viernes, 20 de marzo de 2015

POST MORTEM: EL TRÁFICO DE HUESOS

Por Monserrat García Robles, Miguel Angel Teposteco Rodríguez y Valeria Monserrat Pioquinto Morales
México (Aunam). La transacción de huesos humanos es un negocio turbio que tiene lugar en diferentes cementerios del Distrito Federal, pero en específico en el añejo Panteón Civil de Dolores. Según testigos de facultades de la UNAM como la de Odontología o la de Medicina, el conseguir osamentas por debajo de la ley se ha convertido en una necesidad, ya que se requieren para elaborar prácticas o estudios. La extracción ocurre tanto en el proceso de embalsamado en la SEMEFO o en las funerarias, así como en la profanación de las tumbas causada por la venta doble de sepulcros.

Un sepulturero gana dos mil 200 pesos al mes; mientras que un velador es remunerado con 3 mil 700. Con la venta de un esqueleto, llegan a ganar de un sólo golpe lo que recibirían de sueldo en todo un mes. Un cráneo, dependiendo de su estado y temporada, llega a costar de 500 a mil pesos, menos de lo que cuesta una réplica, que se cotiza en 400 mil pesos.

El profanar una tumba conjuntamente con el tráfico de huesos son delitos tipificados. El Código Penal Federal estipula en los artículos 280 y 281: “Al que exhume un cadáver sin los requisitos legales o con la violación de derechos, será sancionado hasta con cinco años de prisión y una multa de 30 a 90 días de salario mínimo…”. Esta actividad está calificada dentro de los delitos del fuero común, lo que significa que el hecho delictivo sólo afecta directamente a las personas cercanas (familiares, amigos y conocidos del difunto); no obstante, creemos que es un ilícito que debería ser del fuero federal, pues el tráfico de huesos afecta la salud de la población, además de que se hermana con el tráfico de órganos. Asimismo, la venta de huesos viola diversos artículos contenidos en el Reglamento de Cementerios del Distrito Federal, así como en el capítulo V de la Ley General de Salud, entre ellos:

Artículo 346.- Los cadáveres no pueden ser objeto de propiedad y siempre serán tratados con respeto, dignidad y consideración.
Artículo 350 bis.- La Secretaría de Salud determinará el tiempo mínimo que han de permanecer los restos en las fosas. Mientras el plazo señalado no concluya, sólo podrán efectuarse las exhumaciones que aprueben las autoridades sanitarias y las ordenadas por las judiciales o por el Ministerio Público, previo el cumplimiento de los requisitos sanitarios correspondientes.
Artículo 350 Bis 3.- Para la utilización de cadáveres o parte de ellos de personas conocidas, con fines de docencia e investigación, se requiere el consentimiento del disponente.
Tratándose de cadáveres de personas desconocidas, las instituciones educativas podrán obtenerlos del Ministerio Público o de establecimientos de prestación de servicios de atención médica o de asistencia social. Para tales efectos, las instituciones educativas deberán dar aviso a la autoridad sanitaria competente, en los términos de esta Ley y demás disposiciones aplicable.

Sin embargo, las leyes no son respetadas en ninguna de sus cláusulas; es verdad que existe un tráfico por dos vías principales: los estudiantes de medicina que necesitan los restos para sus prácticas profesionales, y los santeros que utilizan las osamentas para sus rituales. La extracción de huesos trae consecuencias sanitarias dentro de los panteones, así como resulta una estafa para las personas que pagan derecho de piso por el pedazo de terreno en el que está sepultado algún familiar, pues están efectuando un monto por algo inexistente. Dentro de la investigación, se muestra que las raíces culturales de algunas partes de México requieren para sus rituales huesos humanos, los cuales no pueden ser conseguidos de manera lícita; una necesidad social más que es saciada con la ilegalidad.

Los panteoneros


De entre las enredaderas surgió un cráneo, envuelto en polvo y desgastado por el tiempo; el hombre había tardado 10 minutos en encontrarlo. El lugar era un montículo que se alzaba entre las tumbas, encima había un árbol que dejaba caer su sombra sobre nuestros cuerpos. Uno de los panteoneros nos pidió que lo siguiéramos. Esos hombres caminaban entre las tumbas con ligereza, dando de vez en cuando una explicación de las cuarteaduras de las lápidas. Nos sentamos en una banqueta y el viejo soltó un precio: “Dos quinientos por el cráneo, jóvenes”.

Llegamos a una parada de microbuses. Allí encontramos a un panteonero. Después de una plática breve nos guió al interior del campo santo. “Somos estudiantes de medicina y necesitamos huesos para nuestras prácticas” le dijimos. No fue necesario mostrar identificación alguna. El joven accedió a contarnos la historia mientras caminábamos entre los pasillos forrados de tumbas.

“Yo no estoy involucrado, pero sí sé que hay compañeros míos que pueden ayudarlos, sería cuestión de contactarlos” nos aclaró al posarnos sobre la superficie de cemento de color claro de la Rotonda de los Hombres Ilustres. El joven explicó que, al expirar una tumba, los huesos en el caso “legal” se echan en el cajón de al lado, luego los familiares vienen a reclamar el cuerpo. Platicó de algunos cadáveres que no son bien enterrados, los cuales sufren un destino diferente al del descanso bajo tierra.

Los perros de los alrededores se llevan la carne y huesos para “alimentar a sus perritos”, nos narró el joven; al caminar por los alrededores se podía ver a canes hembras con los vientres inflados, acostadas por algunas tumbas. Debido a esto se pueden encontrar huesos entre la basura o los rincones de las lápidas.

Antes de estrechar la mano, darnos su número y desearnos buena suerte, nos dijo “hay un solo día del mes o de la semana, depende la demanda, donde se hacen todas las exhumaciones” luego, aunque volvió a asegurar estar fuera del tráfico, nos dio el precio de los huesos: “entre 2,000 y 2500 pesos”. Antes de retirarnos, mientras regresábamos paso a paso por los espacios polvorientos entre las tumbas, el panteonero dijo algo que apenas alcanzó a llegar a nuestros oídos: “las familias al final siempre regresan por sus muertos”.

Buscamos más trabajadores en el panteón. Dispersos, traían sus palas o sus rastrillos, sentados en los mausoleos. Las familias de los difuntos se movían frente a la que ellos creían era la última morada de sus seres queridos; a una considerable distancia, el llanto de alguien que recuerda a sus muertos es perceptible. Al fin uno de los panteoneros nos hizo caso; estaba reunido con varios de sus compañeros, con cierto humor en el rostro moreno, quemado por el sol abrazador de su oficio, nos comentó “no chavo, tienes que ir a la entrada—la del panteón—ahí busca a los pinches coyotes, los más rucos, ellos te lo van a vender en corto”.

Seguimos la indicación. En la entrada principal del panteón había hombres ya mayores con aspecto haragán, en el disfrute de unas buenas bromas, en compañía de los trabajadores más jóvenes que cruzaban por el lugar. Uno de los “coyotes” se acercó, con una sonrisa dibujada con el probable presentimiento sobre lo que queríamos. Repetimos la historia: somos estudiantes de medicina, buscamos huesos. El hombre de rasgos gastados, bigote gris y piel canela nos indicó “esperen aquí”. Fue por uno de sus compañeros, levantó su mochila y nos guió por entre los letreros en madera con las inscripciones de “descanse en paz”.

“Hay gente que pide cráneos, pero luego los devuelven, nada más los usan para sus cosas y ya los regresan, siempre piden huesos, pero nos dicen que sean de gente que nosotros sepamos que fue muy cabrona en vida, que haya sido muy maldita o que tuviera mucho dinero con tranzas” a lo que agregaron “hay dos tipos, son los santeros, los blancos y los negros, pero aquí llegan de todo, desde esos hasta los de la Santa Muerte”.

“Qué bueno que no vienen con bata”, nos comentaron, “es que si vienen de blanco así los detectan en la entrada y nos la hacen de pedo a nosotros, mejor así, en grupos pequeños, ustedes tres solitos, con su mochila, nos llaman discretos y vamos, sin ningún ruido”.

Su paseo por las tumbas era relajado, como si caminaran por una pradera, detrás de un balón de futbol. El líder de la expedición, “el Rambo”, nos llevó al árbol enorme, perdido entre el mar de piedras blancas y maderas gastadas que sufría con el sol, acompañadas de algunos reflejos de agua estancada de la lluvia del día anterior.

El cráneo mostrado, sacado de los dedos largos de un árbol viejo, yacía sobre una tabla de piedra con la leyenda "Aquí descansa Rosa Álvarez Pérez". El panteonero nos miró mientras inspeccionábamos la pieza, una construcción biológica dura, con dientes faltantes, carreteras en la nuca y una superficie que dejaba una tierra color óxido entre los dedos. Dimos el visto bueno. Al ver que no había peligro nos soltó un secreto “tenemos la cabecita de un bebé”. Nuestra cara no ocultó la sorpresa, pedimos ver el objeto. El hombre se separó de nosotros, recorrió unas tumbas hasta perderse en las criptas. De repente surgió con una bolsa de plástico, se acercó a nosotros, entre la sombra de otro árbol, y ahí sacó algo del tamaño de una naranja, frágil, un poco alargado al verlo de perfil. El cráneo de un infante.

“¿Cuánto cuesta esa joya de los muertos?”. La respuesta fue dolorosa: una decena de billetes de a mil. Lo que equivalía, según nos dijo el panteonero, a un esqueleto completo. “Es muy raro encontrar huesos de bebé, para que los saquemos cualquier resto, tienen que pasar 17 años sin que nadie reclame el cuerpo, los más viejos llegan a tener hasta 45, ya casi hechos polvo”.

Nos condujeron a un cubículo, un armario de puertas negras de metal, forradas con polvo gris. En ese lugar oscuro se encendió una bombilla que se balanceó sobre nuestras cabezas. El hombre con movimientos lentos sacó un costal para cemento que en su interior tenía extremidades de todos los tipos, así como algunos pedazos pequeños que bien podrían confundirse con huesos de pollo. El paquete total que se nos ofreció fue de dos cráneos, los palos de las extremidades, entre cinco o seis, en 14 mil pesos; más aparte la cabeza del bebé, que subiría la suma a 24 mil pesos.

El viejo se detuvo en su muestra, pensó unos segundos, tomó una idea de entre la oscuridad y escupió con dificultad su recuerdo “a veces hay gente que nos pone “cuatros” (emboscadas) los polis luego se enteran de que andamos vendiendo los huesos porque a algún “pesado” (persona importante) se le olvidó reclamar el cuerpo y nosotros ya lo vendimos, entonces nosotros lo sacamos y luego llegan las personas con grabadoras, nos cachan y despiden a uno o dos compañeros, gracias a Dios yo la he librado”.

Santería: ¿para qué más se usan los huesos?

Para cuando llega a su local a las diez de la mañana, el calor ya es insoportable. Todavía no es verano, pero incluso a esas horas el sol y el bochorno ya hacen casi imposible transitar por la calle sin terminar empapado en sudor e insolado hasta el tuétano. Espera, al menos, que el día no sea tan pesado –como lo ha sido toda la semana- para poder irse temprano a casa.

Se abre paso entre los puestos de juguetes y artículos para fiestas intentando escapar de la canícula, pero adentro el calor es veinte veces peor. En parte es culpa de la temperatura ambiental; otra es por causa de la gente que desde temprano busca cruces de ocote, inciensos, hierbas de todo tipo, preparaciones diversas y otros enseres necesarios para las limpias y los amarres. De vez en cuando se fija en los que traen gallinas o pollos en cajas de cartón mal embaladas. Sus ruidos y cacareos lo sacan de su estupor por un momento, pero después regresa a lo suyo y comienza a abrir su local, como es común, y a acomodar sus productos escrupulosamente en el lugar que les corresponde.

Apenas ha terminado con las veladoras cuando ya hay clientes en el pasaje esperando por su turno. Los recibe uno por uno en su pequeño local del pasillo ocho del Mercado de Sonora y les invita a sentarse ante una mesita de madera, donde reposan un mazo de cartas del tarot y unos cuantos cuarzos de colores desperdigados sin un orden específico. Una vez cómodos – lo más que se puede estando en un sitio de 3x3 y con el inconfundible olor a hierba e incienso en el aire-, cada uno hace su petición. Algunos lo hacen con nerviosismo, como si estuvieran confesando un grave pecado ante el cura mientras esperan que su penitencia no sea tan grave como su falta. Otros hablan sin pena, alzando la voz como si no temiesen ser escuchados por locatarios y compradores. Otros –los menos- exponen su encargo con normalidad.

Él los escucha atento, como una especie de Padrino moderno –sólo que con una baraja de cartas en lugar de pistola y brebajes sustituyendo al vino- y asiente en cuanto cada uno ha terminado de hablar. A veces se pasa una mano por la cabeza rapada para eliminar el sudor que amenaza con deslizarse a su rostro y su mirada castaña se escurre con discreción en sus clientes, sin perder ningún detalle de su vestimenta o de su actitud. En su expresión no se deja ver ni el más mínimo atisbo de emoción, ni siquiera una sonrisa que aliente a su interlocutor. Simplemente se mantiene lo más apegado posible a su trabajo.

Sus delgadas pero firmes manos parten entonces el mazo y, con la experiencia que veinte años han forjado en su persona, comienza a trabajar. Realiza las limpias sin mancharse la camisa blanca de algodón ni los jeans azules (porque por más santero que sea, sigue siendo joven) y los “amarres” los hace con seguridad, escogiendo cuidadosamente la mezcla que va a usar para su cometido. La fila de clientes parece no desaparecer nunca y él ni siquiera ha podido desayunar como es debido, pero finalmente, después de leer el futuro en la mano de una mujer de mediana edad y de cobrar sus servicios, Jorge ya puede tomar asiento y descansar.

Acerca los platos de plástico rebosantes de comida que una de las meseras de la fonda del mercado le ha traído y comienza a quitarle el plástico que hace las veces de cubierta a la sopa, pero cuando está a punto de tomar la primera cucharada, un hombre se para justamente enfrente de su mostrador. Viste un par de pantalones azules, una camisa negra y tiene el semblante de quien sabe lo que hace, porque en su lenguaje corporal no se detecta nerviosismo ni desconocimiento. Sus motivos, sin embargo, son los que al santero le llaman la atención.

Jorge deja su comida de lado y se levanta para recibirlo. El hombre se cuela en el interior con rapidez y mira directamente a los ojos al otro, cosa que pocas personas se atreven a hacer, especialmente si se trata de clientes. Pero si eso le sorprende, el Santero no lo deja entrever. Se muestra lo más cordial posible y le pide que tome asiento, pero el caballero se niega terminantemente.

-No te quito mucho tiempo, hermano. – Le dice- Solamente quiero ver si tu puedes hacerme una consulta

-Para eso estamos. ¿Una lectura de manos, o de cartas? ¿Un amarre, una limpia, un trabajo?

El otro niega. Jorge comienza a entrever un poco a dónde va el asunto.

-Entonces dime pa’ qué soy bueno, ‘mano.

Cuando el cliente le pide una asesoría para “rayarse” (ceremonia de la iniciación en la religión de Palo Mayombe), el Santero ya no se sorprende. Entiende perfectamente ahora y le pide de nuevo que tome asiento, con la diferencia de que esta vez el hombre acepta.

Entonces Jorge mira distraídamente la comida que ha dejado, pensando en que para cuando tenga tiempo para ingerirla ya va a estar fría y en que no podrá volver a casa temprano como él había querido. Antes de empezar, echa un rápido vistazo al cráneo que tiene en uno de los estantes. Comienza entonces con la consulta. Trabajo es trabajo.

El Palo


El Palo es una de las cuatro religiones de origen africano que aún se practican en diversos países de América Latina (principalmente en Cuba). Las otras tres son Santería, Abakuá, y Arará. La religión se desarrolló entre los practicantes derivada de una forma de necromancia llamada Nganga que aún se encuentra ampliamente extendida en varias partes de la costa oeste de África Central. "Nganga" se refiere tanto a la práctica como a sus sacerdotes.

El Palo llegó a América gracias a los esclavos procedentes de África, quienes compusieron los primeros nueve “nkisi” o fundamentos básicos de Palo en honor a los nueve reinos sagrados del dominio del Manikongo. Con el paso del tiempo, estos preceptos fueron mezclándose con otras creencias y finalmente se crearon así las llamadas Reglas de Palo.

En esta religión los preceptos principales son la creencia en los poderes naturales y la veneración de los espíritus de sus ancestros. Acorde con la creencia, Sambia es el Dios Supremo en Palo que habita en el cielo, no baja a la tierra y no es objeto de culto, por lo tanto no se le venera como en otras religiones. Las leyendas cuentan que los hombres fueron creados por Sambia en el cielo y luego bajaron a la tierra gracias al hilo tejido por una araña. Sambia plasmó la escritura de la vida del hombre en las líneas de las manos, mientras que en la columna vertebral escribió la lista de los caminos que una persona debe atravesar. Este Dios Supremo tiene a su vez ayudantes llamados “orishas” o “Nkisis”, que le ayudan a cumplir su misión.

El Palo tiene un conjunto definido de valores éticos y morales que enseñan respeto por la vida humana, repartición justa de la riqueza, ayuda a quien lo necesita, etc. También cuentan con una especie de sacerdocio natural en el cual hombres y mujeres elegidos por los espíritus sabios y los orishas desempeñan labores como herbolarios, consejeros, y mensajeros entre el mundo de lo visible y de lo invisible. Los sacerdotes y sacerdotisas de Palo deben poder comunicarse con “inteligencias desencarnadas”, llamadas también "esencias puras" o "espíritus puros".

Sin embargo, los Paleros también creen que en ocasiones las esencias malignas pueden ser manipuladas y utilizadas al antojo de quien desempeña las veces de sacerdotes o sacerdotisas. Si el Palero practica principalmente la magia benéfica, puede ayudar al espíritu maligno a convertirse en un espíritu bueno. Si no, las consecuencias de sus actos pueden ser de una magnitud inconmensurable.

Palo Mayombe

El Palo Mayombe es una de las derivaciones de Palo que emigró y se expandió por diferentes países. Como La Santería y el Candomble, mezcla la religión del chamanismo africano con los elementos del espiritismo, de magia y el catolicismo.
La palabra “mayombe” significa Magistrado o jefe superior, gobernador. Es un título honorífico. La Mayombería es la práctica que se conserva más pura de las cuatro básicas de Palo, es también la más primitiva. Se basa en el trato directo con el “nfumbe”. Es la íntima comunicación entre el espíritu encerrado en la “nganga” y la mente de su dueño.

Para ser miembro, uno se convierte en un “Nguey” o hijo/a “Nkisi”, pero antes de admitirse, se hace una consulta espiritual con un Palero o Padrino para determinar si es aceptado por los espíritus. Esta investigación espiritual -así como las obras que se indiquen- debe ser hecha por alguien con experiencia, ya que si se entra a la ceremonia de iniciación sin que se haga una “limpia profunda del alma” ( que incluyen, maldiciones, brujería, amarres etc), las cargas negativas que tenga el interesado se volverán más fuertes y por lo tanto en vez de avanzar espiritualmente se retrocede.

Una vez realizada esta consulta, el Palero da algunas indicaciones de lo que se requiere para el “Nkimba” o “Rayamiento”, nombres que recibe la ceremonia de iniciación. A una persona que se raya ya no puede quitársele de encima el rayamiento, pues representa un “segundo bautizo”, pues según la religión durante la ceremonia la persona muere y vuelve a vivir libre de pecado, como una segunda oportunidad.

Sin embargo, esta ceremonia requiere de ciertos instrumentos o aditamentos para que se lleve a cabo con efectividad. Principalmente es necesario contar con una “prenda” que pueda fungir como medio de contacto con un espíritu. El medio más fuerte de contactar con uno es a través de los huesos humanos.

Los huesos a utilizar no son los mismos para todas las personas, pues el Palero debe indicar a cada uno qué es exactamente lo que necesita para su rayamiento. Usualmente se recurre a los restos de personas que durante la vida hicieron mal, es decir, asesinos, violadores, ladrones, etc. La creencia indica que con este servicio, sus almas se redimen y pueden por fin descansar en paz.

En general, se dice que la prenda es quien decide si debe rayarse o no la persona ya que sobre la prenda no se puede hacer nada sin autorización de ella, para lo cual se le debe pedir una especie de permiso especial. El Palero contacta con el espíritu y pregunta si está dispuesto a pasar por este proceso. Si accede, se realiza la ceremonia de rayamiento, que también es diferente dependiendo del nuevo iniciado, pero que en general deriva en la creación de “rayas” o cortes y heridas profundas en la piel de la persona, dejando cicatrices que servirán como recordatorio de su nueva vida.

Pero conseguir las prendas no es tarea sencilla. El Palero sólo aconseja, sin embargo el deber del iniciado es el de conseguir los huesos que requiere. Un fémur, un cráneo, una falange; sea cual sea la prenda solicitada, obtenerla se vuelve la principal meta.

El problema es que existen demasiadas trabas para ello, pero el lugar básicamente es el mismo en todos los casos: el cementerio más cercano. Si no hay vigilancia o los sepultureros tienen fama de traficar con los huesos, mucho mejor. Basta con dar una mentira medianamente creíble o de ofrecer una cuantiosa suma de dinero (si es más de lo que el enterrador pide es mucho mejor, así se evitan más fácilmente las preguntas) para obtenerlos.

Pero tampoco es una tarea tan sencilla. Primordialmente, es necesario que los huesos requeridos cumplan con las características que el Palero ha indicado, porque no cualquier hueso sirve. La búsqueda de la tumba adecuada puede tardar varios años o sólo un par de días dependiendo de la capacidad de investigación que tenga el interesado. Además, los huesos deben tener cierta antigüedad –dada también por el Palero, pero no suele ser menor a diez años- para que el Rayamiento surta efecto. Eso sin contar el precio de cada hueso…o el riesgo de ser descubiertos y llevados ante la ley.

Más que un camino a la liberación, parece un camino a la incertidumbre.




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