miércoles, 28 de marzo de 2012

PARECES VERDULERA, DICEN POR AHÍ…


Por Dulce María Olvera Martínez
México (Aunam). El minutero cambia, son las cinco de la mañana en punto, lo inevitable sucede… suena el despertador. El lunes, detestado por muchos, vuelve a hacer su aparición. Sixto se incorpora de forma automática y se enlista para ir a trabajar. Hábito que ha realizado desde los 16 años, cuando llegó de Oaxaca en busca de un empleo. Su tío lo introdujo al comercio en la Merced, el segundo mercado más importante de la ciudad de México, y lugar al que se dirige esta madrugada.

Entre bostezo y transborde de líneas dentro del Transporte Colectivo Metro, llega a la estación la Merced, la del ícono de manzanas (al menos esa fruta es la que Sixto interpreta). Una vez abiertas las puertas, aún dentro del andén, el aroma a tierra, flores y legumbres lo logran despertar por completo. Olores que lo conducen poco a poco a la entrada del mercado, el cual es abrazado por las instalaciones del metro o quizá viceversa; bien podrían ser hermanos siameses.

No tarda mucho en llegar a su puesto de hongos, “lo que más se vende”, según él y dos de sus hijos, quienes tienen otro local afuera de la nave menor, forma como se divide el laberíntico lugar. Sixto aún no es abuelo, pero ya tiene sus años: luce canas ocultas en esa gorra azul marino y varias arrugas en su piel quemada por el sol. Su rasgo característico, el ojo derecho entrecerrado. No quiere recordar la razón.

Mientras quita las lonas y acomoda las flores de calabaza, champiñones, y letreros de precios con frases eternas como Sólo por hoy o Aproveche, se alegra de que esta vez no le hayan robado nada. “Por unos cuantos pesos, los vigilantes dejan entrar por las noches, a mí me han quitado una báscula, una televisión, bueno… hasta bolsas de haza”. La corrupción dentro del mercado no tiene horario.

Haga su lista y vaya a la Merced

La mañana va avanzando y poco a poco se escuchan más murmullos y ruidos: comerciantes de todas las edades, incluso niños, acomodan sus productos, barren y limpian su local, cortan o pelan verduras, acarrean en diablitos más mercancía… se alistan para vender, por pieza o mayoreo, a amas de casa o cualquier otro consumidor con o sin bolsa del mandado. Personas invitadas a comprar con clichés como “Puedes preguntar”, “¿Qué estabas buscando?”, “De diez, amiga”.

La Merced es toda una integración, un mundo alterno. Una mezcla de formas de hablar; música de banda, salsa o reggaetón; gorras con brillantes, cabello con rayos güeros, mandiles, playeras de fútbol (más si es sábado de partido); y estampitas o altares de santos como San Judas Tadeo abogado de las Causas Difíciles o la misma Santa Muerte. Y por supuesto, mercancías como verduras, chiles, frutas, hojas de tamal, polvos, semillas, pollo, carne… todo acomodado ordenadamente; mercadotecnia popular. “Usted sólo pregunte”.

Productos y locales antes protegidos por líderes que exigían dinero a cambio de seguridad. Corruptos corridos por los mismos comerciantes tanto del ala mayor como de la menor.

La necesidad te hace aprender: señora Esperanza

La hora de comer se aproxima, Esperanza ya encargó un par de tacos de bistec y mientras los disfruta con salsa verde, piensa en qué otros productos puede vender. Comida definitivamente no, “se echa a perder y no hay ganancia”, aprendió de su experiencia al vender frutas.

El problema radica en que el negocio de las piñatas ya no le deja lo suficiente: a su alrededor hay un par de locales que venden lo mismo y hasta más. No obstante, quizá la competencia las compre. Esperanza, mujer sola, robusta y con brillo en su mirada, se las ingenia sola para hacerlas.

“La primera vez, me tardé todo un día… no me salían, pero la necesidad te hace aprender”, confiesa. Una vez formado el molde, sólo se corta el cartón, se pega papel crepé de colores, una imagen de dibujos animados, la cuerda para que se cuelgue y, listo, la siguiente…

Después de comprar, un polvo y a la casa

Tras recibir el cambio y guardar sus kilos de aguacate y limones, un individuo con playera azul rayada y pantalones de mezclilla sale del mercado; ha logrado cruzar todos los obstáculos de los pasillos como cajas, costales, gente parada magullando frutas…

Está atardeciendo. Al cruzar la calle, ha dejado el mundo del comercio legal para pasar a la Av. Corregidora y con ello, traspasar al comercio ilegal de caricias, orgasmos y placeres comprados. Se acerca a una mujer con pantalón de mezclilla, blusa blanca, tacones transparente con plataforma, arracadas, cabello teñido y maquillada en exceso.

Dialogan por unos segundos y ambos se alejan poco a poco de aquella avenida adornada con faldas, medias, y sus respectivas dueñas. Cada una parada de día o de noche, en espera --incluso de horas-- de brindar compañía sexual. La Merced no sólo son anaqueles con legumbres o alimentos, afuera del mercado hay otro tipo de negocio; la trata de mujeres.










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