Jamaica Bella



Por Pablo Espinosa Leyva
Ascendí a la calle en pleno bullicio de medio día. Miré la aplicación de Mapas de mi teléfono celular y me di cuenta que me ubicaba en la esquina de Avenida Congreso de la Unión con Avenida Morelos, a donde llegué después de un corto viaje en Metro, pues el Mercado de Jamaica se ubica a pocos kilómetros de mi casa. 

El día pintaba a ser uno agradable; tenue brisa, pájaros trinando a la distancia y un sol que acariciaba la piel. Olía a garnacha mezclada con flores, tabaco de transeúntes, al escape de las micros que pasaban y a incienso de sándalo.  

Al salir del Metro, lo primero que vi fueron varios puestos de chácharas; sobre mantas, algunas personas vendían monedas viejas, relojes, cables y muñecas decimonónicas, entre otras curiosidades. Cuando volteé la cabeza hacia arriba, se reveló sobre mí una gran escultura de una mazorca en un estilo moderno. Tocados por la luz del sol, sus colores verdes, amarillo, rosa y azul, brillaban con tal gracia que difuminaban el daño sufrido al pasar de las décadas.  




Crucé la avenida, y guiado por personas caminando con flores a la distancia pude dar con la entrada al Mercado de Flores, no sin antes preguntarle a una mujer que atendía un puesto de baterías y extensibles. Me indicó que la entrada estaba derecho y a la izquierda, pasando por el basurero. 

Seguí sus indicaciones y crucé el basurero de camino a la entrada. Me topé con hombres cargando pesados diablitos retacados de bolsas negras, y cuando volteé en su dirección pude ver un gran solar rebosante de desechos que parecían escalar las paredes; casi todo se veía gris y el piso estaba enormemente ennegrecido.  

La puerta de entrada la bordeaba un gran mural donde refulgían vibrantes mandalas. Se titula Jamaica Bella, y fue realizado por un colectivo llamado Centro Cultural Calpulli, “para sus  comerciantes, trabajadores y clientes; hombres y mujeres que lo hacen girar”.  



Al cruzar el umbral de la puerta, me introduje en una enorme nave con techos altísimos que parecía ser infinitamente ancha y larga. Frente a mi, una hilera de varios puestos vendiendo rosas de cuantos colores sea posible imaginar, lirios, claveles blancos y rojos, esponjosos ramos de nube para el relleno de los ramos, crisantemos de inefable blancura, astromelias y gladiolas. El marchante más próximo a la entrada me abordó: 

—¿Qué busca, joven?, ¿De cuáles quieres, hermano?, ¿Buscas ramo?… 
—Ando viendo, gracias.—respondí, abismado por la infinita variedad de flores. 

El joven me chasqueó la boca, y con una cara de disgusto se alejó.  

Caminé examinando los precios de las flores, mientras las vendedoras gritaban que el ramo chiquito de rosas estaba a treinta, a cincuenta el ramo armado con geranios, gladiolas y algunas rosas blancas que aún no abrían por completo sus pétalos. Volteando una esquina, había un puesto de plantas de un verdor sublime, y a mi derecha llamó mi atención un gran puesto frente al cual había una mesa repleta de cirios y niños dioses e ídolos envueltos en plástico; junto a ella, otra sección de inciensos y artículos holísticos.  

Me detuve a comprar dos bolsitas de incienso, una con olor a sándalo y otro para copal. Una mujer de mediana estatura, cabello recogido negro, frente en alto y nariz chata, maquillada con un delineado negro y sombra azul atendía el curioso comercio. Me cobró cincuenta pesos por las dos bolsitas. En lo que esperaba mi cambio me percaté que dentro del local, en el que además vendían máscaras, se encontraban sentados en sillas de ruedas y tapados con cobijas de franela dos adultos mayores, una mujer y un hombre. 

Me vi tentado a tomar una fotografía, pero antes me acerqué a la mujer que contaba mi cambio. 

—Disculpa, ¿me das chance de tomarle foto a tu puesto? Es que estoy escribiendo una crónica y me mandaron para acá —le solté. Ella, entregándome mi cambio, me regaló una sonrisa ligera. 
—Sí, claro, adelante. Sin problema —respondió con amabilidad. 
—Gracias. ¿Cómo te llamas? —pregunté, mientras encuadraba la cámara de mi celular. 
—Ana —dijo ella. 
 

Ana me contó que llevaba diez años vendiendo en aquel puesto, que era la sobrina de la pareja octogenaria dentro, y que ellos pusieron su puesto prácticamente desde que el mercado existía, pero que en aquellos ayeres vendían ropa sobre mantas y metates en el suelo terroso del mercado. Le comenté que encontré su puesto fascinante, nos despedimos y continué mi recorrido.  

Decidí dar una vuelta rápida por algunos de los pasillos antes de regresar a la entrada, pues ya se me hacía algo tarde para llegar a la Facultad. De regreso al metro decidí comprar unas flores para mi novio. Me sentí orgulloso de mi compra porque sabía que un ramo así me hubiera salido el triple de caro en cualquier floristería y porque sabía que sería una grata sorpresa para él.  

Bajo tierra de nuevo, subí al primer convoy en llegar al andén con las flores apretadas contra mi pecho para no despeinar los crisantemos. Con el aroma a rosas y violetas aún persistiendo en mi nariz, partí hacia el sur con un colorido cúmulo de perfume abriéndose paso entre los pasamanos, los cuerpos y las travesías cotidianas.

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