Hasta luego, papá

Por Edward Ángel González Marcelino 
Eran las doce de la tarde cuando llegué a la funeraria Lozano está ubicada en Agrícola Oriental a lado de una pollería y una tienda de abarrotes, entre café y galletas avancé hasta la sala principal, un gran cuarto gris con sillones negros a los lados que enmarcan, algunas flores blancas y adornos cristianos, además de dos sirios alado del ataúd, un ataúd café claro, la luz apenas entra por las ventanas; la familia Hernández estaba ahí, poco a poco iban llegando más y más, primos, hermanos, tíos y sobrinos. No todos se hablaban por gusto, pero sí se mostraban unidos. 

Después de una hora y todos arriba de sus autos, comenzó el cortejo fúnebre. El hijo directo del 
fallecido, David Roberto Hernández Fiesco era el anfitrión principal, “Pancho” le decían sus hijas y “Pacheco” su esposa, él iba manejando la camioneta que pidió prestada en su trabajo, una KIA moderna, espaciosa, pero qué olía demasiado a nuevo, tanto que a los quince minutos tuvo que bajar las ventanas para respirar. 



La familia llenó dos autobuses; el señor Francisco Hernández Pacheco, solamente tuvo dos hijos y un adoptado, Cristhian Saucedo Fiesco, pero la familia no perdió el tiempo, pronto se duplicó, se triplicó y así varias veces. 

Panteón Civil San Nicolas Tolentino Iztapalapa, a las dos de la tarde. Los dos hermanos, David y Jessica Minerva Mercedes Hernández Fiesco (hermana no muy cercana del señor, cuentan las historias qué su relación no siempre fue la más sana), junto a su novia y cuñados cargaron el pesado ataúd hasta el agujero en la tierra previamente preparada por tres trabajadores locales. 



Pronto invadió el silencio, pero así cómo llegó se fue, al paso de un trio de cantantes con guitarras que ofrecieron sus servicios; a lo lejos podría escucharse a una familia que entendería por lo que pasaba esta, esos lamentos se eclipsaron por tres canciones seguidas, Amor Eterno de Rocío Dúrcal, Puño de Tierra de Antonio Aguilar y Nadie es Eterno de Antonio Aguilar. 

La familia guardó silencio por media hora, algunos iban y venían, tomaban agua, se abrazaban y hablaban lo más bajito posible. 

La calma se sentía en cada uno, su partida no fue repentina, semanas de internado en el hospital parece ser que ayudó a digerir el shock emocional. 

Mariana y Ximena, se despidieron de cerca, algunas lágrimas brotaron, algunas de las únicas de ese día, pues ella eran las consentidas del abuelo. 

La reunión terminó con una porra encabezada por Rosa Fresco Chávez, la esposa del señor y madre David y Jessica, quién tampoco sentía muchas cosas por su marido y últimamente ha estado distante con el rencor de frente, y las palabras finales de David “Hasta luego, papá”.




 
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