viernes, 31 de marzo de 2017

MERCADO CON M DE MÉXICO

Por Gloria Chavely Toraya Pita
Ciudad de México (Aunam). Ésta era la primera vez que me dirigía al mercado de la Merced sin la compañía de mi madre. Extrañaba la sensación de tenerla a mi lado e irla guiando entre los mares de gente que se dirigen ansiosos y estresados al mercado. Ahora me encontraba acompañada de Marina. Queríamos conocer más de este lugar tan enigmático y visitado no sólo por los defeños, sino por quien esté enterado de la variedad de este popular sitio.


Bajamos en la estación del metro Merced y todo estaba abierto como de costumbre. La señora de los tacos de canasta anunciaba siete piezas por diez pesos mientras la gente miraba la pantalla que reproducía una película pirata y el dueño del puesto contaba sus monedas. Las demás personas que caminaban con nosotras se irían esparciendo por los diversos pasillos. Algunas se alejarían de ahí; otras irían a la Merced, llevando sus carritos estorbosos, las bolsas del mandado, mochilas, etc.

Caminamos por todo el laberinto de zapatos, botas, tenis, sandalias y calzado en general, pues éste era la ruta más directa para introducirnos al mercado. Tras entrar, percibimos el aroma a carne recién cocinada. Comenzamos a mirar puestos de birria, quesadillas, tlacoyos y demás antojitos. Entre los puestos de comida encontramos otros locales que ofrecían desde ropa interior hasta plantas medicinales. En este emblemático mercado, las posibilidades son infinitas.

Tras avanzar lo suficiente, dimos con los pasillos que facilitan el acceso a la nave mayor. Nos dispusimos a entrar por el número 17. Siempre elijo ese corredor porque me parece más familiar y me brinda buena orientación. A mi lado, Marina me comentó que nunca había estado en “la Meche”, así que opté por mostrarle todo lo que yo conocía de “ella”.


“¡Mira ese puesto tiene muchas frutas! Los primeros pasillos venden sólo estos productos; los demás, verduras”, afirmé con confianza. Mi acompañante se quedó maravillada, pues todo se veía delicioso. En los puestos abundaban el mango, la pulpa de guanábana, papaya, piña y frambuesa, entre otras frutas. Los vendedores anunciaban sus precios con cartelitos que contenían frases muy llamativas como “llévele que sí hay”, “sólo por hoy”, o “¿cuál crisis?”.

Le expliqué a mi acompañante que en el mercado existen diversos trucos para comprar: es importante comparar precios y fijarse que le pesen bien. Igualmente le mencioné que muchos puestos –en especial, los de la carne– no tienen su báscula a la vista, lo cual es una desventaja para el comprador. También le hablé sobre que la mayoría de los comerciantes no venden medios kilos, ya no digamos cuartos. Algunos incluso se llegan a molestar si les piden eso. En la Merced, las personas deben adquirir sus productos en la cantidad establecida por los locatarios.

En este mercado hay de todo para todos. La gente es trabajadora y humilde, se levanta desde muy temprano para realizar sus tareas y llevar dinero a casa. Algunos vienen desde provincia, se aprecia en su acento, en el rostro y hasta en la manera de vestir.

Nos quedamos sorprendidas cuando vimos que el precio del limón estaba por las nubes, desde 25 hasta 30 pesos el kilo. Si en este mercado los costos estaban así, era fácil imaginar las cifras que manejarían las tiendas de autoservicio. Por eso nos dispusimos a salir del mercado para dirigirnos a la parte trasera, donde está el mercado sobre ruedas. A veces ahí se compra más barato, otras no tanto. La diferencia puede llegar a ser mínima, pero nunca está de más tratar de ahorrar unos cuantos pesos.


Continuamos por un pasillo donde se ofertaban montoncitos de nopales. A la salida, nos detuvimos a observar los locales que vendían chiles secos, moles y camarones. En conjunto, estos ingredientes generaban un aroma paradisíaco capaz de abrir el apetito de cualquiera que pasara por ahí.

Al parecer el mercado más emblemático de la zona centro, y quizás de toda la ciudad, se caracteriza por las diversas subdivisiones en donde se venden determinados productos. Así existe una zona especial para artículos de fiestas y dulces, otra para alimentos básicos, una más para flores y arreglos y otra donde la res, el pollo y el cerdo comparten espacio con los productos de cremería. Visitar este mercado es conocer, a grandes rasgos, la riqueza gastronómica y cultural de México.

El día concluyó y Marina estaba maravillada. Aunque nuestra estancia fue breve, la satisfacción de empaparse de esta realidad, que constituye el día a día de una importante capa social de la ciudad, nos hizo sentir orgullosas de nuestras raíces y felices de pertenecer al México de la gente que se levanta todos los días, cuando muchos aún seguimos dormidos, para ofrecer al público lo que nos da nuestra madre Tierra.

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