lunes, 2 de junio de 2014

NEREO PÉREZ: TEJEDOR DE RAÍCES

Por Diana Ramírez
México (Aunam). Quizás sean pocas las personas, sin contar a Gregorio Samsa, que se han puesto a pensar en cómo sería su vida si fueran insectos. Algunos pensarían en la posibilidad de volar, otros en la de ser tan pequeños hasta pasar inadvertidos para el mundo, otros en la de ser resistentes a casi todo, pero estoy segura de que muy pocos pensarían como Nereo Pérez Francisco: en la posibilidad de tejer.

Tejer es hacer el amor

El pasado 28 de mayo y en el marco del Festival Anual de Textiles 2014, organizado de nueva cuenta por Daniel Quiroz, estudiante de la licenciatura en Arquitectura en la UNAM y tejedor originario de Milpa Alta, se dieron cita varias decenas de personas en la sala Margarita Nolasco de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), con una única finalidad: conocer más a cerca de la tradición textilera de Zapotitlán de Méndez, Puebla.

Para llevar a cabo dicha labor, Nereo, único tejedor de la región de Zapotitlán hasta hace algunos años junto con siete jóvenes que se ofrecieron a portar los trajes típicos de la región, dieron una muestra de que la tradición de los tejedores, así como de las prendas que elaboran, no sólo sigue viva sino que se encuentra en constante cambio.

Nereo es estudiante de la licenciatura en Lengua y Cultura en la Universidad Intercultural de Puebla, es nahua-totonaca y su pasión es tejer. No hace falta que lo diga, sus ojos se iluminan al hablar de lo que para él significan los textiles.

Tejer es un momento de purificación, tanto, que incluso es importante qué personas están alrededor cuando se hace dicha labor.

Tejer implica respeto: a quien lo hace y a quien porta las prendas, así como hacia las prendas per se, y existen diversos mitos que giran en torno a ello.

Tejer es como hacer el amor: así como entre humanos el resultado de este acto es la vida de un bebé, el resultado de la pasión que hay entre el tejedor y el telar, es un hermoso trozo de tela: un rebozo o una fajilla.

Tejedor de raíces

Como todo niño curioso, desde los nueve años Nereo tuvo la inquietud de saber cómo funcionaban y cómo se hacían las cosas que lo rodeaban, en este caso las fajillas que le vendían a su abuela. La diferencia de este pequeño es que siguió su curiosidad hasta las últimas consecuencias, lo cual luego se convirtió en un sueño y después, en una pasión.

¿Dificultades? Siempre las habrá. Un hombre tejedor no es bien visto en una comunidad donde el machismo aún está muy arraigado, no sólo en los hombres, sino también en las mujeres, pero para quién está, no en el camino adecuado, sino en el que de verdad desea, eso no importa.

No importa ser el único habitante tejedor de la comunidad, no importa lidiar con lo que hable la gente, no importa, incluso, tener que romper los prejuicios de las mujeres y enseñarlas a tejer, porque la tradición se ha perdido incluso en ellas desde generaciones atrás.

“Tokat” significa “araña” en náhuatl, y ése es precisamente el nombre del grupo de tejedores liderado por Nereo, mismo que ha sido impulsado por la Universidad Intercultural, donde él realiza sus estudios.

Como en cualquier lugar, las cosas no son las mismas que años atrás: ha llegado la globalización incluso a los pueblos más pequeños, las diversas religiones han modificado la ideología de los habitantes, la moda de los mestizos ha influido en su vestimenta, la gente piensa distinto y la rebeldía de los jóvenes se ha hecho presente, sin embargo, el proceso de recuperación de la elaboración de prendas hechas en telar de cintura, está más vivo que nuca con los quince alumnos que ahora tiene Nereo en su taller: “No es cierto eso de que las mujeres indígenas se vistan todas iguales, ellas también tienen su moda”, afirma, sintiéndose orgulloso de saber que gracias a su labor se están recuperando prácticas tan importantes como la textil dentro de su comunidad.




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