28 de marzo de 2026

Todas tienen una historia que contar



Por Danna Paola Chávez González 
El domingo 8 de marzo, el aire y el ambiente se respiran diferente, por una parte, hay paz y tranquilidad de que por lo menos hoy caminaras segura y sin miedo por reforma y por otra hay enojo, rabia e inconformidad por las que no pudieron volver a casa, por las que fueron violentadas, abusadas, matadas y olvidadas por el Estado, pero no por sus familiares ni por quienes luchan y son la voz de las que ya no están. 

La ciudad se pinta de morado, recordándonos que lamentablemente la lucha sigue, porque la violencia hacia las mujeres aún no desaparece. En el metro cientos de mujeres y niñas visten o usan pañoletas moradas o verdes y carteles con consignas como “Quiero que mi mamá alce mi título universitario, no mi boletín de búsqueda” o “No la hallaron muerta, fue asesinada”, entre muchos otros. 

Ya en reforma los contingentes comienzan el recorrido con destino al Zócalo, el ambiente es alegre, pero al mismo tiempo emotivo, mientras un contingente baila Yo quiero bailar de Ivy Queen, otros gritan consignas como “Escucha idiota las niñas no se tocan” o “Vivas se las llevaron vivas las queremos”. Todo esto desde un corazón y un alma cansada de pedir que las escuchen, las protejan y no las maten, pero también con la esperanza de que en un futuro las mujeres van a poder salir a la calle sin miedo. 

Mientras los medios amarillistas buscan la mejor nota para desacreditar el movimiento, mujeres de la tercera edad en silla de ruedas marchan en compañía de sus nietas e hijas para que las jóvenes tengan lo que ellas no tuvieron. También hay niñas que desde los hombros de sus padres lanzan confeti, otras que marchan en compañía de sus madres y otras que lamentablemente están ahí porque a su corta edad ya fueron víctimas de violencia. 



Rosario marcha porque hace tres años una mujer le quito la vida a Paulina, su hija y hasta la fecha las autoridades no han hecho lo que les corresponde y el caso sigue impune. Rosario marcha con una cartulina morada que dice “Grito por ti mi Pau, grito por todas las que ya no tienen voz”, también usa una playera de este mismo color con una foto de su hija. Su voz al contar su historia y gritar las consignas refleja cansancio y enojo por la impunidad que vive. 

Además de la mamá de Paulina, también había familiares de Cristina Carbajal, asesinada en Tijuana en el 2020; familiares de Ariadna Fernanda, víctima de feminicidio en el 2022 y que en un principio no fue reconocido como tal, ya que las autoridades sostenían que había muerto por una intoxicación alcohólica; también asisten las madres buscadoras que desde años atrás han tenido que salir a las calles y a la sierra a buscar los restos de sus desaparecidos, aunque eso les cueste la vida. 

En la esquina de bellas artes, justo enfrente de Telmex, se encontraba Colectivas unidas, un grupo de mujeres que tocaban el tambor mientras al unisonó gritaban consignas con las demás manifestantes. La historia de este colectivo empezó hace 5 años cuando decidieron plantarse frente a Gandhi como forma de protesta hacía la violencia, pero ahora ocupan esta espacia para vender diversas cosas y solventar los gastos para buscar Belén y Aylin, quienes eran parte de la colectiva. 

En esta misma esquina estaba “María” junto a Lizeth y Solanch, sus dos hijas. Ellas marcharon para darle más visibilidad al movimiento y crear conciencia acerca del machismo que hoy en día se sigue viviendo. “Yo marcho porque ellas (sus hijas) me han dado el valor de hacerlo”, dijo María. 

Desde la esquina del barrio chino hasta el zócalo estaba desplegado un gran número de mujeres policías que parecían proteger los edificios que a su vez estaban protegidos con vallas metálicas. “Violeta” y otra policía están de acuerdo con la marcha porque “visibilizan algo que todavía sigue pasando” y afirman que si no estuvieran trabajando estarían marchando con las demás. 



Lo angosta que es la calle 5 de mayo permite sentir más la hermandad de todas las que están ahí y grito de las consignas te eriza la piel porque no es la voz de una ni de diez, sino de miles de mujeres hartas y cansadas de no poder salir a la calle seguras, madres que viven con el miedo constante de que les maten a sus hijas, niñas que acompañan a sus mamás y que por el simple hecho de ir ya están luchando por un futuro mejor y más seguro para ellas. 

El zócalo estaba cubierto por vallas metálicas negras, mismas que estaban pintadas con aerosoles de colores o tapizadas de denuncias, boletines de búsqueda y los mismos carteles que las chicas usaron a lo largo de la marcha. Estas vallas demuestran la eficiencia del gobierno para actuar en cosas que a ellos les afectan y también refleja lo fácil que es olvidar o esconder lo que les incomoda: las desapariciones, las violaciones, los feminicidios y toda la violencia de género que millones de mujeres viven diariamente. 

Pero mientras todo esto sucede, en el zócalo grupos de chicas se reúnen para escuchar la historia de otras, para abrazarlas, creerles, demostrarles que no están solas, hacerles ver que no fue su culpa y sobre todo aplaudir su valentía por atreverse a hablar.


 

23 de marzo de 2026

Madres que marchan con la historia en brazos


Por Naomi Jocelyn López López, Naomi Mercado Tarango, Domily Valentina Molina Moreno, Karla Mancillas Pérez y Rodrigo González Calderón 
Ciudad de México, 8 de marzo. Apenas son las once de la mañana y el sol comienza a colarse entre los edificios del centro de la ciudad. En las calles que rodean al Paseo de la Reforma ya se ven los primeros tonos morados. Carteles, pañuelos, glitter, flores de papel. Pero también hay algo que llama la atención entre la multitud que empieza a reunirse: carriolas, mochilas infantiles, loncheras y pequeños zapatos caminando al lado de pancartas.

Entre las miles de mujeres que acuden a la marcha del 8 de marzo en la Ciudad de México, hay quienes no marchan solas. Marchan con sus hijos e hijas.

Algunas los llevan en brazos. Otras las suben a los hombros. Hay niñas con trenzas moradas que sostienen cartulinas casi del tamaño de su cuerpo. También hay bebés dormidos en carriolas mientras sus madres avanzan lentamente entre la marea violeta.

La escena podría parecer contradictoria para quien observa desde lejos: una protesta multitudinaria, intensa, con consignas que retumban entre edificios históricos… y, al mismo tiempo, madres cargando mochilas con jugos, galletas y toallitas húmedas.

Pero para muchas de ellas, la razón de estar ahí es justamente esa: sus hijos.

Aprender desde pequeñas



En la plancha del Zócalo, vemos a una mujer, llegando con sus 2 pequeñas “Llevamos 5 años viniendo a la marcha, y pues es que… quiero que se den cuenta de que son libres”, nos comenta
Llega otra pequeña, observa todo con curiosidad. Mira los carteles, los globos, las pañoletas moradas que algunas mujeres usan 
 

“Es el hecho de que te concientices como mujer, que tienes derechos”, dice  “Cuéntaselo a quien mas confianza le tengas”

A unos metros, otra mujer empuja una carriola cubierta con una manta morada. En los brazos lleva a un bebé de apenas unos meses. El ruido de los tambores y las consignas parece no despertarlo.

No hay edad mínima para aprender que las cosas pueden ser distintas. Eso lo saben estas madres mejor que nadie: ellas mismas aprendieron demasiado tarde, o de la peor manera, que el mundo no las protegía de ninguna forma; que la protección había que exigirla, organizarla, construirla entre todas. 

Conforme pasan las horas, la calle se llena por completo. Los contingentes avanzan lentamente, como una corriente humana que se mueve al ritmo de consignas.



“¡Ni una más!”
“¡Se va a caer, se va a caer!”
“¡Vivas nos queremos!”
Entre cada coro colectivo también se escuchan voces infantiles que intentan repetir lo que oyen.
Una niña de unos ocho años camina junto a su madre, cargando una pancarta donde se lee: “No somos princesas, somos dragonas”. Mientras ve a la multitud con ojos grandes y de sorpresa.
 
“Hay muchas personas”, dice sorprendida.

Y tiene razón. Desde cualquier punto donde se mire, la avenida parece un río morado interminable.
En algunos tramos del recorrido aparecen pequeños “descansos improvisados”: mujeres sentadas en el piso dando agua a sus hijos, compartiendo frutas o acomodando mochilas.
Una madre abre una bolsa llena de galletas y reparte a la niña que la acompaña.

La marcha es larga —dice riendo—. Hay que venir preparados.
 


El 8M suele representarse en imágenes de consignas fuertes, monumentos intervenidos y enormes contingentes feministas. Pero dentro de esa misma movilización hay otra escena menos visible: la del cuidado.

Madres que vigilan que sus hijos no se separen del grupo. Mujeres que cargan mochilas pesadas mientras sostienen pequeñas manos. Amigas que se turnan para empujar una carriola cuando el cansancio empieza a notarse.

En medio de la protesta, la maternidad sigue ocurriendo.

Una mujer se detiene para acomodar el protector solar en el rostro de su hija. Otra se agacha para atar agujetas. Más adelante, las mamás se detienen para lactar.

El feminismo, en ese momento, no solo se grita en consignas. También se practica en esos gestos cotidianos.

Hay veladoras. Hay fotos. Hay nombres escritos con marcador en papel que el sol amenaza con desteñir pero que nadie va a dejar caer. Cada foto es una fecha de nacimiento y, al lado, una fecha que nadie debería tener que escribir: la del día en que alguien desapareció y el Estado decidió que eso no era urgente.

“Mi obligación como mamá es formar un hombre responsable” dice nuestra entrevistada, madre de un niño que camina a su lado 
“Marcho por mi mami  y mis amigas” Comenta el pequeño. 
Frente a Bellas Artes el ambiente se vuelve aún más intenso. Los contingentes siguen llegando, y el espacio se llena de carteles levantados al aire.

Desde los hombros de su padre, una niña observa el mar de gente que se extiende frente a ella.
Quizá dentro de algunos años recordará esta escena: el ruido de los tambores, las voces colectivas, la ciudad pintada de morado.
 
Muchas madres siguen ahí, firmes entre la multitud.

Para ellas, la marcha no solo es una protesta. También es una forma de herencia.

No una herencia material, sino algo más difícil de nombrar: la conciencia de que los derechos no aparecen solos.

Llegas a levantar un acta y te dicen que esperes 72 horas, como si una persona desaparecida tuviera tiempo de esperar. Te dicen que seguro se fue con el novio, como si eso fuera una respuesta. Te hacen repetir la historia diez veces ante diez personas distintas, y en cada repetición pierdes un poco más la fe de que alguien vaya a hacer algo. Lo que documentan libros como La fosa de agua.
 
Al caer la tarde, la ciudad comienza a recuperar su ritmo habitual. Algunas calles siguen pintadas de morado, con consignas escritas en el suelo o en las paredes.

Las madres caminan de regreso con sus hijos tomados de la mano.

Algunas niñas siguen cargando sus carteles, aunque ahora les cueste trabajo sostenerlos. Otras se duermen en brazos, agotadas después de horas de caminar.

Pero algo queda en el ambiente: la sensación de haber sido parte de algo más grande.

Porque entre todas las historias que se cruzan en la marcha del 8 de marzo, hay una que se repite constantemente: la de mujeres que caminan con el futuro literalmente de la mano.

Niñas que aprenden, tal vez sin darse cuenta, que la calle también les pertenece.
Hay rabia. Mucha rabia. La clase de rabia que no grita por desesperación sino por claridad, porque ya se sabe exactamente contra qué y contra quién.

Rabia contra el fiscal que archivó el caso sin buscar. Contra el policía que preguntó si la muchacha “andaba en malos pasos”. Contra el político que cada año manda un tuit con una foto de flores el 8 de marzo y el 9 de marzo ya no recuerda ningún nombre. Contra el sistema que convierte a las familias en investigadoras, en forenses improvisadas, en voceras de su propio duelo, porque si ellas no buscan, nadie busca.

Y madres que, mientras avanzan entre consignas, parecen decirles en silencio lo mismo que se escucha en toda la ciudad cada 8 de marzo:

Que su vida, su libertad y su seguridad también importan. 

 

¡Esas morras sí me representan!

Por Katia Lizath Bazán Román
La Glorieta de las Mujeres que Luchan es el punto de partida de la marcha del 8 de marzo, que conmemora el día internacional de la mujer. Un nombre curioso, ¿no? Ahí se reúnen miles de mujeres justamente para eso, para luchar, para que en esta sociedad no tengamos que limitarnos a sobrevivir, sino que podamos vivir con libertad y seguridad.

Al llegar al punto de inicio es imposible no notar el característico color morado que lo invade todo. Pañuelos, pancartas, playeras, la emoción envuelve al instante. Un nudo en la garganta aparece al ver tantas pancartas con boletines de búsqueda o carteles que exigen justicia porque sus agresores continúan en libertad.



Las emociones se mezclan en el ambiente: enojo por las que ya no están, miedo de que algo así pueda pasarte a ti, pero también orgullo de ver a tantas mujeres juntas alzando la voz, luchando para exigir un cambio.

Una de las frases más repetidas en las pancartas durante la marcha es: “Marcho con mis hijas (primas, sobrinas, amigas) para no marchar por ellas”, una consigna que refleja el deseo más básico: poder salir de casa sin el miedo de no regresar, algo que no debería ser un privilegio, sino una realidad para todas.

La causa reúne a todas las generaciones. Hay niñas que marchan tomadas de la mano de sus mamás, adolescentes con glitter morado en el rostro rodeadas de sus amigas y mujeres de la tercera edad, que ni el uso de las sillas de ruedas las limitan. Tal es el caso de la abuelita Justina, quien marcha junto a sus nietas con un cartel que dice “Lo que no tuve para mí, lo quiero para ellas”. Su presencia demuestra que esta lucha atraviesa generaciones y pertenece a todas.

En una esquina cercana a Bellas Artes está María, mamá de Lizeth y Solange. Mientras observa la marcha afirma con orgullo: “El valor me lo han dado ellas”. Sus palabras reflejan algo que se repite constantemente durante el recorrido, muchas madres marchan por sus hijas, para que nunca tengan que vivir con miedo.

De pronto, el aire comienza a teñirse de morado. Las bengalas se encienden y el humo cubre la avenida. El olor es fuerte, casi desagradable, como plástico quemado que se queda en la garganta. Pero, aun así, ver ese humo elevarse y pintar el cielo de morado provoca una emoción difícil de explicar, una mezcla de energía, fuerza y esperanza que recorre a toda la multitud.



Al avanzar por la calle 5 de mayo, aparecen distintos colectivos. Uno de ellos es La Posada, teatro de trabajadoras del hogar, una compañía de mujeres que, a través del teatro, busca visibilizar la lucha de las trabajadoras del hogar por sus derechos laborales y humanos en México. Está conformada por trabajadoras del hogar o hijas de trabajadoras del hogar. Minerva, integrante del colectivo, lo explica con claridad: “Desde el arte podemos visibilizar los derechos de las trabajadoras del hogar”.

Entre la multitud también hay hombres. Algunos marchan con sus hijas, otros acompañan a amigas o familiares. Cristian, un joven que llegó desde Nezahualcóyotl junto a su amigo, sostiene un cartel que afirma “No es hombres contra mujeres, es el bien contra el mal”. Mientras observa la marcha asegura que venir fue importante para él: “Se sienten todas las emociones”.

La marcha avanza entre consignas, tambores y gritos que rebotan en las paredes del Centro Histórico. Y entre todas ellas hay una que resuena con fuerza “¡Esas morras sí me representan!”. Esas morras que luchan, que marchan, que gritan y que ya no se quedan calladas. Esas morras que llenan las calles de morado. Esas morras sí nos representan.




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Nunca estaremos solas

Por Frida Zoé Ramos Hernández 
No está sola, una chava grita consignas, se quiebra su voz, empieza a llorar… y la mujer a lado de ella la abraza. 

No estás sola, y no solo se siente en la marcha, codo a codo con las demás mujeres. Se siente en el resto del año; cuando encontramos hogar y resguardo en nuestra familia, en amigas, compañeras de trabajo, de escuela, mujeres que comparten la misma herida. 

No estamos solas, dentro de toda la multitud, mujeres se reúnen para ponerse una mano pintada de morado en el cuerpo si fuimos tocadas sin nuestro consentimiento en el transporte y espacio público. Una marca por cada agresión, una marca por cada mano ajena que hoy pintamos de morado y entonces dimensionas lo que es, lo que significa, que toda esa multitud de mujeres llevaran pintada esa mano en su cuerpo como tú. 

Bárbara no está sola: 
“Mi hermana fue asesinada el 5 de octubre y lo quieren clasificar como un homicidio, cuando es un feminicidio, ya que su presunto agresor era su amigo de años. La asesinó enfrente de su pequeña hija de 12 años y las heridas con las que acabaron la vida de mi hermana son difamantes, degradantes, de una manera inhumana. Con esos requisitos ya cuenta como feminicidio y es por eso que estamos pidiendo a las autoridades de México que lo clasifiquen como lo que es y que juzguen su caso con perspectiva de género. En varias ocasiones nos han dicho que el homicidio es lo mismo que feminicidio, cuando no es lo mismo, sin embargo, hicimos una marcha el viernes pasado y con eso hubo más visibilidad a que las autoridades nos escucharan, porque creo que no se le estaba dando la prioridad necesaria al caso de Renata, para que haya una sentencia sin privilegios y sin corrupciones para el imputado”.

El colectivo Fem x Fem, invitó a Bárbara y a su familia a sumarse para gritar por su hermana: ¡Justicia para Renata Palmer!
 

¡Ni una más, ni una más, ni una sola asesinada más! ¡No somos una, no somos 10, pinche gobierno cuéntanos bien!

Más adelante, un círculo formado por mujeres, rodean un conjunto de carteles con los días contados que tiene cada mamá sin ver a sus hijos. En el centro, una mujer está hablando por el megáfono, con la piel roja, ojos llorosos, voz y manos temblando, pide que su historia sea grabada por las que estamos, para que su hija lo vea. 

“Hace tres años, mi agresor, me quitó a mi hija, porque yo le dije que ya no lo amaba y yo me fui de su casa, porque me violentaba. Alcancé a llevarme a mi hijo el más pequeño y cuando regresé con mi mamá para rescatar a mi hija, ya no estaba, se la había llevado. Y al siguiente día me denunció, por abandono de mi hija. 

Se supone que hay visitas en el Cecofam (Centro de Convivencia Familiar) , llevo tres años con ese juicio. Y llevo un año, que no la lleva al Cecofam, no la he podido ver, mi hija no sé cómo está, la última vez que la vi tenía piojos y el juez no dijo nada, no ha hecho nada, sino lo castiga por tantas veces que ha faltado al Cecofam, por eso lo sigue haciendo, porque nunca le han puesto un límite, por eso ellos siguen haciendo y siguen haciendo, porque nadie les pone un alto, porque no hay justicia sobre nosotras. 

Me daba pena venir porque, era de las que no le gusta hablar en público, pero ya me cansé de no verla, he tenido depresión, he tenido ansiedad, crisis de ansiedad porque no puedo verla ¡Renata dónde quiera que estés, te ama tú mamá y tu hermano, te extrañamos y te amamos!”

Sus compañeras la abrazan y todas le gritamos !no estás sola¡. Y no lo está, ella forma parte del Frente Nacional Contra la Violencia Vicaria, todas comparten una herida. 

Como es el caso de Miriam: 
 
“Me uní a este colectivo buscando justicia, para poder estar con mi hija, para poder recuperarla, porque desde los tres años que la dejé de ver hasta los 8 años. Y cuando en los juzgados la veo, para que la jueza hablara con ella a los 5 años, ella dice: que quiere ver, convivir y estar con mamá, que papá le grita y la juez aún así le dio la guardia y custodia provisional al papá. 


"Entonces es como yo llego al Frente Nacional Contra la Violencia Vicaria, todas fuimos violentadas durante el lazo conyugal, cuando decidimos separarnos, nos quitan a nuestros hijos como método de control y violencia. Muchas siguen sin ver a sus hijos, otras ya los vemos en convivencias pero están muy manipulados y pues bueno estamos en esta lucha juntas”.
 
Es ese abrazo, ese grito, esas manos sostenidas que construyen el acompañamiento que alimenta la rabia para seguir luchando, aunque no haya justicia sobre nosotras. Es acompañar en la muerte como en el caso de Bárbara, es acompañar en la ausencia como las madres del Frente Nacional Contra la Violencia Vicaria y es acompañar en la vida, como lo hacen las mujeres parteras que, con la actitud más cálida que un sol e igual de letal que el fuego, nos cuentan su lucha: 

Lo que más me gusta de nuestro trabajo, dice Karla Martinéz es “el acompañamiento, se cambia mucho la forma en la que podemos tanto parir como decidir. Y algo que me parece también importante señalar es que venimos marchando, porque el gobierno federal emitió una norma mexicana en donde nos quieren imponer modelos medicalizantes para que todas las mujeres en algún momento puedan parir en una clínica, como si no tuviéramos derecho a decidir cómo queremos, dónde queremos. 

Entonces también ahí, estamos promoviendo esta socialización de la información, para que las compañeras sepan que tenemos este derecho a decidir, no sólo entorno a nuestras temporalidades y ciclos vitales, sino como queremos que nos atiendan y hacemos también este frente en contra de la violencia obstétrica que hemos vivido por generaciones, me gusta acompañar a las mujeres, verlas empoderadas, verlas sapientes de su propia conciencia corporal”. 

Nosotras somos manos de partera, me dice Sandra Hernández “somos una red de varias parteras y casas de partería en la Ciudad de México y el Estado de México, que promovemos la autonomía de nuestros cuerpos, la libertad de parir, de decidir cómo, cuándo, dónde y con quién queremos parir, de como cuidar nuestros cuerpos desde la menarquía hasta la plenopausia, de como cuando estamos en situaciones de pérdida, de aborto, tenemos saberes que todavía nos pueden acompañar como mujeres, sin violencia obstétrica. Las parteras existimos desde hace mucho tiempo en la vida, antes que existieran las clínicas y la medicina clínica, existen las parteras, las parteras tradicionales aquí nacemos y renacemos”.



En autonomía de los cuerpos, Ariana Cruz defiende que “cada persona tiene derecho a decidir cómo y qué hacer con su cuerpo (...) Eso se les enseña a las mujeres: el saber que cada etapa que vive cada una no es locura, es parte de un ciclo que vivimos a diario y una mujer que conoce sus ciclos, es una mujer con poder, por eso también a nosotras las parteras, nos quieren resguardadas y nos quieren a escondidas. 

Porque conocemos el poder que da esta libertad del conocimiento corporal y porque además somos parte eje de la unión de comunidades: mujer que se acerca a la partera, es familia que se acerca a la partera. Necesitamos empezar a recordar esta parte, que tenemos más sistemas de atención y tenemos más de una medicina para poder ejercer nuestro derecho al cuidado de nuestra salud, por eso venimos aquí. 

¡No que no, sí que sí, ya volvimos a salir! ¡Señor, señora, no sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente!

La indiferencia es un suicidio permanente, no estamos solas y acciones que pueden parecer pequeñas, pueden construir comunidad, como las “Las hijas del chayote” de la Universidad Nacional Rosario Castellanos, ellas defienden la importancia de los colectivos pues estos “te arropan, forman parte de algo que te hace sentir especial, que tienes una misma causa, un mismo método y cuando existe eso pues nos organizamos y podemos lograr cosas muy grandes”. 

O como Marisol que dice con orgullo: “Soy abogada laboralista, tomé la decisión este año de empezar a dar asesorías y llevar casos de manera independiente, trabajé por 8 años en el gobierno y creo que aunque yo pueda tener estabilidad laboral, económicamente hablando, me apasiona más y me da mayor satisfacción poder defender a mujeres que están allá afuera buscando justamente una defensa”. 

E incluso la comunidad se encuentra en Suli, ella lleva tomando fotos desde hace 10 años y va a las marchas desde el 2019 y sostiene que es importante documentar y hacer de esto algo histórico. Siendo cada foto capturada: los instantes inmortalizados del entramado de la rabia de las mujeres mexicanas.


¡ALERTA, ALERTA, ALERTA que camina, la lucha feminista por América Latina y tiemblen y tiemblen y tiemblen los machistas, que América Latina sera toda feminista! ¡Con falda o pantalón respétame cabrón!

Carteles, tambores, gritos, consignas, lágrimas y abrazos impregnados de dolor pero llenos de resiliencia y rabia. Dentro de la multitud logro ver a una niña, lleva alas de mariposa que dicen “Que ser mujer, deje de ser una condena”, es alentador pensar que esa niña en muchos años será alguien, alguien que pueda ver lo que proyecta su sombra: todos sus logros, metas, pasiones y convicciones, por los que está luchando de la mano de su madre. 

Porque todas queremos llegar a ver lo que proyecta nuestra sombra y esperamos que toda esa vida construida no se esfume en un segundo: solo porque somos mujeres que salieron solas a la escuela o al trabajo, solo porque fuimos mujeres que salimos con tal hombre o tuvimos tal amigo, o solo porque estuvimos en el “lugar incorrecto”, a la “hora incorrecta” y con la “prenda de ropa incorrecta”, solo porque somos mujeres y ya. Y porque somos morras, les digo a las mujeres de mi familia, a mis compañeras y amigas: NUNCA ESTARÁN SOLAS. 



  

 


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