6 de abril de 2026

Jamaica Bella



Por Pablo Espinosa Leyva
Ascendí a la calle en pleno bullicio de medio día. Miré la aplicación de Mapas de mi teléfono celular y me di cuenta que me ubicaba en la esquina de Avenida Congreso de la Unión con Avenida Morelos, a donde llegué después de un corto viaje en Metro, pues el Mercado de Jamaica se ubica a pocos kilómetros de mi casa. 

El día pintaba a ser uno agradable; tenue brisa, pájaros trinando a la distancia y un sol que acariciaba la piel. Olía a garnacha mezclada con flores, tabaco de transeúntes, al escape de las micros que pasaban y a incienso de sándalo.  

Al salir del Metro, lo primero que vi fueron varios puestos de chácharas; sobre mantas, algunas personas vendían monedas viejas, relojes, cables y muñecas decimonónicas, entre otras curiosidades. Cuando volteé la cabeza hacia arriba, se reveló sobre mí una gran escultura de una mazorca en un estilo moderno. Tocados por la luz del sol, sus colores verdes, amarillo, rosa y azul, brillaban con tal gracia que difuminaban el daño sufrido al pasar de las décadas.  




Crucé la avenida, y guiado por personas caminando con flores a la distancia pude dar con la entrada al Mercado de Flores, no sin antes preguntarle a una mujer que atendía un puesto de baterías y extensibles. Me indicó que la entrada estaba derecho y a la izquierda, pasando por el basurero. 

Seguí sus indicaciones y crucé el basurero de camino a la entrada. Me topé con hombres cargando pesados diablitos retacados de bolsas negras, y cuando volteé en su dirección pude ver un gran solar rebosante de desechos que parecían escalar las paredes; casi todo se veía gris y el piso estaba enormemente ennegrecido.  

La puerta de entrada la bordeaba un gran mural donde refulgían vibrantes mandalas. Se titula Jamaica Bella, y fue realizado por un colectivo llamado Centro Cultural Calpulli, “para sus  comerciantes, trabajadores y clientes; hombres y mujeres que lo hacen girar”.  



Al cruzar el umbral de la puerta, me introduje en una enorme nave con techos altísimos que parecía ser infinitamente ancha y larga. Frente a mi, una hilera de varios puestos vendiendo rosas de cuantos colores sea posible imaginar, lirios, claveles blancos y rojos, esponjosos ramos de nube para el relleno de los ramos, crisantemos de inefable blancura, astromelias y gladiolas. El marchante más próximo a la entrada me abordó: 

—¿Qué busca, joven?, ¿De cuáles quieres, hermano?, ¿Buscas ramo?… 
—Ando viendo, gracias.—respondí, abismado por la infinita variedad de flores. 

El joven me chasqueó la boca, y con una cara de disgusto se alejó.  

Caminé examinando los precios de las flores, mientras las vendedoras gritaban que el ramo chiquito de rosas estaba a treinta, a cincuenta el ramo armado con geranios, gladiolas y algunas rosas blancas que aún no abrían por completo sus pétalos. Volteando una esquina, había un puesto de plantas de un verdor sublime, y a mi derecha llamó mi atención un gran puesto frente al cual había una mesa repleta de cirios y niños dioses e ídolos envueltos en plástico; junto a ella, otra sección de inciensos y artículos holísticos.  

Me detuve a comprar dos bolsitas de incienso, una con olor a sándalo y otro para copal. Una mujer de mediana estatura, cabello recogido negro, frente en alto y nariz chata, maquillada con un delineado negro y sombra azul atendía el curioso comercio. Me cobró cincuenta pesos por las dos bolsitas. En lo que esperaba mi cambio me percaté que dentro del local, en el que además vendían máscaras, se encontraban sentados en sillas de ruedas y tapados con cobijas de franela dos adultos mayores, una mujer y un hombre. 

Me vi tentado a tomar una fotografía, pero antes me acerqué a la mujer que contaba mi cambio. 

—Disculpa, ¿me das chance de tomarle foto a tu puesto? Es que estoy escribiendo una crónica y me mandaron para acá —le solté. Ella, entregándome mi cambio, me regaló una sonrisa ligera. 
—Sí, claro, adelante. Sin problema —respondió con amabilidad. 
—Gracias. ¿Cómo te llamas? —pregunté, mientras encuadraba la cámara de mi celular. 
—Ana —dijo ella. 
 

Ana me contó que llevaba diez años vendiendo en aquel puesto, que era la sobrina de la pareja octogenaria dentro, y que ellos pusieron su puesto prácticamente desde que el mercado existía, pero que en aquellos ayeres vendían ropa sobre mantas y metates en el suelo terroso del mercado. Le comenté que encontré su puesto fascinante, nos despedimos y continué mi recorrido.  

Decidí dar una vuelta rápida por algunos de los pasillos antes de regresar a la entrada, pues ya se me hacía algo tarde para llegar a la Facultad. De regreso al metro decidí comprar unas flores para mi novio. Me sentí orgulloso de mi compra porque sabía que un ramo así me hubiera salido el triple de caro en cualquier floristería y porque sabía que sería una grata sorpresa para él.  

Bajo tierra de nuevo, subí al primer convoy en llegar al andén con las flores apretadas contra mi pecho para no despeinar los crisantemos. Con el aroma a rosas y violetas aún persistiendo en mi nariz, partí hacia el sur con un colorido cúmulo de perfume abriéndose paso entre los pasamanos, los cuerpos y las travesías cotidianas.

28 de marzo de 2026

Todas tienen una historia que contar



Por Danna Paola Chávez González 
El domingo 8 de marzo, el aire y el ambiente se respiran diferente, por una parte, hay paz y tranquilidad de que por lo menos hoy caminaras segura y sin miedo por reforma y por otra hay enojo, rabia e inconformidad por las que no pudieron volver a casa, por las que fueron violentadas, abusadas, matadas y olvidadas por el Estado, pero no por sus familiares ni por quienes luchan y son la voz de las que ya no están. 

La ciudad se pinta de morado, recordándonos que lamentablemente la lucha sigue, porque la violencia hacia las mujeres aún no desaparece. En el metro cientos de mujeres y niñas visten o usan pañoletas moradas o verdes y carteles con consignas como “Quiero que mi mamá alce mi título universitario, no mi boletín de búsqueda” o “No la hallaron muerta, fue asesinada”, entre muchos otros. 

Ya en reforma los contingentes comienzan el recorrido con destino al Zócalo, el ambiente es alegre, pero al mismo tiempo emotivo, mientras un contingente baila Yo quiero bailar de Ivy Queen, otros gritan consignas como “Escucha idiota las niñas no se tocan” o “Vivas se las llevaron vivas las queremos”. Todo esto desde un corazón y un alma cansada de pedir que las escuchen, las protejan y no las maten, pero también con la esperanza de que en un futuro las mujeres van a poder salir a la calle sin miedo. 

Mientras los medios amarillistas buscan la mejor nota para desacreditar el movimiento, mujeres de la tercera edad en silla de ruedas marchan en compañía de sus nietas e hijas para que las jóvenes tengan lo que ellas no tuvieron. También hay niñas que desde los hombros de sus padres lanzan confeti, otras que marchan en compañía de sus madres y otras que lamentablemente están ahí porque a su corta edad ya fueron víctimas de violencia. 



Rosario marcha porque hace tres años una mujer le quito la vida a Paulina, su hija y hasta la fecha las autoridades no han hecho lo que les corresponde y el caso sigue impune. Rosario marcha con una cartulina morada que dice “Grito por ti mi Pau, grito por todas las que ya no tienen voz”, también usa una playera de este mismo color con una foto de su hija. Su voz al contar su historia y gritar las consignas refleja cansancio y enojo por la impunidad que vive. 

Además de la mamá de Paulina, también había familiares de Cristina Carbajal, asesinada en Tijuana en el 2020; familiares de Ariadna Fernanda, víctima de feminicidio en el 2022 y que en un principio no fue reconocido como tal, ya que las autoridades sostenían que había muerto por una intoxicación alcohólica; también asisten las madres buscadoras que desde años atrás han tenido que salir a las calles y a la sierra a buscar los restos de sus desaparecidos, aunque eso les cueste la vida. 

En la esquina de bellas artes, justo enfrente de Telmex, se encontraba Colectivas unidas, un grupo de mujeres que tocaban el tambor mientras al unisonó gritaban consignas con las demás manifestantes. La historia de este colectivo empezó hace 5 años cuando decidieron plantarse frente a Gandhi como forma de protesta hacía la violencia, pero ahora ocupan esta espacia para vender diversas cosas y solventar los gastos para buscar Belén y Aylin, quienes eran parte de la colectiva. 

En esta misma esquina estaba “María” junto a Lizeth y Solanch, sus dos hijas. Ellas marcharon para darle más visibilidad al movimiento y crear conciencia acerca del machismo que hoy en día se sigue viviendo. “Yo marcho porque ellas (sus hijas) me han dado el valor de hacerlo”, dijo María. 

Desde la esquina del barrio chino hasta el zócalo estaba desplegado un gran número de mujeres policías que parecían proteger los edificios que a su vez estaban protegidos con vallas metálicas. “Violeta” y otra policía están de acuerdo con la marcha porque “visibilizan algo que todavía sigue pasando” y afirman que si no estuvieran trabajando estarían marchando con las demás. 



Lo angosta que es la calle 5 de mayo permite sentir más la hermandad de todas las que están ahí y grito de las consignas te eriza la piel porque no es la voz de una ni de diez, sino de miles de mujeres hartas y cansadas de no poder salir a la calle seguras, madres que viven con el miedo constante de que les maten a sus hijas, niñas que acompañan a sus mamás y que por el simple hecho de ir ya están luchando por un futuro mejor y más seguro para ellas. 

El zócalo estaba cubierto por vallas metálicas negras, mismas que estaban pintadas con aerosoles de colores o tapizadas de denuncias, boletines de búsqueda y los mismos carteles que las chicas usaron a lo largo de la marcha. Estas vallas demuestran la eficiencia del gobierno para actuar en cosas que a ellos les afectan y también refleja lo fácil que es olvidar o esconder lo que les incomoda: las desapariciones, las violaciones, los feminicidios y toda la violencia de género que millones de mujeres viven diariamente. 

Pero mientras todo esto sucede, en el zócalo grupos de chicas se reúnen para escuchar la historia de otras, para abrazarlas, creerles, demostrarles que no están solas, hacerles ver que no fue su culpa y sobre todo aplaudir su valentía por atreverse a hablar.


 

23 de marzo de 2026

Madres que marchan con la historia en brazos


Por Naomi Jocelyn López López, Naomi Mercado Tarango, Domily Valentina Molina Moreno, Karla Mancillas Pérez y Rodrigo González Calderón 
Ciudad de México, 8 de marzo. Apenas son las once de la mañana y el sol comienza a colarse entre los edificios del centro de la ciudad. En las calles que rodean al Paseo de la Reforma ya se ven los primeros tonos morados. Carteles, pañuelos, glitter, flores de papel. Pero también hay algo que llama la atención entre la multitud que empieza a reunirse: carriolas, mochilas infantiles, loncheras y pequeños zapatos caminando al lado de pancartas.

Entre las miles de mujeres que acuden a la marcha del 8 de marzo en la Ciudad de México, hay quienes no marchan solas. Marchan con sus hijos e hijas.

Algunas los llevan en brazos. Otras las suben a los hombros. Hay niñas con trenzas moradas que sostienen cartulinas casi del tamaño de su cuerpo. También hay bebés dormidos en carriolas mientras sus madres avanzan lentamente entre la marea violeta.

La escena podría parecer contradictoria para quien observa desde lejos: una protesta multitudinaria, intensa, con consignas que retumban entre edificios históricos… y, al mismo tiempo, madres cargando mochilas con jugos, galletas y toallitas húmedas.

Pero para muchas de ellas, la razón de estar ahí es justamente esa: sus hijos.

Aprender desde pequeñas



En la plancha del Zócalo, vemos a una mujer, llegando con sus 2 pequeñas “Llevamos 5 años viniendo a la marcha, y pues es que… quiero que se den cuenta de que son libres”, nos comenta
Llega otra pequeña, observa todo con curiosidad. Mira los carteles, los globos, las pañoletas moradas que algunas mujeres usan 
 

“Es el hecho de que te concientices como mujer, que tienes derechos”, dice  “Cuéntaselo a quien mas confianza le tengas”

A unos metros, otra mujer empuja una carriola cubierta con una manta morada. En los brazos lleva a un bebé de apenas unos meses. El ruido de los tambores y las consignas parece no despertarlo.

No hay edad mínima para aprender que las cosas pueden ser distintas. Eso lo saben estas madres mejor que nadie: ellas mismas aprendieron demasiado tarde, o de la peor manera, que el mundo no las protegía de ninguna forma; que la protección había que exigirla, organizarla, construirla entre todas. 

Conforme pasan las horas, la calle se llena por completo. Los contingentes avanzan lentamente, como una corriente humana que se mueve al ritmo de consignas.



“¡Ni una más!”
“¡Se va a caer, se va a caer!”
“¡Vivas nos queremos!”
Entre cada coro colectivo también se escuchan voces infantiles que intentan repetir lo que oyen.
Una niña de unos ocho años camina junto a su madre, cargando una pancarta donde se lee: “No somos princesas, somos dragonas”. Mientras ve a la multitud con ojos grandes y de sorpresa.
 
“Hay muchas personas”, dice sorprendida.

Y tiene razón. Desde cualquier punto donde se mire, la avenida parece un río morado interminable.
En algunos tramos del recorrido aparecen pequeños “descansos improvisados”: mujeres sentadas en el piso dando agua a sus hijos, compartiendo frutas o acomodando mochilas.
Una madre abre una bolsa llena de galletas y reparte a la niña que la acompaña.

La marcha es larga —dice riendo—. Hay que venir preparados.
 


El 8M suele representarse en imágenes de consignas fuertes, monumentos intervenidos y enormes contingentes feministas. Pero dentro de esa misma movilización hay otra escena menos visible: la del cuidado.

Madres que vigilan que sus hijos no se separen del grupo. Mujeres que cargan mochilas pesadas mientras sostienen pequeñas manos. Amigas que se turnan para empujar una carriola cuando el cansancio empieza a notarse.

En medio de la protesta, la maternidad sigue ocurriendo.

Una mujer se detiene para acomodar el protector solar en el rostro de su hija. Otra se agacha para atar agujetas. Más adelante, las mamás se detienen para lactar.

El feminismo, en ese momento, no solo se grita en consignas. También se practica en esos gestos cotidianos.

Hay veladoras. Hay fotos. Hay nombres escritos con marcador en papel que el sol amenaza con desteñir pero que nadie va a dejar caer. Cada foto es una fecha de nacimiento y, al lado, una fecha que nadie debería tener que escribir: la del día en que alguien desapareció y el Estado decidió que eso no era urgente.

“Mi obligación como mamá es formar un hombre responsable” dice nuestra entrevistada, madre de un niño que camina a su lado 
“Marcho por mi mami  y mis amigas” Comenta el pequeño. 
Frente a Bellas Artes el ambiente se vuelve aún más intenso. Los contingentes siguen llegando, y el espacio se llena de carteles levantados al aire.

Desde los hombros de su padre, una niña observa el mar de gente que se extiende frente a ella.
Quizá dentro de algunos años recordará esta escena: el ruido de los tambores, las voces colectivas, la ciudad pintada de morado.
 
Muchas madres siguen ahí, firmes entre la multitud.

Para ellas, la marcha no solo es una protesta. También es una forma de herencia.

No una herencia material, sino algo más difícil de nombrar: la conciencia de que los derechos no aparecen solos.

Llegas a levantar un acta y te dicen que esperes 72 horas, como si una persona desaparecida tuviera tiempo de esperar. Te dicen que seguro se fue con el novio, como si eso fuera una respuesta. Te hacen repetir la historia diez veces ante diez personas distintas, y en cada repetición pierdes un poco más la fe de que alguien vaya a hacer algo. Lo que documentan libros como La fosa de agua.
 
Al caer la tarde, la ciudad comienza a recuperar su ritmo habitual. Algunas calles siguen pintadas de morado, con consignas escritas en el suelo o en las paredes.

Las madres caminan de regreso con sus hijos tomados de la mano.

Algunas niñas siguen cargando sus carteles, aunque ahora les cueste trabajo sostenerlos. Otras se duermen en brazos, agotadas después de horas de caminar.

Pero algo queda en el ambiente: la sensación de haber sido parte de algo más grande.

Porque entre todas las historias que se cruzan en la marcha del 8 de marzo, hay una que se repite constantemente: la de mujeres que caminan con el futuro literalmente de la mano.

Niñas que aprenden, tal vez sin darse cuenta, que la calle también les pertenece.
Hay rabia. Mucha rabia. La clase de rabia que no grita por desesperación sino por claridad, porque ya se sabe exactamente contra qué y contra quién.

Rabia contra el fiscal que archivó el caso sin buscar. Contra el policía que preguntó si la muchacha “andaba en malos pasos”. Contra el político que cada año manda un tuit con una foto de flores el 8 de marzo y el 9 de marzo ya no recuerda ningún nombre. Contra el sistema que convierte a las familias en investigadoras, en forenses improvisadas, en voceras de su propio duelo, porque si ellas no buscan, nadie busca.

Y madres que, mientras avanzan entre consignas, parecen decirles en silencio lo mismo que se escucha en toda la ciudad cada 8 de marzo:

Que su vida, su libertad y su seguridad también importan. 

 

¡Esas morras sí me representan!

Por Katia Lizath Bazán Román
La Glorieta de las Mujeres que Luchan es el punto de partida de la marcha del 8 de marzo, que conmemora el día internacional de la mujer. Un nombre curioso, ¿no? Ahí se reúnen miles de mujeres justamente para eso, para luchar, para que en esta sociedad no tengamos que limitarnos a sobrevivir, sino que podamos vivir con libertad y seguridad.

Al llegar al punto de inicio es imposible no notar el característico color morado que lo invade todo. Pañuelos, pancartas, playeras, la emoción envuelve al instante. Un nudo en la garganta aparece al ver tantas pancartas con boletines de búsqueda o carteles que exigen justicia porque sus agresores continúan en libertad.



Las emociones se mezclan en el ambiente: enojo por las que ya no están, miedo de que algo así pueda pasarte a ti, pero también orgullo de ver a tantas mujeres juntas alzando la voz, luchando para exigir un cambio.

Una de las frases más repetidas en las pancartas durante la marcha es: “Marcho con mis hijas (primas, sobrinas, amigas) para no marchar por ellas”, una consigna que refleja el deseo más básico: poder salir de casa sin el miedo de no regresar, algo que no debería ser un privilegio, sino una realidad para todas.

La causa reúne a todas las generaciones. Hay niñas que marchan tomadas de la mano de sus mamás, adolescentes con glitter morado en el rostro rodeadas de sus amigas y mujeres de la tercera edad, que ni el uso de las sillas de ruedas las limitan. Tal es el caso de la abuelita Justina, quien marcha junto a sus nietas con un cartel que dice “Lo que no tuve para mí, lo quiero para ellas”. Su presencia demuestra que esta lucha atraviesa generaciones y pertenece a todas.

En una esquina cercana a Bellas Artes está María, mamá de Lizeth y Solange. Mientras observa la marcha afirma con orgullo: “El valor me lo han dado ellas”. Sus palabras reflejan algo que se repite constantemente durante el recorrido, muchas madres marchan por sus hijas, para que nunca tengan que vivir con miedo.

De pronto, el aire comienza a teñirse de morado. Las bengalas se encienden y el humo cubre la avenida. El olor es fuerte, casi desagradable, como plástico quemado que se queda en la garganta. Pero, aun así, ver ese humo elevarse y pintar el cielo de morado provoca una emoción difícil de explicar, una mezcla de energía, fuerza y esperanza que recorre a toda la multitud.



Al avanzar por la calle 5 de mayo, aparecen distintos colectivos. Uno de ellos es La Posada, teatro de trabajadoras del hogar, una compañía de mujeres que, a través del teatro, busca visibilizar la lucha de las trabajadoras del hogar por sus derechos laborales y humanos en México. Está conformada por trabajadoras del hogar o hijas de trabajadoras del hogar. Minerva, integrante del colectivo, lo explica con claridad: “Desde el arte podemos visibilizar los derechos de las trabajadoras del hogar”.

Entre la multitud también hay hombres. Algunos marchan con sus hijas, otros acompañan a amigas o familiares. Cristian, un joven que llegó desde Nezahualcóyotl junto a su amigo, sostiene un cartel que afirma “No es hombres contra mujeres, es el bien contra el mal”. Mientras observa la marcha asegura que venir fue importante para él: “Se sienten todas las emociones”.

La marcha avanza entre consignas, tambores y gritos que rebotan en las paredes del Centro Histórico. Y entre todas ellas hay una que resuena con fuerza “¡Esas morras sí me representan!”. Esas morras que luchan, que marchan, que gritan y que ya no se quedan calladas. Esas morras que llenan las calles de morado. Esas morras sí nos representan.




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Nunca estaremos solas

Por Frida Zoé Ramos Hernández 
No está sola, una chava grita consignas, se quiebra su voz, empieza a llorar… y la mujer a lado de ella la abraza. 

No estás sola, y no solo se siente en la marcha, codo a codo con las demás mujeres. Se siente en el resto del año; cuando encontramos hogar y resguardo en nuestra familia, en amigas, compañeras de trabajo, de escuela, mujeres que comparten la misma herida. 

No estamos solas, dentro de toda la multitud, mujeres se reúnen para ponerse una mano pintada de morado en el cuerpo si fuimos tocadas sin nuestro consentimiento en el transporte y espacio público. Una marca por cada agresión, una marca por cada mano ajena que hoy pintamos de morado y entonces dimensionas lo que es, lo que significa, que toda esa multitud de mujeres llevaran pintada esa mano en su cuerpo como tú. 

Bárbara no está sola: 
“Mi hermana fue asesinada el 5 de octubre y lo quieren clasificar como un homicidio, cuando es un feminicidio, ya que su presunto agresor era su amigo de años. La asesinó enfrente de su pequeña hija de 12 años y las heridas con las que acabaron la vida de mi hermana son difamantes, degradantes, de una manera inhumana. Con esos requisitos ya cuenta como feminicidio y es por eso que estamos pidiendo a las autoridades de México que lo clasifiquen como lo que es y que juzguen su caso con perspectiva de género. En varias ocasiones nos han dicho que el homicidio es lo mismo que feminicidio, cuando no es lo mismo, sin embargo, hicimos una marcha el viernes pasado y con eso hubo más visibilidad a que las autoridades nos escucharan, porque creo que no se le estaba dando la prioridad necesaria al caso de Renata, para que haya una sentencia sin privilegios y sin corrupciones para el imputado”.

El colectivo Fem x Fem, invitó a Bárbara y a su familia a sumarse para gritar por su hermana: ¡Justicia para Renata Palmer!
 

¡Ni una más, ni una más, ni una sola asesinada más! ¡No somos una, no somos 10, pinche gobierno cuéntanos bien!

Más adelante, un círculo formado por mujeres, rodean un conjunto de carteles con los días contados que tiene cada mamá sin ver a sus hijos. En el centro, una mujer está hablando por el megáfono, con la piel roja, ojos llorosos, voz y manos temblando, pide que su historia sea grabada por las que estamos, para que su hija lo vea. 

“Hace tres años, mi agresor, me quitó a mi hija, porque yo le dije que ya no lo amaba y yo me fui de su casa, porque me violentaba. Alcancé a llevarme a mi hijo el más pequeño y cuando regresé con mi mamá para rescatar a mi hija, ya no estaba, se la había llevado. Y al siguiente día me denunció, por abandono de mi hija. 

Se supone que hay visitas en el Cecofam (Centro de Convivencia Familiar) , llevo tres años con ese juicio. Y llevo un año, que no la lleva al Cecofam, no la he podido ver, mi hija no sé cómo está, la última vez que la vi tenía piojos y el juez no dijo nada, no ha hecho nada, sino lo castiga por tantas veces que ha faltado al Cecofam, por eso lo sigue haciendo, porque nunca le han puesto un límite, por eso ellos siguen haciendo y siguen haciendo, porque nadie les pone un alto, porque no hay justicia sobre nosotras. 

Me daba pena venir porque, era de las que no le gusta hablar en público, pero ya me cansé de no verla, he tenido depresión, he tenido ansiedad, crisis de ansiedad porque no puedo verla ¡Renata dónde quiera que estés, te ama tú mamá y tu hermano, te extrañamos y te amamos!”

Sus compañeras la abrazan y todas le gritamos !no estás sola¡. Y no lo está, ella forma parte del Frente Nacional Contra la Violencia Vicaria, todas comparten una herida. 

Como es el caso de Miriam: 
 
“Me uní a este colectivo buscando justicia, para poder estar con mi hija, para poder recuperarla, porque desde los tres años que la dejé de ver hasta los 8 años. Y cuando en los juzgados la veo, para que la jueza hablara con ella a los 5 años, ella dice: que quiere ver, convivir y estar con mamá, que papá le grita y la juez aún así le dio la guardia y custodia provisional al papá. 


"Entonces es como yo llego al Frente Nacional Contra la Violencia Vicaria, todas fuimos violentadas durante el lazo conyugal, cuando decidimos separarnos, nos quitan a nuestros hijos como método de control y violencia. Muchas siguen sin ver a sus hijos, otras ya los vemos en convivencias pero están muy manipulados y pues bueno estamos en esta lucha juntas”.
 
Es ese abrazo, ese grito, esas manos sostenidas que construyen el acompañamiento que alimenta la rabia para seguir luchando, aunque no haya justicia sobre nosotras. Es acompañar en la muerte como en el caso de Bárbara, es acompañar en la ausencia como las madres del Frente Nacional Contra la Violencia Vicaria y es acompañar en la vida, como lo hacen las mujeres parteras que, con la actitud más cálida que un sol e igual de letal que el fuego, nos cuentan su lucha: 

Lo que más me gusta de nuestro trabajo, dice Karla Martinéz es “el acompañamiento, se cambia mucho la forma en la que podemos tanto parir como decidir. Y algo que me parece también importante señalar es que venimos marchando, porque el gobierno federal emitió una norma mexicana en donde nos quieren imponer modelos medicalizantes para que todas las mujeres en algún momento puedan parir en una clínica, como si no tuviéramos derecho a decidir cómo queremos, dónde queremos. 

Entonces también ahí, estamos promoviendo esta socialización de la información, para que las compañeras sepan que tenemos este derecho a decidir, no sólo entorno a nuestras temporalidades y ciclos vitales, sino como queremos que nos atiendan y hacemos también este frente en contra de la violencia obstétrica que hemos vivido por generaciones, me gusta acompañar a las mujeres, verlas empoderadas, verlas sapientes de su propia conciencia corporal”. 

Nosotras somos manos de partera, me dice Sandra Hernández “somos una red de varias parteras y casas de partería en la Ciudad de México y el Estado de México, que promovemos la autonomía de nuestros cuerpos, la libertad de parir, de decidir cómo, cuándo, dónde y con quién queremos parir, de como cuidar nuestros cuerpos desde la menarquía hasta la plenopausia, de como cuando estamos en situaciones de pérdida, de aborto, tenemos saberes que todavía nos pueden acompañar como mujeres, sin violencia obstétrica. Las parteras existimos desde hace mucho tiempo en la vida, antes que existieran las clínicas y la medicina clínica, existen las parteras, las parteras tradicionales aquí nacemos y renacemos”.



En autonomía de los cuerpos, Ariana Cruz defiende que “cada persona tiene derecho a decidir cómo y qué hacer con su cuerpo (...) Eso se les enseña a las mujeres: el saber que cada etapa que vive cada una no es locura, es parte de un ciclo que vivimos a diario y una mujer que conoce sus ciclos, es una mujer con poder, por eso también a nosotras las parteras, nos quieren resguardadas y nos quieren a escondidas. 

Porque conocemos el poder que da esta libertad del conocimiento corporal y porque además somos parte eje de la unión de comunidades: mujer que se acerca a la partera, es familia que se acerca a la partera. Necesitamos empezar a recordar esta parte, que tenemos más sistemas de atención y tenemos más de una medicina para poder ejercer nuestro derecho al cuidado de nuestra salud, por eso venimos aquí. 

¡No que no, sí que sí, ya volvimos a salir! ¡Señor, señora, no sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente!

La indiferencia es un suicidio permanente, no estamos solas y acciones que pueden parecer pequeñas, pueden construir comunidad, como las “Las hijas del chayote” de la Universidad Nacional Rosario Castellanos, ellas defienden la importancia de los colectivos pues estos “te arropan, forman parte de algo que te hace sentir especial, que tienes una misma causa, un mismo método y cuando existe eso pues nos organizamos y podemos lograr cosas muy grandes”. 

O como Marisol que dice con orgullo: “Soy abogada laboralista, tomé la decisión este año de empezar a dar asesorías y llevar casos de manera independiente, trabajé por 8 años en el gobierno y creo que aunque yo pueda tener estabilidad laboral, económicamente hablando, me apasiona más y me da mayor satisfacción poder defender a mujeres que están allá afuera buscando justamente una defensa”. 

E incluso la comunidad se encuentra en Suli, ella lleva tomando fotos desde hace 10 años y va a las marchas desde el 2019 y sostiene que es importante documentar y hacer de esto algo histórico. Siendo cada foto capturada: los instantes inmortalizados del entramado de la rabia de las mujeres mexicanas.


¡ALERTA, ALERTA, ALERTA que camina, la lucha feminista por América Latina y tiemblen y tiemblen y tiemblen los machistas, que América Latina sera toda feminista! ¡Con falda o pantalón respétame cabrón!

Carteles, tambores, gritos, consignas, lágrimas y abrazos impregnados de dolor pero llenos de resiliencia y rabia. Dentro de la multitud logro ver a una niña, lleva alas de mariposa que dicen “Que ser mujer, deje de ser una condena”, es alentador pensar que esa niña en muchos años será alguien, alguien que pueda ver lo que proyecta su sombra: todos sus logros, metas, pasiones y convicciones, por los que está luchando de la mano de su madre. 

Porque todas queremos llegar a ver lo que proyecta nuestra sombra y esperamos que toda esa vida construida no se esfume en un segundo: solo porque somos mujeres que salieron solas a la escuela o al trabajo, solo porque fuimos mujeres que salimos con tal hombre o tuvimos tal amigo, o solo porque estuvimos en el “lugar incorrecto”, a la “hora incorrecta” y con la “prenda de ropa incorrecta”, solo porque somos mujeres y ya. Y porque somos morras, les digo a las mujeres de mi familia, a mis compañeras y amigas: NUNCA ESTARÁN SOLAS. 



  

 


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18 de marzo de 2026

Ola morada inunda la CDMX


Por Karla Misao Rivera Ruiz 
“Vas a caminar mucho, lleva calzado cómodo” es una frase que se repite mucho al pedir consejos para asistir a la marcha del 8 de marzo, aunque los pies estén inquietos por avanzar con la marea morada, la glorieta de las mujeres que lucha con el monumento de una mujer en color morado de metal, rodeada por vallas grandes y pesadas con nombres de muchas mujeres no pasa desapercibida.
 
Se puede ver mucho en una hora a pesar de dar vuelta en círculos por el mismo lugar varias veces, hay contingentes tomando la glorieta como punto de reunión para comenzar el camino al zócalo, las bocinas suenan con denuncias y reflexiones, además de que hay mujeres sentadas esperando a alguien o esperando que su contingente avance.



Hay vendedores con gorras, pañoletas en color morado y verde, banderas en alusión a la marcha, además de que las nieves, bonice y refrescos preparados están a la orden del día para aliviar el calor penetrante que brinda el sol de antes de medio día.

Consignas y tambores suenan, las mujeres sostienen carteles en lo alto y sus voces retumban en cada rincón por el que pasan, siempre hay un motivo pues no es aislado que demasiadas mujeres al unísono marchen por una vida libre de violencia, muchas denuncian en sus carteles los abusos por los que pasaron, el acoso que viven y temen en el transporte público, el miedo que deja una mano alzada o un grito. 

“Hoy educo varones conscientes para que siempre te respeten”, era una frase que se podía ver en un cartel donde madres estaban pintando más, una de ellas comentaba que con su compañera armaron un contingente pensando en las infancias, consideran importante que para acabar con el patriarcado se debe de educar bien a niños y niñas porque criar es muy importante para el futuro.



 La ola de carteles es impresionante, pero más impresionante es el motivo que hay detrás de ellos, la creadora del cartel con la frase “que el dolor no nos sea indiferente” decía que siempre se ven noticias horribles muy seguido y, al generar indiferencia, nos hace dejar de ver a las personas y sólo ver números, el mensaje que quiere proyectar es que ninguna lucha debe ser indiferente.
 
Otro mensaje que también llamaba la atención era “Hay alguien más oprimido que el obrero y es la mujer del obrero”, la chica que lo portaba comentó que tiene que ver con el feminismo interseccional “usualmente las mujeres son violentadas por el hecho de ser mujeres y no por ser de la clase trabajadora, hasta el hombre más pobre puede tener acceso a una sirvienta que llega a ser su mujer y eso es injusto”.
 
Conforme los contingentes avanzan la unión también lo hace, no marchan solas, marchan con otras que han pasado por lo mismo, desde perder a una mujer querida por feminicidio, vivir en angustia por sus desaparecidas, tener rabia por la violencia vicaria y el trato a las mujeres migrantes, hasta exponer aquel abuso que pasaron años sin decirlo, rabia es lo que sobra “agradece que queremos justicia y no venganza”.



El humo morado y verde inundan el aire y su olor amargo impregna el aire y la ropa, nadie muestra rechazo, sólo se vuelve una pieza más de la ola morada que avanza con unión y decisión, “señor, señora, no sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente” una consigna que se repite y que tiene una carga profunda al mencionarla pues en un país donde la culpa se la cargan a la víctima y el agresor queda impune, no es de esperar que un pinche coraje nazca desde lo más profundo de las mujeres que lo gritan a toda voz.

El camino se vuelve pesado y el aire abraza como madre que espera volver abrazar a su hija desaparecida, ese es el caso del padre de Esmeralda Carrillo, el señor José Luis Castillo que se encontraba tirando confeti a la altura de Bellas Artes, recibiendo abrazos solidarios de aquellas que entienden su dolor y lucha.

La ola morada sigue avanzando, no falta mucho para llegar al zócalo, los carteles se siguen alzando como pájaro que abre sus alas y vuelve a emprender el vuelo, tambores rítmicos suenan, mujeres danzantes con sus grandes penachos bailan, la unión se siente en el ambiente, historias se escuchan, no para generar lastima, si no como una forma de resistencia ante el silencio que les hicieron guardar.

La gente externa camina por fuera de la marcha, pero es imposible que no se detengan a mirar a las mujeres que han decidido salir juntas a alzar la voz para que no haya una más, para que la violencia hacia ellas se castigue como debe y que la impunidad a agresores sea nula.

Los medios están presentes, reporteras y reporteros se encuentran dentro y fuera de los contingentes, las cámaras grandes y estáticas se vuelven más notorias cuando aquella ola morada se acerca más al zócalo, esperan captar algún destrozo que les de la nota del día, pero el 8M es más que sólo destrozos, a lado tienen a la madre que pide justicia, pero lo que vende es el morbo de los destrozos.

La llegada al zócalo ocurre, muchas mujeres han llegado antes, los cárteles que antes venían acompañando a la ola como aves ahora se encuentran en las vallas que rodean a los edificios más importantes del centro histórico, pero o hay ningún medio, todos se quedaron atrás. Han ignorado nuevamente a las voces que deben ser escuchadas, esperan ser los primeros en grabar el primer vidrio roto para que sus notas tengan interacción. 

La indignación que causa un monumento rayado o un vidrio roto es más fácil que atreverse a escuchar a una niña hablar en el templete sobre el abuso sexual que sufrió e indignarse por eso, les incomoda más una feminista en la familia que un violador en la familia, prefieren echarle la culpa a la víctima que admitir que la sociedad está podrida y que minimizando la lucha de las mujeres por una vida libre de violencia tendrán un “pensamiento superior”.
          
El silencio de la sociedad ante los feminicidios, desapariciones, violaciones, maltratos, etc., es parte del problema, el silencio de los medios también lo es, cada 8M recuerda que la violencia hacia la mujer sigue existiendo y va en aumento, pero aquella ola morada recuerda que alzar la voz cuando nadie quiere escuchar, es el mejor acto de rebeldía que se puede encontrar.



                 

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8 de marzo de 2026

En Ecatepec nos cuidamos todas

Foto: Internet

Por Yamir Luciano Merino Martínez 
Estado de México. «Un día 17 de febrero del 2021, hace cinco años, empezó la pesadilla para toda mi familia… Fui agredida por quien decía amarme, estaba embarazada de casi cinco meses y tenía una niña que en ese entonces tenía tres años y ocho meses… Ella vio todo». 

Era un día claro y soleado cuando el reloj marcó las once de la mañana. Cerca del Puente de Fierro, una pequeña multitud comenzó a formarse, un mar de mujeres unidas por un propósito común, todas listas para marchar. Entre ellas, Mercedes Rangel se destaca, su corazón palpitante de determinación. Con manos temblorosas pero firmes, comienza a repartir folletos, cada uno de ellos un testimonio de amor y dolor. En sus páginas, la historia de su hija, una vida truncada por la violencia de su esposo, resonaba con fuerza. Era un relato que no debía caer en el olvido, un grito que buscaba recordar la razón de su lucha. Mercedes, con la mirada fija en el horizonte, anhelaba que su voz, la voz de su hija, aún pudiera ser escuchada en medio del clamor de la multitud. En el panfleto se alcanza a ver un dibujo que ilustra a una mujer embarazada sosteniendo un pequeño ramo de violetas; ella es Montserrat Mejía Rangel. Que su nombre no se olvide. 

Así comienza la marcha por el 8 de marzo en Ecatepec, un evento que ha perdurado durante seis años, atravesando paisajes áridos y grises, olvidados por el Estado. La escena se torna desoladora; la arquitectura, fría y distante, parece desafiar la vida misma. Los semáforos, con su luz parpadeante, ofrecen apenas unos segundos para cruzar las vastas avenidas, que solo dejan espacio para aceras angostas, desprovistas de negocios, tiendas o puestos de comida. Ecatepec no está concebido para que te detengas; es un lugar de paso hacia la ciudad, un espacio donde se trabaja y se pasan horas en la vorágine urbana. Se siente como un inmenso dormitorio para la clase obrera, donde la búsqueda de parques, bancos, bibliotecas o incluso un simple lugar para descansar se convierte en una tarea ardua. 

En su lugar, solo hay ríos de asfalto, donde el rugido de los motores nunca cesa, pulsando como venas que bombean vitalidad al corazón palpitante de la ciudad.  Tan solo ríos de asfalto donde los motores jamás dejan de rugir. 

Son estas mismas avenidas las que la marcha reclama, cortando la circulación entre consignas y pancartas, por primera vez dejando que sus voces se escuchen por sobre las sirenas y el tráfico. Eran las doce de la tarde cuando la marcha comienza a avanzar; el sol arde en lo alto sin piedad, los autos protestan detrás de ellas, pero no se detienen. Continúan su camino en dirección al Centro de Justicia para la Mujer para exigir la destitución de la coordinadora Mariel Parada, ya que desde que comenzó su mando, las carpetas e investigaciones se han visto ralentizadas. 

Según una de las líderes del movimiento, en Ecatepec al día de hoy existen 209 violaciones denunciadas, 347 abusos sexuales, 216 por acoso sexual, 55 feminicidios registrados en el 2025 y 4 en lo que va del año. El último, el pasado jueves 5 de marzo. El recorrido se extiende a lo largo de casi cinco kilómetros, marcando tres paradas significativas: la fiscalía, el centro de atención para las mujeres y, finalmente, el majestuoso Palacio Municipal de Ecatepec. Aunque el camino es largo y agotador, los ecos de los cantos y las consignas resuenan con fuerza, llenando el aire de determinación. 

Los transeúntes, intrigados, se detienen a observar; algunos, con sus teléfonos en mano, capturan el momento. Tres mujeres que laboran en una gasolinera, atraídas por la marea de voces, dejan atrás sus tareas para acercarse y ser parte de esta manifestación. Al igual que ellas, muchas otras mujeres se suman al clamor, apoyando desde sus negocios, trabajos o simplemente al pasar. El colectivo se enriquece con la diversidad de sus integrantes; algunas son jóvenes, llenas de energía, mientras que otras, de mayor edad, aportan su sabiduría y experiencia. Algunas caminan solas, empoderadas en su lucha, mientras que otras están acompañadas de sus madres, abuelas o incluso de sus pequeños hijos, creando un lazo intergeneracional que fortalece el movimiento.  

Una niña de apenas seis años, con el rostro iluminado por la curiosidad y la determinación, sostiene con ambas manos un cartel que proclama: «Hoy alzo la voz para que mañana no falte ninguna en el salón». Su madre, observando con orgullo y ternura, comparte que esta es la primera marcha de su pequeña. Ha decidido llevarla consigo, convencida de que es esencial que su hija comprenda la magnitud del movimiento, que conozca sus derechos y, sobre todo, que sepa que nunca estará sola en esta lucha.   

«Yo creo que todas tenemos una historia, y hay veces que una no la dice. Pero cuando ves a chicas que pasaron por lo mismo que tú, ya no te sientes como la culpable». 

A lo largo del trayecto, el sol brilla intensamente, y el aire se llena de un fresco aroma a agua embotellada que se ofrece generosamente a los marchantes. Una señora, con una sonrisa cálida y un espíritu emprendedor, corre para alcanzar la multitud, llevando consigo paletas de hielo de su propio negocio, un pequeño refugio de dulzura en medio de la lucha. Entre la marea de voces y consignas, un perro travieso, adornado con un pañuelo morado que ondeaba al viento, se escabullía entre las piernas de los manifestantes, como si entendiera la importancia de aquel momento. Mercedes Rangel, con su inquebrantable determinación, continuaba su labor, repartiendo folletos a cada mujer que se cruzaba en su camino, sembrando semillas de conciencia y empoderamiento en cada encuentro.  

A la 1:54, el contingente arriba a la Fiscalía, un lugar que resonaba con la urgencia de sus demandas. Frente a la multitud, Mercedes Rangel eleva su voz por encima del murmullo, llena de emoción y determinación. Con lágrimas en los ojos, clama por justicia no solo para su hija, sino también para su nieta, cuyas vidas habían sido marcadas por la tragedia. Bajo la poderosa consigna de «¡Justicia para todas!», su grito se convirtió en un eco de esperanza y resistencia, un llamado a la acción que unió a todos los presentes en una lucha compartida por la verdad y la equidad. 

Tras esto, el contingente se puso en marcha hacia el Centro de Justicia para la Mujer. Este lugar, distante de la fiscalía, parecía estar oculto en un laberinto de calles intrincadas y corredores angostos, como si la ciudad misma intentara mantenerlo en secreto, sin siquiera tener acceso al transporte público. Pero la determinación de las mujeres no flaqueaba.  Al llegar, se encontraron frente a un edificio que emanaba una mezcla de solemnidad y esperanza. Una escultura de tres mujeres, forjadas en hierro rosa, se erguía sobre una cama de pasto seco, sus cuerpos llenos de piedras que simbolizaban las luchas y las historias de tantas. Sin embargo, el acceso estaba bloqueado por una barricada de metal, un recordatorio tangible de los obstáculos que aún debían superar en su búsqueda de justicia. 

«Hoy, las mujeres de Ecatepec salimos a las calles, no para celebrar, sino para reivindicar nuestra vida, nuestro trabajo y nuestro derecho a una justicia  que deje de ser un privilegio lejano en el municipio con una de las cifras más alarmantes de violencia». 

Después de pronunciar sus palabras con firmeza, las mujeres del bloque negro se lanzaron a la tarea de transformar la barricada y el suelo en un lienzo vibrante de consignas de justicia y resistencia. Cada trazo de pintura era un grito de lucha, una declaración de que ese edificio, que se suponía debía ser un refugio para ellas, llevaría su marca indeleble. Con una determinación feroz, finalmente rompieron los ventanales, lanzando las piedras que habían estado ocultas en el interior de la escultura, como si liberaran no solo el material, sino también las historias y las voces que habían sido silenciadas.  

«En Ecatepec nos cuidamos todas». Se leía en uno de los carteles que adornaban los ventanales; se susurraba un mensaje, ahora quebrado en un acto de justicia y rebelión.  


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7 de marzo de 2026

Friendly Mexicans want to talk

Por Yamir Luciano Merino Martínez 
A pocos pasos de la estación Balderas, justo frente a la majestuosa Biblioteca de México José Vasconcelos, se alza el Mercado de la Ciudadela. Este vibrante lugar, con sus pasillos laberínticos y muros de un amarillo radiante, invita a los visitantes a perderse en un mundo de color y creatividad. Aquí, las artesanías brillan con la esencia de la supuesta cultura mexicana, mientras que los juguetes típicos y las piedras preciosas brillan para el deleite del extranjero y el foráneo.

Así lo comenta el señor Carlos, quien trabaja en un humilde puesto del pasillo 4, vendiendo figuras de arcilla basadas en las obras Mexicas. Un panteón de deidades olvidadas que se vuelve colección de algún viajero curioso o un souvenir para algún familiar. El señor Carlos es un artesano con una tradición heredada de su abuelo, quien también fue su maestro. Ha trabajado en esa tienda toda su vida y se ha acostumbrado a los extranjeros y a sus groserías, pues muchos se niegan a respetar el valor de su trabajo.



“Antes eran los gringos, pero de un tiempo acá ya no regatean tanto. Los que sí son los indios, ellos siempre regatean”.

El Mercado de la Ciudadela fue fundado en 1965, abriendo sus puertas específicamente para complacer a todos los turistas que se esperaban para las olimpiadas del 68. Un lugar marcado con nuestra esencia, pero no para nosotros; los precios se basan en los dólares y el inglés es el idioma predominante en sus pasillos.

Frente a la tienda del señor Carlos, nos encontramos con un puesto de artesanías: pulseras, collares y aretes hechos de pequeñas cuencas coloridas, todos hechos a mano por la señora Jamailda Silvia, una señora proveniente de la sierra de Jalisco. Mientras observamos su trabajo, ella nos cuenta que ese arte es lo único que sabe hacer, pues no estudió ni tampoco aprendió ninguna otra profesión. Así que pasa sus días tejiendo aquellos preciosos accesorios junto a su hija, quien ahora hace la mayor parte del trabajo, ya que tantos años de manejar piezas tan pequeñas han terminado por agraviar su vista. Compré una gargantilla antes de seguir con nuestro camino.

Con el propósito de profundizar en la experiencia de los extranjeros, decidí entablar una conversación con alguno de ellos. No obstante, mis intentos resultaron infructuosos, ya que solo obtuve risas y comentarios que parecían tener la intención de distanciarme. Cansado, mis acompañantes y yo nos sentamos en una zona de descanso, sosteniendo un cártel que rezaba: Friendly Mexicans want to talk. Esperando que tal vez algún foráneo con sentido de la aventura se quisiera acercar. Por supuesto, ninguno lo hizo.

Cansados, volvimos a explorar los pasillos del mercado, hasta que nos encontramos con una amable pareja de estadounidenses: Nathaly y Ashley, ambas buenas amigas que habían viajado desde Chicago para conocer México por primera vez y que solo sabían hablar inglés. Charlamos y ellas explicaron que entendían el contraste entre las personas que venden y las que compran. 

Ashley comentó que era consciente de su propio privilegio como extranjera al visitar estos espacios, pero también quería creer que ayudaba a la economía de todos los artesanos que trabajaban arduamente en su arte. Ambas estaban muy interesadas en las culturas originarias y mencionaron que pocas veces han visto representada nuestra cultura poshispánica. Finalmente, me desearon suerte en mi trabajo, y yo a ellas en su viaje. 

Así partimos caminos...


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28 de febrero de 2026

Leer es vivir


Por Pablo Espinosa Leyva 
Cuando recibí la instrucción de visitar la Feria Internacional del Libro Palacio de Minería (FILPM) 2026, sentí una grata anticipación por ir, puesto que llevaba varios años con el deseo de visitarla, pero por vicisitudes de la vida, no lo había hecho. 

Los días pasaron y llegó la clase anterior a la misma en la que tendríamos que entregar la crónica que ahora escribo, y cayó sobre mí una preocupación más: el fin de semana en el que debía visitar la FIL estaría fuera de la Ciudad, en la ciudad de Chilpancingo, en el estado sureño de Guerrero, para celebrar el cumpleaños de mi mamá y el mío. 

Sentí la ansiedad que acompaña a la sensación de faltar a una obligación, pero decidí ignorarla, pensando que todo se acomodaría y que al final no tendría problema alguno para ir, que tendría espacio suficiente para escribir una buena crónica y que en general todo saldría bien.  

Adelantándonos al domingo 22 de febrero, uno de los días más intensos en la historia reciente de México, marcado por la violencia generada por el abatimiento del poderoso líder criminal Nemesio “El Mencho” Oseguera en Jalisco, todo era un caos; las redes sociales estaban inundadas con los relatos de miles de internautas sobre la ola de terror que siguió al operativo, los grupos de WhatsApp y la sobremesa del almuerzo no cesaron en hablar solamente de la violencia y sobre el detestado y sanguinario occiso.



El día transcurrió de esta forma hasta que, finalmente, al caer la noche, diversas facultades de la Universidad comenzaron a difundir comunicados exhortando al profesorado a mostrarse más sensibles ante la situación y la posibilidad de que los estudiantes foráneos de los diversos campus universitarios no pudieran presentarse a clases por los bloqueos, quemas y obstrucciones en múltiples puntos de la República. 

Así pasó con nuestra Facultad de Ciencias Políticas; se anunció que los profesores no debían pasar lista y que no podían aplicar evaluaciones. No tardaron en llegar los mensajes de profesores que, finalmente, decidieron cancelar sus clases del día lunes. Entonces, una incipiente calma combinada por un poco de culpa —por la situación en que se cancelaron las clases— empezó a sentirse en mi pecho. Al final no tendría problema con ir a la FIL con tiempo.

Era una mañana soleada, despejada y fría; en el horizonte se erguían las monumentales montañas de la Sierra Madre del Sur que enmarcan el cada vez más primaveral, amarillo y seco Valle de Chilpancingo. Desayuné con mi familia; hubo pedazos de cecina, frijoles, tortillas hechas a mano, salsas de molcajete, café y una maravillosa tarta de cerezas de una lejana tía llamada Yamel, cuya única forma de presencia en mi vida es la aparición de sus famosas tartas en la víspera de nuestros cumpleaños.

La sobremesa extinguió su conversación alrededor de las doce como reloj suizo, casi como si naturalmente nos indicara que era la hora perfecta para salir hacia la Ciudad de México; mi padre y yo nos levantamos, hicimos las diligencias de preparación previas a cualquier salida a carretera: ir a recoger el coche, quitarle y guardar su cubierta, subir las maletas y despedirnos de mi tía Mónica, mi hermano Efraín y su novia Ivette con un abrazo y la promesa de que regresaríamos antes de Semana Santa. Arrancamos.



Después de tres y media horas de montañas verdes, bóvedas celestes que mientras más nos acercábamos al Anáhuac, más perdían su color azulado y una autopista bastante despejada, llegamos a la caseta de Tlalpan. La cruzamos con rapidez extraordinaria y nos adentramos en el característico fárrago capitalino. Pasamos las Puertas al viento, escultura de la artista Helen Escobedo para las olimpiadas de México 68 y que para mí son la puerta simbólica de la ciudad, y nos estancamos un rato en el tráfico que pareció aliviarse por arte de magia y avanzamos como chispas hacia el norte, cuando llegamos al metro General Anaya. Le di un beso a mi padre, tomé mis cosas y bajé a la calle.  

El metro no estaba muy lleno, así que logré agarrar un lugar para sentarme. Me puse mis audífonos y me puse a escuchar música hasta que llegué a mi destino: el metro Allende.  Siempre me ha parecido una estación bien curiosa, porque es la más estrecha de toda la red.  No hay forma de cambiar de andén sin cruzar la calle.  Además, creo que tiene algo mágico, porque está debajo de la calle Tacuba, que es la más antigua de América.  Es una sensación bien rara estar rodeado de setecientos años de historia, con quién sabe cuántos tesoros e historia enterrados bajo la tierra.  

Entre puestos de ópticas y decenas de marchantes ávidos de entregar sus tarjetas de presentación y tratando de convencer a los transeúntes de que visiten sus comercios, emergí a la calle de Tacuba. Caminé rápido en dirección al Palacio de Minería. Olía a tacos al pastor, algunas personas caminaban igual de apuradas que yo, casi por inercia, y otras caminaban más tranquilamente, anonadadas por su celular o por los comercios y restaurantes que flanquean la calle.  

Al llegar al Caballito, me fue imposible no detenerme a verlo y a admirar el edificio del Museo Nacional de Arte. Pensé en lo mucho que me gusta aquella plaza, y me dirigí a las taquillas de la FIL. Sí, sí, solo un boleto, por favor. No, no traigo los puros veinte pesos, ¿apoco no tienes cambio? Ah,  bueno. Muchas gracias. Con mi boleto en la mano crucé los primeros arcos del Palacio de Minería, arrobado por los altos muros de cantera gris y siguiendo las flechas que indicaban el recorrido.  

Llegué al patio principal del Palacio y miré a mi alrededor: Editorial IBERO, Siglo XXI Ediciones, Penguin Random House, LibrosUNAM, Editorial Akal… Quería ver todos los stands que pudiera y comencé a explorarlos. Primero visité el de la IBERO, donde hojeé algunos libros de que me interesaron: algunos sobre redacción, una guía de las reglas APA, una edición maravillosa con las memorias de Miguel León Portilla y otros varios de una sección llamada “Libros grandes para bolsillos pequeños”, una colección de pequeños y grandes textos a un precio bastante razonable que me agradó muchísimo.  

Seguí buscando por varios stands mientras esperaba a mis amigos Abril y Paulo, con quienes había acordado que me encontraría para visitar juntos la Feria. Llegaron mientras buscaba alguna novela que me interesara en el stand de Penguin Random House. Los saludé y los abracé y juntos fuimos a buscar otros libros. Compré Mitologías, de Roland Barthes, titulo que quería desde hacía un tiempo y que encontré a buen precio y con descuento. Después de pagar, Abril propuso visitar alguna actividad cultural, y elegimos la presentación del libro Historia de las ideas filosóficas de nuestra América; Utopías regionales y locales en el mundo global, del maestro Mario Magallón Anaya, que ya se encontraba hablando en la Galería de Rectores.  

Subimos dos pisos por una enorme escalera de cantera; en la parte superior nos esperaba el quiosco de información, que atendían tres chicos alrededor de nuestra misma edad. Nos regalaron un sticker redondo y negro, con el lema “Leer es vivir”, lo guardé en mi bolsa para pegarlo más tarde y procedimos a caminar hacia la Galería, que se encontraba al final del pasillo.  

En la entrada de la Galería se encontraba una chica con el pelo magenta hasta los hombros, la raíz asomándose un poco, unos lentes cuadrados que abarcaban casi dos cuartos de su cara y una amable sonrisa. Nos saludó y preguntó si íbamos a la presentación, asentimos los tres al mismo tiempo, y nos abrió una enorme y alta puerta de madera. La enorme sala color crema, con techos altos y frisos exquisitamente tallados se reveló ante nosotros. En sus paredes estaban dispuestos retratos de cada rector de la Universidad, algunos me atrajeron más que otros, y me senté frente al de Enrique Graue Wiechers. En el centro había varias sillas dispuestas de manera que todas veían al extremo de la sala, donde había una mesa larga sobre la cual se extendía un mantel azul, detrás de la que estaban sentados el maestro Magallón y el maestro Mabeygnac Maza Dueñas.  

El maestro Mabe, como le llamaba Magallón, se encontraba hablando sobre un pasaje del libro en el que se hablaba sobre la necesidad de las humanidades en la vida posmoderna, que se ha visto rendida a los pies de las ciencias exactas y las tecnologías. Algunas personas en el público asentían, otras sólo escuchaban muy serios y muy rectos. Al final de su disertación presentó al maestro Magallón, un hombre ya mayor, con el pelo blanco y peinado hacia atrás, semblante de longevo y sabio erudito y unas ojeras que revelaban a un hombre que probablemente acostumbra desvelarse estudiando, leyendo o escribiendo.  

El maestro habló por aproximadamente media hora sobre la filosofía mexicana y sobre lo absurdo que le parecía que tuviera colegas académicos que afirmaran que esta no existe, o que ha desaparecido; habló sobre la necesidad de la filosofía y el pensamiento en las vidas humanas, especialmente en la era de la Inteligencia Artificial; y sobre la lectura como pilar del pensamiento.  



Cuando la presentación terminó, salimos y seguimos explorando libros en varios puestos. Llegamos a la sección —más grande que las demás— de los libros firmados por la Universidad. Ahí nos tomamos fotos sosteniendo nuestros stickers frente a una mampara azul y amarilla con el escudo universitario en el centro y sobre él, la leyenda “#OrgulloUNAM”. Al terminar, me encontré con algunos ejemplares de Visión de los vencidos, obra del historiador Miguel León Portilla y uno de mis libros preferidos. No dudé en adquirirlo, y en la caja me hicieron un gran descuento por ser estudiante de la UNAM. Pues Goya, pensé.  

Después de pagar mi libro decidimos salir y nos dirigimos a la calle por un portón lateral del Palacio que da a la Calle de Tacuba. Al salir a la plaza del Caballito, una ráfaga de aire frío nos sacudió y todos nos quejamos del frío y de que la semana pasada el calor quemaba horriblemente. Quedamos en ir a comernos una torta, pues ya nos rugían un poco las tripas. Nos encaminamos hacia el Eje Central y nos perdimos entre la gente en el cruce con Madero. La tarde caía, la ciudad se movía, el aire ya olía a primavera y el sol se empezaba a ocultar tras el Monumento a la Revolución. Me fui alegre y agradecido por una tarde amena y vigorizante.