Friendly Mexicans want to talk
Por Yamir Luciano Merino Martínez
A pocos pasos de la estación Balderas, justo frente a la majestuosa Biblioteca de México José Vasconcelos, se alza el Mercado de la Ciudadela. Este vibrante lugar, con sus pasillos laberínticos y muros de un amarillo radiante, invita a los visitantes a perderse en un mundo de color y creatividad. Aquí, las artesanías brillan con la esencia de la supuesta cultura mexicana, mientras que los juguetes típicos y las piedras preciosas brillan para el deleite del extranjero y el foráneo.
Así lo comenta el señor Carlos, quien trabaja en un humilde puesto del pasillo 4, vendiendo figuras de arcilla basadas en las obras Mexicas. Un panteón de deidades olvidadas que se vuelve colección de algún viajero curioso o un souvenir para algún familiar. El señor Carlos es un artesano con una tradición heredada de su abuelo, quien también fue su maestro. Ha trabajado en esa tienda toda su vida y se ha acostumbrado a los extranjeros y a sus groserías, pues muchos se niegan a respetar el valor de su trabajo.
“Antes eran los gringos, pero de un tiempo acá ya no regatean tanto. Los que sí son los indios, ellos siempre regatean”.
El Mercado de la Ciudadela fue fundado en 1965, abriendo sus puertas específicamente para complacer a todos los turistas que se esperaban para las olimpiadas del 68. Un lugar marcado con nuestra esencia, pero no para nosotros; los precios se basan en los dólares y el inglés es el idioma predominante en sus pasillos.
Frente a la tienda del señor Carlos, nos encontramos con un puesto de artesanías: pulseras, collares y aretes hechos de pequeñas cuencas coloridas, todos hechos a mano por la señora Jamailda Silvia, una señora proveniente de la sierra de Jalisco. Mientras observamos su trabajo, ella nos cuenta que ese arte es lo único que sabe hacer, pues no estudió ni tampoco aprendió ninguna otra profesión. Así que pasa sus días tejiendo aquellos preciosos accesorios junto a su hija, quien ahora hace la mayor parte del trabajo, ya que tantos años de manejar piezas tan pequeñas han terminado por agraviar su vista. Compré una gargantilla antes de seguir con nuestro camino.
Con el propósito de profundizar en la experiencia de los extranjeros, decidí entablar una conversación con alguno de ellos. No obstante, mis intentos resultaron infructuosos, ya que solo obtuve risas y comentarios que parecían tener la intención de distanciarme. Cansado, mis acompañantes y yo nos sentamos en una zona de descanso, sosteniendo un cártel que rezaba: Friendly Mexicans want to talk. Esperando que tal vez algún foráneo con sentido de la aventura se quisiera acercar. Por supuesto, ninguno lo hizo.
Cansados, volvimos a explorar los pasillos del mercado, hasta que nos encontramos con una amable pareja de estadounidenses: Nathaly y Ashley, ambas buenas amigas que habían viajado desde Chicago para conocer México por primera vez y que solo sabían hablar inglés. Charlamos y ellas explicaron que entendían el contraste entre las personas que venden y las que compran.
Ashley comentó que era consciente de su propio privilegio como extranjera al visitar estos espacios, pero también quería creer que ayudaba a la economía de todos los artesanos que trabajaban arduamente en su arte. Ambas estaban muy interesadas en las culturas originarias y mencionaron que pocas veces han visto representada nuestra cultura poshispánica. Finalmente, me desearon suerte en mi trabajo, y yo a ellas en su viaje.
Así partimos caminos...

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