miércoles, 15 de marzo de 2017

PULQUE QUERIDO, BENDITO TORMENTO. ¿QUÉ HACES AFUERA? ¡VAMOS PA' DENTRO!

Por Gloria Chavely Toraya Pita
Ciudad de México (Aunam). Tras recorrer un par de estaciones llegamos por fin a la estación del metro Patriotismo. Ahora nos faltaba caminar sólo unas cuadras más para descubrir una nueva pulquería. Diego, mi acompañante, se había encargado de buscar y registrar en su celular la dirección; gracias a esto nos resultó más fácil llegar al número 88 de la calle 13 de septiembre.


Sólo nos bastó caminar 20 minutos para que encontráramos el mural de vivos colores que representa a Mayáhuel (la diosa azteca del pulque) entregando a los mortales el néctar del maguey. De inmediato percibimos el aroma a aguamiel fermentado y nuestro éxtasis aumentó por completo. Era necesario conocer un nuevo rincón de la ciudad.

Al ingresar a la pulquería nos percatamos que numerosas mesas estaban ocupadas. ¿Y qué más podíamos esperar? Era fin de semana y por supuesto que una de las pulquerías más emblemáticas de la zona tendría casa llena. Así pues, escogimos dos bancos y nos acomodamos en una mesa donde conversaban muy entretenidos dos hombres de unos 50 años.

Su plática giraba en torno a sus hijos. Tras sentarnos en su mesa guardaron silencio durante un momento, dieron un trago a su néctar sagrado y tras dirigirnos una mirada de aprobación, saludaron y siguieron conversando. Oficialmente podíamos sentirnos aceptados en aquel espacio.

La Pirata fue una de las primeras pulquerías de la colonia Escandón. En su interior hay elementos que permiten apreciar sus más de 70 años de su existencia, acentuados con elementos que sólo se pueden encontrar en un expendio de pulques tradicional: dos entradas –en principio, una era sólo para hombres y otra para mujeres-, un pizarrón con el nombre de los curados del día, aserrín esparcido por el suelo, tortillas y salsa como botana, una rocola con canciones de antaño y un conjunto de adultos reunidos para platicar sobre los aconteceres de su vida.

Ya sentada y después de ver el pizarrón decidí pedir un litro de curado de nuez. En menos de un minuto el encargado tenía sobre nuestra mesa la jarrita pulquera con su delicioso elixir. Su aroma, entre dulzón y fermentado, era propio de un buen curado. Diego sirvió la bebida sagrada de los aztecas en nuestros vasos de vidrio, que en otros tiempos fueran vasos de mole Doña María.

“Está muy bueno ¿no? ¡Creo que es de los mejores curados que he tomado!”, dije mientras le daba un buen trago. La consistencia era propia de un buen curado tradicional: ni espeso ni diluido. Mientras conversábamos sobre diversos temas, comenzó a sonar una canción proveniente de la rocola. Pedro Infante había sido el elegido para animar nuestra estancia en tan emblemático lugar.

La mesa ubicada bajo el altar dedicado a la Virgen de Guadalupe reía con gusto. Nuestra curiosidad hizo que volteáramos a verlos sólo para darnos cuenta que estaban muy “empulcados”, con sus mejillas ya sonrojadas y sus miradas un poco perdidas. Las mujeres sonreían al darle un buen trago a su pulque blanco mientras que sus acompañantes intentaban imitar la voz de la extinta estrella del cine mexicano.

Busqué en mi cartera una moneda de 10 pesos. También quería escuchar alguna canción para completar mi estancia. La rocola no era muy contemporánea pues sus álbumes eran más propios de 2007, año donde predominaba el duranguense y la música banda. Ahí mismo también se podían encontrar recopilaciones de grandes iconos de la música mexicana: Juan Gabriel, Vicente Fernández, los Tigres del Norte, Chayito Valdez, Chabela Vargas, entre otros.

Tras revisar el repertorio y el anuncio pegado con diúrex de “3 canciones por 10 pesos”, opté por hacer uso de mi moneda en la rocola. Con mucho cuidado elegimos No vale la pena de Juan Gabriel, El rey de Vicente Fernández y La puerta negra de los Tigres del Norte. Satisfechos con nuestras elecciones volvimos a nuestra mesa.

“¿Como que pedimos otro no?” le dije a Diego con una sensación de embriaguez. El pulque comenzaba a tener efecto en mí y me gustaba la sensación. Llamé al señor y le pregunté animada qué pulque nos recomendaba. “Todos son muy buenos. ¿Le traigo prueba de alguno? Están recién curaditos” me contestó. Ante su respuesta me convencí que todos estaban buenos; si el de nuez tenía buen sabor, era obvio que el de avena también cumpliría mis expectativas. “Entonces uno de avena, con su canelita por favor”, pedí.

El curado de avena fue un verdadero deleite. No pudimos haber elegido una mejor opción. A esas alturas comprendíamos porque Quetzalcóatl había sido expulsado del cielo de los dioses. ¿Quién puede resistirse a un delicioso pulquito?

Tras sentirnos un tanto afectados por los efectos de la bebida, decidimos que nuestra estancia debía terminar. Pedimos la cuenta y pagamos 80 pesos, mismos que valieron cada centavo. Tomamos nuestras chamarras y nos retiramos satisfechos y con una gran sonrisa.

Estos espacios que tiene la Ciudad de México albergan en su interior tradición e historia y guardan un pedacito de nuestro país al alcance de cualquiera. Más allá de beber una bebida centenaria, en sitios así se tiene una experiencia ancestral que vincula a quien prueba el pulque con un México que existe y resiste. Ni la cerveza, ni el vino tienen en su historia tanto color y sabor como el que se encuentra dentro de una pulquería.

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