jueves, 9 de agosto de 2012

DE MICTECACIHUATL A "NIÑA BLANCA"

Especial dedicación a mi santa muerte,
por protegerme y proteger a toda mi gente,
por ser justa entre las cosas, por dejarme seguir vivo,
por darme la fuerza para castigar al enemigo,
por la bendición a mi fiero pulso certero,
y por poner a mi lado una jauría de fieles perros.
Santa Muerte, Cartel de Santa
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Por Rodolfo Campos Castelán
México (Aunam). “A la figura de la Santa Muerte se le hacen cualquier tipo de peticiones”, puntualiza la señora Laura Rodríguez Neri, capellana del altar de la Santa Muerte en Iztapalapa y experta en prácticas esotéricas por más de treinta años.

Como versa en la canción “Santa Muerte” del grupo Cartel de Santa, a ella acuden para pedir fuerza, ayuda, agradecer por cosas materiales, por las amistades y la familia, en sí, por todo aquello que los devotos piden y les es concedido

Santa Muerte: el comienzo

Durante el año 2011 se ha popularizado notablemente el culto a la Santa Muerte que, en palabras de los creyentes, “ha llegado para quedarse”. “Esta devoción es una respuesta a la complicada situación que se vive en el país: falta de empleo, alza de precios, bajos salarios, migración, delincuencia, violencia, desintegración familiar, marginación de determinados estratos sociales, escasa cohesión social, entre otros factores”, según Héctor Sierra Monjaraz, Sociólogo egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM.

El culto hacia la Santa Muerte, tiene más de 40 años y encuentra su origen en el estado de Hidalgo, en el Valle del Mezquital, alrededor de 1965. Actualmente se práctica en distintos lugares de la República Mexicana, como: Estado de México, Morelos, Nuevo León, Chihuahua y el Distrito Federal.

Sus antecedentes más remotos se encuentran en las creencias de los pueblos prehispánicos, en especial, en el culto que los aztecas rendían al Dios de la muerte: Mictlantecuhtli. Él se caracterizaba por tener la cara de una calavera; los animales con los que se le relacionaba eran arañas, murciélagos y búhos. Además, gobernaba el Mictlán, “lugar de los muertos”, y tenía poder sobre las almas de los muertos.

Se encontraba también la imagen de Mictecacihuatl, esposa del Dios de la muerte, quién se encargaba del noveno nivel del Mictlán, en el cual las almas desaparecían. Se le representaba constantemente trabajando en cooperación con su esposo y otras en conflicto. Su principal función era la protección de los huesos de los muertos.

Ese culto se ha mantenido desde ese entonces hasta nuestros días, sólo que ahora se le llama “Santa Muerte”, y representa un sincretismo entre la religión católica y la prehispánica; es decir, con la conciliación entre dos posturas: la conservadora, por parte de la Iglesia, y la de los creyentes de la Santa Muerte, menciona la señora Laura Rodríguez Neri.

En México, antes de la Conquista española, el culto a la muerte existía sin ningún prejuicio y ésta era considerada como un complemento de la vida, aseguró el sociólogo Héctor Sierra Monjaraz, pues desde su punto de vista, “el culto actualmente está rodeado de muchos tabús y prejuicios por parte de la gente”.

Para los mexicas, cuando alguien fallecía se separaba su alma de su cuerpo, la cual se trasladaba a otro mundo especial de los muertos, como el Mictlán o Tlalocan, para seguir “viviendo”.

“El Mictlán era un lugar sin salida, desde donde era imposible regresar al mundo de los vivos […] lo que explicaría también por qué no había fantasmas, ni espíritus de muertos en la Tierra”, mencionó la antropóloga del Instituto Nacional de Antropología e Historia, Yolotl González Torres. Quien en su libro El culto a los muertos entre los mexicas, escribió que después de estar cuatro años en el Mictlán, las almas pasaban al Chiscnauhmictlan donde eran destruidas completamente.

La primera imagen de la Santa Muerte fue descubierta en una Iglesia; se trataba de San Bernardo de Claravala, un Santo francés de la edad media, que tenía su fiesta el 20 de agosto.

San Bernardo fue representado como un esqueleto y el pueblo mexicano lo vio como una imagen de la Santa Muerte. Lo empezaron a venerar como Santa en vez de Santo, ya que las diosas prehispánicas de la muerte, Mictecacihuatl y Coatlicue, eran figuras femeninas.

Cuando los sacerdotes se dieron cuenta de que la gente iba a rendirle culto a la Santa Muerte, la imagen fue trasladada a una casa privada; así nació el culto a la Santa Muerte, de un sincretismo entre la cultura prehispánica y el cristianismo popular, según un reportaje de Discovery Channel dirigido por Eva Aridijis y narrado por Gael García Bernal.

“Santa Muerte, cumplo con mi ofrenda”

Más de 120 personas se reunieron, en punto de las ocho de la noche, en el altar dedicado a la Santa Muerte, ubicado en la Súper Manzana II de Tepalcates, en la esquina de Av. Universidad y Telecomunicaciones, frente a la Ciudad Deportiva Francisco I. Madero, en la Delegación Iztapalapa.

La Avenida Universidad tuvo ausencia vehicular debido a la cantidad de gente presente en el rito que le rinden, todos los días primero de cada mes, a su “Jefecita”, a su “Niña Blanca”, a la Santa Muerte. Su altar está encima de un piso de mosaico café, el cual resalta del gris rata de la banqueta que combina con los baches, las grietas y los grafitis que se encuentran a lo largo de avenida.

A través de los vidrios, limpios, tan claros como los cristales de un aparador, se pueden ver bebidas alcohólicas como ‘panales de Tony’ (Mezcal Tonayan) y botellas de Tequila Rancho Viejo, como parte de los objetos que se le ofrendad a esta figura; manzanas arrugadas que parecen secarse, porque la “Santa” chupa su esencia; rosas e imágenes de aquella figura, todo objeto cargado de significación y atributos divinos.

En el altar hay tres figuras de la Santa Muerte vestidas en color azul y blanco brillante, en símbolo de sabiduría y pureza, respectivamente.

El rito comenzó con un Ave María y un Padre Nuestro. Los fieles, cerrando los ojos, repetían las oraciones que dirigía Berenice Allende Rodríguez, hija de la guardiana del altar, Laura Neri Rodríguez. Los devotos seguían llegando, bajaban de todo tipo de vehículos: Bochos, Caribes, Bici Taxis y motonetas Italika con luces neón a los costados y un amplificador que reproduce música al ritmo de reggaetón.

Con ayuda de un micrófono y desde lo más profundo de su ronco pecho, la capellana rezó un rosario y otras oraciones propias de la Figura de adoración, la Santa Muerte.

En palabras de Laura Rodríguez Neri: las oraciones que se le rezan a la Santa Muerte y sus peticiones van relacionadas con la vestimenta, los colores y los objetos con los que cuenta.

“En el nombre del padre, del hijo y del Espíritu Santo, inmaculado Ser de Luz, te imploro me concedas los favores que te pida, hasta el último día, hora y momento en que su Divina Majestad ordene llevarme ante su presencia. Muerte querida de mi corazón, no me desampares con tu protección”, es la primera oración que escuchó en, por lo menos, unas dos cuadras a la redonda, dijo Efraín, dueño de una tienda ubicada a no más de 50 metros del altar.

Las distintas figuras en el altar, adoradas por los creyentes, están rodeadas por diversos objetos: un faro de luz, un vaso con agua, incienso —como catalizador de energía—, bebidas alcohólicas —como el tequila y el mezcal—, un puro y dulces, que en palabras de Jacqueline, adepta al culto desde hace tres años, “son por capricho de la Niña Blanca”.

La figura central del altar porta en su mano derecha una guadaña, la cual ayuda a cortar energías negativas, trae prosperidad y brinda seguridad. Con la otra mano sostiene un mundo, elemento que le da confianza, liderazgo, éxito, conquistas e independencia al creyente, evocó Berenice Allende Rodríguez.

Esta figura está vestida con una túnica; se viste o se representa de diversos colores de acuerdo con las peticiones que tenga cada creyente.

La túnica roja que representa el amor y la pasión; la dorada, el poder económico; la verde es la justicia; la de color hueso, ayuda a mantener la paz; la negra sirve para la protección total; la azul es muy recomendada para los estudiantes; y la de los Siete Poderes que engloba todas las cualidades señaladas, aseguró la señora Laura.

Doña Paty —una mujer mayor, de cabello rubio, quemado por la abrasión del peróxido en exceso, con arrugas en la cara y dientes amarillos que denotan el pasar del tiempo, así como el de sus cigarrillos, pues va en el sexto y en la cajetilla le quedan ocho—, llevó al rosario una Santa Muerte Blanca.

“Esta imagen representa la purificación total, ayuda a limpiar toda energía negativa, principalmente en los hogares donde abundan las envidias y los rencores entre los propios familiares”, aseguró.

Con frío, lágrimas en los ojos, sonrisas, abrazos, actualizaciones en los chismes de vecinos y conocidos, besos entre parejas, ruido de motores (autos y motonetas) fusionado con reggaetón a todo volumen y con vasitos de plástico llenos de la bebida nacional por excelencia, el tequila, repartidos entre los asistentes, acabó aquel rito al que los fieles de Iztapalapa y unos cuantos de Tepito dieran inicio una hora antes, para entregarse a su “Jefecita”, a su “Niña Blanca”.

“No tengo miedo a brincarme ya de aquí, cuando usted me invite, nos vamos por ahí…”

En el Distrito Federal se ubica el altar público más concurrido por los adeptos a este culto, en la casa de Doña Enriqueta Romero, ubicada sobre Alfarería número 12. Bajo el resguardo de la señora Laura Rodríguez Neri, se encuentra un altar similar en avenida Universidad esquina con Telecomunicaciones en la Delegación Iztapalapa.

Cada altar público tiene designado un día de rosario y fiesta para la Santa Muerte. En el altar de la señora Laura (en Iztapalapa) se hace el 1er día de cada mes, para dar gracias por los días que pasaron y por los que se avecinan. Los devotos llegan a este altar de todas partes de la ciudad y de otros estados de la República con horas de anticipación, para poner sus altares en las banquetas cerca del altar principal; llevan consigo sus figuras para que sean bendecidas.

La devoción a la Santa Muerte fue una práctica clandestina durante muchos años, pero esto cambió con el establecimiento de un santuario público en el barrio de Tepito, en la ciudad de México en 1997. Una creyente piadosa, Doña Enriqueta Romero Romero decidió sacar una imagen de la muerte de tamaño natural, propiedad de su familia, y hacerle una ermita con vista a la calle. El culto creció rápidamente y otros creyentes decidieron sacar sus imágenes también, según una nota de Carlos Garma publicada en el periódico El Universal en 2009.

“No sé si lo que creo es producto de mi locura…”

Para tratar de comprender el culto a la Santa Muerte, se debe partir desde un punto de vista nuevo; no abordarlo como una devoción sombría, sino como una alegre dramatización, donde la muerte representa una de las deidades de la crisis.

Para la señora Laura y su familia, esta devoción es incomprendida por la sociedad, pues en México la mayoría de las personas son católicos y se mira con desprecio a quienes en el culto de la Santa Muerte encuentran el apoyo que les permite sobrellevar día a día los problemas.

“Como siempre, la Iglesia mete las manos en todo y ésta no es la excepción; la Iglesia católica se puede considerar en extremo conservadora, pues no acepta nada más ni nada menos que lo que ella establece”, expresó Héctor Sierra Monjaraz.

La Iglesia señala que las personas adeptas a dicho culto no es gente mala, solamente están tratando de buscar a Dios y lo han encontrado de alguna manera en esa devoción.
Según Francisco Boluda Pérez, miembro de la Congregación de los Sagrados Corazones (Ss Cc), “la calavera no es buena ni mala, no es santa, es calavera, es el cuerpo humano sin ninguna especificación de santidad. Entonces, es una mentalidad fuera de lugar, ¿cómo se va a adorar a una calavera?, es algo que esta fuera del contexto humano, no podemos adorar la parte de un cuerpo muerto, éste no tiene ninguna santidad. Es una mentalidad extraña, sin ningún fundamento humano ni divino, los que hacen eso no están en la realidad”.

“!Una Santa Muerte no existe!”, aseguró el párroco de la Iglesia San Isidro Labrador ubicada en avenida Sur 16 en la Colonia Agrícola Oriental, Delegación Iztacalco, Francisco Boluda, pues solamente se podría hablar de una Muerte Santa que es la que tuvo San José, pues murió en los brazos de la Virgen María y ante la presencia de Dios, “esa es una Muerte Santa, o Santa Muerte como le quieran decir”, finalizó.

“Y, heme aquí…”

El padre Mayor Francisco Boluda Pérez, de 89 años de edad, tiene un estrecho apego al catolicismo. Es un inmigrante nacionalizado mexicano, proveniente de “un pueblo indígena, en un país salvaje, donde se da la Tomatina, una ‘Fiesta/Guerra de los tomates’, donde todos atacan a todos”, el pueblo de Buñol, una provincia española.

Estudió su noviciado (estudios previos al nombramiento como sacerdote) en Valencia, después cursó las Carreras de Teología y Filosofía en Vitoria, capital del país Vasco, donde recibiría su ordenamiento como sacerdote.

Llegó a México porque en España le dijeron que abrirían una escuela apostólica en este país; entonces, le llamó el superior provincial de la congregación de “Los Sagrados Corazones de Jesús y María” y envió al padre Francisco a México, “y, heme aquí, desde hace 55 años”, mencionó el sacerdote.

Sobre el tema de la Santa Muerte, el párroco precisa que el esqueleto no posee ninguna Santidad, pues únicamente los Santos son dignos de ella y, por lo tanto, no puede llamársele Santo a un esqueleto. Respecto a la Santidad explicó: “No hay adoración hacia los santos, hay una veneración; se admiran como se admira a una persona buena, como a un buen presidente”.

“La veneración es una actitud que surge de pensar que una persona tiene méritos y son dignos de admirarlos; todos los tenemos y todos podemos ser venerados, pero especialmente aquellas personas que han hecho el bien y han llevado una vida buena, son ejemplo de amor a Dios y amor al prójimo. Quienes ayudan a los demás son dignas de admiración, de veneración; es decir, los Santos”.

De aquí que los Santos de la Iglesia Católica sean personas y no objetos, como una calavera que es merecedora de devoción por algunas personas. “Adorar a un esqueleto, bueno, ni los médicos lo hacen, y ellos saben que es una parte del cuerpo que ya está muerto […] ¡Es un disparate¡ Es como adorar una silla, son cosas que no tienen sentido dentro de la persona humana adorar algo así”, precisó el sacerdote.

“Rompan las ataduras y todos los prejuicios…”

El culto a la Santa Muerte es muestra de la diversidad de una sociedad, que en épocas de crisis recurre a figuras que se cree pueden generar una catarsis en su vida; es su manera de escapar de la realidad y de los problemas del día a día, como la falta de empleo, el alza en los precios de los alimentos, la marginación, la delincuencia y la pobreza. Todo esto obliga a la gente a poner sus esperanzas y a lanzar gritos de ayuda a alguien que pueda escucharlos, puntualizó Héctor Sierra Monjaraz.

La sociedad los ve como brujos o adoradores del diablo, y a pesar de que este culto tenga relación con actividades delictivas —como la aprensión del dirigente de la Iglesia de la Santa Muerte, David Romo Guillén, por cargos de robo simple, secuestro agravado y extorsión agravada cometida en pandilla, según una nota de David Vicenteño del periódico Excélsior—, no se debe olvidar que también hay gente que pone su fe en esta figura y que únicamente busca sobrevivir a estos problemas.
“Nosotros también creemos en Dios, pero es la Santísima quien nos ha de llevar ante él y él juzgará si hemos sido buenos o malos y si estaremos en el cielo o no […] En la Niña Blanca creen todo tipo de personas y por creer en ella ‘nomás’, a uno que es gente buena nos tachan de rateros, ‘robachicos’… Es más, una vez le preguntaron los ‘polis’ a mi mamá que si vendía droga”, contó Berenice, hija de la capellana del altar.

Las personas encuentran una identidad en este culto porque, de cierto modo, la Santa Muerte acepta a los que la Iglesia rechaza: homosexuales, travestis, alcohólicos, drogadictos, delincuentes; ella no discrimina. “Es justa con todo, igual se lleva a pobres que ricos, a niños que a ancianos”, concluyó Laura Rodríguez.








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