viernes, 4 de marzo de 2016

ANDRÉS GARAY: EL ARQUITECTO QUE SE CONVIRTIÓ EN FOTOPERIODISTA

Por Yolothzin Jazmín Delgado
México (Aunam). En un pequeño estudio con unas cuantas sillas anaranjadas y un escritorio café, sobre el cual descansa un aparato con una lente, se encontraba Andrés Garay Nieto, con el cabello casi completamente blanco, traía puestos unos anteojos ovalados que no permitían ver el verde de sus ojos, vestía un pantalón de mezclilla azul y una camisa del mismo tono, mientras que de los hombros le colgaba un suéter rojo.

El fotógrafo, profesor y arquitecto pedía a sus alumnas, entre risas y bromas, que se retiraran porque lo entrevistarían para la revista Vogue.

--¿Por qué decidió estudiar arquitectura?

--Porque lo que me gustaba en apariencia era el diseño y proyectar el espacio, eso se me hacía atractivo. Sin embargo, estudiar no te permite ser diseñador, y si no eres muy bueno o no tienes contactos empiezas a chambear para otros.

“Hacía lo que no quería hacer de la arquitectura: dibujar, cuestiones administrativas, irme de residente a la obra, pero nunca proyectar. El que tiene dinero, es decir, el dueño del despacho, es el que puede hacerlo, o también los que son muy buenos; a lo mejor yo ni tenía dinero ni era muy bueno o no hice lo suficiente. Entonces me cansé de ser gato y trabajar para otros sin hacer lo que realmente quería.

“Tenía a la fotografía como hobbie y entonces me jalé para eso, mandé a la goma la otra carrera. Precisamente cuando empecé a estudiar arquitectura fue que comencé a hacer foto y después todo eso me gustó.”

Cada vez que Garay respondía una pregunta sus ojos claros no dejaban de verme fijamente, como cuando conversas entre amigos, sus palabras fluían una tras otra y su actitud despreocupada te incitaba a cuestionar más.

Aprendiz de Nacho López

--¿Qué hay acerca de las clases que tomó con Nacho López?

--Tuve la fortuna de encontrarlo cuando dejé la arquitectura y me urgía ser fotógrafo para vivir. Obviamente vivía de la carrera que ya había estudiado, tenía ya 14 años en la industria de la construcción, pero quería trabajar como fotógrafo, entonces me puse a buscar cursos para subsanar las pocas deficiencias que tenía, las cuales, en realidad, eran muchas: no sabía ni madres de fotografía --dice bromeando.

“Tuve la suerte de caer en manos de Nacho López, Lázaro Blanco y Manuel Álvarez, ellos eran documentalistas, publicistas y artistas, los tres grandes géneros. De los tres aprendí, pero como yo quería ser fotoperiodista, me pegué más con Nacho.

La suerte del terremoto

--¿Cómo fue la experiencia de trabajar en La Jornada durante el terremoto de 1985?

--Me tocó la suerte de que me cayera un terremoto del cielo, que caiga un tsunami o un temblor es como una bendición para uno; por supuesto, mientras no salgas muerto. Son fenómenos naturales tan grandes casi como un regalo. En el terremoto del 85 cubrí todo. Desde el primer temblor hasta uno o dos años después de que siguieron las secuelas.

--¿Considera que lo marcó en su vida?

--No tanto así. Me enseñó algo que no sabía. Estar tan cercano a la muerte, y no por el hecho de estar uno difunto, sino ver a los muertos, olerlos, ver los cuerpos --se queda pensando--. Obviamente nosotros tenemos una diferente concepción de la fotografía, no tenemos a los cuerpos y a las manos salidas de los escombros.

“Tal vez te marca el hecho de que para hacer fotoperiodismo debes ser muy ágil y no debes dejarte apabullar por el evento. Y ahora ve, después de treinta años ahí están las fotografías, no hay más que las que nosotros tomamos.”

La infancia

--¿Puede contarnos una anécdota acerca de su infancia?

Los dedos de Garay se entrelazan los unos con los otros, su miraba esta vez cambia de dirección para fijarla en un muro mientras titubea y piensa qué responder. Por un momento sus ojos comienzan a brillar más, como si la pregunta lo incomodara o como si distintos recuerdos le vinieran a la mente. Sin embargo, sólo contesta:

--Son muchas las anécdotas vividas en mi infancia, no podría contar sobre una en específico.

--Pero su infancia, ¿fue buena?

--Sí, por supuesto que sí.

Errores y aciertos, parte de un mismo paquete

--¿Cuál ha sido la peor y mejor época de su vida?

--La mejor, todas, y la peor, todas; porque la he vivido y ejercido, pero siempre la he cagado --los dedos de sus manos tocan ligeramente la mesa--. Siempre me he equivocado y no he concretado bien las cosas, no he aprovechado bien las oportunidades.

“Pude haber completado más cosas, por ejemplo no me hubiera salido de La Jornada y me hubiera quedado diez o quince años ahí, no me hubiera salido de Proceso. Entonces, por temperamental, no me hubiera salido de la arquitectura ya que de verdad me gusta y soy bueno en eso.

“Por lo tanto, la peor época de mi vida… pues toda. Porque he cometido equivocaciones y no nada más en la fotografía y con el trabajo, sino con la gente. Ya me voy a morir y apenas estoy entendiendo las cosas.

“Y la mejor, pues eso mismo. Vivirla intensa y plenamente, aunque no tengas un quinto y estés con un pie en la tumba, pues ni modo. Tampoco era mi plan de vida. Pero pues error y acierto vienen juntos. No considero haber tenido la mejor o la peor época en mi vida, toda ha sido buena y toda ha sido mala.”

Estupidez e ignorancia

--¿Qué es lo que le molesta a Andrés Garay?

--La pendejez humana, la estupidez, la política, el gobierno, el ser un país rico en todos los aspectos y estar tan jodido como estamos, eso me desespera y me enfada. Me irrita la ignorancia de la gente que sigue votando por el PRI, que entiendo que es la consecuencia de una falta de educación, pero me desespera.

“Me molesta ver que los cambios están siendo muy despacio. Me enfada la desigualdad entre hombres y mujeres, que de dientes pa’ fuera ´sí, sí, qué la mujer esto y aquello´, pero en realidad sigue siendo oprimida. En sí, me enfada la estupidez y la ignorancia.

Fantasías, jaladas de la mente


--¿Tiene algún sueño o fantasía? --duda sobre la pregunta y suelta una pequeña risa que pone nerviosa a cualquiera.

--Creo que como sueño es relativo. Fantasías pues tenemos muchas, son jaladas de la mente. Pero si se me apareciera el mago de la lámpara y me dijera “te concedo tres deseos” le diría: “bueno, va el primero --mientras habla comienza a enumerar sus sueños con los dedos--: quisiera cantar, que pudiera cantar como Pavarotti, pero con mi propio estilo o imitándolo. Poder opacar al mariachi. Segundo: Tener salud y (tres) tener dinero. Casi nada” --entonces deja salir una pequeña risa.

Cuando termina de contestar esta pregunta toma su portafolio negro en el cual, según él, se encuentra un libro, que lee “hasta en el baño”.

El deseo de poder estar entre los diez dedos

--¿Por qué decidió ser maestro?

--Yo no quería ser maestro por nada del mundo. Cuando estaba en arquitectura un amigo mío me decía: ´vamos a dar clases en bachilleres´, yo decía: ´ni loco´. No quería que me tocara un alumno como yo, uno de los que revientan maestros, de los que llevan al máximo uno mala onda. Yo decía: ´imagínate y me toca un estudiante como yo, cruz cruz, yo no quiero ser maestro´.

“Pero me hice profesor por necesidad. Empecé con los de secundaria, seguí con los de prepa y luego con los de universidad. Y no me han tocado estudiantes como yo, me han tocado peores, pero me gustó. Siento que esto de la enseñanza está padre, el hecho de poder motivar a la gente a lograr algo me gusta.

“Yo quisiera ser de los pocos maestros que se recuerdan. Cuando se termina una licenciatura, maestría o doctorado, con los dedos de las manos se puede contar a los buenos maestros que te acuerdas que te enseñaron algo. Si se usan los diez dedos es que fuiste afortunado, pero a lo mejor ni siquiera usas los diez. Yo quisiera ser recordado, quisiera estar entre los diez.”

--Ya por último, ¿Qué es lo que lo hace sentir orgulloso?

--Me siento orgulloso de mis alumnos famosos. Tengo muchos que han pasado por mis clases, sin embargo, no creo que yo los haya formado o sean fotógrafos gracias a mí, pero son mis alumnos, y me da mucho gusto que sean más buenos que yo, que sean reconocidos. Eso me hace sentir orgulloso, que superen al maestro.







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