miércoles, 28 de marzo de 2012

EL SABOR DE MECHE

Por Patricia Ixchell Quintana Juárez
México (Aunam). La carne al pastor es volteada de forma delicada con la tortilla que va a ser su envoltura. El sonido estruendoso del aceite al tocar el jugo de piña con chile guajillo proveniente de la misma, no hace otra cosa más que alborotar el hambre.

Calientito y deseado es el taco al pastor al verlo adornado con cilantro y cebolla, el toque final para llevarse a la boca éste deleite culinario de la comida mexicana y alborotar los sentidos, es una picosa salsa roja elaborada con jitomates, chiles y ajo. Después de exprimirle limón y condimentarlo con sal, ya no hay motivo para que el cliente evite comerse su taco.

Al menos que conozca el secreto del suculento sabor en la salsa causado por el jitomate mordido y defecado por ratas, además, sin ser previamente lavado el taquero lo asó, lo condimentó y lo molió. Este es el sabor de meche, un saborcillo repartido en el interior y en exterior del Mercado de la Merced.

Son las cuatro de la tarde de un miércoles de marzo de 2012. Afuera, el sol quema a todo el que se encuentra en el exterior del mayor mercado minorista de alimentos tradicionales de la ciudad de México; prostitutas, religiosas, amas de casa, niños, da igual, todos son asados por el astro, que con el calor seco eleva el olor a orines hasta la nariz, para que antes de entrar al mercado uno se lleve consigo un recuerdo de la calle.

--¡Pásele, pásele, güerita! ¡Sí hay, sí hay, usted no más escoja! ¡Ahí va el golpe, ahí va el golpe! Son los sonidos que adorna la Nave Mayor. Lugar en donde el grito de “Güerita, está de oferta”--“No má a uno cincuenta” atraen a la clientela al puesto de Román Pérez, comerciante de verduras, quien asegura con el ceño fruncido “Mis kilos están bien pesaditos”.

“El charales”—como le dice Roberto—su amigo de más de veinte años tiene un puesto modesto, en donde vende: aguacate, pepino, tomate, chile pero también el jitomate más barato de toda la merced, pues su precio oscila entre $1.50 y dos pesos el kilo, cuando en los demás puestos al rojo lo venden entre cinco y siete pesos de acuerdo al marchante.

--El único pecado de mis jitomates, es que algunos tienen unas mordiditas de rata, menciona con cinismo el vendedor, mientras se sube el pantalón de mezclilla para poder vaciar otra caja del foco de infección al puesto.

Rodando y empujándose, caen libremente los jitomates, algunos tienen color carmesí, los demás un rojo quemado, son grandes y a simple vista parecen jugosos, sabrosos para preparar cualquier platillo, si no fuera porque al mirarlos con detenimiento uno encuentra el pecado; pequeños orificios hechos al azar en algunos, otros sólo con diminutos churros que parecen chispas de chocolate y los más pecadores llevan las dos penitencias.

“Las ratas echan a perder cuatro kilos de mercancía al día, la única forma de reponerme es ofertar ese jitomate” expresa Román mientras despacha a un hombre gordo, que escupe en el piso cada diez segundos, se limpia la nariz en el delantal manchado de grasa y fluido nasal antes de tomar su compra e irse.

“Prefiero venderlo, a perder 40 o 50 pesos diarios por no hacerlo” menciona el vendedor mientras mira con indiferencia los jitomates sin saber que la saliva y el excremento de la rata producen infección cerebral y ésta puede extenderse en la medula. “Además prosigue Román Pérez, ese chavo al que acabo de despachar es taquero y nunca lava la verdura, no ha pasado nada… nadie ha muerto, mientras la gente siga comprando yo sigo vendiendo”.


Imagen: Wikimedia Commons





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