sábado, 18 de diciembre de 2010

LA VIDA EN UN CANASTO

Por Mariela Yareli García Piña
México (Aunam). Quién no ha saboreado esas miniaturas, envueltas en plástico y papel, pa’ conservar el calor, que en dos que tres mordidas se terminan; quién no se ha enchilado con la salsa verde que pica como si la persona que la preparó trajera pleito casado con el cliente; a cuántos les gusta el sabor pero detestan el olor que dejan en las manos; la lista podría seguir y seguir, y causar antojo.

El changarrito está puesto como todos los días. Cada que alguien se acerca ella les dice el menú que preparó en la mañana y que sirve de sustento para su familia, el más vendido y la especialidad de la casa, sin duda es el de chicharrón.

La canasta, palabra curiosa, se utilizaba antes para ir por el mandado, sin embargo, hay personas que la utilizan diariamente pero no llevan ingredientes para la comida, sino es el desayuno, la comida o la cena de aquellos con ganas de algo, rico, rápido y barato, es decir, unos buenos tacos.

Ana María Tecpa Osorno, originaria de Nativitas, Tlaxcala, tiene 38 años y sigue con una tradición muy mexicana, muy familiar. Ella recuerda que sus padres siempre prepararon tacos de canasta, venían a la capital para venderlos diario y les iba muy bien por lo que decidieron venirse al Distrito Federal a vivir.

Al acercarse atiende de inmediato, como siempre lo hace. Ana se comienza a reír de la petición de entrevista; apoyada en su canasta comenzamos a platicar.

La razón de que venda en la explanada de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS), se debe a que su esposo ya vendía en este lugar desde hace más de siete años, al separarse ella decidió seguir con el negocio más que nada por sus tres hijos; Alejandro, Julio y Pilar.

Acostumbrada a dormirse ya entrada la madrugada, pues platica con sus hijos a quienes no ve en todo el día, Ana atiende a los jóvenes, trabajadores y uno que otro maestro, en un puesto que mide poco más de la mitad de un escritorio, una sombrilla de playa azul la cubre del Sol.

Sus instrumentos de trabajo; una canasta llena de tacos, al lado derecho un bote de salsa y otro de cebolla picada, limones, servilletas estratégicamente colocadas frente al canasto, sin olvidar el gel antibacterial, por aquello del olor en las manos.

Estamos en la charla, los clientes no paran de llegar, no obstante Ana no se pierde entre la entrevista, los pedidos, cobrar, el cambio y quitarle el plástico que cubre los platos de colores en los que sirve, la que para estos momentos se ha convertido en cena.

“Cada quien decide y elige la vida que quiere”, dice con la mano pero con una sonrisa por delante. Se casó a los 16 años y su esposo tenía 24, aunque vivía en provincia sus padres no la obligaron, sin embargo, ése fue el motivo por el cual dejó de estudiar y sólo terminó la secundaria.

“Luego me vinieron los reproches, yo siempre le dije a una de mis hermanas que quería estudiar comunicación y ser locutora”, su voz se torna melancólica mientras acepta que le hubiera encantado estudiar en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). La imagen que tenía Ana de la UNAM antes de vender en la Facultad ha cambiado.

Relata que pensaba en los estudiantes como las personas “que nos podían superar a todos…con mejor preparación y estudio”; sin embargo, después de seis años de prestar el servicio a los estudiantes de Políticas y Sociales, se ha dado cuenta que “hay de todo, los que sí estudian y los que sólo vienen a pasar el rato…todos deberían de hacer examen para entrar, así algunos dejarían su lugar a los que sí van a aprovecharlo”.

Ana María, la mujer de tez es morena que sonríe constantemente, mide poco más de 1.65 metros, se declara fan de Timbiriche, Pandora y Flans, grupos que escuchaba en su juventud; ahora no tiene predilectos, oye música ranchera y la estación La Zeta, pero eso sí, no le gusta para nada el regaeton.

En su tiempo libre, que es el fin de semana, sale con su hija de 15 años a la Central de Abastos para comprar todo lo del negocio; aunque dice que ya no es como antes, ahora todo está caro, hoy puede ser la papa, mañana la cebolla o el aceite, ante todo busca la calidad “porque los clientes saben diferenciar y no quiero que les haga daño, sino ya no vuelven”.

A propósito de los precios, le preguntó por quién votó en el 2006 para Presidente, entre broma y vergüenza responde que no votó porque perdió su credencial y no la repuso a tiempo, pero que Felipe Calderón fue lo peor que le pasó a México, pues el país se fue para abajo.

“La señora de los tacos”, como le dicen muchos alumnos, le tiene confianza a los muchachos. Cuando lo necesitan, les presta uno que otro centavo o los platos, aunque muchos ya no los regresan, en especial los de primer semestre, quienes piensan que son desechables.

Le dejan encargados libros o mochilas; y por las noches si el día no pintó bien en la venta “mejor les regalo los tacos que quedan; de que se los coman a que se tiren”.

Está en el negocio aparentemente lo que dura el semestre, pero en las vacaciones se va a trabajar con sus hermanos, quienes al igual que ella y sus papás, que fallecieron cuando Ana tenía 21 años, venden el mismo producto.

Hay una buena convivencia entre ellos, es la menor de siete hermanos, dos de ellos también murieron, el mayor en un accidente automovilístico, al decir esto se aclara la garganta. Es evidente que el tema es delicado. A raíz de esto, su familia se unió más, se volvieron incondicionales “no hace falta que sea una fecha especial para reunirnos”.

El apellido que más le gusta es Tecpa, ya que es el único que iba a dar y lo ha repetido unas tres veces a pesar de que ya está más que apuntado. Lo que es un hecho es que Ana María Tecpa es famosa, pues ya hasta ha perdido la cuenta de todas las veces que la han entrevistado para un trabajo escolar, incluso los maestros que la frecuentan le agradecen su amabilidad con los alumnos.

Es la hora del cambio de clase en el turno de la tarde, se ha puesto oscuro desde hace más de media hora y no dejan de llegar los clientes; a propósito de éstos, explica que tanto ella los necesita para vender como ellos para comer, “se gana uno el respeto y la confianza”.

De las últimas cosas que dice antes de terminar con la entrevista, debido a que los estudiantes ya atiborraron el puesto y no se trata de hacerla perder ganancias, es que “los clientes siempre dan gracias de que estamos aquí”.





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