que sí. Convivo mucho con mis 10 nietos, que son ahora mi adoración.

Tal parece que a Elena Poniatowska nada le cuesta trabajo. La computadora es su amiga y ahora compañera para crear sus ponencias, discursos, cuentos y novelas. “Cuando me fui a Estados Unidos a dar unas clases, un curso, ahí tuve que aprender porque las calificaciones había que subirlas a una plataforma, a internet y tuve que aprender”.

Elena responde personalmente los correos electrónicos que llegan a su bandeja de entrada. Y contesta el teléfono de su casa, de la cual se desconoce el color de las paredes pues existen 14 mil libros que están acomodados en libreros que poco a poco ha instalado.


“En el único lugar donde no hay libros es en mi cuarto y en mi baño. Y no tengo en mi cuarto porque me volvería loca con tanto libro; yo creo que voy a donarlos en un futuro a alguna universidad o a una fundación”.

“¡Dios mío, a este perro se le va a salir el corazón!”, le dice a su compañera que entra para que el perro se salga de la mitad de la sala, repose y deje de jadear. “Es que corrió mucho, pero es un perro muy grande para esta casa”.

México recibió a Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor y la convirtió en Elenita. Un personaje de las letras mexicanas que se ha posicionado como imagen de la Ciudad de los Palacios.

Con sus casi 50 publicaciones, sus 39 reconocimientos, entre doctorados Honoris Causa, premios de literatura, periodismo, Elenita no se “toma en serio los premios. Con esas invitaciones pasa que no dejan hacer a los que escriben lo que hacen y en lo que dicen son buenos y por lo que los invitan, que es escribir”.

Ha pasado hora y media desde el inicio de la entrevista. Elena Poniatowska está visiblemente cansada, por la hora y por el viaje de un par de horas de Puebla hacia la ciudad de México.

Sus ojos, ahora nebulosos por el paso del tiempo, no han perdido la vitalidad ni la chispa de cuando inició la entrevista.

Señora, una última pregunta, ¿cómo le gustaría ser recordada?

-Bueno, yo no pienso en ello. Yo vivo cada día y lo disfruto. Creo que no he escrito ni mi epitafio, y creo que no lo escribiré. Cada quien me asignará un lugar en su memoria o en su biblioteca.

A Elenita Poniatowska se le puede reconocer al verla leer en el parque ubicado enfrente de su casa en Chimalistac. Es fácil abordarla en las ferias del libro o, incluso, a través de su hijo, el profesor Emmanuel Haro, quien en más de una ocasión ha recibido libros de alumnos para llevarlos a autografiar por su madre. A Elena Poniatowska Amor se le puede conocer mediante los temas que aborda, que la emocionan, que la indignan y es posible entablar conversación con ella a través de sus libros.



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