lunes, 26 de septiembre de 2011

HOYOS FONQUI EN LA CIUDAD DE MÉXICO


Por Rubén Alejandro Álvarez Reveles
Fotos: Isaí Morelos
México (Aunam). Este año será crucial en el destino de los hoyos fonqui, pues pareciera ser que están condenados a desaparecer, y junto con ello, los espacios donde las contraculturas del país, pueden desarrollarse y expresarse; de ahí que, en un corto plazo, se deba gestar una batalla épica por su sobrevivencia.

Lo anterior se deduce a partir de la modificación aplicada a la ley de Exterminio de Dominio, consignada en el artículo 22 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, la cual entró en vigor el pasado 6 de junio del año en curso.

Las reformas están encaminadas a ampliar el combate contra el narcotráfico, y en especial el narcomenudeo. Sin embargo, también afecta a cualquier fiesta que tengan en lugar dentro del Distrito Federal, y con ello los hoyos fonqui.

Los cambios en el artículo constitucional son resultado de la propuesta realizada por la candidata del Partido Acción Nacional, Mariana Gómez, en conjunto con Mario Palacios, representante de la Delegación Benito Juárez.

En ella proponen erradicar las fiestas clandestinas de cualquier índole para evitar el narcomenudeo dentro de éstas, a su vez, la venta de alcohol a menores de edad. El artículo 22 se aplicará de tal forma, que el predio, o los artículos que estén en uso, podrán ser decomisados con el objetivo de que puedan servir como prueba del delito. De esta manera la reforma solamente será válida cuando se compruebe el mismo.

La ley de Exterminio de Dominio, fue creada en 2008, pero con el paso del tiempo, los diputados han visto la necesidad de especificar su contenido, para disminuir el menudeo en la venta de drogas. Esta ley, solamente será efectiva mientras se pueda verificar el delito.

Iniciación

“Que chingue su madre el que no cante”, gritó Ricardo Ochoa, mientras Peace and Love presentaba su canción “Mary-marihuana”, en el festival de Avándaro el 11 de septiembre de 1972. El evento se transmitía en radio y, de pronto, la transmisión se cortó. Una sentencia para el rock en México.

Sin embargo, no fue lo único que se terminó, pues a partir de allí, los espacios donde los jóvenes se congregaban para escuchar música, estudiar, o alguna otra actividad que reuniera gente, era mal vista por el gobierno. Directamente la opresión estaba presente, detenciones y prohibición del rock en todo el país.

El clamor de justicia y las voces de insatisfacción hacia las políticas del gobierno mexicano debían salir por algún lugar. de esta manera, que los garajes, patios de escuela, bodegas y otros lugares en condiciones deplorables y sin autorización del gobierno, se vuelven los centros de atención de los jóvenes.

En estos se organizarían las tocadas posteriores a Avándaro. Los denominados hoyos fonqui, término adjudicado por el escritor Parménides García Saldaña, en 1982.

“Los hoyos fonqui, eran lugares clandestinos, y donde la salubridad no era tema de relevancia. A veces un baño, a veces ni eso. El espacio era reducido y la ventilación insuficiente, el calor encerrado en aquellos lugares, era insoportable”, según palabras de José Cruz integrante del grupo Real de Catorce y quien llegó a tocar en estos lugares. Esto en una entrevista realizada en la revista R&R número ochenta y seis en 2008.

En estos sitios la juventud de los 70 y parte de los 80, se juntaban a escuchar y ver bandas underground (grupos sin una disquera ni un contrato en especial), las cuales, sólo ahí podían darse a conocer.

Los grupos que participaron en esos lugares, son Three Soul in my Mind, Botellita de Jerez, Javier Batiz, Ginebra Fría, Hangar Ambulante, Enigma, Nuevo México, Toncho Pilatos, Zebra, entre otros. Datos que aparecen en la misma revista R&R.

“El sonido era muy malo, en primera porque las bandas no tenían los recursos para comprar instrumentos y equipo necesario y, en segunda, porque la tecnología no era tan avanzada como en estos tiempos”, acompleta Pedro Antonio Chávez, profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México, y quien llegó a asistir a estos lugares.

Actualmente Cuautepec Barrio Bajo y colonias aledañas, esto en la Delegación Gustavo A. Madero, los hoyos fonqui han tomado gran importancia, puesto que sirven como medio para difundir la cultura, además de hacer una mezcolanza de diferentes contraculturas existentes en el país.

Madrugada

Dos semanas antes del evento musical que se llevará a cabo en la colonia Guadalupe Chalma, el Dj “Jungla Reggae Sound System” empieza a mover cielo, mar y tierra para que su presentación se escuche y se lea, en oídos y ojos de los habitantes cercanos al reclusorio norte.

Hace poco más de cuatro años, los eventos relacionados con el reggae y la música electrónica, se han dado cita en al norte de la ciudad de México. Sus inicios se ubican directamente en casas estrechas, sin baños, y con pocos invitados.

Cuando los organizadores, “El Nery” y Martín Trejo, se dieron cuenta que aquellas casas eran insuficiente para cubrir la demanda de los asistentes, recurrieron a otros lugares, sobre todo clandestinos. Ésta última palabra define aquellos sitios, ya que no cuentan con las normas de seguridad que pide el gobierno del Distrito Federal, y lo establecido en la Agenda Mercantil de los Estados Unidos Mexicanos.

De acuerdo con ésta última, el Sistema Integral de Gestión Registral (SIGER) es el programa por el cual se hará captura, administración y transición del registro de un espacio dedicado al comercio de bienes, que en este caso es el consumo de un bien cultural.

Además, pide el pago de una cuota, y una inspección al sitio donde se instalará este negocio, y que de allí se determine qué tan apto es el lugar o no. Estos parámetros legales, ni Martín Trejo ni ninguno de sus ayudantes los han realizado. ”Mucho papeleo”, argumenta “El Nery”, con una sonrisa malévola de oreja a oreja.

“Preferimos lugares en donde sea más fácil establecernos, sin tener que meternos en rollos legales, tendríamos que pagar impuestos y eso ya no nos convendría”, continúa.

Martín Trejo, un hombre que pasa la edad media, aproximadamente 45 años, de unos 90 kilos de peso, simpático y con un bigote negro y bien cortado, menciona, “recuerdo los inicios, a veces no se llenaba el lugar, y por lo general acudía la misma gente, sobre todo conocidos de nosotros”.

Hoy es sábado 12 de marzo de 2011, son casi las 7 de la noche. El sitio destinado para esta tocada, se ubica en la calle Venustiano Carranza esquina con Morelos número 83 de la colonia Cuautepec Barrio Bajo, en la Delegación Gustavo A. Madero.

7.30 p.m. y el lugar aún está vacío. A pesar de ello, nadie se preocupa.

El lugar donde se lleva a cabo el concierto del día de hoy, es una casa color verde y de proporciones pequeñas en la parte de afuera, pues sólo se alcanza a ver una puerta la cual, con sus dos metros de altura y casi 3.50 de ancho, contiene a la gente que espera entrar a ese sitio.

El reggae, la electrónica y en menor medida el ska, son ritmos musicales, los cuales los asistentes pueden disfrutar. Éstos, por lo general, son de dos tipos, unos son los rastafaris, quienes sus largas y gruesas rastas, que parecen mecates de color negro, los identifican. Su ropa es holgada y de una combinación de colores verde, amarillo, negro y rojo.

Los otros, los que se sienten atraídos por la electrónica, llevan ropa ajustada, con camisas y pantalones adornados con diminutas figurillas. También portan diversos artículos como lentes, collares y uno que otro, lámparas de colores fluorescentes que danzan al ritmo de las pistas seleccionadas.

Los organizadores, “el Sirena”, tipo delgado de tez blanca, perfil afilado, orejas grandes (debido a sus expansiones), además de ropa holgada, y “el Nery”, sujeto de piel morena clara, de aproximadamente 1.70 metros de altura, y, quien tiene un estilo en la vestimenta similar a el mencionado anteriormente, sueltan su estrés, fumando un cigarro creado por sus propias manos.

Una “bacha”, un “toque” o un “porro”, son diferentes nombres que recibe ese tabaco, hecho con un papel muy fino que parece una capa de cebolla, y un poco de marihuana, la cual por lo general siempre es seca, de color verde pasto, y con un intenso aroma a hierba fresca.

Sin embargo, la situación cambia al poner fuego en la punta del cigarro, el ambiente se distorsiona, el tufo se vuelve insoportable, se desprende un pestilente aroma a pasto quemado, irrita el olfato y transforma los sentidos. Ese cigarrillo, sin duda alguna, es parte inicial de lo que está por aproximarse.

Por dentro, las dimensiones de la casa son de aproximadamente 140 m2, y al fondo de la misma, se ubica un escenario, el cual está hecho de madera consumida por el sol, y alguno que otro fierro oxidado por el agua.

En él, están las mesas con las consolas de los Dj´s para hacer sus mezclas, además de los bafles que dentro de unos cuantos instantes, taladrarán tímpanos. Por lo pronto, se revuelve música con el afán de probar el sonido y todo suene a la perfección.

Dan las 8.30 de la noche, y se empiezan a ver rastros de gente. Hombres y mujeres. No hay una edad promedio, pero se calcula que asisten desde los 16 hasta los 28 años.

Son unas 20 personas, que yacen paradas frente al inmueble. No se distingue si les gusta el reggae o el electro, pues la poca luz que hay en la calle impide diferenciarlos. Esperan. Deben pagar 30 pesos por el costo del evento.

Toda persona que entre a este evento, será revisada para evitar el ingreso de armas, drogas y alcohol en botellas de vidrio. Dos personas de unos 1.80 metros de altura, pantalón de mezclilla obscura y chamarra gruesa también de color negro, están en la puerta. Dos inmensas torres difíciles de pasar. Ellos tienen como tarea hacer la inspección de todo aquel que quiera pisar el concierto.

En menos de quince minutos, donde anteriormente no había ni un alma en pena, ahora se encuentran más de 60 asistentes moviéndose al compás de un todavía frío escenario, el cual necesita del descontrol y euforia de la gente para poder nutrirse y sacar todo su potencial.

A unos 20 metros de la única puerta (la cual sirve tanto de entrada como de salida de emergencia), se encuentra el puesto de las cervezas, el cual debe tener una mención importante, puesto que es la única esperanza para no morir deshidratado tras el calor que se desprende de la piel de las personas.

Son cuarto para las diez, suena Bob Marley, un clásico para la contracultura rastafari, y no tarda mucho en detectarse el primer aroma de la fiesta, y claro, no es el sudor provocado por el baile, sino el tufo de la marihuana que empieza a cobrar efecto entre los participantes al “Unity & Respect”, el nombre formal de la tocada.

La demanda por entrar es mucha, así que las torres en la puerta hacen su trabajo, rápido y austero. El lugar está a reventar, y sólo han pasado dos horas. La despreocupación de un inicio fue sabía. Ya no se puede contar a la gente, pero aproximadamente hay de 250 a 300 personas. El reloj acaba de marcar las 11 de la noche.

Voltear a la derecha o izquierda está por demás: la cerveza, la droga y sus consumidores parecen “gremlins” que se multiplican con el agua. ¿La revisión ha sido un fraude, o la gente que ingresa es más lista y sabe cómo guardar la droga?

Es imposible tratar de caminar entre la gente, es preferible buscar un lugar y bailar en el mismo. El humo de los “porros” a veces impide observar qué pasa en frente del escenario, sólo puede disfrutarse la música reggae, acordes lentos, cansados, pero con cadencia y sensualidad, son la mejor descripción para éste género.

La música cambia repentinamente, la gente brinca y se mueve un poco más rápido que en el baile anterior, la electrónica ahora es la esencia de la fiesta, y con ella, pronto los ácidos (nombre informal, del LSD, que es una tableta de aproximadamente 1 por 1.5 cm, por lo general de color blanco, y que se consume comúnmente en este tipo de eventos) empiezan a surtir efecto entre los asistentes.

“80 varos”, suenan los murmullos, y en un abrir y cerrar de ojos, se nota el cambio de la gente, de un estado pasivo a un activo, de la tranquilidad a la euforia, las aguas tenues se modifican por un tsunami de descontrol.

Hay quienes ya no son lo mismo que cuando entraron. Ojos perdidos en un tiempo y espacio que sólo ellos conocen; movimientos sin control, parecen marionetas; y sin duda alguna, una hora más de éxtasis, puesto que es la 1 de la mañana y el evento está previsto terminar a las 2 a.m.

Veinte minutos después, empiezan a sonar los acordes de Ska, la gente de un brinco salta a la pista de baile, y como un tornado, inicia la destrucción de todo lo que encuentre a su paso, choca contra la multitud, se desvanece, y vuelve a tomar forma. Son casi ya seis horas y media desde que inicio el evento, y ningún tipo de autoridad se ha acercado al mismo.

Diez minutos antes de que den las 2:00 a.m., los primeros en tirar la toalla, son llevados a sus casas por compinches que los acompañaban, el lugar se empieza a vaciar y el calor también disminuye.

Las drogas y el alcohol consumidos esta noche han surtido efecto. Hay quienes no pueden hablar, otros no pueden levantarse. No importa el dinero gastado, o un posible conflicto familiar por llegar en condiciones inapropiadas, mañana, será otro día, y para algunos la resaca será devastadora, para otros cuantos, insignificante.

La raíz de una aventura

Señales de un calor infernal, que puede sentirse de adentro hacia afuera, que se nota desde las pestañas, hasta donde los ojos permiten mirar. Una silla bajo láminas que forman un techo, calman la situación, y una cerveza a menos dos grados, en la mano de Martín Trejo, suavizan el entorno. Él, es el organizador de los eventos del “Jungla Reggae”, les alquila el sonido y lo ecualiza, para que todo suene a la perfección.

Domingo 17 de abril, el lugar es brillante, el pasto verde juega aún más con los colores luminosos de aquel mediodía. Martín Trejo lleva “la música por dentro”, eso lo ha señalado desde el principio de esta entrevista. Su bigote es casi perfecto, negro y cortado en forma de trapecio. Ese bigote, es la esencia pura de aquel personaje.


“No te miento, para ser sincero, cuando iniciamos este proyecto, pensé que sería un fracaso, no tenía muchas expectativas, pero, ¿qué se puede hacer?, es chamba y quise arriesgarme”. Sonríe, y da el primer trago a su cerveza. A pesar de ello sus manos acarician el envase, se puede notar como con el tacto saborea cada partícula de aquel líquido amargo. El calor no cesa.

Al decir evento se refiere a las tokadas. Él, no conoce el término hoyo fonqui, pues el contexto no se lo permite, sin embargo, sin darse cuenta, trabaja en uno de ellos.

Son diez para la una, y la siguiente pregunta brota, ¿por qué realizas este tipo de eventos? Martín da una mirada rápida hacia abajo y piensa la respuesta

“Porque cuando yo era joven, no había espacios para apreciar la música que en ese entonces nos gustaba. Ahora tengo el material y trato de hacer eso que tanto me agrada, ver a la gente disfrutar de un buen espectáculo, es gratificante. Aparte, la retribución económica de estos desmadres me ayuda a solventar gastos”.

El sudor en su frente resbala lentamente, sus ojos pequeños y cejas grandes, hacen una combinación precisa para expresar que no tiene inhibiciones, y que su interés por agradar a la gente va más allá de cualquier precio.

Un tema que no es muy de su agrado, ha entrado en la conversación, las drogas dentro del evento. Se deduce fácilmente su estado de descontento ante este tópico por el desagrado en su rostro, el cual de tener una sonrisa de oreja a oreja, se torna turbio, serio.

¿Qué al respecto de que se consuman drogas dentro de los eventos que organizas? Me atreví a preguntar, y como un golpe en el rostro, Martín primero tuvo que asimilarlo, para después poder responder.

Aquel tipo de aproximadamente 1.60 metros de altura, y unos 90 kilos de peso, escruta una respuesta. Pronto, los ojos se le llenan de palabras.

Posteriormente articula y responde, “mira, la verdad, entre todos los que formamos parte del staff, tenemos prohibido dejar meter armas y drogas al evento, por eso la revisión de cabo a rabo cuando ingresas a cualquiera de ellos. Pero a veces la gente es demasiado astuta, y quien sabe cómo le hace, y cuando menos te lo esperas, ya te llega el olor a marihuana o a mona”.

“En ese sentido, tenemos que ponernos bien atentos, debido a que no contamos con vigilancia certificada, esto es más clandestino, por eso debemos armarnos de pantalones, porque no sabes si un sujeto lleva consigo un arma, ya sea un fogón o una punta”, mientras habla, lleva a la boca otro sorbo de cerveza. El calor regresa y se estanca entre nosotros.

La vigilancia, es un tema relevante, puesto que no hay medidas que le brinden al asistente seguridad. Y, cuando una patrulla llega a pararse fuera del evento, las únicas palabras son “como andas hijo”, “ya, para tu casa”, asegura Víctor, quien es una tipo delgado y de aproximadamente 1.85 cm de estatura, con playera color morado y pantalones holgados y quien además ha asistido a las tocadas de Martín desde hace más de un año.

Continúa, “una mordida es suficiente para que dejen seguir la fiesta en paz, sin conflictos, sin riñas, sin detenidos. Pero si por una causa mayor, llega a haber desorden dentro de estas fiestas, la autoridad ni sus luces, simplemente desaparecen, se las come la tierra”.

Pero, como un acto de magia llegan al final. ¿Para qué? no se sabe, todo se ha arreglado, con golpes, con sangre. En estos lugares, uno debe hacerse de respeto. Honor a quien honor merece. Las palabras sobran, los puños hablan.

Martín hace un breve contraste entre lo que eran las pocas tocadas en sus tiempos y las que ahora surgen en la zona norte de la Ciudad de México, en Cuautepec, Delegación Gustavo. A. Madero.

“Antes, las pocas fiestas que se hacían, por lo regular, eran en lugares mucho más subterráneos que estos, de plano eran lodazales, ahora, de menos nos preocupamos por darle una barridita”, una carcajada se dibuja en su rostro.

“Las drogas, eran algo que existía pero en menor medida, eran menos obvios. La marihuana y el resistol 5000, eran lo más común. En estos tiempos ya la mayoría de los jóvenes son unos descarados. Los pleitos eran pocos, y te aseguro que si los había, todos eran a mano limpia”, hace memoria Martín.

Termina la cerveza, quiere otra, pero se acuerda que el camino es lejano, y esta vez regresará solo. Me pide unos instantes. Camina y va a la caja, paga la cuenta. Regresa, y la entrevista termina, un asunto pendiente le espera en casa, ¿misterio?, o una posible evasión a preguntas como ¿quién vende la droga? ¿tú les das permiso?, entre otras que ya no quiso responder. Una despedida cordial y un apretón de manos dan fin al encuentro.

Lugar de todos, lugar de nadie

En este lugar no hay clases sociales, en ese sitio la ropa de marca pierde su precio, sólo la noche que está a punto de iniciar es importante para los asistentes al “Jungla Reggae”. Es dos de abril del año en curso. Akil Amar, representante de la música Reggae, se presentaría en ese hoyo fonqui dedicado a quienes gustan de ritmos caribeños y letras que hablan de amor, paz y unidad.

La obscuridad que cae después del atardecer, invade la calle Michoacán de la colonia Chalma de Guadalupe de la delegación Gustavo A. Madero en el Distrito Federal; la falta de luz solar, simula un llamado a los jóvenes, quienes empiezan a salir de su madriguera como murciélagos que van en busca de alimento.

Son aproximadamente las 8 de la noche. El lugar donde se dan cita, es una casa con ladrillos sin color, la ausencia de brillo y la sensación de frío, hace que parezca una prisión en miniatura. Una pequeña ventana adorna el inmueble de dos pisos, y una puerta de 3 por 4.5 metros de altura, divide a la gente del escenario principal, el cual se encuentra al fondo de aquella vivienda.

Esa puerta es de suma importancia, pues es la única entrada y salida del evento, un desastre dentro de ese lugar podría terminar como el del antro New´s Divine, donde el pasado, 20 de junio de 2008, perdieron la vida 12 personas.

La puerta de color negro, está vigilada por tres personas con una capucha que les cubre todo el rostro. Sólo es posible identificar las proporciones de sus cuerpos. Dos miden aproximadamente 1.70 de altura, y con tez morena, la cual puede notárseles en los brazos, debido a playeras de manga corta; el tercero, es una estatua de unos 1.85 metros de alto, robusto y con una chamarra color negro, que lo hace parecer una sombra. 8:15 p.m.

Los tres sujetos cuidan el lugar y revisan a todas las personas que ingresan, desde los pies hasta la cabeza buscan bebidas alcohólicas (las cuales se venderán dentro), drogas y armas, pues están prohibidas.

Pronto, la calle se empieza a atascar de muchachos y muchachas que quieren ver a Akil Amar, y llevan sus 50 pesos para pagar el evento. Todos se amontonan, pues están enterados que después de las 9 p.m., se cobrarían 70 pesos. La buena fortuna los acompaña, aún faltan 30 minutos para que eso suceda.

Una mirada dentro del lugar define proporciones: 20 por 25 metros alojarían a más de 200 personas esa noche. No es un sitio glamuroso. El piso es de tierra, y una lluvia que había pasado y saludaba a la gente, lo había transformado en lodo.

Un solo baño para toda la “banda” que ese día se acumularía, estaba en condiciones degradables, el polvo lo invadía y la falta de agua, hacía el remate perfecto. Lo único saludable era el puesto de cerveza que, como en cada evento, relucía impecable, cada que se derramaba una “chela”, rápidamente limpiaban, limones partidos para las micheladas, y unas botanas para saltar el hambre.

Dieron las 11 de la noche, todos aclamaban al mencionado Akil Amar. El aroma a marihuana pronto invadió toda la plaza. El prender y apagar de los cigarros, parecía una danza que la integraban pequeñas luciérnagas con sus brillantes colas.

Nadie se podía mover, nadie podía bailar; sólo los labios jugaban, y con ello se escupían las letras del artista en el ruedo. Una hora duró arriba del escenario, sacudió a la gente con sus notas y melodías pegajosas.

Era un ambiente de unidad, respeto y armonía, todo en orden.

De la nada, un movimiento en la entrada alborotó a todos. Un robo a quien portaba las ganancias de la noche entera. Con pistola en mano, habían llegado y arrebatado aproximadamente 20 mil pesos, lo acumulado por las entradas.

Pero, no sólo se llevaron el dinero, sino todo el evento. En la gente, se enredó el miedo y no soltó a nadie, pues los allí presentes, con el pánico en el cuerpo, decidieron retirarse para evitar problemas.

Antecedentes de un pasado aguerrido

“Eras considerado como un delincuente, como un desmadroso, tan solo por tener la greña larga. La policía, te paraba y te revisaba, y muchas veces hasta te llegaba a meter droga que tú ni traías”, respuesta de Juan Pedro Antonio Chávez, economista e historiador, que actualmente da clases en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.

Dentro de la entrevista se hizo un contraste entre los hoyos fonqui de los años 70, a los que hoy en día se encuentran en la Ciudad de México, para ser más específicos, puntualizando Cuautepec Barrio Bajo y otras colonias aledañas, como sitio donde se localizan varios de estos lugares. Éstos, en la Delegación Gustavo A. Madero.

Varias décadas han pasado desde que se les denominó hoyos fonqui, y esto debido a que la clandestinidad, es un factor que los define, pues no tienen las normas de salubridad, ni de seguridad establecida en la Agenda Mercantil de los Estados Unidos Mexicanos.

“Estos lugares, empezaron a surgir en el año de 1971, después de Avándaro (11 de septiembre), un evento que sería una carrera de automóviles, pasó a ser un concierto de rock, el cual tuvo como novedad, la congregación de miles jóvenes. Un cálculo comparado con los periódicos que dieron nota de ello, me lleva a decir, que aproximadamente hubo entre 250 mil y 300 mil personas”, agregó Pedro Antonio.

Posterior a ese festival, la represión por parte de las autoridades hacia la juventud mexicana, fue más autoritaria, pues ese llamado, sucumbió en los oídos del presidente Luis Echeverría, quien no se tentó el corazón, y mandó mano dura, contra las congregaciones que se llevaran a cabo.

Esto llevó a la necesidad por parte de los “chavos de onda” de buscar espacios, donde sintieran un apego de gustos musicales, de vestimenta, de empatía.

Los garajes, patios de escuelas y bodegas, sirvieron como sitio para que aquella juventud reprimida, se juntara y pudiese organizar tokadas. Ahí, se montaban pequeñas presentaciones de grupos underground, con un sonido malo y con carencias en la infraestructura del lugar.

Antonio, los describe de la siguiente manera, “eran lugares amplios, que se llenaban hasta el tope, por la misma razón, había veces, en que ni siquiera te podías mover. La sanidad, era algo sin mucha importancia, pues la gente sólo iba a pasar un buen rato.”

“El alcohol y la marihuana, eran un factor que nunca podía faltar, y si el slam te tocaba, ni modo, aguantarse de una u otra manera. Los hoyos fonqui representativos de ese tiempo se ubicaban en Tlatelolco, y eran, Siempre lo mismo y El Salón Chicago”, agregó Juan Pedro, fuente viva de aquellos lugares.

Hoy en día, Cuautepec Barrio Bajo, posee lugares con características similares, aunque para el profesor, no es lo mismo, puesto que la esencia de aquellos jóvenes con ideales, con objetivos, organizados, ha demeritado estos sitios.

Una nueva oleada de espacios para difundir la cultura, se hace presente en muchos lugares de la Ciudad de México. Sin embargo la zona norte ha sido un parámetro para estos hoyos fonqui.

Además, hay que recalcar, que estos nuevos espacios tienen un contexto muy diferente al de hace casi cuatro décadas, ideologías nuevas están latentes en éstas nuevas generaciones de jóvenes, por lo que hay nuevos géneros musicales y una tendencia diferente de vestirse.

De esta forma, Pedro Antonio Chávez, recalca “si bien, desde siempre estos sitios, han funcionado como un medio para difundir la cultura en nuestro país, su esencia ha cambiado por completo. Se usan nuevos términos, formas de vestir, de la música que se escucha, etc. Por ello, los hoyos fonqui, tal vez sólo tienen el nombre, han cambiado totalmente”.

Retorno

En pleno año 2011, los denominados hoyos fonqui siguen existiendo, como base sólida de la contracultura del país, pues sirven como sitio para la expresión de las mismas.

Sin embargo, en tiempos actuales las costumbres y manera de comportarse son distintas a las de los años 70. El contexto es diferente, hay un miedo de salir a la calle por la violencia que se vive, además los medios aún dictaminan lo que se ve y lo que se escucha. Sin embargo, el rock se mantiene como un mensajero constante con tendencias a buscar la libertad, de aquí la importancia de la existencia de lugares para su expansión, los hoyos fonqui.

Si bien, se retoman aspectos como la clandestinidad, o la falta de un reglamento tanto de seguridad como de salubridad, la esencia de aquellos jóvenes se ha visto desvalorizada.

De esta manera, los hoyos fonqui, han evolucionado en las formas de pensar de los jóvenes, puesto que antes se acudía a ellos por objetivos comunes, ahora se asiste, por un momento de diversión, además de que es mucho más accesible ir a estos sitios (económicamente) que a un evento bien y mejor organizado.

No hay autoridad que pueda detener o clausurar estos sitios, puesto que siempre se buscaran alternativas para encontrar otros nuevos. Su espontaneidad, se suma a las características de estos lugares. Regresar a la esencia tal vez no sea posible, pero mientras haya aun gente que prefiera estos sitios, los hoyos fonqui seguirán en un estado latente.







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