Leer es vivir


Por Pablo Espinosa Leyva 
Cuando recibí la instrucción de visitar la Feria Internacional del Libro Palacio de Minería (FILPM) 2026, sentí una grata anticipación por ir, puesto que llevaba varios años con el deseo de visitarla, pero por vicisitudes de la vida, no lo había hecho. 

Los días pasaron y llegó la clase anterior a la misma en la que tendríamos que entregar la crónica que ahora escribo, y cayó sobre mí una preocupación más: el fin de semana en el que debía visitar la FIL estaría fuera de la Ciudad, en la ciudad de Chilpancingo, en el estado sureño de Guerrero, para celebrar el cumpleaños de mi mamá y el mío. 

Sentí la ansiedad que acompaña a la sensación de faltar a una obligación, pero decidí ignorarla, pensando que todo se acomodaría y que al final no tendría problema alguno para ir, que tendría espacio suficiente para escribir una buena crónica y que en general todo saldría bien.  

Adelantándonos al domingo 22 de febrero, uno de los días más intensos en la historia reciente de México, marcado por la violencia generada por el abatimiento del poderoso líder criminal Nemesio “El Mencho” Oseguera en Jalisco, todo era un caos; las redes sociales estaban inundadas con los relatos de miles de internautas sobre la ola de terror que siguió al operativo, los grupos de WhatsApp y la sobremesa del almuerzo no cesaron en hablar solamente de la violencia y sobre el detestado y sanguinario occiso.



El día transcurrió de esta forma hasta que, finalmente, al caer la noche, diversas facultades de la Universidad comenzaron a difundir comunicados exhortando al profesorado a mostrarse más sensibles ante la situación y la posibilidad de que los estudiantes foráneos de los diversos campus universitarios no pudieran presentarse a clases por los bloqueos, quemas y obstrucciones en múltiples puntos de la República. 

Así pasó con nuestra Facultad de Ciencias Políticas; se anunció que los profesores no debían pasar lista y que no podían aplicar evaluaciones. No tardaron en llegar los mensajes de profesores que, finalmente, decidieron cancelar sus clases del día lunes. Entonces, una incipiente calma combinada por un poco de culpa —por la situación en que se cancelaron las clases— empezó a sentirse en mi pecho. Al final no tendría problema con ir a la FIL con tiempo.

Era una mañana soleada, despejada y fría; en el horizonte se erguían las monumentales montañas de la Sierra Madre del Sur que enmarcan el cada vez más primaveral, amarillo y seco Valle de Chilpancingo. Desayuné con mi familia; hubo pedazos de cecina, frijoles, tortillas hechas a mano, salsas de molcajete, café y una maravillosa tarta de cerezas de una lejana tía llamada Yamel, cuya única forma de presencia en mi vida es la aparición de sus famosas tartas en la víspera de nuestros cumpleaños.

La sobremesa extinguió su conversación alrededor de las doce como reloj suizo, casi como si naturalmente nos indicara que era la hora perfecta para salir hacia la Ciudad de México; mi padre y yo nos levantamos, hicimos las diligencias de preparación previas a cualquier salida a carretera: ir a recoger el coche, quitarle y guardar su cubierta, subir las maletas y despedirnos de mi tía Mónica, mi hermano Efraín y su novia Ivette con un abrazo y la promesa de que regresaríamos antes de Semana Santa. Arrancamos.



Después de tres y media horas de montañas verdes, bóvedas celestes que mientras más nos acercábamos al Anáhuac, más perdían su color azulado y una autopista bastante despejada, llegamos a la caseta de Tlalpan. La cruzamos con rapidez extraordinaria y nos adentramos en el característico fárrago capitalino. Pasamos las Puertas al viento, escultura de la artista Helen Escobedo para las olimpiadas de México 68 y que para mí son la puerta simbólica de la ciudad, y nos estancamos un rato en el tráfico que pareció aliviarse por arte de magia y avanzamos como chispas hacia el norte, cuando llegamos al metro General Anaya. Le di un beso a mi padre, tomé mis cosas y bajé a la calle.  

El metro no estaba muy lleno, así que logré agarrar un lugar para sentarme. Me puse mis audífonos y me puse a escuchar música hasta que llegué a mi destino: el metro Allende.  Siempre me ha parecido una estación bien curiosa, porque es la más estrecha de toda la red.  No hay forma de cambiar de andén sin cruzar la calle.  Además, creo que tiene algo mágico, porque está debajo de la calle Tacuba, que es la más antigua de América.  Es una sensación bien rara estar rodeado de setecientos años de historia, con quién sabe cuántos tesoros e historia enterrados bajo la tierra.  

Entre puestos de ópticas y decenas de marchantes ávidos de entregar sus tarjetas de presentación y tratando de convencer a los transeúntes de que visiten sus comercios, emergí a la calle de Tacuba. Caminé rápido en dirección al Palacio de Minería. Olía a tacos al pastor, algunas personas caminaban igual de apuradas que yo, casi por inercia, y otras caminaban más tranquilamente, anonadadas por su celular o por los comercios y restaurantes que flanquean la calle.  

Al llegar al Caballito, me fue imposible no detenerme a verlo y a admirar el edificio del Museo Nacional de Arte. Pensé en lo mucho que me gusta aquella plaza, y me dirigí a las taquillas de la FIL. Sí, sí, solo un boleto, por favor. No, no traigo los puros veinte pesos, ¿apoco no tienes cambio? Ah,  bueno. Muchas gracias. Con mi boleto en la mano crucé los primeros arcos del Palacio de Minería, arrobado por los altos muros de cantera gris y siguiendo las flechas que indicaban el recorrido.  

Llegué al patio principal del Palacio y miré a mi alrededor: Editorial IBERO, Siglo XXI Ediciones, Penguin Random House, LibrosUNAM, Editorial Akal… Quería ver todos los stands que pudiera y comencé a explorarlos. Primero visité el de la IBERO, donde hojeé algunos libros de que me interesaron: algunos sobre redacción, una guía de las reglas APA, una edición maravillosa con las memorias de Miguel León Portilla y otros varios de una sección llamada “Libros grandes para bolsillos pequeños”, una colección de pequeños y grandes textos a un precio bastante razonable que me agradó muchísimo.  

Seguí buscando por varios stands mientras esperaba a mis amigos Abril y Paulo, con quienes había acordado que me encontraría para visitar juntos la Feria. Llegaron mientras buscaba alguna novela que me interesara en el stand de Penguin Random House. Los saludé y los abracé y juntos fuimos a buscar otros libros. Compré Mitologías, de Roland Barthes, titulo que quería desde hacía un tiempo y que encontré a buen precio y con descuento. Después de pagar, Abril propuso visitar alguna actividad cultural, y elegimos la presentación del libro Historia de las ideas filosóficas de nuestra América; Utopías regionales y locales en el mundo global, del maestro Mario Magallón Anaya, que ya se encontraba hablando en la Galería de Rectores.  

Subimos dos pisos por una enorme escalera de cantera; en la parte superior nos esperaba el quiosco de información, que atendían tres chicos alrededor de nuestra misma edad. Nos regalaron un sticker redondo y negro, con el lema “Leer es vivir”, lo guardé en mi bolsa para pegarlo más tarde y procedimos a caminar hacia la Galería, que se encontraba al final del pasillo.  

En la entrada de la Galería se encontraba una chica con el pelo magenta hasta los hombros, la raíz asomándose un poco, unos lentes cuadrados que abarcaban casi dos cuartos de su cara y una amable sonrisa. Nos saludó y preguntó si íbamos a la presentación, asentimos los tres al mismo tiempo, y nos abrió una enorme y alta puerta de madera. La enorme sala color crema, con techos altos y frisos exquisitamente tallados se reveló ante nosotros. En sus paredes estaban dispuestos retratos de cada rector de la Universidad, algunos me atrajeron más que otros, y me senté frente al de Enrique Graue Wiechers. En el centro había varias sillas dispuestas de manera que todas veían al extremo de la sala, donde había una mesa larga sobre la cual se extendía un mantel azul, detrás de la que estaban sentados el maestro Magallón y el maestro Mabeygnac Maza Dueñas.  

El maestro Mabe, como le llamaba Magallón, se encontraba hablando sobre un pasaje del libro en el que se hablaba sobre la necesidad de las humanidades en la vida posmoderna, que se ha visto rendida a los pies de las ciencias exactas y las tecnologías. Algunas personas en el público asentían, otras sólo escuchaban muy serios y muy rectos. Al final de su disertación presentó al maestro Magallón, un hombre ya mayor, con el pelo blanco y peinado hacia atrás, semblante de longevo y sabio erudito y unas ojeras que revelaban a un hombre que probablemente acostumbra desvelarse estudiando, leyendo o escribiendo.  

El maestro habló por aproximadamente media hora sobre la filosofía mexicana y sobre lo absurdo que le parecía que tuviera colegas académicos que afirmaran que esta no existe, o que ha desaparecido; habló sobre la necesidad de la filosofía y el pensamiento en las vidas humanas, especialmente en la era de la Inteligencia Artificial; y sobre la lectura como pilar del pensamiento.  



Cuando la presentación terminó, salimos y seguimos explorando libros en varios puestos. Llegamos a la sección —más grande que las demás— de los libros firmados por la Universidad. Ahí nos tomamos fotos sosteniendo nuestros stickers frente a una mampara azul y amarilla con el escudo universitario en el centro y sobre él, la leyenda “#OrgulloUNAM”. Al terminar, me encontré con algunos ejemplares de Visión de los vencidos, obra del historiador Miguel León Portilla y uno de mis libros preferidos. No dudé en adquirirlo, y en la caja me hicieron un gran descuento por ser estudiante de la UNAM. Pues Goya, pensé.  

Después de pagar mi libro decidimos salir y nos dirigimos a la calle por un portón lateral del Palacio que da a la Calle de Tacuba. Al salir a la plaza del Caballito, una ráfaga de aire frío nos sacudió y todos nos quejamos del frío y de que la semana pasada el calor quemaba horriblemente. Quedamos en ir a comernos una torta, pues ya nos rugían un poco las tripas. Nos encaminamos hacia el Eje Central y nos perdimos entre la gente en el cruce con Madero. La tarde caía, la ciudad se movía, el aire ya olía a primavera y el sol se empezaba a ocultar tras el Monumento a la Revolución. Me fui alegre y agradecido por una tarde amena y vigorizante. 

No hay comentarios.

Con tecnología de Blogger.