En Ecatepec nos cuidamos todas
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| Foto: Internet |
Por Yamir Luciano Merino Martínez
Estado de México. «Un día 17 de febrero del 2021, hace cinco años, empezó la pesadilla para toda mi familia… Fui agredida por quien decía amarme, estaba embarazada de casi cinco meses y tenía una niña que en ese entonces tenía tres años y ocho meses… Ella vio todo».
Era un día claro y soleado cuando el reloj marcó las once de la mañana. Cerca del Puente de Fierro, una pequeña multitud comenzó a formarse, un mar de mujeres unidas por un propósito común, todas listas para marchar. Entre ellas, Mercedes Rangel se destaca, su corazón palpitante de determinación. Con manos temblorosas pero firmes, comienza a repartir folletos, cada uno de ellos un testimonio de amor y dolor. En sus páginas, la historia de su hija, una vida truncada por la violencia de su esposo, resonaba con fuerza. Era un relato que no debía caer en el olvido, un grito que buscaba recordar la razón de su lucha. Mercedes, con la mirada fija en el horizonte, anhelaba que su voz, la voz de su hija, aún pudiera ser escuchada en medio del clamor de la multitud. En el panfleto se alcanza a ver un dibujo que ilustra a una mujer embarazada sosteniendo un pequeño ramo de violetas; ella es Montserrat Mejía Rangel. Que su nombre no se olvide.
Así comienza la marcha por el 8 de marzo en Ecatepec, un evento que ha perdurado durante seis años, atravesando paisajes áridos y grises, olvidados por el Estado. La escena se torna desoladora; la arquitectura, fría y distante, parece desafiar la vida misma. Los semáforos, con su luz parpadeante, ofrecen apenas unos segundos para cruzar las vastas avenidas, que solo dejan espacio para aceras angostas, desprovistas de negocios, tiendas o puestos de comida. Ecatepec no está concebido para que te detengas; es un lugar de paso hacia la ciudad, un espacio donde se trabaja y se pasan horas en la vorágine urbana. Se siente como un inmenso dormitorio para la clase obrera, donde la búsqueda de parques, bancos, bibliotecas o incluso un simple lugar para descansar se convierte en una tarea ardua.
En su lugar, solo hay ríos de asfalto, donde el rugido de los motores nunca cesa, pulsando como venas que bombean vitalidad al corazón palpitante de la ciudad. Tan solo ríos de asfalto donde los motores jamás dejan de rugir.
Son estas mismas avenidas las que la marcha reclama, cortando la circulación entre consignas y pancartas, por primera vez dejando que sus voces se escuchen por sobre las sirenas y el tráfico. Eran las doce de la tarde cuando la marcha comienza a avanzar; el sol arde en lo alto sin piedad, los autos protestan detrás de ellas, pero no se detienen. Continúan su camino en dirección al Centro de Justicia para la Mujer para exigir la destitución de la coordinadora Mariel Parada, ya que desde que comenzó su mando, las carpetas e investigaciones se han visto ralentizadas.
Según una de las líderes del movimiento, en Ecatepec al día de hoy existen 209 violaciones denunciadas, 347 abusos sexuales, 216 por acoso sexual, 55 feminicidios registrados en el 2025 y 4 en lo que va del año. El último, el pasado jueves 5 de marzo. El recorrido se extiende a lo largo de casi cinco kilómetros, marcando tres paradas significativas: la fiscalía, el centro de atención para las mujeres y, finalmente, el majestuoso Palacio Municipal de Ecatepec. Aunque el camino es largo y agotador, los ecos de los cantos y las consignas resuenan con fuerza, llenando el aire de determinación.
Los transeúntes, intrigados, se detienen a observar; algunos, con sus teléfonos en mano, capturan el momento. Tres mujeres que laboran en una gasolinera, atraídas por la marea de voces, dejan atrás sus tareas para acercarse y ser parte de esta manifestación. Al igual que ellas, muchas otras mujeres se suman al clamor, apoyando desde sus negocios, trabajos o simplemente al pasar. El colectivo se enriquece con la diversidad de sus integrantes; algunas son jóvenes, llenas de energía, mientras que otras, de mayor edad, aportan su sabiduría y experiencia. Algunas caminan solas, empoderadas en su lucha, mientras que otras están acompañadas de sus madres, abuelas o incluso de sus pequeños hijos, creando un lazo intergeneracional que fortalece el movimiento.
Una niña de apenas seis años, con el rostro iluminado por la curiosidad y la determinación, sostiene con ambas manos un cartel que proclama: «Hoy alzo la voz para que mañana no falte ninguna en el salón». Su madre, observando con orgullo y ternura, comparte que esta es la primera marcha de su pequeña. Ha decidido llevarla consigo, convencida de que es esencial que su hija comprenda la magnitud del movimiento, que conozca sus derechos y, sobre todo, que sepa que nunca estará sola en esta lucha.
«Yo creo que todas tenemos una historia, y hay veces que una no la dice. Pero cuando ves a chicas que pasaron por lo mismo que tú, ya no te sientes como la culpable».
A lo largo del trayecto, el sol brilla intensamente, y el aire se llena de un fresco aroma a agua embotellada que se ofrece generosamente a los marchantes. Una señora, con una sonrisa cálida y un espíritu emprendedor, corre para alcanzar la multitud, llevando consigo paletas de hielo de su propio negocio, un pequeño refugio de dulzura en medio de la lucha. Entre la marea de voces y consignas, un perro travieso, adornado con un pañuelo morado que ondeaba al viento, se escabullía entre las piernas de los manifestantes, como si entendiera la importancia de aquel momento. Mercedes Rangel, con su inquebrantable determinación, continuaba su labor, repartiendo folletos a cada mujer que se cruzaba en su camino, sembrando semillas de conciencia y empoderamiento en cada encuentro.
A la 1:54, el contingente arriba a la Fiscalía, un lugar que resonaba con la urgencia de sus demandas. Frente a la multitud, Mercedes Rangel eleva su voz por encima del murmullo, llena de emoción y determinación. Con lágrimas en los ojos, clama por justicia no solo para su hija, sino también para su nieta, cuyas vidas habían sido marcadas por la tragedia. Bajo la poderosa consigna de «¡Justicia para todas!», su grito se convirtió en un eco de esperanza y resistencia, un llamado a la acción que unió a todos los presentes en una lucha compartida por la verdad y la equidad.
Tras esto, el contingente se puso en marcha hacia el Centro de Justicia para la Mujer. Este lugar, distante de la fiscalía, parecía estar oculto en un laberinto de calles intrincadas y corredores angostos, como si la ciudad misma intentara mantenerlo en secreto, sin siquiera tener acceso al transporte público. Pero la determinación de las mujeres no flaqueaba. Al llegar, se encontraron frente a un edificio que emanaba una mezcla de solemnidad y esperanza. Una escultura de tres mujeres, forjadas en hierro rosa, se erguía sobre una cama de pasto seco, sus cuerpos llenos de piedras que simbolizaban las luchas y las historias de tantas. Sin embargo, el acceso estaba bloqueado por una barricada de metal, un recordatorio tangible de los obstáculos que aún debían superar en su búsqueda de justicia.
«Hoy, las mujeres de Ecatepec salimos a las calles, no para celebrar, sino para reivindicar nuestra vida, nuestro trabajo y nuestro derecho a una justicia que deje de ser un privilegio lejano en el municipio con una de las cifras más alarmantes de violencia».
Después de pronunciar sus palabras con firmeza, las mujeres del bloque negro se lanzaron a la tarea de transformar la barricada y el suelo en un lienzo vibrante de consignas de justicia y resistencia. Cada trazo de pintura era un grito de lucha, una declaración de que ese edificio, que se suponía debía ser un refugio para ellas, llevaría su marca indeleble. Con una determinación feroz, finalmente rompieron los ventanales, lanzando las piedras que habían estado ocultas en el interior de la escultura, como si liberaran no solo el material, sino también las historias y las voces que habían sido silenciadas.
«En Ecatepec nos cuidamos todas». Se leía en uno de los carteles que adornaban los ventanales; se susurraba un mensaje, ahora quebrado en un acto de justicia y rebelión.

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