lunes, 19 de enero de 2015

POLONIA-MÉXICO: UN ENCUENTRO CON LA PASIÓN HECHA MUJER

Por Rocío Santos Paniagua
México (Aunam). “¡Hola! Siento el retraso, pero ya estoy aquí”. Con un tono de voz suave y tierno saluda y pide disculpas por llegar un poco tarde. Viste saco y pantalón gris, blusa negra con detalles en color azul, pulseras, aretes y anillos a juego con su vestimenta, su estilo es distinguido. Gaya Makaran es maestra en Estudios Culturales y especialista en Estudios Latinoamericanos por la UNAM.

Son cerca de las 6 de la tarde, tal parece que en unas cuantas horas va a llover. La Isla de Ciudad Universitaria se encuentra con una iluminación de poco sol, parece que el tiempo pasa lentamente, el ambiente es confortable y la voces de tono bajo de las personas que pasean en los alrededores parecen musicalizar la escena. La académica universitaria es una mujer alta, de tez muy clara, cabello castaño muy claro y sobre todos unos grandes ojos azules.

“Gaya Makaran es optimista en lo personal, pesimista en lo social, preguntona, inconforme, bastante cerrada ante desconocidos, fiel con los amigos, generosa y mandona”. Se describe a sí misma, con una sonrisa al final de la oración. Nació en Stalowa Wola, al sur de Polonia el 7 de julio de 1981: “Mi vida era cómoda aunque modesta y aburrida. Siempre había soñado con salir de ese lugar y descubrir otros mundos”.

Esos mundos que tanto desea conocer, se vuelven reales y tangibles cuando se refugia en la música o la lectura, cuando se pierde por sus caminos y disfruta de cada momento: “Me gusta, sobre todo el impresionismo y la belle époque, la literatura contemporánea, arte popular latinoamericano, la música rock, grunge, la canción política y la salsa”.

Cuando responde ríe, se estremece y denota su gusto por el tema, toma un pluma mientras habla y como maestro de música pareciese que dirige una orquesta.

La doctorada en Humanidades y especialista en Ciencias de la Literatura por la Universidad de Varsovia en Polonia, no sólo es una mujer brillante y comprometida con su trabajo; también es alguien que en sus tiempos libres adora estar con la familia, leer o viajar.

Se respira un aire muy tranquilo y en el fondo se observan unas cuantas parejas muy románticas; pero, para ella ese tipo de amor ya pasó, se quedó en la adolescencia. Ahora “El amor es lo primero, sin embargo no lo entiendo sólo como un amor romántico hacia mi pareja, sino como amor a todo lo que una hace (trabajo), a los hijos, a la gente en general. Sin amor, sin pasión nada tendría sentido”.

De forma contraria, no le teme a la soledad, es como una vieja amiga con la cual sabe divertirse: “Sé disfrutar de la soledad, no es mi preocupación más importante. No me desespero pensando en ella y honestamente no creo que mis hijos me dejen sola alguna vez”, sonríe de forma muy marcada y sus mejillas se elevan.

Tampoco la muerte le causa espanto, pero al pensar en su familia cambia su cosmovisión: “Temo dejar a mis seres queridos no por mí sino por ellos, por lo que podrían sentir si me muriera. En lo personal no temo a la muerte”, al hablar del tema se percibe cierta tensión en su voz, tan sólo la idea de pensarlo, la estremece.

Con una sonrisa perspicaz y brillo en sus ojos, así como con una botella de agua y una servilleta arrugada en sus manos, Gaya comienza a recordar su infancia: “De niña era seria, tímida, pensativa, solitaria, lectora apasionada de libros y amante de viajes y deportes solitarios. Mis padres eran y siguen siendo un matrimonio bastante original, mi padre alpinista viajaba mucho y nos dejaba por meses solos con mi madre. Luego regresaba con miles de historias para contar. Mi relación era mejor con mi padre, quería ser como él”.

Desde niña su pasión ha sido estudiar y enriquecerse de conocimiento, su alto sentido de responsabilidad e ideología se contrastaban constantemente, puesto que al encontrarse con maestros que consideraba mediocres, decidía enfrentarlos.

“Me gustaba la escuela de pequeña, luego me hice rebelde y me parecía demasiado conservadora. Siempre he tenido las mejores notas y dedicaba lo máximo de tiempo para leer más allá de lo escolar”, relata mientras juega con su cabello y da un sorbo a su bebida.

Las personas caminan o se levantan y se van, pero un rato después llegan más, así la gente se cambia de lugar constantemente, como la mirada azul de Gaya que se pasea por todos lados… “Un día normal para mí es levantarse temprano, llevar a mi hija al kínder, trabajar hasta las 16.00 horas, recoger mi hija, ir a casa, cocinar, hacer tarea con mi hija, jugar con ella, acostarla, hacer los quehaceres de casa, leer, ver películas”.

Para la investigadora del Centro de Investigación sobre América Latina y del Caribe (CIALC) de la UNAM, su familia es una pieza clave en su vida, es el motor de su día a día, y lo deja entrever por la forma dulce en que sonríe cuando habla del nacimiento de su segunda hija.

“La etapa de tener un hijo recién nacido es bonita y cansada al mismo tiempo. Uno tiene que estar totalmente disponible y atento a las necesidades del pequeño. Pero nada más tierno que esto. Es un tiempo de dejar todo de lado y concentrarse en su lado más humano y más animal al mismo tiempo”.

Gaya disfruta de lo que es su vida ahora y el proceso por el que atravesó: “La maternidad te divide la vida en un antes y un después. Pienso que me hizo una persona menos egoísta y mucho más amorosa, reconciliada con la vida y más cercana a lo humano. Además de ocupar mi tiempo por completo”. Y mientras habla, su botella se mueve de un lado hacia otro, como un barco en alta mar que todo el tiempo baila al son de las olas.


La egresada y ex trabajadora del Instituto de Estudios Ibéricos e Iberoamericanos de la Universidad de Varsovia, también es madre, ama a sus hijos y estar cerca de ellos, pero lo que más disfruta es: “el poder compartir todo lo que sé con alguien para quien soy una heroína incuestionable, ver el mundo con los ojos del niño”. Justo en este momento Gaya decide comer un dulce azucarado, como su personalidad.

Gaya pierde la mirada ante la inmensidad de la universidad, detiene su mirar en un edificio cercano e inevitablemente, para ella la UNAM es muy importante en su vida: “Es enorme, acogedora, fuente de sabiduría, rebeldía estudiantil, encuentros, intercambios, inspiraciones. Me siento afortunada de poder trabajar en la UNAM”.

Su llegada a México y a la institución no fue difícil pero sí inesperada y gracias a la UNAM pudo lograrlo. “Me lo ofrecieron después de finalizar la segunda beca, la posdoctoral en el CIALC, por la Secretaría de Relaciones Exteriores de México”.

Quedó encantada con este país: “México me sedujo desde la primera visita: por su Universidad, por sus libros, por sus comunidades que visitaba, por sus problemas, por su complejidad. Es un encanto y un reto al mismo tiempo. Además, la vida aquí para mí es mejor que en Polonia: mejor trabajo, mejor clima, mejor comida, mejor música, mejores viajes, sin hablar de los hombres”.

El tiempo transcurre como si el mundo se retrasara, la plática es amena y muy interesante, ella sabe que pronto tiene que irse, la noche está cada vez más obscura.

De México aprecia en demasía su diversidad, compromiso con la lucha social e intensidad pero, sin duda, cambiaría varias cosas: “A los políticos, las élites, el racismo, la desigualdad, la pobreza, el desorden, la burocracia; sin embargo, a mí país no quiero regresar”.

La especialista en la sociedad boliviana y paraguaya, es una apasionada de su profesión, disfruta de ella y tratar de mejorar siempre, por ello principalmente eligió dedicarse a la investigación, por su necesidad de dar una explicación a su realidad.

“Como he mencionado desde pequeña me han fascinado otros mundos, mi padre me ayudó en ello, además me fascinaba estudiar, así que nada mejor que ser investigadora de Estudios Latinoamericanos. ¿Por qué América Latina? No sabría contestar, el amor a veces es inexplicable”.

El doctorado ha sido el más creativo, educativo e intenso de todos los estudios que ha realizado, y más que nada con el que más ha sentido satisfacción… pero aún tiene otras metas más, es decir, “profundizar la investigación de campo, conectar con más investigadores de los países estudiados, conectar con más comunidades y comprometerme más con la lucha social”.

Sus prioridades recaen en afianzarse como investigadora, profundizar los estudios que realiza, cumplir un compromiso con las comunidades y educar a sus dos hijos, pero su lado humano se asoma entre sus palabras, no se desvanece, lo quiere fortalecer: “Siempre quiero estar con los que no son, los que no tienen, los negados y los excluidos”, describe mientras revisa la hora en su enorme y brillante celular.

Es hora de irse, el día ha sido muy cansado, la gente se ha esfumado, el frío y la noche llegaron juntos. Gaya debe retirarse, abandonar el lugar donde sus palabras quedarán plasmadas. Es una mujer completa, en toda la extensión de la palabra; orgullosa de la institución que la acogió y agradecida con el país que le abrió las puertas, se siente satisfecha aunque con enormes deseos de lograr más y, sin duda su familia, parte fundamental de ella, es su motor y fuente de energía: “Considero que soy feliz o por lo menos estoy donde debería estar, con la gente con la que deseo estar y haciendo cosas que quiero hacer…”

Muy amabablemente se despide, toma sus cosas, se arregla las mangas, da el último sorbo del fondo a su líquido y contoneándose como cuando llegó, da la media vuelta, suelta una sonrisa y una mirada profunda, se dirige hacia el horizonte y su realidad regresa a sus manos…






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