miércoles, 9 de noviembre de 2011

“A MÍ ME GUSTABA CONTAR”: NELSON NOTARIO CASTRO

Por Araceli Álvarez Ugalde
México (Aunam). “Vive, pero no renuncies a tus sueños” fue el consejo de Nelson Notario Castro, un hombre que dejó huella en los corazones de quienes lo conocieron, su vocación por el periodismo fue su más profunda enseñanza, su marca, la alegría de vivir la vida, visible en esa sonrisa que nunca abandonaba su rostro.

En la madrugada del 7 de noviembre pasado se escribió su última historia, horas después de su partida, comenzaron a llegar cientos de mensajes a su perfil de Facebook, con anécdotas, tristeza y sobre todo, mucho agradecimiento. Aquí unas cuantas palabras que nos compartió en el 2007, que intentan recordar un trozo de su historia.

Todavía yo no sé si volverá

Son las once en punto y en el pasillo del edificio B de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM camina un hombre de cabello cano, camisa blanca, mochila al hombro y regordeta figura. Su nombre es Nelson Notario Castro y se dirige a una de las aulas donde comparte sus conocimientos con jóvenes ávidos de aprender.

Este sábado por la mañana ha llegado a la escuela a la que ha dedicado más de quince años de trabajo para platicar de su historia personal. Sonríe afectuosamente, ocupa una de las sillas y escucha atento cada pregunta. Entonces mira a los ojos y comienza a recordar aquel 1959, al triunfo de la Revolución Cubana.

El beisbol, la música y los poemas eran sus aficiones, a sus once años entendió la trascendencia del hecho por lo que cambió las actividades propias de la edad por la militancia y las campañas de alfabetización.

“Mientras los de mi edad bailaban en las fiestas yo estaba con la organización juvenil, a veces con una ametralladora en el hombro o en la mano, en las costas para que no se metieran los gringos. En el año 61 Cuba tenía un millón de analfabetos y nos pusimos a enseñar a los que no sabían”.

Entonces, entre las lecturas, encontró su destino: “La vocación mía por el periodismo comenzó leyendo, a mí me gustaba contar. Comencé a ser corresponsal estudiantil escribiendo sobre lo que ocurría en mi ciudad. Disfrutaba mucho hacer las notas y verlas publicadas, eso es un orgasmo periodístico”.

Cuando cumplió 16 años lo invitaron a hacer un programa de radio todos los miércoles, llamado La juventud a la ofensiva, “¡imagínate tú! era muy leninista. De ahí pasé a la televisión nacional. Fui corresponsal en Europa, en América Latina y en África a la guerra, después fui a Nicaragua y a Panamá cuando lo invadió Estados Unidos”.

Tres meses de labor le valieron el Premio Nacional de Periodismo José Martí, además de otros dos reconocimientos y la oportunidad de hacer una corresponsalía en México, país del que tuvo sus primeros acercamientos gracias a las películas de Jorge Negrete, Pedro Infante y Javier Solís.

Qué barrio recorrerás para hallarte

No escatima palabras ni tiempo para seguir contando, regresa al pasado y se nota en su rostro la felicidad de lo vivido, de las experiencias que lo formaron, del orgullo de saberse cubano y mexicano.

A su llegada a nuestro país ayudaba a la isla y colaboraba para una agencia panameña; recorría las calles que conoció a la lejanía. Ya sabía su historia, sus películas y su música, era momento de dedicarle su trabajo hasta el último día de su vida.

“Llegué a México en noviembre del 90. Era lo que siempre quise. Cuando mi padre me llevaba a ver películas mexicanas salía con los ojos húmedos, me conmovían mucho; cuando uno conoce a México desde los estudios de cine piensa que siempre es así, un frío en las calles que te congela, un niño a quien alguien lo recoge y le da comida, una señora muy buena en una vecindad que se ocupa de los demás que están jodidos y que siempre aunque la vida esté difícil se abre la luz al final del camino”.

Cuando llegó aquí fue como si conociera todo, fue como si estuviera escrito en su vida, “es muy místico decir eso, pero yo también soy muy místico. Dos cosas me llamaron mucha la atención: la cantidad de conflictos y que piquen la carne en lugar de comerla entera, en vez de comer picadillo, ¿por qué no se la comían entera con un tenedor y un cuchillo?”

Cuatro años después de su partida de la isla caribeña comenzó una crisis provocada por la caída del muro de Berlín, por lo que sus compatriotas trabajaban tan sólo una vez a la semana por falta de luz, entonces decidió trabajar voluntariamente para ellos al tiempo que miraba con profundidad el lugar donde vivía.

“El pueblo mexicano es muy generoso y también muy agresivo, muy generoso por las buenas y jodido por las malas. Se parecen a los cubanos en la forma de amar, en el núcleo familiar, el estar unidos, somos iguales incluso hasta en el periodo de duelo, en la enseñanza patriótica de los niños”.

Será que la necedad parió conmigo

Estaba cumpliendo uno de sus sueños, pero la vida en un lugar tan lejano de su hogar no era fácil. La distancia y la soledad comenzaron a hacer mella, pero lo más difícil fue la necesidad económica. Recuerdos difíciles, pero contados desde sus palabras firmes, su acento cubano, su mirada atenta.

“Muchas veces caminé todo Masaryk para ir a la embajada cubana por no tener los 8 centavos para irme en camión. Me compraba mi guajolota con un atole y al otro día lo mismo y a veces tres o cuatro días. No tenía amigos, tarjetas, dinero para llamar, ni nada”.

Ese panorama no le hizo cambiar de rumbo. Cuando todo parecía oscuro llegó un momento de “iluminación”, el que la vida le recompensaría después: “un día me llamó el presidente del Instituto de Radio y Televisión, yo tenía que pagar la casa, la comida, mi pasaje para ir a Cuba, él lo sabía. Me dijo que un niño se estaba muriendo y necesitaba una vacuna. Costaba como 300 pesos, era lo que yo tenía para comer.

“Yo tenía que tomar una decisión, salvaba una vida humana o me ponía a masticar aquí plácidamente. Compré la vacuna y creo que el niño se salvó. Llega un momento que la vida te lo agradece, después me entró un poquito más de dinero”.

Mi tristeza ya no logro disipar

“Yo soy ciudadano mexicano y ciudadano cubano. No sé cuantos años me quedan, pero no pienso renunciar nunca a mi naturalización mexicana y jamás renunciaré a ser cubano. Yo soy marxista, martiano y cristiano”. Después de esas palabras, se apagó la grabadora, se levantó el hombre que enseñó a generaciones enteras de comunicólogos, se despidió con un fuerte abrazo y esa característica sonrisa.

Cuatro años después se cerraron 42 años de experiencia profesional en prensa escrita, radio, televisión y agencias nacionales y extranjeras, el periodista y profesor llegó a la última hoja de su libro, pero sus alumnos seguirán su huella. Hasta siempre Nelson.




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