martes, 6 de junio de 2017

EL SÍNDROME DEL IMPOSTOR

Por Ana Lilia Hernández Carmona
Ciudad de México (Aunam). Regina Huerta Sánchez, Susana Vázquez Sandoval y Javier González Periván comparten algo en común. Los tres son estudiantes en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Sin embargo, estos jóvenes universitarios comparten algo más: sufren el Síndrome del Impostor, padecimiento descubierto en 1978 en la Universidad de Atlanta en Georgia, Estados Unidos.


Regina Huerta tiene 19 años y cursa el cuarto semestre de la carrera Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS). Regina descubrió que podría sufrir el síndrome luego de escuchar sobre el padecimiento por primera vez en una conferencia durante la Jornada Cultural de Idiomas impartida en ese centro de estudios el pasado abril.

“El tema surgió de la nada. La ponente, de quien no recuerdo su nombre, era egresada de Harvard. Estaba hablando de su experiencia en la universidad. Nos contó lo difícil que resultó asistir a una universidad como esa por su condición de hija de migrantes mexicanos. Ahí fue dónde mencionó el síndrome, pues confesó que hubo veces en las que quería desertar por sentir que no pertenecía a ese mundo. Entonces me identifiqué con ella”, recuerda la joven.

El término fue acuñado por la doctora Pauline Rose Clance, quien realizó una investigación exhaustiva en la Universidad de Atlanta sobre ciertas conductas que presentaban sus alumnos, como la falta de confianza en ellos mismos. El síndrome del impostor quedó definido formalmente por la doctora en su libro The Impostor Phenomenon como “el sentimiento de ser un fraude ante los éxitos y logros obtenidos”.


Para otros especialistas, como los doctores Evaristo Fernández y José Bermúdez, miembros de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia en España (UNED), el Síndrome del Impostor es “el intenso sentimiento de falsedad o falta de autenticidad con respecto a la autoimagen de competencia, experimentado por personas con una apreciable historia de éxitos”.

Para ambos doctores, los impostores experimentan dudas sobre sus habilidades, no se creen merecedores de los éxitos que obtienen y “se preocupan por ser descubiertos por los demás de que no son inteligentes. Esto tiene consecuencias negativas como la aparición de miedo y ansiedad, generados por no querer fracasar o parecer incompetentes ante nadie y que ese fracaso los delate”.

Cuando Regina investigó sobre el padecimiento quedó impactada al conocer lo que implicaba y terminó por reconocer que ella lo padecía.

“Me siento frustrada, hay cosas que en la escuela no puedo hacer. Sé que hay gente con más potencial que yo y me enoja no poder tener la seguridad que los demás demuestran. Hubo un momento en mi vida en el que me sentía inteligente, pero ahora me he dado cuenta de que no soy lo suficientemente buena. Hay personas mejores que yo”.

Por su parte Susana Vázquez, quien estuvo presente en la misma jornada, comentó con algunos compañeros sobre el síndrome y, al igual que Regina, se sintió identificada con lo que escuchó. En su caso, el sentimiento de fracaso es también es experimentado en el ámbito académico.

Como estudiante de primer semestre en la carrera de Relaciones internacionales, la joven de 19 años recuerda que su ingreso a la universidad no fue algo sencillo. Entrar a un lugar nuevo, donde el modo de trabajo es diferente a lo que acostumbraba en el Colegio de Ciencias y Humanidades plantel Vallejo, fue complicado. Para Susana, la universidad ha sido un lugar lleno de retos que han puesto a prueba su resistencia a lo largo de seis meses.

“No ha sido nada fácil. Cada día me ha costado mucho trabajo tratar de adaptarme porque a veces siento que no pertenezco a este lugar. Veo a mis compañeros y saben bastante sobre muchos temas. Yo llegué aquí desde cero y eso ha provocado en mí un sentimiento de tristeza y, hasta cierto punto, frustración. Es horrible no saber nada y ver que los que te rodean lo saben todo. Es horrible tratar de alcanzarlos y no poder hacerlo”, explica la estudiante.

Sin embargo, ellas no son las únicas. Javier González Periván, alumno de la Facultad de Ingeniería en la carrera de Ingeniería en Computación, ha sido víctima de los síntomas del síndrome durante los ochos semestres que lleva cursando dicha carrera.

A pesar de que el sentimiento de no sentirse tan inteligente como sus compañeros pueda no parecer espontáneo, éste afecta su estado de ánimo y su seguridad cuando tiene que afrontar pequeños retos impuestos por su misma carrera.

“Me identifico un poco con la parte de no ‘ser tan inteligente como parece’ ya que la gente me ha dicho que soy muy inteligente, y a veces siento que no lo soy. Por otro lado está el tema de la depresión, siento que me genera falta de confianza en mí mismo, lo cual a su vez me genera frustración e insatisfacción. Por supuesto que he sentido que los demás son más inteligentes que yo, a veces me deprimo por eso, ya que pienso sobre el por qué yo no puedo ser como ellos” testificó el futuro ingeniero.

Entre los síntomas enumerados por Clance en su libro se encuentran el convencimiento de no ser inteligente, externalizar los éxitos e internalizar los fracasos, baja autoestima y constante miedo de ser “descubiertos en su calidad de impostores”, frustración, depresión, falta de confianza en sí mismos, la sensación de que los demás son más inteligentes y el rechazo de responsabilidades por temor a fallar. Al menos, un 70% de la población mundial ha padecido este cuadro.

¿Enfermedad o malestar?

Sin embargo, a pesar del estudio hecho por la doctora, el Síndrome del Impostor aún no es una patología descrita oficialmente en la literatura clínica.

De acuerdo con el psiquiatra Carlos Carrillo Salgado, médico del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la UNAM, este padecimiento no debe considerarse aún como tal pues dentro del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DMS, por sus siglas en inglés) los rubros que conforman al Síndrome del Impostor no logran identificarlo como padecimiento.

“El DMS engloba todas las enfermedades que son diagnosticadas de acuerdo a ciertos síntomas o características. Este manual se va actualizando y actualmente la medicina se rige por el número V. A menos que alguien realice una investigación a fondo de escala internacional, existe la posibilidad de que el síndrome sea incluido como enfermedad”, explica el doctor Carrillo.

Para el psiquiatra, el síndrome no puede considerarse como padecimiento debido a que, para hacerlo, se tendría que saber el origen de los signos y síntomas en un espectro generalizado, no sólo en el ámbito de una universidad, mientras que para categorizarlo como un trastorno se deben observar ciertas alteraciones en los signos y síntomas que podrían hacerse presentes en una enfermedad.

Para Carrillo, el uso del término ‘síndrome’ para describir este fenómeno también es erróneo, pues en el lenguaje de la psiquiatría para utilizar dicha definición se debe presentar un cuadro clínico de los signos y síntomas sin la necesidad de saber su origen y lo que propone la doctora Clance como señales del Síndrome del Impostor cuentan con una etimología u origen observados en otras patologías.

Como especialista, el entrevistado no puede determinar una causa específica, pues para poder identificarla se tendría que hacer un estudio más a fondo con pacientes que presenten las mismas características como las de los tres jóvenes universitarios.


Por lo tanto, desde la postura psicológica el Síndrome del Impostor aún no es reconocido, por lo que lo apropiado es referirse a éste como un conjunto de condiciones que genera en quienes lo padecen un cuadro de malestar que afecta su autoestima, de acuerdo a lo explicado por el psicólogo José Luz Martínez Urbano.

“Un síndrome es toda aquella característica que no está dentro de lo ‘normal’ e impide el desarrollo saludable del ser humano. Esa es la razón por la que la doctora Clance lo nombró de esta manera, pues esta condición afecta el desarrollo de los que lo padecen”, detalla el psicólogo.

Desde su experiencia, reconoce que los jóvenes universitarios que testificaron como portadores del síndrome pueden modificar ese sentimiento, pues éste puede ser erradicado con la ayuda de varias técnicas psicológicas y de terapia. Mediante estas herramientas, ellos pueden cambiar el pensamiento y comportamiento que el síndrome les ha producido.

En busca del origen del síndrome

Para Martínez Urbano, lo importante de todo esto es llegar al centro de las causas del origen del problema. El psicólogo afirma que es un malestar multifactorial y en caso de poder atender personalmente a los tres jóvenes, partiría desde el estudio de la niñez para averiguar si ahí se originó el problema de la inferioridad.

“Este síndrome, básicamente, se trata sobre el sentirse inferior que los demás. Podemos atribuir ese sentimiento a múltiples factores como una mala formación del autoestima (cuando se es pequeño), exigencia social (competitividad) o inseguridad de género”, explica.

Debido a su experiencia, Martínez Urbano asegura que el Síndrome del Impostor es más común en las mujeres, pues al vivir en sociedades machistas se demerita su trabajo, haciéndolas sentirse inferiores en sus labores o, si se dedican al hogar, que su trabajo doméstico no es equivalente al de un varón.

En opinión del psicólogo, la manifestación de este padecimiento en el contexto académico de los jóvenes puede deberse a una deficiencia en su espectro de conocimiento, la mala formación de la autoestima o incluso la pérdida de reconocimiento por parte de sus padres cuando aún eran niños.

“En el caso particular de los jóvenes lo más seguro, dado que el sentimiento de frustración se desarrolla sólo en el ámbito académico, es que el síndrome pueda tener su origen en la ausencia de buenas bases a lo largo de su vida: profesores deficientes o experiencias traumáticas, reprobando algún examen o fallando en un proyecto escolar”, asevera el psicólogo.

Un futuro más seguro, un mañana más propio

A pesar de todo, los tres jóvenes tienen esperanza de poder dejar atrás el Síndrome del Impostor. Sin embargo, hasta la fecha no se cuenta con una prueba específica que ayude a detectarlo.

Al momento de presentar alguna de las características, lo recomendable es asistir con un especialista en busca de ayuda para evitar que este fenómeno afecte la autoestima del individuo o descartar algún otro padecimiento. Lo importante es atender cualquier irregularidad que afecte directamente el buen desarrollo del ser humano.

Los casos de los estudiantes entrevistados fueron considerados para ser atendidos individualmente en el Departamento de Salud Mental y Psiquiatría de la UNAM. Sin embargo, para lograr un seguimiento e indagar a fondo sobre dichas historias, sólo se necesitan la autorización del coordinador de la clínica, Benjamín Guerrero López y la disposición de los tres universitarios.

El objetivo de este tipo de estudio es combatir la falta de información sobre el tema e iniciar una investigación que pueda motivar algún avance notorio con el objetivo de lograr el reconocimiento del término dentro del DMS VI, que aún no está vigente.

Un análisis detallado de este fenómeno puede ayudar también a entender la razón por la que los universitarios se identifican con este padecimiento, así como a erradicar el sentimiento de inferioridad para que su desarrollo físico, mental e intelectual no se vea obstaculizado.


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