Todas tienen una historia que contar



Por Danna Paola Chávez González 
El domingo 8 de marzo, el aire y el ambiente se respiran diferente, por una parte, hay paz y tranquilidad de que por lo menos hoy caminaras segura y sin miedo por reforma y por otra hay enojo, rabia e inconformidad por las que no pudieron volver a casa, por las que fueron violentadas, abusadas, matadas y olvidadas por el Estado, pero no por sus familiares ni por quienes luchan y son la voz de las que ya no están. 

La ciudad se pinta de morado, recordándonos que lamentablemente la lucha sigue, porque la violencia hacia las mujeres aún no desaparece. En el metro cientos de mujeres y niñas visten o usan pañoletas moradas o verdes y carteles con consignas como “Quiero que mi mamá alce mi título universitario, no mi boletín de búsqueda” o “No la hallaron muerta, fue asesinada”, entre muchos otros. 

Ya en reforma los contingentes comienzan el recorrido con destino al Zócalo, el ambiente es alegre, pero al mismo tiempo emotivo, mientras un contingente baila Yo quiero bailar de Ivy Queen, otros gritan consignas como “Escucha idiota las niñas no se tocan” o “Vivas se las llevaron vivas las queremos”. Todo esto desde un corazón y un alma cansada de pedir que las escuchen, las protejan y no las maten, pero también con la esperanza de que en un futuro las mujeres van a poder salir a la calle sin miedo. 

Mientras los medios amarillistas buscan la mejor nota para desacreditar el movimiento, mujeres de la tercera edad en silla de ruedas marchan en compañía de sus nietas e hijas para que las jóvenes tengan lo que ellas no tuvieron. También hay niñas que desde los hombros de sus padres lanzan confeti, otras que marchan en compañía de sus madres y otras que lamentablemente están ahí porque a su corta edad ya fueron víctimas de violencia. 



Rosario marcha porque hace tres años una mujer le quito la vida a Paulina, su hija y hasta la fecha las autoridades no han hecho lo que les corresponde y el caso sigue impune. Rosario marcha con una cartulina morada que dice “Grito por ti mi Pau, grito por todas las que ya no tienen voz”, también usa una playera de este mismo color con una foto de su hija. Su voz al contar su historia y gritar las consignas refleja cansancio y enojo por la impunidad que vive. 

Además de la mamá de Paulina, también había familiares de Cristina Carbajal, asesinada en Tijuana en el 2020; familiares de Ariadna Fernanda, víctima de feminicidio en el 2022 y que en un principio no fue reconocido como tal, ya que las autoridades sostenían que había muerto por una intoxicación alcohólica; también asisten las madres buscadoras que desde años atrás han tenido que salir a las calles y a la sierra a buscar los restos de sus desaparecidos, aunque eso les cueste la vida. 

En la esquina de bellas artes, justo enfrente de Telmex, se encontraba Colectivas unidas, un grupo de mujeres que tocaban el tambor mientras al unisonó gritaban consignas con las demás manifestantes. La historia de este colectivo empezó hace 5 años cuando decidieron plantarse frente a Gandhi como forma de protesta hacía la violencia, pero ahora ocupan esta espacia para vender diversas cosas y solventar los gastos para buscar Belén y Aylin, quienes eran parte de la colectiva. 

En esta misma esquina estaba “María” junto a Lizeth y Solanch, sus dos hijas. Ellas marcharon para darle más visibilidad al movimiento y crear conciencia acerca del machismo que hoy en día se sigue viviendo. “Yo marcho porque ellas (sus hijas) me han dado el valor de hacerlo”, dijo María. 

Desde la esquina del barrio chino hasta el zócalo estaba desplegado un gran número de mujeres policías que parecían proteger los edificios que a su vez estaban protegidos con vallas metálicas. “Violeta” y otra policía están de acuerdo con la marcha porque “visibilizan algo que todavía sigue pasando” y afirman que si no estuvieran trabajando estarían marchando con las demás. 



Lo angosta que es la calle 5 de mayo permite sentir más la hermandad de todas las que están ahí y grito de las consignas te eriza la piel porque no es la voz de una ni de diez, sino de miles de mujeres hartas y cansadas de no poder salir a la calle seguras, madres que viven con el miedo constante de que les maten a sus hijas, niñas que acompañan a sus mamás y que por el simple hecho de ir ya están luchando por un futuro mejor y más seguro para ellas. 

El zócalo estaba cubierto por vallas metálicas negras, mismas que estaban pintadas con aerosoles de colores o tapizadas de denuncias, boletines de búsqueda y los mismos carteles que las chicas usaron a lo largo de la marcha. Estas vallas demuestran la eficiencia del gobierno para actuar en cosas que a ellos les afectan y también refleja lo fácil que es olvidar o esconder lo que les incomoda: las desapariciones, las violaciones, los feminicidios y toda la violencia de género que millones de mujeres viven diariamente. 

Pero mientras todo esto sucede, en el zócalo grupos de chicas se reúnen para escuchar la historia de otras, para abrazarlas, creerles, demostrarles que no están solas, hacerles ver que no fue su culpa y sobre todo aplaudir su valentía por atreverse a hablar.


 

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