Ola morada inunda la CDMX


Por Karla Misao Rivera Ruiz 
“Vas a caminar mucho, lleva calzado cómodo” es una frase que se repite mucho al pedir consejos para asistir a la marcha del 8 de marzo, aunque los pies estén inquietos por avanzar con la marea morada, la glorieta de las mujeres que lucha con el monumento de una mujer en color morado de metal, rodeada por vallas grandes y pesadas con nombres de muchas mujeres no pasa desapercibida.
 
Se puede ver mucho en una hora a pesar de dar vuelta en círculos por el mismo lugar varias veces, hay contingentes tomando la glorieta como punto de reunión para comenzar el camino al zócalo, las bocinas suenan con denuncias y reflexiones, además de que hay mujeres sentadas esperando a alguien o esperando que su contingente avance.



Hay vendedores con gorras, pañoletas en color morado y verde, banderas en alusión a la marcha, además de que las nieves, bonice y refrescos preparados están a la orden del día para aliviar el calor penetrante que brinda el sol de antes de medio día.

Consignas y tambores suenan, las mujeres sostienen carteles en lo alto y sus voces retumban en cada rincón por el que pasan, siempre hay un motivo pues no es aislado que demasiadas mujeres al unísono marchen por una vida libre de violencia, muchas denuncian en sus carteles los abusos por los que pasaron, el acoso que viven y temen en el transporte público, el miedo que deja una mano alzada o un grito. 

“Hoy educo varones conscientes para que siempre te respeten”, era una frase que se podía ver en un cartel donde madres estaban pintando más, una de ellas comentaba que con su compañera armaron un contingente pensando en las infancias, consideran importante que para acabar con el patriarcado se debe de educar bien a niños y niñas porque criar es muy importante para el futuro.



 La ola de carteles es impresionante, pero más impresionante es el motivo que hay detrás de ellos, la creadora del cartel con la frase “que el dolor no nos sea indiferente” decía que siempre se ven noticias horribles muy seguido y, al generar indiferencia, nos hace dejar de ver a las personas y sólo ver números, el mensaje que quiere proyectar es que ninguna lucha debe ser indiferente.
 
Otro mensaje que también llamaba la atención era “Hay alguien más oprimido que el obrero y es la mujer del obrero”, la chica que lo portaba comentó que tiene que ver con el feminismo interseccional “usualmente las mujeres son violentadas por el hecho de ser mujeres y no por ser de la clase trabajadora, hasta el hombre más pobre puede tener acceso a una sirvienta que llega a ser su mujer y eso es injusto”.
 
Conforme los contingentes avanzan la unión también lo hace, no marchan solas, marchan con otras que han pasado por lo mismo, desde perder a una mujer querida por feminicidio, vivir en angustia por sus desaparecidas, tener rabia por la violencia vicaria y el trato a las mujeres migrantes, hasta exponer aquel abuso que pasaron años sin decirlo, rabia es lo que sobra “agradece que queremos justicia y no venganza”.



El humo morado y verde inundan el aire y su olor amargo impregna el aire y la ropa, nadie muestra rechazo, sólo se vuelve una pieza más de la ola morada que avanza con unión y decisión, “señor, señora, no sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente” una consigna que se repite y que tiene una carga profunda al mencionarla pues en un país donde la culpa se la cargan a la víctima y el agresor queda impune, no es de esperar que un pinche coraje nazca desde lo más profundo de las mujeres que lo gritan a toda voz.

El camino se vuelve pesado y el aire abraza como madre que espera volver abrazar a su hija desaparecida, ese es el caso del padre de Esmeralda Carrillo, el señor José Luis Castillo que se encontraba tirando confeti a la altura de Bellas Artes, recibiendo abrazos solidarios de aquellas que entienden su dolor y lucha.

La ola morada sigue avanzando, no falta mucho para llegar al zócalo, los carteles se siguen alzando como pájaro que abre sus alas y vuelve a emprender el vuelo, tambores rítmicos suenan, mujeres danzantes con sus grandes penachos bailan, la unión se siente en el ambiente, historias se escuchan, no para generar lastima, si no como una forma de resistencia ante el silencio que les hicieron guardar.

La gente externa camina por fuera de la marcha, pero es imposible que no se detengan a mirar a las mujeres que han decidido salir juntas a alzar la voz para que no haya una más, para que la violencia hacia ellas se castigue como debe y que la impunidad a agresores sea nula.

Los medios están presentes, reporteras y reporteros se encuentran dentro y fuera de los contingentes, las cámaras grandes y estáticas se vuelven más notorias cuando aquella ola morada se acerca más al zócalo, esperan captar algún destrozo que les de la nota del día, pero el 8M es más que sólo destrozos, a lado tienen a la madre que pide justicia, pero lo que vende es el morbo de los destrozos.

La llegada al zócalo ocurre, muchas mujeres han llegado antes, los cárteles que antes venían acompañando a la ola como aves ahora se encuentran en las vallas que rodean a los edificios más importantes del centro histórico, pero o hay ningún medio, todos se quedaron atrás. Han ignorado nuevamente a las voces que deben ser escuchadas, esperan ser los primeros en grabar el primer vidrio roto para que sus notas tengan interacción. 

La indignación que causa un monumento rayado o un vidrio roto es más fácil que atreverse a escuchar a una niña hablar en el templete sobre el abuso sexual que sufrió e indignarse por eso, les incomoda más una feminista en la familia que un violador en la familia, prefieren echarle la culpa a la víctima que admitir que la sociedad está podrida y que minimizando la lucha de las mujeres por una vida libre de violencia tendrán un “pensamiento superior”.
          
El silencio de la sociedad ante los feminicidios, desapariciones, violaciones, maltratos, etc., es parte del problema, el silencio de los medios también lo es, cada 8M recuerda que la violencia hacia la mujer sigue existiendo y va en aumento, pero aquella ola morada recuerda que alzar la voz cuando nadie quiere escuchar, es el mejor acto de rebeldía que se puede encontrar.



                 

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