28 de mayo de 2026

Entre las tumbas de San Diego

Por Katia Lizeth Bazán Román
Cuando fallece una persona, llega un momento en el que entiendes que ya no podrás volver a verla ni escucharla nunca más. Ese instante suele ocurrir en el panteón, cuando el ataúd desciende lentamente hacia la tumba y comprendes que estás dejando ir a alguien para siempre.

El panteón de San Diego es uno de los más emblemáticos de la ciudad de Tlapa de Comonfort. Fundado en el siglo XIX, se convirtió en el lugar donde cientos de familias dejaron no solo restos, sino recuerdos, historias y parte de su propia memoria.


Algunas tumbas permanecen en buenas condiciones, quizá porque son recientes o porque sus familiares todavía las visitan constantemente y les dan mantenimiento. Otras lucen desgastadas, deslavadas por el fuerte sol característico de Tlapa. Pero también hay algunas que parecen olvidadas, cubiertas por el paso del tiempo y el silencio.

Hay tumbas de todo tipo. Algunas grandes, que parecen pequeñas casas, lápidas sencillas apenas cubiertas por tierra y cruces humildes que apenas sobresalen entre los pasillos estrechos del cementerio. Cada una guarda una historia distinta.

Son contables las tumbas que tienen flores frescas, señal de que alguien aún las visita con frecuencia. Una en particular está cubierta de confeti. Por la fecha, es fácil imaginar que pertenece a una madre a quien, a pesar de ya no estar físicamente, su familia la sigue recordando y celebrando este 10 de mayo.

El espacio para caminar es reducido. Hay tantas tumbas que la separación entre ellas apenas deja pasar. Así que al llegar al lugar se avanza despacio, como si el silencio del panteón obligara a caminar con respeto.


Visitar a un familiar en el panteón es reencontrarse con cientos de recuerdos. Estar frente a su tumba provoca nostalgia por los momentos que ya no volverán, tristeza por la ausencia, pero también cierta paz al pensar que, dondequiera que esté esa persona, quizá finalmente descansa tranquila.

Dentro del panteón de San Diego hay una pequeña capilla donde se celebran misas en fechas conmemorativas como el Día de las Madres, el Día del Maestro, el Día de los Abuelitos y, por supuesto, el Día de Muertos. En esos días, el cementerio deja de sentirse vacío, se llena de flores, veladoras y familias que regresan para recordar a quienes ya no están.

Este panteón forma parte de la historia de muchas familias tlapanecas. Es el caso del profesor Antonio Jaime Bazán Ayala, quien falleció en 2018, y de su padre, Alejandro Juvenal Bazán Díaz, que murió un año después. Hoy ambos descansan en el mismo lugar, separados apenas por unas cuantas tumbas, como si incluso después de la muerte la familia continuara unida.

Inevitablemente, todos tendremos un último día. Tal vez la mayoría terminemos en un lugar como este. No sabemos cuándo ni cómo ocurrirá, pero sabemos que va a pasar. Y yo, por ser de Tlapa, quizá algún día también termine descansando en el mismo panteón donde ahora descansa mi abuelito Jaime: el panteón de San Diego.




2 comentarios:

  1. Al estar leyendo está crónica me hiciste recordar tantas anécdotas vividas con mi familia que ahora ya no está. Felicidades por tu trabajo Katia Bazán

    ResponderBorrar
  2. Al leer tu crónica me hiciste revivir el momento cuando sepultamos a mi madre y muchos años después a mi padre, los dos descansan en la misma tumba y si están abandonadas 🥺 y no es por falta de amor, sino porque la edad y la distancia me impiden visitarlos 🥺, ¡muchas gracias, Katia Bazán! ¡Excelente crónica!

    ResponderBorrar