viernes, 1 de noviembre de 2013

PARA TODA BUENA VIDA, MUERTE. PARA TODA BUENA MUERTE, TAMBIÉN


Por Sharon Jimena Díaz León
México (Aunam). “Señora”, “Flaquita”, “Niña Muerte”, “Santísima”, “Niña Blanca”. Existen muchos apelativos para designar al símbolo que se ha ganado al pueblo mexicano, diverso en edades, en estratos sociales, en ocupaciones y en problemáticas de vida cotidiana. ¿Quién pensaría que los principales propagadores de este culto son las pocas oportunidades de trabajo, los malos salarios y los precarios sistemas de educación y salud?

La Santa Muerte forma parte del proceso histórico que ha conformado a México como un país lleno de sincretismos y variada riqueza cultural. De acuerdo con documentos oficiales de la Iglesia Católica, los indígenas de San Luis de Paz (Guanajuato) adoraban, mediante ritos, a una figura esquelética que desde 1797 ya llamaban Santa Muerte. Este culto popular no tiene registro oficial y su origen se diluye entre las alegorías, las mitologías y las creencias populares. En fechas más recientes, específicamente en 1965, en el poblado de Tepatepec (Hidalgo) una figura de la Muerte atrajo el interés de los feligreses a pesar de estar ubicada en un rincón de la iglesia del lugar.


La Muerte se convierte en la virgen de millones de familias empobrecidas que sobreviven el submundo globalizado entre el mercado informal y la delincuencia, desempleados, jóvenes sin oportunidades laborales ni de educación, migrantes, estudiantes de educación básica, trabajadores urbanos y campesinos.

“Hay que saber a quién le pides, porque luego te engañan”. Pablo García, autor de la frase anterior, tiene veinte años y hace siete dejó de estudiar. Trabaja repartiendo paquetes para distintas oficinas en el Estado de México. En nuestro país, personas de cualquier edad, sexo, estrato socio-económico, nivel educativo, empleo e incluso creyente de cualquier religión oficial, puede ser devoto a la Santa Muerte. Junto a San Judas Tadeo, éste esquelético símbolo ha aumentado su número de fieles. La mayoría de éstos son jóvenes. Ya sea por tener una idea contraria a la que les imponen en casa o por realizar actividades que implican una relación directa con la muerte, la juventud mexicana ha optado por creer en la Santa no querida de la Iglesia Católica.

Los creyentes veneran a la Santa Muerte en ritos donde se mezclan evocaciones católicas, indígenas, esotéricas y milenaristas. Se piden favores y milagros que no cumplen ni las vírgenes ni los santos tradicionales. Aunque no se tienen cifras exactas, Enriqueta Romero, una de sus principales seguidoras, indica que sólo en el D.F. existen más de 1500 altares en las calles y dentro de las unidades habitacionales o vecindades de los devotos.

Era quince de abril, aquel día sería el primero de varios en que recorrería las calles que llevan a los principales oratorios y ofrendas en el Centro Histórico. Hacía mucho calor y no se veía indicio alguno de que fuera a cambiar el estado del tiempo. Los devotos de la Santa Muerte dedican los primeros días de cada mes, así como los quince, para hacerle misas. Aproveché la temática de la jornada y tomé la decisión de recorrer los principales puntos donde estos creyentes se reúnen.

El primer lugar fue la esquina de Moneda y Jesús María en la colonia Centro. Frente a mí una figura esquelética de casi dos metros de altura. Sobre ella una tela morada que cubría una tacaña representación de huesos. En su mano –carpo, metacarpo y falanges, aquí sí bien definidos- posaba inerte lo que pretendía ser un mundo, minúsculo y café, color de toda la osamenta. Debajo de ésta peculiar figura se distinguían rosas rojas, velas, fotos, cadenitas de oro, una lata que protegía el dinero ofrecido por los creyentes, y hojas blancas tamaño carta con oraciones inscritas.

La doctora Katia Perdigón Castañeda, en su libro La Santa Muerte, protectora de los hombres, asegura que el culto a la Santa Muerte es un culto popular, pues es una expresión del pueblo al que cohesiona y otorga identidad, la cual está integrada por elementos provenientes de diversas tradiciones culturales. Un ejemplo de esto está en su imagen iconográfica, donde se puede ver la guadaña, el reloj de arena griego, la corona del medievo; pero también se observa el bastón de mando indígena y, debajo de la Santa, al dios cristiano, a su hijo y a la Virgen María.

Nadie a mí alrededor. Me acerqué al vendedor más próximo. Un joven de veintitrés años, cubierto por una playera blanca, un pantalón de mezclilla, y tatuajes que descansaban sobre la piel de sus brazos. “La gente está llena de estereotipos, ¿porqué negar lo que desde un principio fue nuestro? Nosotros ya creíamos en la muerte antes de que los españoles llegaran a invadir a los aztecas”, dice Miguel Mancera Hernández.

En el imaginario colectivo, se piensa que esta veneración surge con los grupos sociales económicamente bajos, desempleados, y ligados al consumo y distribución de estupefacientes. En entrevista con la agencia de noticias EFE, David Martínez-Amador, Profesor de Antropología Clásica y Etnografías del Crimen Organizado en la Universidad Rafael Landívar, opina: 'El narco tuvo formas de culto profundamente católicas en sus inicios. Posteriormente, el culto de Jesús Malverde fue la otra variación de estas expresiones de narco-cultura. Pero el culto a la Santa Muerte no es más que la expresión de un colectivo que, en su raíz histórica, ha vivido y convivido con la muerte, haciéndola parte de ella'.

El académico indica que, en sus orígenes, el mundo mexica fue violento y que los procesos revolucionarios a principios del siglo XX, en México jugaron, y popularizaron la figura de la 'Catrina' (la Muerte). “Ahora, en efecto, existe una visión más oscura con la Santa Muerte, pero su semilla no está en el narcotráfico”, puntualiza.

Respecto a los sacrificios humanos realizados por una familia de Sonora desde el 2009, dados a conocer en marzo de este año, el profesor indica: “que algunos grupos violentos usen el culto es una situación periférica. Se podría decir lo mismo de la santería y sus rituales. Algunos sí conllevan sangre, pero jamás están diseñados para corromper el espacio público”. Añade que lo sucedido en Sonora es simplemente eso, “exceso de un grupo de salvajes radicales, lo cual no justifica la paranoia de afirmar que el culto a la Santa Muerte es una apología del sacrificio humano”.

Ricardo Luévano, maestro en Derechos Humanos y Democracia de la Facultad Latinoamérica de Ciencias Sociales (FLACSO México), coincide con Martínez-Amador en una conversación mantenida con EFE. Cuando se le cuestionó si el culto a la Santa Muerte incluye sacrificios humanos como una práctica común, el experto responde con un tajante “no”. “Lo ocurrido es un caso aislado de interpretación y fanatismo religioso por parte de una mujer que más bien hace referencia a Charles Manson y el convencimiento de que la Santa Muerte requiere de estos asesinatos”.

Sin embargo, para Luévano, sí existe similitud en el comportamiento de los grupos de narcotráfico y los devotos de la Santa Muerte, el cual es perderle el miedo a morir: “la Santa Muerte empata con la cosmovisión del narcotráfico, puesto que la iniciación de su culto refleja la pérdida del miedo a la muerte. Esto es sinónimo de valentía y hombría, factores determinantes para alcanzar puestos de mayor relevancia entre los cárteles”.

La doctora Katia Perdigón retoma a Jean-Pierre Bastian (historiador y catedrático francés, enfocado en estudios latinoamericanos) para explicarse el porqué del crecimiento de la devoción por la Santa Muerte y señala que es resultado de varios factores: “la transnacionalización de las redes de comunicación, empobrecimiento y anomia de las masas, ausencia de movimientos sociales autónomos y juego político cerrado, fracaso del catolicismo radical y perpetuación de las estructuras católicas articuladas al Estado”.

Un amplio sector de los mexicanos ha encontrado en la figura de la Muerte, una esperanza en tiempos en los que su vida cotidiana está marcada por ejecuciones, torturas, desapariciones, violaciones a derechos humanos, desempleo, corrupción, injusticia, impunidad y desconfianza en las instituciones gubernamentales.

A Roberto, un estudiante de veinticinco años, le enseñaron desde niño a tener fe en la Flaquita, como le dice de cariño. Sus papás, con deudas para aventar como si fueran confeti, hallaron en este ser un salvavidas. En ocasiones, cuando llega a comentar su predilección por esta Santa, ha tenido problemas; sobre todo porque piensan que él está ligado con lo que la religión judeocristiana concibe como el demonio.

A pesar de los ataques de la Iglesia Católica, que considera al culto de la Santa Muerte herética y diabólica, y de que el gobierno federal le negó el registro como asociación religiosa el 29 de abril de 2005, ninguna de las 7294 asociaciones registradas –hasta el 2009– había crecido tanto como la que comprende este reportaje. La mayoría de quienes han adoptado esta fe son católicos decepcionados con los escándalos de corrupción, tráfico de influencias y pederastia de sus sacerdotes, actos solapados desde el Vaticano.

Caminé por un conjunto de calles largas y pequeñas. Casi en cada una había una iglesia católica. Vendedores limpiando las calles, niños jugando, adultos gritando, música cumbianchera por todos lados, ropa de todas las marcas con el sello del comercio informal y antojitos a diestra y siniestra eran signo de que había llegado a la zona del mercado de La Merced.

Avancé un poco más y llegué a la calle de Bravo. En medio de una crisis de fe y creencia, la feligresía de la Iglesia católica ha buscado nuevos refugios, encontrando una esperanza a sus necesidades en la Santa Muerte. Fue en ese momento cuando la ironía se hizo presente casi al instante: los católicos que no están influenciados por otras creencias o ritos sienten animadversión hacia los que creen en la Santa Muerte y, justo a cinco casas de distancia de la iglesia de San Antonio Tomatlán, está un oratorio a la santa rechazada. A pesar del desdeño, los devotos de la niña aceptan a cualquier tipo de persona.


Pedí informes sobre lo que necesitaba para ser creyente. “Nada”, me respondieron. “Sólo ten fe”. Una vez dentro, había un grupo de gente mojando sus cabezas en un tanque cuyo contenido era agua de rosas, o eso me dijeron. Personas de todas las edades mostraban interés porque les bendijeran a su santita.

La gente llegaban a pie, en transporte público, en carro particular; fieles que vestían playeras con el logotipo de Lacoste,–que por lo general eran los que administraban el lugar–, hasta los que portaban una camiseta y unos pantalones ya gastados por tanta batalla laboral, paseaban por todo el recinto. El olor a incienso aligeraba el ambiente. La iluminación la patrocinaban los rayos de sol que entraban por un toldo blanco. Las escasas bancas de madera eran donadas y unas cuantas sillas blancas de plástico se alcanzaron a colar. Unos sentados, otros de pie, pero todos escuchando al padre que oficiaba la misa.

Es en 1995 que este símbolo toma mayor fuerza y la Santa se convierte en la patrona de las amas de casa, comerciantes, obreros, empleados, campesinos, artistas y estudiantes, abarcando de golpe a todos los niveles y estratos sociales de México. Esta fecha es importante porque coincide con el inicio de una de las peores crisis que ha vivido el país: la transición entre el gobierno de Carlos Salinas de Gortari y el de Ernesto Zedillo y la crisis monetaria conocida como “el error de diciembre”. Hay quienes piden salud, trabajo y seguridad. Otro piden mantenerse en le poder o conseguir más espacio de reconocimiento. Para muchos, la Santa es una protectora capaz de cubrirlos contra las envidias y de eliminar a sus enemigos.

El primero de mayo, en la misma esquina donde había estado dos semanas antes, –Jesús María y Moneda– ya había esperado por más de media hora para hablar con algún creyente hasta que pude entablar conversación con una joven de dieciséis años de edad. Era delgada, vestía una blusa y una falda negra. Portaba unos lentes oscuros con armazón rosa.

“Es milagrosa, me dijo, ella me ayuda en la escuela, en el amor, con mi familia, por eso creo en ella”. Yennifer Estefanía estudia en el Colegio Nacional de Educación Profesional Técnica y quiere ser contadora. Al preguntarle qué pensaban sus amigos y sus familiares respecto a su devoción por la Santa, indicó que éstos se molestan mucho. Su familia le dice que se salga de estas “cosas”, que son del demonio, que tarde o temprano pagara las consecuencias. Su hermana, la cual la acompañaba, se retiró justo cuando empezamos a tocar el tema. Yenni, como me pidió que la llamara, creía en la Flaquita desde hace un año aproximadamente; para ella no hay más, ni la Virgen de Guadalupe, ni San Judas, ella se dedica únicamente a venerar a la santa de la muerte.

En su casa, Yennifer tiene la santa negra. ¿No ese color es para hacer magia negra?, le pregunté. No necesariamente, mientras tú pidas con fe, no importa de qué color sea, ni lo que le pidas, me dijo con certera confianza. A su pequeña estatua, de escasos cuarenta centímetros, le regala lo que puede, desde una vela, hasta una cadena de oro. Yo le pido más para la salud. A mí me cumplió el milagro de que se recuperara un familiar que ya estaba a punto de morir. Ante tal respuesta le cuestioné: ¿No le has dicho que sigue vivo gracias a la Niña? Ella aseveró: No, se encabronaría conmigo. Él ni cree en Dios.

Fuera del oratorio de San Antonio Tomatlán encontré a una joven alta, con el cabello lacio teñido de rubio. Cuenta con dieciséis años de edad, su nombre es Jocelyn. Ella cree en esta santa desde hace tres años, debido a que su mamá -soltera y único sustento de la casa- fue diagnosticada con cáncer de seno; finalmente se recuperó. En el fondo sabe que fueron las medicinas y el tratamiento oportuno que curó a su madre, pero “por si las dudas” sigue creyendo en la santa que curó a su madre.

Dispuesta a emprender el camino de regreso a mi hogar, Bryan me saludó como si fuésemos viejos amigos. Era moreno y muy delgado. Lentes oscuros, cabello con terminación en punta, bermudas a cuadros y una sudadera ‘Abercrombie’, eran parte de su atuendo. “Sólo creo en ella debido a lo que me dedico”. Extrañada pregunté: “¿pues a qué te dedicas?”. “¿Pues a qué crees?”, (mete la mano a su bolsillo izquierdo, la saca y entre sus dedos una minúscula bolsa con polvito blanco).

El culto a la Santa Muerte se plantea como sustituto de las funciones fundamentales del Estado en lo que se refiere al bienestar social e individual. Es más, afirma el periodista José Gil Olmos, quien ha trabajado para medios como La Jornada y Proceso, que los mismos miembros de la esfera política de nuestro país han solicitado favorecidos. Individuos como Elba Esther Gordillo, Ulises Ruiz y Genaro García Luna, son practicantes de ritos para la Santa Muerte, mezclados con otros como el “palo mayombe” y la magia negra.

Hoy voy a orarle, los días veintiocho y treinta y uno son sus misas, me informó Yenniffer. ¿Hay algún lugar específico al que vayas para rendirle culto?, le pregunté. No, a dónde se haga la ceremonia voy. Sabiendo esto, le pedí acompañarla a donde se dirigía; aceptó. Caminamos por varias calles del centro. Eran las once de la mañana, algunos negocios empezaban a abrir, la gente barría las calles. Yen caminaba delante de mí junto con su novio Francisco, de veintiún años, perteneciente al conjunto social mal llamado nini. Llegamos a la calle de Bravo, a unos cuantos pasos del templo de San Antonio Tomatlán. Allí en el número treinta y cinco, lo que antes había sido una casa común, ahora está adaptada para ser centro oratorio de la Santa Muerte.

Mayra, Lupita y Juan Carlos son las personas encargadas de dar la bienvenida a los nuevos creyentes y de proporcionar un bálsamo amarillo para cortar las malas energías, el cual se debe frotar con manos y esparcir por el resto del cuerpo. Sobre dos mesas juntas se exhiben cinco tipos de veladoras diferentes: la destrancadera, cuya función es sacar a las personas de aquellas dificultades de las que les cuesta trabajo salir; la abre caminos, proporciona luz a la vida del portador y a la de los familiares; la verde, sirve para pedir buena salud; la roja, para el amor, y la amarilla, para el dinero.

Jocelyn y yo entramos al lugar. “Sé respetuosa”, fue la única recomendación de la joven. Justo en la entrada están un gran recipiente con agua color rosa y pétalos de flores. Con ese líquido las personas mojan sus cabezas, como si fuera un acto de bautizo. Yennifer me explicó que es para despojarse de las energías negativas que la gente envidiosa llega a “echarles” encima. Estatuas de la Virgen María, de Jesucristo y un manto con la imagen de la Virgen de Guadalupe, son las únicas imágenes religiosas visibles, el resto están cubiertas por completo con un papel china morado.

Tres hileras con asientos de madera, similares al de las iglesias, y veinte sillas de plástico blanco se disponen a soportar los cuerpos de los devotos durante todo el sermón. Como es domingo de ramos, el padre pasó por los asientos a bendecir las palmas. Después siguieron los cánticos. Yen se paró y me pidió que la acompañara. Compró una vela abre caminos, le puso el nombre de su hermano y la fecha en qué nació. “¿Qué le vas a pedir?” –le dije-. “Mi hermano tiene una novia. La muy cabrona lo engaña con otro; pero eso sólo yo lo sé. Quiero que se salga de su vida, pero si le digo a mi hermano lo que hace su chava no me va a creer. Mejor así, que la Blanquita me haga el favor”.

“A los nuevos les damos la bienvenida, pueden venir cuando quieran. Ya vieron que aquí no matamos a nadie, ni despellejamos animales”, dijo el padre cuando terminaba su perorata, la misma que da cada dos horas, desde las diez de la mañana hasta las ocho de la noche. Todos, asintieron burlándose. “¿Qué piensas de la familia de Sonora que desangró a dos niños para ofrecérselos a la Santa Muerte?” Yen, respiró profundamente y sentenció: “Están locos los cabrones, eso ya es estar enfermo. Ellos no son devotos, son fanáticos. Mientras tú le pidas con fe y le des lo que puedas, así sea mínimo, no tienes porqué estar haciendo ese tipo de pendejadas”.





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