lunes, 2 de mayo de 2011

MUJERES, ¿QUIÉN LES DIJO QUE PUEDEN TRABAJAR?

Por Fanny Ruiz Palacios
México (Aunam). Sea lunes, martes, miércoles, jueves o viernes siempre hay mujeres caminando sobre Alfonso Esparza Oteo con rumbo al número 119 de la calle perteneciente a la colonia Guadalupe Inn. Se trata de un edificio blanco con dos niveles que está muy cerca de la estación del Metrobús Olivo, su puerta principal es de vidrio traslúcido por lo cual es posible ver desde la recepción a las mujeres que cruzan la puerta.

Al parecer, entre semana hay más personas de sexo femenino rondando por esta calle de la delegación Álvaro Obregón, la razón es simple: el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres) recibe sólo esos días a quienes acuden a este lugar con la intención de solicitar ayuda o asesoría de expertos en temas relacionados con diferencia de género.

En el tomo I del texto Las mexicanas y el trabajo elaborado por el Inmujeres, en 2003, el Instituto habla de su función social: “fomentar la igualdad de oportunidades económicas entre hombres y mujeres, a través de la promoción de medidas programáticas de carácter afirmativo desde la perspectiva de género”.


De esta manera, las mujeres tienen una instancia que busca eliminar los principales problemas a los cuales se enfrentan al integrarse al campo laboral como: doble jornada, discriminación salarial, segregación ocupacional y hostigamiento sexual. “Esto tiene su origen en la construcción social de género como son los estereotipos, valores, funciones y roles”.

El Inmujeres dice que las sociedades se estructuran bajo una cultura en torno a las diferencias de tipo sexual, es decir, según el género se determina el destino de las personas atribuyéndoles ciertas características y significados a las acciones que deben realizar.

Esta institución define a los roles de género como conductas estereotipadas por la cultura en donde se designa un tipo de actividad y de actuar con base en el sexo, por ejemplo, tradicionalmente se ha asignado a los hombres roles de políticos, mecánicos, jefes, es decir, un rol productivo, mientras que a las mujeres se les impuso el rol de amas de casa, maestras, enfermeras, un rol reproductivo.

Al considerar el trabajo productivo como una responsabilidad propia del hombre, “se le atribuye la función de controlar y manejar los recursos económicos y tecnológicos a los que está estrictamente ligado el ejercicio de poder tanto público como privado”. Por el contrario “el trabajo que la mujer efectúa en el hogar es de consumo inmediato y, por ello, invisible y no valorado económica ni socialmente”.

Mujer obediente

A partir de una encuesta hecha por la Endireh (Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares) en 2003, se observa que 43 por ciento de las mujeres que no sufren violencia consideran que una buena esposa debe obedecer a su pareja en todo lo que él ordene, a diferencia aquellas que sufren violencia (económica, psicológica o emocional, física o sexual) por parte de su pareja, pues sólo el 36 por ciento considera que eso debe hacer una buena esposa.

Por medio de este estudio se concluyó que “la obediencia al esposo genera menos violencia en la pareja”; además de constatar que “la asignación de los estereotipos continúa vigente en nuestra sociedad y, desafortunadamente marcando pautas de conducta en detrimento de las mujeres”.

El 80 por ciento de las mujeres que sufren agresión de algún tipo y el 74 por ciento de quienes no reciben un trato violento opinan que son libres de decidir que quieren trabajar. Por lo cual, se dice que la obediencia reduce la violencia contra ella.

En lo referente a la capacidad que tiene un hombre y una mujer, según esta misma encuesta, el 74 por ciento de las mujeres que viven sin violencia consideran que una mujer tiene la misma capacidad que un hombre para ganar dinero, mientras que el 23 por ciento dice que no. En el grupo de las mujeres con violencia el 76 por ciento cree en la presencia de esa capacidad.

Aunque las mujeres estén conscientes de que son ellas las que eligen si trabajan o no, la realidad es que se adaptan a la autoridad del marido. No basta con saber que se es capaz de ganar la misma cantidad de dinero, pues aunque se verdad, la realidad es que en una sociedad machista las mujeres tienen más limitantes.



Esto es machismo

Según Silvia López Estrada, en su libro Machismo Invisible, cuando un hombre afirma que “le permite” a su mujer trabajar o salir con sus amigas, no se percata, como tampoco ella en muchos casos, de que está formulación es machista. En este sentido “el machismo plantea una diferencia psicológica radical entre hombres y mujeres, a partir de la cual plantea roles exclusivos en todos los ámbitos”.

En este sentido, las mujeres que padecen violencia recurren en mayor medida a pedir permiso al esposo o la pareja para hacer determinadas actividades relacionadas con su independencia, en comparación con aquellas que no sufren violencia. Cuando se trata de pedir permiso para trabajar por un pago remunerado la proporción de las que no sufren violencia es de 35 por ciento, y la de mujeres agredidas de 41 por ciento.

Pedir permiso es la situación a la cual se enfrentó María del Pilar Balcázar, egresada del Conalep y madre de dos niños, ella cuenta que tenía un trabajo estable en una tienda Elektra hasta que se “juntó”. A pesar de que Pilar ganaba un sueldo considerable para vivir, su pareja le pidió dejara su empleo porque él se haría responsable. Sin embargo, el sueldo de Toño no alcanzaba Aún así, no le “daba permiso” de salir a la calle y ejercer un trabajo.

Es importante señalar que no es necesario ser hombre para ser machista: muchas mujeres también lo son. Las madres no son las únicas responsables, pues muchas mujeres, algunas veces sin darse cuenta, siguen promoviendo y alimentando el machismo.

Cuando una mujer no cumple con sus obligaciones el hombre no tiene derecho de pegarle, sin embargo, algunas mujeres que tienen o no una relación de violencia dicen que sí (el 8 por ciento y 9 por ciento respectivamente). Esta acción es muestra clara del machismo vigente en la sociedad mexicana.

La mujer en el ámbito laboral

Los estereotipos de género afectan en gran parte a las mujeres, quienes siguen tolerando que el esposo o la pareja manipulen sus actividades de recreación y otorgándoles el papel de “autoridad”.

Fabiana Orea Retif es psicóloga y trabaja en el Hospital de la Mujer en Puebla, donde ha convivido con mujeres que sean o no pacientes detectadas como víctimas de violencia anteponen la autoridad de su pareja en la toma de sus decisiones, es decir, aunque desean trabajar no lo hacen porque su pareja no está de acuerdo.

Existen “mujeres que son forzadas a trabajar y no reciban ninguna remuneración o tienen prohibido estudiar y trabajar porque esta supuesta autoridad representada por la pareja le dice a la esposa que no necesita trabajar pues para eso están ellos”, expresó.

En este sentido Jessica Rodríguez, egresada del Instituto Politécnico Nacional en la carrera de Medico y Cirujano Homeópata, narra que al casarse no trabajó porque su marido le decía que no lo hiciera porque no lo necesitaba. Por una cuestión de comodidad le pedía se quedara en la casa.

Sin embargo, Jessica considera que detrás de la actitud de su marido había un contenido machista en donde ella debía permanecer en casa para hacer las labores domésticas y esperar la llegada de su esposo.

Según el INEGI-STPS al aplicar la Encuesta Nacional de Empleo, 1991 y 2001 el número de mujeres ocupadas que trabajan sin pago es de 13.8 por ciento. El perfil de las mujeres en el mercado laboral en valores promedio consiste en una mujer de 34.5 años, con 8.2 años de escolaridad, 2.5 hijos, con un ingreso mensual de 2.2 salarios mínimos obtenido en un trabajo de 37.4 horas a la semana.

En el tomo II del texto Las mexicanas y el trabajo se aborda lo qué es la discriminación entendida como un “conjunto de actividades y prácticas directas e indirectas que ubican en una condición de desventaja a las mujeres y a otros grupos de la población por su género, origen étnico, edad, condición física, situación económica, frente a las oportunidades, derechos y beneficios de desarrollo humano den todos los ámbitos”.

En el ámbito laboral, la discriminación hacia las mujeres se manifiesta cuando, teniendo la misma capacidad, nivel de estudios, formación y experiencia que los varones, reciben un trato inferior en la concentración, el acceso a una ocupación, los ascensos, el salario o en las condiciones laborales.

El poder de un agresor

Fabiana Orea, quien obtuvo el diplomado “Relaciones de género, construyendo la equidad entre mujeres y hombres”, considera que entre menos medios económicos y relaciones sociales tenga la mujer más poder adquiere el agresor, es por esto que “los maridos empiezan a prohibir el contacto con la familia y amistades”

El hecho de pedir permiso para trabajar representa un rol de obediencia un tanto inusitado hoy día, pero sin duda, es también una manifestación innegable de que mujeres y hombres siguen alimentando los roles de género, pues de no ser así las mujeres estarían “pasando por alto” la autoridad del jefe del hogar y, probablemente, evidenciando la incapacidad de éste para proveer con sus ingresos el sustento de la familia.

Aún hay casos en los cuales si una mujer desea trabajar tiene que pedir permiso o avisar; con base en datos de la encuesta tomada del documento “El impacto de los estereotipos y los roles de géneros en México” del Inmujeres, se puede apreciar que de las mujeres que no perciben violencia el 35 por ciento pide permiso y el 48 avisa, en el caso de las que sufren violencia el 41 por ciento solicita la aprobación del marido y el 43 por ciento sólo le informa.

Un reprocesamiento hecho por el Inmujeres con base en la Edireh 2003, dice que el 56 por ciento de las mujeres que han sido agredidas o no por su pareja dicen que la persona que decide si debe o puede trabajar es el esposo.

En 2006 el Inmujeres realizó un nuevo reprocesamiento con base en la Edireh y obtuvo los siguientes datos: el 20 por ciento de las mujeres para trabajar por un pago o remuneración debe pedir permiso, el 46 por ciento le avisan o piden su opinión y el 17 por ciento no hace nada.

En lo referente a que una buena esposa debe obedecer a su esposo en todo lo que él ordene, el 43 por ciento de las mujeres que participaron en el estudio del 2006 dijo que sí, mientras que el 57 opinó lo contrario.

En este año, el 79 por ciento de mujeres pensaba que son capaces tanto como un hombre de ganar dinero mientras que el 21 por ciento pensaba de manera opuesta. En este mismo sentido, las personas del sexo femenino que permitían que su pareja decidiera si podían o no trabajar era el 14 por ciento, mientras que las mujeres que tomaban sus propias decisiones formaban parte del 35 por ciento.

Primero está la familia

Para Laura Angélica de Lara Herrera, psicóloga con especialidad en el área clínica por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, expresó que también “hay casos en los que una mujer trabaja y su pareja le quita el dinero”.

Considera que una mujer permite estos abusos porque se trata de un “proceso sistemático que no surge de la noche a la mañana y no es tan evidente porque empieza de manera muy sutil y va creciendo poco a poco”.

Además, a esta situación se suma “el rol aprendido como mujer, el cual consiste en ser sumisas y poner a la familia por encima de todo”; es por esto que no se puede pensar antes en la superación personal pues “como existe la presencia del ‘techo de cristal’ que es lo que, algunos autores explican, nos impide superarnos profesionalmente, es decir, se llega a un punto donde ya no se puede aspirar a más”.

Por ejemplo, explicó la psicóloga, una mujer puede llegar a ser presidenta municipal, pero no puede aspirar a ser gobernadora o presidenta de la República, siempre hay una limitación.

También “hay una regresión al ámbito doméstico, por ejemplo, si a una mujer le ofrecen un trabajo en el extranjero, no lo puede decidir ella porque tiene que consultarlo con el marido y si él está en desacuerdo no puede decir sí puesto que primero está la familia”.

Violencia como problema social

Fabiana Orea, quien consiguió los diplomados “Introducción a la Psicología Analítica” y “Hacia una cultura de la equidad”, señaló que no existe una explicación psicológica para un fenómeno social, “el problema de la violencia es un problema relacionado con la desigualdad de género y los roles socialmente construidos para las mujeres y los hombres”.

Lo que sí se aborda desde la psicología son las secuelas que deja la violencia en la vida de las mujeres como la depresión, y una persona deprimida no puede salir de una relación donde hay agresiones del tipo que sea, agregó Orea Retif.

En este sentido, la mujer sabe y no sabe qué es víctima de ataques físicos o psicológicos “no lo saben conscientemente, pero en el Síndrome de Estocolmo la mujer tiene un momento de lucidez en el cual puede decir que su situación no está bien y que algo no le gusta ni la hace feliz, pero la mayoría del tiempo tienen una especie de lealtad hacia su agresor”.

Esta lealtad se genera en función de que “la mayoría de las veces hay una influencia en la cultura que le dice a la mujer que se quedará sola, que nadie la va a querer y sin un hombre no podrá salir adelante; hay un miedo real y un miedo simbólico”.

La violencia no hace distinción ni de clase social ni de procedencia, tampoco respeta el grado de estudios ni la posición económica, al contrario “los hombres con mayor poder económico y político ejercen más control sobre las mujeres”. Si se sacan estadísticas, continúa Fabiana Orea, podríamos descubrir “regiones donde hay más agresiones, por ejemplo, en sitios con una cultura rígida los roles son más tradicionales”.

Hoy en día, muchas mujeres padecen esta situación sin percatarse del daño que les hacen y el que ellas se hacen a sí mismas al permitirlo. Pero esto no sólo daña a las víctimas directas sino a quienes las rodean, pues a nadie le agrada ver que maltratan a una madre, una hermana, una hija o una amiga; por todo lo anterior han surgido instancias, como el Inmujeres, que tratan de acabar con esto teniendo claro que erradicar el maltrato físico y emocional es una tarea de todos.

SEGÚN EL INMUJERES


El concepto sexo se refiere a las diferencias y características biológicas, anatómicas, fisiológicas y cromosómicas de los seres humanos que los definen como hombres o mujeres, son características con las que se nace y son inmodificables. En cambio, el género es el conjunto de ideas, creencias y atribuciones sociales que se construye en cada cultura y momento histórico con base en la diferencia sexual.



Los conceptos feminidad y masculinidad determinan el comportamiento, las funciones, las oportunidades, la valoración y las relaciones entre mujeres y hombres. El género responde a construcciones socioculturales susceptibles de modificarse dado que han sido aprendidas. El sexo es biológico y el género se elabora socialmente, de manera que ser biológicamente diferente no implica ser socialmente desigual.




A continuación, unos datos del Inmujeres:


















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