viernes, 8 de abril de 2016

MONA-MENTO NACIONAL


Por Cinthya Fernanda Salas Bonola
México (Aunam). En medio de la edificación se observa un campanario, a cada costado hay una columna de la altura de tres postes de luz unidos, que termina con una cruz blanca, la cual se pierde entre las nubes. En la actualidad, es un espacio conocido como el punto de reunión mensual de los chacas o reggeatoneros, tribu urbana que destaca de entre todos los devotos de San Judas Tadeo; construcción que ha perdido su verdadero significado entre monas, flecos cortos tiesos de tanto de gel y tenis Jordan piratas.

“La misa de los monos empieza a las tres” dice un policía de piel morena, encargado de cuidar los torniquetes de la línea dos de la estación Hidalgo del Sistema de Transporte Colectivo Metro (STC-M), a otro de los elementos de seguridad. Los dos uniformados de azul marino con detalles rojos no apartan la vista de las personas que se dirigen a la salida que lleva a la Avenida del mismo nombre que la estación, para celebrar al Santo de “las causas perdidas”.

El Templo de San Hipólito y Casiano fue declarado Monumento Nacional en 1931, por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), debido a su relevancia histórica; sin embargo los asistentes a las misas que se dan cada hora, desde las cinco de la mañana hasta las nueve de la noche en dicho recinto, se refieren a está obra como “la iglesia de San Judas”. 2:47 de la tarde, el sol es el culpable de las prendas humedecidas por el sudor y la misa de las tres, de que el transito por Avenida Hidalgo esté suspendido.

Al rededor del monumento, los puestos ambulantes de productos religiosos lanzan sus ofertas: “Camisetas grafiteadas en veinte pesitos”, “Siete collares bendecidos por diez pesos” o “veladoras de a quince”. Las diversas mantas plásticas en colores rojo y amarillo, permiten la vista de sólo la mitad de la edificación, para contemplarla en su totalidad se tiene que caminar pegado a los lados de la construcción.

Pegado al recinto, se aprecian las paredes de piedra de tezontle, cal y canto que han sido víctimas de los de orines humanos o animales y de restos de comida en mal estado, olores que se mezclan con los frutales y cítricos que emanan de las veladoras e inciensos de prueba que colocan los puestos. Los aromas perecen importar poco, pues las personas parecen indiferentes ante ello, “el chiste es agarrar lugar en la siguiente misa” menciona una anciana de cabellos grises a otra, mientras esperaban sentadas en las bardas del Templo.

Las rejas de metal negras, que protegen la entrada y la salida, así como el escudo de piedra que mira hacia los estudios Tepeyac, construido por José Damián Ortiz de Castro, arquitecto responsable de la Catedral Metropolitana, sirven ahora para sujetar las cuerdas de los más de cincuenta puestos que se fijaron a las fueras de la iglesia.

Antes españoles, hoy chacalones



Cadenas de florecitas de papel metálico color oro, plata y verde rodean la entrada principal. Los asistentes cargan sus figuras del “abogado de los casos difíciles" en diferentes presentaciones, en unas se muestra redondo y de cachetes inflados, en otra es él en versión niño, que además es una alcancía, también hay figuras de más de metro y medio y miniaturas, para la bolsa del pantalón.

En un principio, este espacio no poseía tintes religiosos como ahora; en junio de 1520 aquí fue registrada la mayor caída de españoles, en la llamada Noche Triste, por parte del pueblo mexica. Hernán Cortés lloró ese día y se vengó de aquellas lagrimas en 1521, cuando logró conquistar estás tierras, así mando a edificar los cimientos de la Ermita de los Mártires, lugar en que se enterraban cuerpos de españoles, para honrarlos.

Son las tres en punto y la próxima misa está apunto de comenzar. Tatuados, de jeans con diversos estampados, cabello rapado y con figuras marcadas-llamadas grecas-, pequeñas bolsas rectangulares colgadas de manera cruzada y ajustadas al torso, es la vestimenta que se ve repetida en varios hombres formados para entrar a rezar; mientras que en las mujeres se ve la presencia de gafas oscuras, camisetas negras y pantalones de mezclilla .

Un sujeto con camisa de San Judas y collares de cuentas de plástico en secuencia de colores blanco, amarillo y verde, mantiene su mano derecha, morena y delgada a la altura de su boca, forma una especie de caja con sus dedos que sostienen una estopa o papel mojados con solventes, como el thiner, es una mona, una droga popular entre está tribu urbana.

El lugar que conmemoraba a los españoles, en el presente alberga a chacas y de más feligreses del santo de la llama en la cabeza y el bastón en mano. Ya en el interior, los puestos siguen con fuerte presencia, grandes rótulos que anuncian “agua de San Judas Tadeo, directa desde el Nevado de Toluca”, atraen miradas. Cada quien enciende sus veladoras y las deposita en las esquinas de la congregación y se retiran a ganar lugar en el amarillento espacio, no sin antes hacer sus peticiones.

Adentro de la iglesia las personas quedan pegadas unas con otras, los portadores de flores benditas rozan los rostros de la gente, las grandes figuras dificultan la vista hacia delante, el piso se encuentra cubierto de agua bendita, tierra y lodo; detalles que hacen que el visitante ignore los vitrales del siglo XX, el retablo de mármol al fondo del recinto o los seis candelabros de bronce que alumbran la tarima de azulejos blancos.

El templo perdido

“Tú le pides lo que sea y él te lo cumple, no importa si se tarda, yo siempre confío” dice Claudia Gutiérrez, una robusta veracruzana de cejas depiladas y cabello pintado de rubio, que viene a la Capital por la fe que tiene. La mujer de aproximadamente 40 años hace sus “mandas”, que son “encargos” que se le ofrecen a San Judas como agradecimiento por su ayuda y protección.

Oraciones, plumas, figuras, paletas o monedas de a peso es lo que se usa para rendir tributo al patrono de las situaciones riesgosas. Claudia explica que estos artículos se deben de regalar a otros y que al recibirlos, estos tienen que dar algo también, “es como una cadena”. Así cada día veintiocho de mes se dan “mandas” en las afueras de la edificación que pertenece a los Misioneros Claretianos desde 1892.

Cuatro de la tarde. Este es un ejemplo de la devoción por San Judas Tadeo, apóstol que fue colocado por primera vez en el altar mayor del Templo de San Hipólito y Casiano en 1982, es decir, fue de las últimas etapas del lugar, pero que a pesar de ello resulta ser el motivo actual de importancia y no el monumento, ni la historia que representa.

La iglesia ubicada en esquina Zarco número 12 y Paseo de la Reforma, en la colonia Guerrero de la delegación Cuahutémoc, no parece cesar en número de visitantes. En medio de vendedores de nieves y elotes, los recién llegados, unos vestidos como “San Juditas”, esperan su turno de entrar frente al arreglo de flores de la entrada principal, para iniciar de nuevo la visita despistada al antiguo monumento nacional perdido entre el piso semi-destruido, montones de basura y feligreses de aretes brillantes, que están a las afueras del lugar.




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