martes, 12 de febrero de 2013

PATÁN, PROFESOR EMÉRITO Y POETA

"Mi cuerpo, amor, junto a tu cuerpo herido.
Tu cuerpo flecha que en el viento anida
un intento fugaz de ser hendido
por el ardiente vuelo de otra herida."
Federico Patán

Por Luis Miguel Urbina
México (Aunam). Federico Patán Lopéz llegó a la hora acordada para nuestra cita en un prestigioso café cercano a la avenida Miguel Ángel de Quevedo. Exiliado español y autor del libro de cuentos Encuentros, que mereció el premio “José Fuentes Mares” en el año 2006, es profesor emérito por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México.

En 2009, el escritor Hernán Lara Zavala lo describió, en un acto celebrado en la Facultad de Filosofía y Letras con motivo de la presentación de su entonces más reciente libro, Crónicas Literarias, como un hombre tímido, muy puntual, conservador y sin excesos, pero siempre muy agradable.

Y efectivamente, así fue como se mostró en nuestro encuentro concertado desde días antes. Patán, como si hubiera planificado su entrada, abrió la puerta del café en punto de la hora acordada. Vestía una camisa verde y un rompevientos color café. Nos saludamos de manera muy cordial y optamos por comprar una bebida para amenizar nuestra charla. A través de sus lentes buscó algo del mostrador y optó por un jugo de toronja. “Ya de por sí tomo mucho café por las mañanas”, dijo.

El poeta, novelista, ensayista, crítico literario, y traductor suspiró y sonrió de manera casi imperceptible. Luego de pagar tomamos asiento en una mesa cercana al rincón. “Vivo aquí cerca y vine caminando”, me dijo, como tratando de responder a la pregunta que me formulaba en mis pensamientos.

Destapó con premura su jugo y dio lentos sorbos, preparándose para la larga charla que tendríamos. Mientras bebía, pude percibir su mirada puesta en mí, seguramente analizando qué clase de preguntas podría yo realizar. Terminó sus sorbos para responder a la primera interrogante que habría de hacerle y que iniciaría la charla que aquí se presenta.

Llegada a México y niñez

Mis padres llegaron en 1939 como exiliados políticos. Yo tenía unos dos años cuando desembarcamos en el puerto de Veracruz. Para entonces la Secretaría de Relaciones Exteriores, encargada de los exiliados, nos mandó a Chihuahua porque allá había trabajo. Vivimos ahí un par de años y después nos mudamos a la capital del país. Una vez aquí, un amigo de mis padres, también exiliado, los invitó a Perote, Veracruz, a ayudarlo a dirigir un restaurante. Así terminé en Perote y comenzó mi vida en México.

De niño y adolescente era muy retraído. Tenía muy pocos amigos y casi todo el tiempo lo dedicaba a leer. Me gustaba ir al cine, pero más me gustaba leer. Trataba de conseguir novia, pero era muy difícil. Era un tipo tímido. No sabía que me iba a gustar ser profesor, ni siquiera pasaba por mi mente.

Ya de regreso en el Distrito Federal, vivía en la calle 5 de Febrero en el Centro Histórico, me cambié de casa hasta un año antes de casarme; también aquí comencé mi vida estudiantil, en la primaria iba al colegio Hispanomexicano. Después hice la secundaria y la preparatoria en colegios del gobierno; en la secundaria número siete y la preparatoria número tres. La carrera en la Universidad Nacional. Todo esto porque estábamos escasos de dinero.

Era buen estudiante de todo, menos de las matemáticas. Es una leyenda negra: elegí letras porque no hay números -Patán ríe para luego dar otro pequeño sorbo. Su cabello, blanco en su totalidad hace juego con su pequeña sonrisa. Hasta el momento había respondido a todas las preguntas casi impávido-.

Ya desde entonces leía a Julio Verne, Alejandro Dumas, y nada que fuera serio porque me aburría. Tenían que ser novelas de aventuras. Había películas en serie en las que cada semana uno sólo veía un capítulo de la serie, y para ver toda la película tenían que pasar 15 semanas. Yo era muy tímido y sabía que nunca iba a tener una aventura de ese tipo, por eso me encantaba leer sobre aventuras.

Las aventuras ¿había mujeres ahí?

Me dijeron que para escribir poesía tenía que estar enamorado. Entonces me enamoré de una muchacha llamada Concepción, que era hermana de un amigo mío, y le escribí varios poemas que afortunadamente desaparecieron. Fue su culpa haberme lanzado a la poesía. Cuando uno se enamora acaba haciendo versos, pero nunca fue mi novia.

Bueno, cuando iba yo en sexto de primaria tuve que escribir un poema escolar sobre el nacimiento de Benito Juárez. Escribí una cosa que sólo recuerdo era espantosa, pero me gustó la idea de escribir poesía. La poesía, como escritor, es lo que más me llama.

Licenciatura

La decisión de estudiar Letras Modernas fue muy sencilla, siempre me gustó la traducción. En el año de 1967 fui a Jalapa a hacer un examen para ver si me daban libros por traducir en la universidad Veracruzana. Me hicieron un examen y me dijeron: “Esto es una infamia, está llena de errores tu traducción.” Iba a agarrar mi saco y a irme todo moroso a México cuando me dijeron: "Pero hay talento." Pulimos las cosas malas y se quedaron las buenas. El libro nunca salió, pero cuando tuve que decidir qué estudiar me dije: ¿Quieres ser traductor? Estudia Letras Inglesas. Eso te da dominio sobre el idioma y te da amplio conocimiento sobre la literatura.

¿Ser exiliado modificó su decisión?

Bueno, tenía que decidir como exiliado qué estudiaba: literatura mexicana o española. Como no podía decidirme, agarré Letras Modernas como excusa, pero la única verdad es que yo quería dominar el inglés y dedicarme a traducir.

La afición por traducir surge cuando tenía como 10 años. Había una serie de novelas que leía cada semana. Un día quise leerlas en inglés y no pude. Entonces me dije a mí mismo que tenía que aprender inglés o en su defecto a traducir. Al traducir siempre tendría que leer literatura y estaría inmerso en lo que me gustaba.

Crítico literario de primera calidad, Federico participaba de manera semanal en el suplemento cultural Sábado (que dirigía Humberto Bátiz) del viejo Unomásuno, donde reseñaba con pulcritud un libro semanal.

También fui a Trillas porque escuché que necesitaba un traductor y me aceptaron. Traduje para Trillas cerca de 40 libros, todos de psicología y sociología. Años después, y quizá a modo de broma, me dijeron que mis traducciones eran malas porque los originales estaban mal escritos. Fue mi primer conflicto; yo como traductor no puedo mejorar ni editar ni hacer nada con las obras. Tuvimos un agarrón y como consecuencia de eso me fui al Fondo de Cultura Económica, donde traduje otros 40 libros. Ya para entonces era profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, y dejé de traducir como modo de ganarme la vida.

El oficio de escribir, un acto íntimo




Y en su propia obra ¿escribe para algún tipo de público?

Nadie escribe para todo público. Escribo para un público de cultura media que pueda entender los problemas que planteo en mis cuentos, pues me gusta encontrar tramas que no sólo mantengan intrigados al lector, sino que también digan algo, y el verdadero encanto radica en cómo lograrlo.

¿Llega a encontrarse con libros suyos en las librerías? ¿es cierto que los novelistas sufren con los ingresos?

No me topo con libros míos, y si llego a hacerlo me decepciono, pues sigue el mismo número de novelas ahí que en un principio. No soy autor famoso ni reconocido por los lectores, pero eso no quiere decir que los novelistas se mueran de hambre. De ejemplo tenemos a Fuentes, a Vargas Llosa y al ahora tan sonado Bryce Echenique. Ellos venden lo que quieren.

Yo le doy mis escritos a la editorial y ella se encarga de todo lo demás. Yo soy incapaz de promover mi libro. Es quizá parte de ese retraimiento del que hablaba. Creo que si son buenos se van a vender solitos, y si son malos, qué bueno que no se vendan.

Cuando se publica mi primera novela, el Último Exilio, era la quinta o sexta que había escrito, las otras cinco las destruí porque me parecían muy malas. Fue la quinta la que me publicaron, pero esto de eliminar cosas de las que no estoy convencido ocurre todo el tiempo. Un buen escritor elimina mucho de lo que escribe.

Además, creo yo que todo se escribe en la reedición. La primera edición de un texto es materia prima para trabajar. Después hago cambios profundos con las ideas que me caen de todas partes.

¿De dónde llega la inspiración?

Llega de muchas partes y a causa de miles de motivos. Hay cosas que escribo de las que no me doy cuenta. Muchos me dijeron que mi generación, por ser de exiliados políticos, escribimos mucho sobre el mar, y yo les dije que estaban locos. Al asomarme a mi obra me di cuenta que era cierto, hay mucho mar. En parte es porque se me quedó de niño ese cruce del atlántico que realicé en mi exilio.

Yo en las novelas, lo que me ponía a estudiar, era ver hasta dónde una persona es responsable de lo que le pasa. Entonces la pongo en situaciones donde tienen que tomar decisiones. Escribo sobre cómo esas decisiones afectan la vida. Eso es en las novelas. En los cuentos escribo con argumentos un tanto más fantásticos, ya no en el terreno de lo cotidiano como en las novelas.

Se puede sacar un argumento para un cuento de manera diaria. Abran el periódico y ahí hay material para hasta 20 cuentos. De ahí vienen mis argumentos para un cuento. Algunas otras veces vienen de charlas o de mi propia imaginación, pero de todo, lo más íntimo está en la poesía.

Eso se relfeja en la forma de trabajo: todo lo hago en computadora menos la poesía. La poesía aún la hago a mano porque toca fibras más íntimas y alcanzo mayor conexión con el texto. Los poemas llegan de los sitios más raros. Los poemas brotan, yo no sé de donde vienen. En cambio la narrativa la pienso, la medito, la edito y la enriquezco.

El oficio de escribir es un diálogo íntimo entre escritor y texto. Cuando empecé a escribir el Último Exilio llevaba unas 20 hojas cuando el texto me dijo que no era cuento, que era novela. Después de un largo tiempo opté por hacerla novela.

El andar de un profesor

En Marzo del 69 me recibí de Maestro en Lenguas. Una semana después me llamó la jefa del departamento de Letras Modernas. Yo le dije a mi esposa que quería vivir del periodismo, pero me ofrecieron la clase de literatura inglesa del 20, y a mí me encanta ese periodo. Una semana después estaba dando clases y ahí me quedé.

El ser maestro es una de las cosas que más me ha satisfecho en la vida. La primera clase estaba muerto de miedo, pero me encantó ver cómo descubren los alumnos la literatura y qué es lo que les entrega. Me encanta poder ayudar a que los jóvenes consigan esto. No he dejado de dar clases desde entonces.

La UNAM me permitió ser lo que soy. Soy profesor porque la Universidad me formó como profesor. Hoy cumplo con mi deber como universitario y le pago de vuelta. Y a través de la literatura y la enseñanza sigo sumergido en mi mundo.

Cuando me informaron sobre mi emeritazgo, lo primero que pensé fue en colgar el teléfono porque se me iba a caer. Yo no me lo creía. Me siento muy distinguido porque mi Universidad me concedió el título de profesor emérito. El Profesor Emérito es una distinción de la Universidad a los que han dedicado su vida a la enseñanza. Es decir, me crea como profesor y encima me premia por serlo, está a todo dar. Ahora que si eso significa profesor viejito que ya debe retirarse para dedicarse a otras cosas, pues entonces no.

¿Hay algo de lo que no haya escrito Federico Patán que aún lo inquiete?

Siempre hay razones que empujan a escribir algo. El día que no sienta inquietud por escribir estaré en un ataúd. Escribir es parte de mi cotidianidad, pero como profesor universitario tengo que hacer investigación, de ahí mis cuatro libros de ensayos. Ahora estoy trabajando sobre un libro de cuentistas mexicanos. Ya tengo muchos ensayos que están por conformar un libro. Sólo resta el prólogo, y ver en qué orden los coloco. Combino lo académico con lo periodístico.

Actualmente, además de un libro sobre cuentistas mexicanos, me documento para escribir un capítulo bajo petición sobre la vida de Angelina Muñiz-Huberman, quien también pertenece a la generación del exilio.

Para terminar profesor, ¿cuál cree usted ha sido su más grande aventura?

La vida es una novela. Puede ser de acción, porno, de aventuras, pero la mía es muy aburrida. Si realmente quieren dialogar a profundidad conmigo, lo pueden hacer con mis libros. Es ahí donde están mis verdaderas aventuras.





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