Madres que marchan con la historia en brazos


Por Naomi Jocelyn López López, Naomi Mercado Tarango, Domily Valentina Molina Moreno, Karla Mancillas Pérez y Rodrigo González Calderón 
Ciudad de México, 8 de marzo. Apenas son las once de la mañana y el sol comienza a colarse entre los edificios del centro de la ciudad. En las calles que rodean al Paseo de la Reforma ya se ven los primeros tonos morados. Carteles, pañuelos, glitter, flores de papel. Pero también hay algo que llama la atención entre la multitud que empieza a reunirse: carriolas, mochilas infantiles, loncheras y pequeños zapatos caminando al lado de pancartas.

Entre las miles de mujeres que acuden a la marcha del 8 de marzo en la Ciudad de México, hay quienes no marchan solas. Marchan con sus hijos e hijas.

Algunas los llevan en brazos. Otras las suben a los hombros. Hay niñas con trenzas moradas que sostienen cartulinas casi del tamaño de su cuerpo. También hay bebés dormidos en carriolas mientras sus madres avanzan lentamente entre la marea violeta.

La escena podría parecer contradictoria para quien observa desde lejos: una protesta multitudinaria, intensa, con consignas que retumban entre edificios históricos… y, al mismo tiempo, madres cargando mochilas con jugos, galletas y toallitas húmedas.

Pero para muchas de ellas, la razón de estar ahí es justamente esa: sus hijos.

Aprender desde pequeñas



En la plancha del Zócalo, vemos a una mujer, llegando con sus 2 pequeñas “Llevamos 5 años viniendo a la marcha, y pues es que… quiero que se den cuenta de que son libres”, nos comenta
Llega otra pequeña, observa todo con curiosidad. Mira los carteles, los globos, las pañoletas moradas que algunas mujeres usan 
 

“Es el hecho de que te concientices como mujer, que tienes derechos”, dice  “Cuéntaselo a quien mas confianza le tengas”

A unos metros, otra mujer empuja una carriola cubierta con una manta morada. En los brazos lleva a un bebé de apenas unos meses. El ruido de los tambores y las consignas parece no despertarlo.

No hay edad mínima para aprender que las cosas pueden ser distintas. Eso lo saben estas madres mejor que nadie: ellas mismas aprendieron demasiado tarde, o de la peor manera, que el mundo no las protegía de ninguna forma; que la protección había que exigirla, organizarla, construirla entre todas. 

Conforme pasan las horas, la calle se llena por completo. Los contingentes avanzan lentamente, como una corriente humana que se mueve al ritmo de consignas.



“¡Ni una más!”
“¡Se va a caer, se va a caer!”
“¡Vivas nos queremos!”
Entre cada coro colectivo también se escuchan voces infantiles que intentan repetir lo que oyen.
Una niña de unos ocho años camina junto a su madre, cargando una pancarta donde se lee: “No somos princesas, somos dragonas”. Mientras ve a la multitud con ojos grandes y de sorpresa.
 
“Hay muchas personas”, dice sorprendida.

Y tiene razón. Desde cualquier punto donde se mire, la avenida parece un río morado interminable.
En algunos tramos del recorrido aparecen pequeños “descansos improvisados”: mujeres sentadas en el piso dando agua a sus hijos, compartiendo frutas o acomodando mochilas.
Una madre abre una bolsa llena de galletas y reparte a la niña que la acompaña.

La marcha es larga —dice riendo—. Hay que venir preparados.
 


El 8M suele representarse en imágenes de consignas fuertes, monumentos intervenidos y enormes contingentes feministas. Pero dentro de esa misma movilización hay otra escena menos visible: la del cuidado.

Madres que vigilan que sus hijos no se separen del grupo. Mujeres que cargan mochilas pesadas mientras sostienen pequeñas manos. Amigas que se turnan para empujar una carriola cuando el cansancio empieza a notarse.

En medio de la protesta, la maternidad sigue ocurriendo.

Una mujer se detiene para acomodar el protector solar en el rostro de su hija. Otra se agacha para atar agujetas. Más adelante, las mamás se detienen para lactar.

El feminismo, en ese momento, no solo se grita en consignas. También se practica en esos gestos cotidianos.

Hay veladoras. Hay fotos. Hay nombres escritos con marcador en papel que el sol amenaza con desteñir pero que nadie va a dejar caer. Cada foto es una fecha de nacimiento y, al lado, una fecha que nadie debería tener que escribir: la del día en que alguien desapareció y el Estado decidió que eso no era urgente.

“Mi obligación como mamá es formar un hombre responsable” dice nuestra entrevistada, madre de un niño que camina a su lado 
“Marcho por mi mami  y mis amigas” Comenta el pequeño. 
Frente a Bellas Artes el ambiente se vuelve aún más intenso. Los contingentes siguen llegando, y el espacio se llena de carteles levantados al aire.

Desde los hombros de su padre, una niña observa el mar de gente que se extiende frente a ella.
Quizá dentro de algunos años recordará esta escena: el ruido de los tambores, las voces colectivas, la ciudad pintada de morado.
 
Muchas madres siguen ahí, firmes entre la multitud.

Para ellas, la marcha no solo es una protesta. También es una forma de herencia.

No una herencia material, sino algo más difícil de nombrar: la conciencia de que los derechos no aparecen solos.

Llegas a levantar un acta y te dicen que esperes 72 horas, como si una persona desaparecida tuviera tiempo de esperar. Te dicen que seguro se fue con el novio, como si eso fuera una respuesta. Te hacen repetir la historia diez veces ante diez personas distintas, y en cada repetición pierdes un poco más la fe de que alguien vaya a hacer algo. Lo que documentan libros como La fosa de agua.
 
Al caer la tarde, la ciudad comienza a recuperar su ritmo habitual. Algunas calles siguen pintadas de morado, con consignas escritas en el suelo o en las paredes.

Las madres caminan de regreso con sus hijos tomados de la mano.

Algunas niñas siguen cargando sus carteles, aunque ahora les cueste trabajo sostenerlos. Otras se duermen en brazos, agotadas después de horas de caminar.

Pero algo queda en el ambiente: la sensación de haber sido parte de algo más grande.

Porque entre todas las historias que se cruzan en la marcha del 8 de marzo, hay una que se repite constantemente: la de mujeres que caminan con el futuro literalmente de la mano.

Niñas que aprenden, tal vez sin darse cuenta, que la calle también les pertenece.
Hay rabia. Mucha rabia. La clase de rabia que no grita por desesperación sino por claridad, porque ya se sabe exactamente contra qué y contra quién.

Rabia contra el fiscal que archivó el caso sin buscar. Contra el policía que preguntó si la muchacha “andaba en malos pasos”. Contra el político que cada año manda un tuit con una foto de flores el 8 de marzo y el 9 de marzo ya no recuerda ningún nombre. Contra el sistema que convierte a las familias en investigadoras, en forenses improvisadas, en voceras de su propio duelo, porque si ellas no buscan, nadie busca.

Y madres que, mientras avanzan entre consignas, parecen decirles en silencio lo mismo que se escucha en toda la ciudad cada 8 de marzo:

Que su vida, su libertad y su seguridad también importan. 

 

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