lunes, 14 de mayo de 2018

CORAZÓN GRANDE, EN UN CUERPO MUY PEQUEÑO

Por Nilsa Hernández
Ciudad de México (Aunam). Es una noche fría en la calle de San Juan, muchos vendedores ambulantes desaparecen y la niebla ocupa su lugar, la zona se ve sin muchas personas, dan las ocho y aparece en el punto de encuentro un enorme puesto de comida rodante, a simple vista pareciera moverse solo, pero un pequeño y débil cuerpo arrastra esa tonelada de metal engrasado.


“¡Lupita, a ver a qué hora!” le grita entre risas una voz desconocida, “¡deja de molestar!” contestó la mujer que intenta llevar su puesto a la esquina de siempre, al llegar y acomodar en el lugar indicado esa enorme masa de metal, me saluda y empieza a sacar cajas que se ven pesadas, intento ayudar pero se niega, esperé unos minutos pues todavía no termina de poner cada cosa en su lugar.

Al poco tiempo saca unos bancos y me ofrece uno, un poco cortante me pregunta cuanto durará esto, cada una de sus facciones, su cuerpo y cabeza no son proporcionales, tiene ojos grandes color café y pocas expresiones faciales. Intenta ocultar los pocos dientes que aún le quedan.

En el 2011, El Universal realizó una nota, en la cual se estima un promedio de diez mil a 15 mil personas con el trastorno de acondroplasia a nivel nacional. En la colonia Juárez Pantitlán, María Guadalupe Sierra Pérez de cuarenta y dos años, es la única persona que padece esta enfermedad.

Pela unas papas, las corta en tiras casi perfectas y las pone a freír, mientras los alimentos se están preparando, prende un cigarro y lo lleva a su boca “¡mi vida!” exclama un poco fuerte, “no sé qué quieres saber de mi vida, no es nada interesante”, contesta de manera cortante.

Comienza por recordar su entorno familiar, fue una etapa feliz, donde no sufrió discriminación, ya que sus padres siempre le enseñaron a no sentirse menos, Alejandro Sierra, su padre, siempre le dijo que una persona valía más por lo grande que es su corazón y no por el tamaño de su cuerpo. Son palabras que Guadalupe Sierra siempre trata de inculcar a los demás.

Cuando Guadalupe tenía siete años su madre comenzó a sufrir embolias, al ser la menor de cuatro hermanas y la única soltera, tuvo que aprender cuidados básicos para enfermos de embolia, durante diez años fue su única compañía constante, ya que sus hermanas solo podían asistirla un par de horas a la semana y su padre tenía que trabajar para poder cubrir las necesidades de su esposa y “darle escuela a su Lupita”.

Mueve las papas que tiene en la freidora, enciende un tercer cigarro y lo lleva a su boca, su teléfono celular suena, contesta, y comienza a citar los precios de todos los postres y botanas que preparó para el día. Llegan dos clientas y le hacen la platica mientras recogen sus pedidos.

Nunca sufrió de discriminación en la escuela, solo estudió hasta tercero de secundaria. Prefería salir a fiestas y olvidarse un poco de la situación de su madre, aun así, decidió tomar un curso de enfermería en una clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), para poder administrarle los cuidados que necesarios.

Se niega a hablar sobre el día en que su madre murió, prende otro cigarro mientras retoma la plática sobre las fiestas a las que asistía, en ese tiempo le gustaba mucho bailar salsa, cumbia, rock; pero ahora no recuerda ningún paso y esa es una de las cosas que lamenta pues fue de las etapas más alegres de su vida.

Cuando tenía 19 años, trabajó en varias clínicas, en una de ellas conoció a Alberto, quien fue su primera pareja sentimental, al menos la que ella considera formal. Guadalupe Sierra lleva un tatuaje con su nombre en la mano izquierda, se nota fue hace mucho tiempo, sin embargo, para ella significa la marca del primer gran amor.

Con “Beto” como ella lo lleva en su piel, tuvo una hija a la que decidieron llamar Lupita, la niña al nacer prematura falleció a las pocas horas; con los ojos a punto de desbordar, asegura que esta fue la peor experiencia de su vida, pues esperó por ocho meses a un ser que ella pensó amaría toda la vida, “dios necesitaba de un ángel y ella era la representación exacta de uno, este tipo de experiencias te enseña a valorar a todos en tu alrededor”.

Por mucho tiempo se sintió culpable por el fallecer de su pequeña, tuvo que acudir a terapia para superarlo, después de eso surgieron problemas con su pareja y decidieron separarse.

Dos años después conoció a Yair, a quien ella describe como su más grande amor, relata que cuando eran novios aún cuando él era una persona a quien describe como normal pues no sufre el mismo síndrome que ella, Yair nunca la hizo menos con sus amigos y familiares, también recuerda que aún cuando la mamá de su pareja intentó impedir su noviazgo, él le pedía que se casaran y formaran una familia.

Yair es padre de su primera y única hija a quien decidieron llamar Kenia, cuenta que su embarazo fue difícil y que casi sufre un aborto cuando tenía seis meses de embarazo; para ella fue la experiencia más aterradora de su vida, en realidad deseaba con todas sus fuerzas ser madre.

Ya son casi las diez de la noche y vuelve a sonar su celular, su cara se torna con un matiz de preocupación “en un momento llego” menciona y cuelga, encarga su puesto y menciona que mañana seguirá con su relato, pues le llamaron avisando que su hija se encontraba discutiendo con su pareja…
***
Al día siguiente, la señora Guadalupe Sierra siguió con la entrevista, pero se perdió una chispa en sus contestar, regresó a ser una platica cortante en donde enfatizó que para ella su vida no es interesante.

Esa noche también el frio fue protagonista y ella se encontró acompañada con su nieto Gabriel, quien de cariño lo llaman choncho pues es un niño que a sus tres años es casi del tamaño de su abuelita a quien considera como una niña con la que puede jugar todo el tiempo.

Guadalupe Sierra empieza a retomar su relato de su vida con Yair, dice que todo fue muy feliz para ella, hasta el momento que este hombre le volvió a pedir matrimonio y ella se negó, pues considera que aceptar su proposición le quitaría libertad. Se separaron y Yair decidió irse a Estados Unidos, aun cuando sigue en contacto con ellas y le manda dinero a su hija, Guadalupe Sierra considera que ese fue el golpe más duro que le causó a su hija.

Aun cuando considera que todavía siente amor por esta persona, para ella sin ninguna duda fue la mejor decisión que tomó, pues con esta experiencia también tuvo que aprender a fungir el papel de madre soltera y realizar cualquier trabajo para alimentar a su pequeña hija que solo tenía cuatro años.

Dejó el trabajo en clínicas, pues aun cuando le gustaba mucho ayudar como enfermera, esa profesión le quitaba mucho tiempo, el cual prefería pasar con Kenia, quien se convirtió en el centro de su mundo, Guadalupe trabajó en las madrugadas pelando chiles en un mercado, mientras su “heredera de carencias” crecía aprendía a trabajar como su madre.

Sin dejar de mirar hacia las parrillas de su puesto, Guadalupe Sierra habla sin especificaciones que esa relación estable de madre e hija se terminó cuando llegó la adolescencia y sintió entre ellas un estrecho hueco que nunca se pudo curar, hasta cuando la adolescente de quince años le confesó que esperaba un hijo y dejaría la escuela que tanto le costó mantener a Guadalupe con sus diversos trabajos.

Aún cuando ya tenia su puesto de comida y Yair seguía proporcionándoles dinero para ella fue muy difícil poder ayudar a mantener a su nieto, pues su yerno es alcohólico y no ayudó en ese proceso. Recuerda esto mientras carga a su nieto y le regala un dulce.

La señora Guadalupe Sierra deja como experiencia su vida y comenta que ella nunca se sintió como una persona menos por su enfermedad “si tenemos dos manos, dos pies y voluntad... para mí es suficiente: ¡podemos lograrlo todo!” menciona con una sonrisa.


Bookmark and Share

0 comentarios: