lunes, 26 de septiembre de 2011

“EL CALIFAS” EN EL SIGLO XXI


Por Cinthya Berenice Camacho Alvarez
México (Aunam). Al ritmo del danzón cada día se enciende el California Dancing Club; un salón de baile que abre sus puertas a un grupo de personas de edad avanzada y no tan avanzada; para los amantes del ritmo de la vida a paso lento pero con sabor; abierto a las almas en busca de un más allá de la vida acelerada que se vive en la ciudad, lejos del tráfico, la economía, la inseguridad, el narcotráfico. Esa pista se enciende para aquellos gozosos del baile.

Pero… ¿de cualquier baile? ¡No! El baile de interés es el danzón. Un espacio en donde se reencuentran los “viejitos” con su pasado musical, pero también con nuevas generaciones. Gracias a este proceso de reinvención siguen en pie salones como el California Dancing Club, Salón México, El Forum y muchos otros lugares al aire libre o cerrados que fomentan el amor al danzón.

Al traspasar sus puertas es posible adentrarse a una esfera peculiar llena de espontaneidad, creatividad, naturalidad, ánimo, pasión y devoción que inspira, día a día, a un sector importante de la sociedad al cual no se le ha puesto la debida atención: las personas de la tercera edad.

La vejez en el D.F. y el baile

Son las seis de la tarde. El destello de su viejo zapato se pierde en el suelo al ritmo del danzón “Nereidas”; evoca el sentimiento del amor de antaño que perdura cada tarde de lunes. Al tomar la mano de su menuda pareja se remonta a los años de apogeo de los salones de baile. Su juventud.

Así comienza una tarde-noche de baile para aquellas personas etiquetadas como de la tercera edad o viejitos, pero a pesar de sus años, siguen con el gusto y la devoción de mover el cuerpo con un ritmo, degustarse con una pareja, de compartir sus pasos y bailar con aquella o aquel acompañante de un instante; a pesar de que El Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), considera a los adultos mayores como un grupo en situación de riesgo social por el ambiente en el que se desenvuelven dentro de su familia.

Con 60 años de edad o más se encuentran frágiles por la dependencia desarrollada hacia quienes los cuidan y/o ayudan en sus labores cotidianas; no tienen definidos sus roles en esta sociedad y peor aún, son excluidos por las decisiones que toman las personas de su alrededor, agrega el INEGI en su publicación Los adultos mayores en México. Perfil sociodemográfico al inicio del siglo XXI.

Aunada a esta situación de omisión, la 1ª Encuesta Nacional sobre Discriminación en México, que llevó a cabo el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) en 2006, señala que 88 por ciento de los adultos mayores dicen sufrir discriminación por su edad, y 40 por ciento considera justo ser discriminado por su familia.

Este sector de la población no sólo es descuidado por el gobierno, la propia familia es cómplice de esta segregación. El prototipo de la antigua familia extensa, donde el hogar era compartido por los abuelos, los padres e hijos (en algunas ocasiones hasta con los tíos y primos) ha disminuido, argumenta José Luis Ysern de Arce, Doctor en Psicología de la Universidad de Bío Bío.

En la actualidad, la convivencia de estos abuelos con los nietos se ha perdido, pues “los niños ya no escuchan las historias de sus viejos”, dice Antonio Cruz de 80 años de edad, quien a pesar de tener tres hijos, cinco nietos y tres bisnietos, vive solo en su casa de la Ciudad México.

Los abuelos, quienes eran considerados los principales transmisores de la cultura en la familia, han perdido cavidad en aquel que consideraban su núcleo. Ahora, como expresa el psicólogo Alex Comfort, “en la sociedad actual no hay espacio para ese tipo de familia; ésta se ha reducido al núcleo mínimo de padres e hijos”.

Contradictorio a lo que siempre se dice: los jóvenes son el futuro de nuestro país. Pues en realidad lo que sucede no es así. Con paso ligero y las huellas de lo que han vivido, mediante esas arrugas que se marcan en su cara, son el futuro de México.

Actualmente en la Ciudad de México, tan sólo 11.4 por ciento de los habitantes son personas de la tercera edad, según datos de Ricardo Bucio Mújica, presidente del Conapred, es decir que uno de cada diez pertenecen a este rango de edad de 60 años en adelante.

Para los ancianos, según el especialista Alex Comfort en su libro Una buena edad, la tercera edad, no existe nada mejor que hacer ejercicio físico. Éste les ayuda conservarse, sin embargo, agrega que no debe llamársele de esa manera, sino como una actividad que los mantenga en movimiento constante y de su total agrado, algo divertido, por ejemplo, el baile o el yoga.

A un costado de la pista de baile, con más canas que cabellos oscuros, un rostro cansado y con esos rasgos en la cara que al pasar del tiempo junto con sus vivencias y hechos, Ali Cuevas de 78 años de edad y fiel asistente al salón de baile California Dancing Club desde hace más de 12 años, comenta, “el baile es el mejor ejercicio para todos los seres humanos porque se realiza sin tanto esfuerzo y te hace sentir bien, aliviado y lo mejor es que se hace en compañía de alguien más”. Al finalizar la frase hace un gesto de tranquilidad, posa sus manos como si tomara a su pareja y se prepara para comenzar a bailar.

De igual forma, Teresa Segovia de 57 años, y quien lleva sólo dos años de asistir a este salón, afirma, “el baile me gusta porque es algo sano para mí, me ejercita al mismo tiempo que me divierto”.

Ambos asistentes del salón, también conocido como El Califas, coinciden en que el baile es una manera sana de ejercitarse, sin embargo, afirman que el danzón es el ritmo más adecuado para ellos, no sólo porque era el baile de moda en su juventud y les gusta, sino porque es a paso lento y les permite poder interactuar con su pareja, platicar de una manera distinta a lo verbal.

Los dos amantes del danzón pertenecen a ese 70 por ciento de personas de la tercera edad que viven solas, según estadísticas de la Universidad de la Tercera Edad (U3E), y su bienestar se refleja mediante su integración a diversos grupos de pertenencia.

Esto es, sin duda alguna, como menciona, en su texto, Alex Comfort, una fuente de la juventud. Al integrarse a este grupo de danzoneros, rompen el hielo de la reserva social, se muestren tal y como son sin avergonzarse de su cuerpo curtido por el tiempo.

El especialista continúa y dice “la juventud dura o puede durar toda la vida”, su rasgo característico es el interés que muestra ante tal o cual situación. Así, estas personas de la tercera edad aún son jóvenes al mostrarse interesados en ejercitarse físicamente mediante el baile (en especifico el danzón) y pertenecer a un grupo con estas características.

Con historias como ésta, El Califas está lleno y se ilumina, cada noche, con esos cuerpos deformados por la edad que se balancean al ritmo de la orquesta en turno, despiden un atractivo erótico que pasma a cualquiera que va por vez primera y que no pertenece a esa generación.

Salón de baile California Dancing Club



Después de cincuenta minutos de baile sin parar. Detrás de esa sala de columnas de espera, se encuentra la barra de las bebidas: refrescos de cola, manzana, piña o naranja; agua natural; o bien, jugo de naranja. Cada vaso de plástico transparente con la bebida de su preferencia y dos hielos, tiene un costo de cinco pesos, es claro que no van por alcohol, su vicio es el baile de su juventud.

Al fondo se encuentra el guardarropa, en donde sólo por diez pesos, cuidan los abrigos y/o bolsos (en el caso de las mujeres), y justo al lado, se encuentra un espejo de tres meros por dos punto cinco, en donde se pueden ver reflejadas las parejas y cómo se disfrutan al bailar.

Historias de parejas eternas y efímeras se pueden encontrar en este salón con apenas cincuenta y cinco años de antigüedad. Fue exactamente el 14 de abril de 1954 cuando “la mejor y más grande pista de baile” abrió las puertas de este “palacio”.

“El Califas” comenzó en manos de Ramón César González y su esposa Guillermina Escoto de César. Sobre la Calzada de Tlalpan, entre las estaciones del metro Portales y Nativitas de la línea 2, en la colonia Portales en el número 1189.

Con el paso del transcurrir de los años, el pasillo para adentrarse a esta dimensión del baile de los pachucos, de la época de oro del danzón, se ha forrado de una amplia galería de recuerdos: reconocimientos, fotos, homenajes, posters, secciones de “sociedad” de los medios Sol de México, TV Notas, Furia Musical que publican las entregas de “El Califa de Oro”.

Con el día a día, la pista se ha atiborrado de fieles amantes del danzón en este recinto, ante todo los lunes y viernes: días exclusivos del danzón. Se da inicio a una noche a mediados de las seis de la tarde con un costo de cincuenta pesos para las mujeres y sesenta para los hombres, la mayoría de estos asistentes, en un rango de edad mayo a los cincuenta.

Todos éstos se transportan a sus años de juventud más allá del ambiente del lugar y la música, sino por una combinación extraña que ya no se utiliza: generalmente visten de saco que les llega un poco más abajo de la cadera, holgado y con hombreras amplias; una camisa blanca; pantalón bombacho a la altura de la cintura; con zapatos de charol negro con blanco (o en combinación a su traje); y el toque final, un sombrero blanco con una pluma de avestruz de treinta centímetros en la parte de atrás. Como si se viera a Germán Valdés, el famoso “Tin Tan” pachuco.

Ellas, mucho más sencillas, pero aún así, sin dejar de llamar la atención; lucen un vestido de coctel que deja notar algunos kilos de más pero no reflejan la edad de su semblante: cuerpo de treinta años y rostro de cincuenta. Sus zapatillas negras y con tacones no muy altos.

Como las historias conmovedoras que tienen los asistentes, los dueños del “California Dancing Club” también han pasado momentos difíciles. Mariana de la Cruz, dueña actual de este salón de baile, cuenta que el matrimonio fundador tuvo dos hijos, Ramón y Guillermo Cásar Escoto.

Guillermo César se enamoró de Mariana de la Cruz de trece años de edad, quien residía en Alvarado Veracruz. Durante seis años la espero y por fin se casaron; sin embargo ella no se fue de su estado natal. Con altibajos en su relación, ella cumplió su “motivo” tener una hija.

Con complicaciones en su embarazo, la pequeña Rossina César de la Cruz nació. Su infancia la vivió en este castillo de baile, “para que aprendiera a patinar, le amarrábamos almohadas en las rodillas y con sus patines, andaba por toda la pista de baile”.

Sin embargo, no todo fue de color rosa, tras la muerte de los señores Ramón César González y Guillermina Escoto de César, su hijo Ramón César se hizo cargo de la administración y a veces la ayuda de esta pareja. Sin embargo, “a él también le llegó su hora” afirma Mariana de la Cruz.

Tras la muerte de su cuñado, su esposo Guillermo César sufrió una depresión que consumió su vida poco a poco. De la Cruz declara que tal era su depresión, que ni siquiera se quería bañar, “se la pasaba durmiendo en la recamara y yo me ponía a lavar las ventanas con una manguera para que el agua entrara y lo mojara, era la única forma que tenía para que se levantara y se metiera a bañar”.

Guillermo César falleció, pero las puertas del “California Dancing Club” no se cerraron. De la Cruz y los trabajadores del salón se prepararon y acondicionaron el lugar para abrir como todas las noches y recibir a las parejas danzarinas.

Así es, el “California Dancing Club” nunca ha cerrado sus puertas, ni siquiera en la ocasión en que la bodega que se encuentra a un costado de la taquilla, se incendio. Mariana de la Cruz relata que no sabe cómo inicio el incendio, pero aquella bodega en la que había líquidos inflamables estaba en llamas, “el humo llegaba hasta arriba, todos los vecinos se dieron cuenta. Yo no podía permitir que esto se acabara así como así, no pensé más y me metí entre las llamas”, con una cobija lo que ella intentó fue ahogar el humo y así fue como todo terminó, antes de que los bomberos llegaran. En la tarde, el salón ya estaba listo para recibir a sus clientes.

Sin embargo, de la Cruz dice que de los 365 días del año, sólo hay uno en el que sí se cierra: Viernes Santo, ya que de a cuerdo a su creencia católica, “Dios se merece un día”, un día de descanso en el que su manera de representar el respeto que le tiene a Dios, es al cerrar su salón.

De estos días de arduo consentimiento a sus asistentes al recibirlos todos los días, “El Califas” ha pasado por diversas situaciones. Una amiga de Rossina César, hija de Mariana de la Cruz, que prefiere quedar en el anonimato, menciona dos de vital importancia. La primera es de a cuerdo con el Gobierno de la Ciudad de México, quien a través de la Secretaría de Cultura y en colaboración con el Centro Nacional de Investigación y Difusión del Danzón A.C., ha implementado su plan de reconstrucción del tejido social en la Ciudad de México a través de espacios culturales dedicados al danzón, tal es caso de los eventos llevados a cabo frente a la Plaza de la Ciudadela, en la Plaza Morelos todos los fines de semana, también conocida desde hace más de quince años, como la Plaza del Danzón.

Otro factor importante que la íntima de Rossina César destaca como un conflicto y que ha hecho que el “California Dancing Club” cierre sus puertas, son los políticos. Un claro ejemplo, fue el difunto Secretario de Gobernación Juan Camilo Mouriño, quien en una ocasión pidió que cerraran para que asistiera a bailar con un grupo de amigos. Así fue, cerraron para él. Sin embargo, no fue sólo una vez, sino que llegaba y quería que cerraran el lugar.

Independientemente de estas circunstancias que hacen un desequilibrio en la cotidianidad del ritmo de “El Califas”, sigue tal y como estaba. De la Cruz dice que sólo ha crecido el concepto, más no remodelando como tal, dicho concepto es la cualidad que tiene el salón: “la magia del baile”, lo cual hace que se mantenga a la vanguardia para sus asistentes: “la buena música es la que los trae”.

La música es interpretada por diversas orquestas y danzoneras. Las primeras cubren el ámbito tropical del salón con Lupe López, la orquesta de Pedro Ramírez, Tropicana Aragón, grupo MiJadi, Campeche Show, Richie, Grupo Soñador, La cumbre, Pequeño Vallenato, Las Venenosas de Diego, Pasión Colombiana, Grupo Kalah de Durango, entre otros tantos.

En cuanto al ritmo fuerte del salón, las danzoneras que se presentan son las del Chamaco Aguilar, de Felipe Urban, José Casquera, Los matanceros, Danzonera México, Mexicana, Son Candela, la de Vidal García, acerina, entre otros que interpretan los viejos danzones tan famosos como “Nereidas”, “Cuando canta el cornetín”, “Mocambo Zacatlán”, “La Negra”””…

Este último ritmo es el más aclamado por sus asistentes, quienes de a cuerdo a de la Cruz, “la música es lo que los hace venir”. Jesús Manuel de 47 años de edad, dice que asiste sólo por el danzón, “porque es un baile que me fascina, te pones en contacto con tu pareja, es el más erótico de todos los bailes”.

Toma a su joven pareja de piel morena, cabello a media espalda, esbelta, con dedos largos, labios gruesos pintados de rojo, ojos grandes y oscuros, cejas delgadas y escasas arrugas. Con un vestido strapless corto que le llegaba más arriba de media pierna, de color salmón, entallado a las curvas que el ejercicio y el baile diarios, le ha dejado. Da el primer paso con sus zapatillas beige de plataforma y a la par de los zapatos de charol negros de él, se disuelven en el arcoíris de zapatos danzoneros.

El danzón y el salón de baile California Dancing Club en la vida de sus asistentes

Sus rostros comparten las marcas que el paso del tiempo les ha dejado, su sonrisa hace notar más aquellas arrugas que la contornean, sus ojos cansados se perciben tras esos párpados caídos y qué decir de aquellos hilos de plata que se asoman entre su sombrero y sus orejas. Ella muy seria deslumbra elegancia con esa pose; él observa las pecas de sus manos maltratadas por los años, pero su cabello no dice lo mismo, está teñido de color cocoa y ni una sola cana se le asoma.

La toma por la cintura y la mira a los ojos. Ambos sabían que resaltaban en medio de la pista, el porte tan elegante, la forma de sincronizarse en cada paso, el ritmo al compás del danzón; una pareja se entrecruzó, después otra, lograron un arcoíris de zapatos.

En medio de tal arcoíris se puede confirmar que abundan los jóvenes de los cincuenta y sesenta, no hay jóvenes de esta época, pero sí parejas que viven su nueva adolescencia como lo dice Alex Comfort, especialista de la tercera edad: aquellos cuarentones. Éstos son los jóvenes.

Los demás también asisten en parejas, cuando se cansan, salen de la pista de baile hacia las setenta y dos mesas y ciento cuarenta y cuatro sillas de aluminio que se encuentran alrededor. Otras parejas sólo se mantienen al filo de la pista o sentadas en las bancas de los castillos que sostienen aquel palacio; se nota que quieren bailar, sus cuerpos deambulan sin moverse. Por otra parte, se encuentran los que van en grupo, vienen de una escuela de baile y se comparten sus mejores pasos de danzón, mambo, cha-cha-chá, rock and roll y esas cumbias de tiempos pasados difíciles de olvidar como “Macumba”.

Ellos se sientan al fondo, debajo de la tarima del grupo de músicos que oscilan entre los sesenta y setenta años, comparten esa hilera de asientos en donde se encuentran los bailarines de antaño, los “califas” o bien, los nuevos profesores de baile de salón.

Sin embargo, los solitarios también asisten, más mujeres que hombres. Esperan que alguien se acerque y los invite a bailar. Impacientes y moviendo los pies al ritmo del compás. Si consiguen pareja, bailan con sus mejores encantos, tibios y con una cantidad indefinida de calidades para continuar con esa pareja hasta las diez de la noche.

Así como Antonio Cruz de 80 años de edad, quien muy perfumado, con traje de cuadros grises, camisa amarillo claro y una corbata café del mismo tono que sus zapatos de charol; sin prejuicio alguno se le acercó a una mujer de escasos 20 años (que estaba como observadora curiosa) y le preguntó: ¿quieres bailar? Al tiempo que le estiró la mano.

Ingresaron a la cancha, el juego del danzón comenzaba. Él pretendía un amorío nocturno de esa noche. Bailaba lentamente al ritmo que la “Danzonera Mexicana” le tocó. Tomó a su joven pareja y le dijo al oído “abrázame como en año nuevo” al tiempo que la atrajo hacia él.

Sin embargo, hay otros casos, en los que ellas se quedan de ver en una hora específica con esa pareja de baile que conocieron en otra velada. Si otra persona las invita a bailar, ellas simplemente sonríen, los miran, les dan las gracias y siguen en la espera; así lo expresó Teresa Segovia de 57 años de edad, quien asiste con unas amigas y sin pareja desde hace más de 2 años.


Sin embargo, hay algo en todos y cada uno de los que comparten ese antiguo salón, algo imprescindible, sus sonrisas y miradas de ilusión y entusiasmo. Daniel Martínez Lomelí, asistente del salón desde hace 15 años, expresa su sentir hacia la “la magia de un ritmo que casi no se escucha en la radio”, pero que para él ha sido la musa que le inspira cada semana. Volverá a su casa, sonreirá, limpiarás sus zapatos de charol y ahogará un leve suspiro de ansiedad por volver a ese salón. Una larga espera de seis días. Acomodará su caja de bolero para que al día siguiente reinicie su rutina.

Todos coinciden en este punto, se van con el deseo y seguridad de volver la próxima semana. El único motivo es el danzón nocturno a paso suave. Pero no todos sus pasos son lentos, también se aceleran y mueven a sus parejas “como si estuvieran haciendo el amor”, dice Ali Cuevas, asistente desde hace más de diez años y veinte de viudo.

Quien asegura pasar noches culminantes, ya que “la mujer debe de mover la cadera como si estuviera en el décimo orgasmo” y nunca olvidar tres cosas importantes para bailar danzón: “la primera es flexionar las rodillas, dar pasos chiquitos y como si estuvieras patinando y la tercera es mover la cadera suavecito” dijo en entrevista.

Así mismo, Jesús Flores y Escalante en su libro Imágenes del danzón. Iconografía del Danzón en México coincide con Cuevas y dice que las características principales de este baile son cinco: pasos cortos, deslizados, marcaje detenido, movimientos de cadera y relajar las rodillas. Sus técnicas para el danzón convergen.

Ahora bien, se le llama salón de baile porque el baile (danzón predominantemente) es de salón o como otros lo conoces, baile social; que se realiza en dos fases. La primera es aquella que requiere de técnicas establecidas que se adquieren por medio de estudios con una base firme; a esta fase se le puede denominar como “baile fino” y está compuesta por el tango, vals, paso doble, fox trot y danzón.

Para aquellos no tan hábiles ni estudiosos del baile en cuanto a técnicas, se encuentra la segunda fase conocida como “baile popular” para mover los pies al ritmo de la cumbia, el rock, mambo, salsa y cha-cha-chá.

Todas las parejas aplican las técnicas establecidas en donde después de deleitarse con esos pasos cortos y deslizados, de tomar la mano a la pareja y moverse al suave ritmo del danzón, pegaditos con un leve escarceo, para bajar la temperatura se hace una breve pausa.

“Nos detenemos para bajar la temperatura del cuerpo” explica Ali Cuevas. Una pausa más y prosigue: “este baile surgió en la costa y se detenían para que las mujeres con su abanico de colores se echaran aire”.

Bien saben los gustosos de este ritmo que surgió en la costa, precisamente en Matanzas, Cuba. En “El Califas” las parejas se transportan a aquella época, 1879 en Cuba y erguidos, con mucho porte “mostrando de qué están hechos” se detienen y posan a la mujer del lado derecho, quienes se detienen paralelas a ellos y sacan su amplio abanico, otras simulan traer uno y abaniquean con su mano, sonrientes, siempre gustosas.

Este ritmo fue creado en 1877 por el músico Miguel Faílde y Pérez, quien tras su descontento por los ritmos que se bailaban en Cuba, compuso la pieza “Las Alturas de Simpson”. Sin embargo los burgueses tomaron este nuevo género como algo vulgar. Dos años más tarde, después de trabajar arduamente para modificarla, en enero de 1879 la presentó y todos sus escuchas quedaron fascinados. En ese mismo año llegó a México, por Yucatán y fue bien aceptado por la sociedad porfiriana.

Y desde aquel entonces, se difundió en todo el país. El danzón se posicionó como un gusto general y se formaron recintos en donde se promovía la convivencia entre personas por medio de este ritmo y así pues, este salón que desde 1954 permanece abierto, hoy en día está lleno de diversos perfiles de personas.

Aquellos que por diversas circunstancias se encuentran sin pareja y van en busca de un noviazgo efímero para bailar sólo esa noche y si hay empatía, tal vez un noviazgo de cada ocho días. O los otros que a pesar de ser pareja de vida y sentimental, son amantes del baile y van a revivir la llama de su añejo amor para tomar un sabor distinto en esa relación de tantos años. O bien, para aquellos no tan veteranos que van en busca de un lugar diferente a lo acelerada que es su vida rutinaria como Jesús Manuel y su atractiva pareja de 30 años.

Una de las tantas historias que forma este salón, se encuentra la de Emilio Toríz y Guadalupe Martínez. Ambos llevan poco más de 6 años asistiendo al salón. El comenzó a ir cuando su esposa decidió divorciarse, a finales de 2003. Ella entró al salón 2 años después de la muerte de su esposo. Se conocieron con el danzón “Josefina” y enseguida sintieron empatía. Comenzaron como pareja de baile en el salón, después se pidieron sus teléfonos y actualmente llevan 6 años viviendo juntos y sin dejar de ir a su lugar predilecto.

Por eso, según Alberto Dallal, crítico de danza y periodista, en su obra El “Dancing” mexicano, este “es un espacio social en el que tiene lugar un amplio y dinámico fenómeno estético cuyas características de naturalidad, espontaneidad y vigorosa creatividad incluyen o involucran principalmente lo que algunos autores denominan sectores medios, grupos de fuerza y pujanza económica dudosas. […] En esos establecimientos de baile, la baja clase media se olvida de horarios, deudas, regaños, jefes y padres.”

Espacios diferentes a lo cotidiano que abren sus puertas a cualquiera que quiera pasar un rato diferente, de diversión, sabor, pasión, sonrisas; para los que se atreven a dejar de lado el correr del tiempo en sus relojes y reconocerse y gozarse en una situación diferente en un escenario antiguo pero lleno de vida. Así es el salón de baile “California Dancing Club”.







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