lunes, 12 de junio de 2017

CUANDO LOS CABALLOS SE ATRAVIESAN

Por Alma Lilia Hernández Carmona
Fotografía por José Guadalupe Hernández Badajos

Toluca, Edomex (Aunam). Eran las nueve de la mañana cuando José Guadalupe Hernández Badajos se encontró con ese accidente. A la altura de la Marquesa, en la autopista México-Toluca, un tráiler blanco se encontraba varado a la mitad de una curva peligrosa impidiendo el paso de los automóviles que iban hacia la ciudad. Aparentemente, el camión se quedó sin frenos y se vio obligado a dar un volantazo para evitar que el accidente fuera aún más aparatoso.


Por fortuna este siniestro no cobró vidas y lo único que provocó fue un terrible tránsito que retrasó a los automovilistas durante dos horas. José iba de regreso a su casa, en Cuautepec Barrio Alto en la delegación Gustavo A. Madero, después de salir del turno nocturno en su trabajo, cuando el percance lo retuvo.
Sin embargo, no es la primera vez que José presencia un accidente en esta carretera. En su trayecto diario, dentro de los tres turnos que abarca en su trabajo y a lo largo de diez años y medio, ha sido testigo y protagonista de sucesos como el ocurrido la mañana de ese lunes.

El silencio de la madrugada se ve interrumpido por el ruido que produce un celular al sonar. “Yo me despierto muy de mañana, con trabajo abandono mi cama, me voy al baño casi dormido y descubro que el agua se ha ido…” canta el salsero Nelson Díaz desde el teléfono de José. La canción Problemas de ciudad es la alarma que lo despierta cuando está en el turno de la mañana.

Pasan los primeros segundos de la salsa y José ya se ha levantado a apagarla para no despertar a su familia que duerme plácidamente. El reloj marca las 4:01 am y él no logra pasar desapercibido pues su esposa, al sentir que el lado izquierdo de la cama ha quedado vacío, decide abrir los ojos.

Mientras José se dirige al baño a asearse y mojar su rostro para despertar completamente, Andrea Carmona, su compañera de vida desde hace 23 años y siempre fiel a su labor de esposa, se levanta a prepararle un desayuno.

A las 4:30 Andrea sale al patio para abrir el zaguán que resguarda el auto de José. Él sube a un Chevy gris y baja la ventana para despedirse de su mujer con un beso. “Al rato regreso”, promete y sale de su hogar para dirigirse a Toluca. Aunque el compromiso que José le hizo a Andrea era sincero, ambos rezan para que los cielos ayuden a que se cumpla pues el camino es peligroso, ambos lo saben.

De acuerdo con el reporte anual de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), en 2016 se reportaron 9 accidentes en la carretera México-Toluca, en los cuales la cifras máxima de muertos fue de tres, mientras que de heridos se contabilizaron cinco, por accidente.

Como José menciona, “en la vida nada es seguro, y no la tenemos comprada”, por ello es consciente del riesgo que implica viajar tan lejos. Sin embargo, es un asunto que no le ocupa ni preocupa. Su misión diaria es llegar a su trabajo y hacerlo lo mejor posible para que su esfuerzo se vea reflejado en su renumeración económica. Su máxima prioridad es el bienestar de su familia.

José recorre Tlalneplantla y después se incorpora a Gustavo Baz; pasa por Naucalpan para subir al Periférico, que lo llevará a Palmas donde tomará la ruta hacia Cuajimalpa para alcanzar la pista hasta La Marquesa. Mientras maneja hacia su trabajo piensa en su familia: en su hijo menor, que tiene bajas calificaciones y va mal en la escuela, en la hija mayor, que sufre por una reciente ruptura amorosa, y en su esposa, que cada vez hace más malabares para hacer rendir el gasto semanal.

Después de la familia, piensa en los problemas del trabajo. Uno de sus jefes se ha empeñado en hacerle difícil su jornada laboral. Y luego piensa en los problemas de la casa. Tiene que pagar agua, luz, teléfono y gas, ya no hay para comprar otra estufa…

¡Ñiii!, el Chevy gris de José frenó de golpe. De las llantas comenzó a salir humo blanco y el olor característico del plástico al quemarse comenzó a esparcirse en el ambiente.

Asustado, José sólo escuchó un relincho a lo lejos. ¡Hiii!, emitió el caballo que se le acababa de atravesar en el camino. Afortunadamente, no pasó nada grave, sólo fue el susto y el aprendizaje de permanecer concentrado durante todo el camino, sobre todo a estas horas del día, pues a las 5 de la madrugada el cielo y el bosque de La Marquesa aún se encuentran envueltos en la oscuridad.

“La libré”, piensa José, ni el caballo ni él resultaron heridos. No obstante, en su memoria comienza de repente una tormenta de recuerdos sobre las veces en las que se ha librado de ser llevado al mundo de los muertos. En ninguna de esas ocasiones se había topado con un equino.


Muchos de los accidentes en esta carretera ocurren por irresponsabilidad humana, ya sea por ir a exceso de velocidad o no darle el mantenimiento adecuados a los carros. A veces puede ser simplemente el destino y no importa la hora, día o kilómetro de la autopista o si algún animal decide cruzar la autopista sin saber que su vida y la de algún humano peligran al hacer eso.

Han existido ciertos percances que no reciben cobertura alguna de parte de los medios, como el del conductor que murió calcinado tras volcarse el tráiler en el que viajaba el pasado 19 de abril. José había pasado por ese lugar apenas media hora antes.

Sin embargo, él sí ha observado algunos, y el más traumante que recuerda fue en una ocasión en la que entraba a trabajar en el turno de la noche. Salió de su casa a las 7:00pm, alcanzando La Marquesa a las 8:00pm. El tránsito era terrible y tuvo que llamar a su trabajo para avisar que llegaría tarde pues había ocurrido, de nuevo, un accidente.

En aquel accidente, José recuerda que iba en su Chevy cuando pasó al lado del accidente. Dirigió su mirada hacia el lugar y vislumbró el cadáver de un hombre de aproximadamente 30 años de edad en el asfalto. El cuerpo sin vida estaba cubierto por una sábana blanca. Asegura que ese ha sido el accidente más aparatoso que ha tenido que presenciar.

Desde aquel accidente, José procura ser precavido en cada uno de sus viajes en auto. Trata de no pensar en los peligros que aguarda el camino, pues éstos están tanto en las carreteras como en la calle de la casa. Ningún lugar es seguro, la vida no está comprada. Nunca sabes cuándo te va a tocar ser testigo o ser protagonista de un accidente, ni tampoco puedes evitar que los caballos se atraviesen.

Así, en un día normal de trabajo (y en todos los demás sin importar el turno en el que está), José por fin llega a la avenida Paseo Tollocan, donde se ubica la vidriera en la que él trabaja, esperando la hora de salir para volver a su casa, tratando de no pensar en los riesgos del camino.

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