lunes, 23 de julio de 2012

FÚTBOL AMATEUR: SUEÑO O TRISTE REALIDAD


Por Alberto Martínez Escamilla
México (Aunam). Muchos niños y jóvenes sueñan con llegar a ser futbolistas profesionales, Luis es uno de ellos; su meta es jugar en la primera división del fútbol mexicano y, por qué no, algún día partir a Europa, o el viejo continente como él le llama, pues allí es en donde se encuentran las mejores ligas de ese deporte.

Pero, alcanzar esa instancia depende de muchas cosas. De acuerdo con Abraham Balderas Rodríguez, director técnico de la Escuela Chivas Barrio Ixtapaluca, tanto las escuelas como las ligas amateur buscan ayudar a los niños y jóvenes para que lleguen a jugar en los equipos de primera división, de manera más fácil; sin embargo, existen varias dificultades.

Llegar a primera… un problema

“Los promotores son un gran problema, se llevan a los jóvenes con talento y les piden entre 10 y 15 mil pesos para llevarlos a pruebas o jugar en tercera división”, asegura Abraham Balderas. Aunque, no sólo los futbolistas pagan esas cantidades, también lo hacen los entrenadores y todos los interesados en un lugar dentro del fútbol profesional.

La dificultad surge porque los promotores son quienes consiguen futbolistas para algunos clubes y, en muchas ocasiones, sólo estafan a los jóvenes o los explotan hasta que dejan de servirles; además, ellos reciben cierto porcentaje de la ganancia del jugador.

Para otros, el obstáculo principal es el mismo futbolista. Según Gustavo Granado Velázquez, entrenador del Centro de Formación Tuzos Ayotla (CFT Ayotla), la llegada de un joven o niño al fútbol profesional depende del comportamiento que éste tenga, “las visorias (serie de pruebas con las cuales los equipos detectan futbolistas) de los clubes de primera están siempre abiertas, todo depende de la mentalidad, el esfuerzo y la constancia del jugador”.

Un sueño

Exceptuando el área de las porterías, donde la tierra amarilla se observa a lo lejos, abundante césped verde cubre prácticamente toda la cancha del deportivo José de la Mora, en Ixtapaluca, Estado de México. En ese lugar, cada martes y jueves, Luis entrena para poder jugar los fines de semana con su equipo.

Un niño de apenas 11 años, con una estatura aproximada de 1.50 metros; su físico revela algo de sobrepeso, lejos está de tener un cuerpo de jugador famoso, pero tiene la ilusión y el talento suficiente para llegar a serlo; su piel es morena, en parte, se la debe al sol que cubre las canchas en donde juega.

Su peinado está a la moda, con los cabellos parados; su vestimenta al estilo de un crack, y no de droga, sino de un verdadero practicante del balompié: camiseta con rayas rojas y azules del club Atlante, un short del Cruz Azul y unos tenis, bastante desgastados, en color negro.

Vive en La Loma, en Ixtapaluca, Estado de México, sus padres tienen un pequeño local donde venden recaudo. Tiene tres hermanos, todos hombres, uno de 13 años, otro de 15 y el mayor de 19; el primero estudia la secundaria, el segundo la preparatoria y el último trabaja en una carnicería.

Luis se encuentra sentado sobre el césped de la cancha en donde practica lo que espera, algún día, sea su trabajo. En sus manos sostiene el balón rojo que le prestó el entrenador para practicar. Al fondo se escuchan los gritos de otros jóvenes que, como él, esperan llegar a los grandes planos del fútbol.

Cuenta que practica fútbol porque “es un deporte que une a la gente”, y mientras habla se percibe en su rostro cierta duda, mira hacia el cielo y arranca pasto con sus pequeños y gruesos dedos.

Su sueño es jugar en el viejo continente, un lugar donde sólo están los mejores, ganan mucho dinero y son famosos, “así como Messi y Cristiano Ronaldo, aunque esos me caen mal porque son re presumidos” —suelta una carcajada y se ruboriza, su cara adquiere el color de un jitomate recién cosechado.

Luis sabe que llegar a ser futbolista profesional es difícil, pero cree que lo logrará, y si no fuera así, ya cuenta con un plan “B”: ser policía. “Ellos también ganan mucho dinero, ni hacen nada y además les dan coche”—se recuesta en el césped, toma su botella de agua de naranja y le da un trago, después se limpia la boca con el antebrazo.

A diferencia de lo que su entrenador Gustavo Granado opina, Luis piensa que los equipos profesionales de fútbol no dan oportunidades a los jóvenes. “No nos dan chance porque creen que no sabemos jugar; además, al principio a los mexicanos les pagan bien poquito y a los de otros países un montón de dinero”.

El sueño de Luis es jugar en el Cruz Azul, pero dice que entrena con el Pachuca, porque es la escuela de fútbol más cercana, y así puede realizar otras actividades. “Me gusta echar retas con mis amigos, escuchar música… —el grito del rock sale de su ronco pecho y de inmediato algunos de sus compañeros voltean a verlo, por lo cual Luis cubre su boca con ambos brazos, como si se encontrara apenado.

Una salida

Las escuelas de fútbol son vistas de modo diferente por los jóvenes futbolistas, los padres de familia y, por supuesto, los dueños de los equipos; para los primeros es la posibilidad de ser un futbolista profesional, para los segundos se trata de un lugar para mejorar la salud de sus hijos, mientras que para los empresarios no es más que un buen negocio.

Muchos jóvenes ven al fútbol como un escaparate, una salida, la posibilidad de ayudar a su familia a tener una mejor vida.

Luis dice que si fuera futbolista profesional, con el dinero podría ayudar a su familia, pues aunque ahora sus padres deben pagarle al Pachuca para que le ayuden a mejorar, cuando llegue a la Primera División va a ganar millones –ahora, su mirada se perdió, guarda silencio durante unos cuantos minutos, vuelve a dar un trago a su botella con agua y continúa: “por eso le hecho ganas, porque sólo se llevan a los mejores”.

Para él el fútbol es la salida para mejorar la calidad de su vida y la de su familia; pero mientras él piensa así, los grandes empresarios ven en los sueños de niños como Luis, un verdadero negocio.

De acuerdo con la agencia EFE, los dueños de los clubes de la Primera División mexicana y algunos equipos de Europa, como el Real Madrid (España), Atlético de Madrid (España), Arsenal (Inglaterra) y la Juventus (Italia), han encontrado en las escuelas de fútbol un verdadero negocio, ya que en lugar de verlas como filiales, ahora son franquicias.

En este sistema se otorga una licencia para el uso de la marca y, se transfieren conocimientos y métodos de trabajo para su funcionamiento; es decir, el dueño de la franquicia debe pagar al club por el uso del nombre.

Emanuel González, coordinador de la red de Escuelas de Fútbol Chivas, comentó en entrevista con El Universal que la inversión para adquirir una franquicia es de cerca de dos millones.

Además de cobrar por enseñar a los jóvenes a mejorar técnicamente, “ahí mismo se promueve el consumo de nuestros productos”, afirmó González, para El Universal.

Los padres de familia también ven en el fútbol una salida, pero para ellos el dinero no es prioridad, pues de acuerdo con un sondeo realizado a los padres y madres de los jóvenes futbolistas de Chivas Barrio Ixtapaluca, se comprobó que pocos creen que sus hijos lleguen a jugar de forma profesional, la encuesta se aplicó al 25% de los padres, de los cuales sólo el 6% ven a sus hijos con cualidades para el profesionalismo.

¿Pero, si ven pocas posibilidades por qué los llevan?, la respuesta es simple, creen que si practican un deporte su salud será buena y esto los aleja de vicios. Además, consideran que el entrenador les enseña, a niños y jóvenes, a trabajar en equipo, a fomentar el esfuerzo, ser perseverantes y respetuosos.

¿Qué se necesita para triunfar?

De acuerdo con Abraham Balderas, la escuela Chivas Barrio no se enfoca en hacer sólo futbolistas, sino también buenas seres humanos. “A nosotros nos importa además de formar futbolistas, aportar en la formación humana de los jóvenes, nunca los escuchas decir malas palabras, y cuando se les llega a salir, de inmediato se disculpan”.

En estas escuelas, no sólo mejoran su técnica como futbolistas, sino que reciben formación académica. “Aquí les ofrecemos transporte, los ayudamos en su educación con maestros que se contratan para regularizarlos en caso de ser necesario, pues el promedio que se les pide para mantenerse en Chivas es de 8.5”, dijo el estratega Balderas.

La ayuda y exigencia en la educación a los niños y jóvenes se da porque no todos los alumnos llegarán a practicar fútbol de forma profesional.

Pero no todos creen que el deporte y la escuela deban ir de la mano, pues el técnico Gustavo Granado no exige buenas calificaciones a los niños que buscan ingresar al CFT Ayotla, él mismo aclara el porqué: “con mis hijos me ha funcionado no castigarlos cuando su promedio no es satisfactorio, y con relegar a los jóvenes por sus malas calificaciones no se soluciona nada”.
Y agregó que él prefiere tener a los niños practicando un deporte y conviviendo con otros jóvenes de su edad, en lugar de castigarlos en casa viendo televisión, jugando video juegos o en la calle consumiendo sustancias dañinas para la salud.

Y concluyó: “los futbolistas profesionales, no son siempre los que tienen mas talento, sino los constantes, los que trabajan día con día para mejorar”.




El inicio de un sueño

No es el estadio Azteca de la Ciudad de México, ni el Wembley Stadium en Londres o el tan famoso Santiago Bernabéu del Real Madrid, este es el Polvorín, en la colonia El Molino, en Ixtapaluca; el lugar donde los sueños de los jóvenes futbolistas inician.

Se trata de una cancha con más tierra que césped; a su costado hay una grada vieja, cubierta con pintura blanca desgastada, donde se sentarán, dentro de poco, los aficionados y únicos fanáticos de estos deportistas.

Los jóvenes que juegan para el Centro de Formación Tuzos Ayotla y los del equipo Huracán se acercan al lugar, pero no llegan en un autobús lujoso como los futbolistas, sino en bicicleta, caminando o, en el mejor de los casos, en autos conducidos por sus padres.

Entran al campo, con entusiasmo y nervios, uniformados con una playera y calcetas negras, y un short blanco; se hacen llamar Huracán. Son un equipo de jóvenes de entre 13 y 15 años, cada uno de ellos tiene la esperanza de algún día llegar a ser como sus grandes ídolos y jugar en la primera división del futbol mexicano y, ¿por qué no?, jugar en algún club de Europa.

En la única grada toman asiento los familiares de los niños que se divertirán y sufrirán en la cancha, conscientes siempre de que fuera del campo los estarán apoyando.

El juego arranca. Carlos —capitán y número 9 del equipo— es el primero en tocar el balón; mientras, en las gradas, su madre comienza los gritos de apoyo, el “¡vamos a ganar!” y “¡sí se puede!”, son una constante durante el juego.

Huracán se pone arriba en el marcador, después de una gran jugada de Christian, camiseta número 7, quien mete un centro desde la banda derecha, el cual termina rematando, de cabeza, Carlos. Así culmina la primera parte.

Un gol de ventaja no es mucho, —dice el entrenador a sus futbolistas—, pero no está mal, para la segunda parte deben anotar más goles, ustedes son mejores.

El segundo tiempo va a dar inicio, los chicos se dirigen a la cancha para terminar lo que empezaron. En la grada los padres vuelven a animar.

“Su sueño siempre ha sido llegar a jugar en las Chivas y después irse a otro país”, cuenta Mónica, la madre de Carlos, “nosotros lo apoyamos como podemos, pero es difícil, hay falta de tiempo y de dinero”.

En la cancha Carlos es un verdadero líder, alienta a sus compañeros, pero también les exige; a ellos no les molesta, simplemente observan con atención y después asienten con una sonrisa.

El partido culmina. Los jóvenes bromean, se notan felices por el resultado final, no les importa el estado de la cancha, no se quejan de los errores del árbitro, simplemente están felices por el buen ‘inicio de su sueño’, como ellos le llaman.

Esa es la realidad de los jóvenes que viven en un país con pocas oportunidades para triunfar; buscan refugio en el fútbol, un deporte que puede dar mucha felicidad, pero también demasiadas tristezas.

Las canchas son el lugar donde niños y jóvenes desarrollan lo que mejor saben hacer o, simplemente, lo único en donde pueden fijar su mirada y su futuro ante sus bajas posibilidades de ingresar a una universidad y obtener un buen trabajo.



Fotos: wikimedia.org



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